martes, 28 de junio de 2011

39. Las pruebas de la infamia

Pericia informática del cpu del sospechoso Cahttp://www.blogger.com/img/blank.gifrlos Libermann
Carátula de la causa: Muerte dudosa.


Llené el formulario y conecté el cpu a los accesorios del inspector Salvides. Iraola, sentado a mi lado, seguía mis movimientos con ansiedad.
Lo había convencido de realizar juntos la pericia con un argumento de peso: el suicidio –insistí en todo momento en llamarlo así– de Sara Libermann debía estar íntimamente relacionado con el sabotaje a los archivos de Documentación Personal y el creciente desbarajuste en las computadoras de la Brigada.
No veía el momento de abrir la carpeta de Mensajes Recibidos. Pero no había razón para mostrar apuro. Comencé a revisar los programas y los archivos, en orden alfabético. El archivo Noticias Internet era uno de los últimos.
–Vamos, vamos –me urgía Iraola.
Yo estaba en Accesorios. Seguía en orden y metódicamente de acuerdo a las instrucciones de Procedimiento redactadas por el propio Iraola.
–Debemos revisar todo –dije.
Iraola bufó.
–Después lo haremos tal como lo estipula el reglamento. Pero ahora enfoquemos la búsqueda en forma más focalizada.
–No entiendo.
–Sabemos que Libermann puede ser nuestro hacker –dijo Iraola.
Suspiré.
–¿Qué sugiere?
–Abra Noticias Internet.
¡Bravo!
Abrí la carpeta. Revisé la lista.http://www.blogger.com/img/blank.gif
–Hay varios documentos de imagen –dije.
–Ábralos –ordenó Iraola.
–¿Por orden alfabético o tiene alguna corazonada?
Mi tono había sido burlón, pero Iraola no acusó recibo.
–Por orden alfabético.
Era sencillo: “Carol01”, “Carol02”, y así. Para cuando abrí “Carol25” el subcomisario tenía la patética expresión de un chimpancé presenciando un lanzamiento espacial en Cabo Kennedy.
–¿Qué es esto?
–La oficial Quintana –dije.
Siguió atontado mi búsqueda en el archivo de correo. Varias de las imágenes habían sido enviadas desde la Brigada y otras desde la computadora particular de la propia oficial Quintana. Yo ya lo sabía, ustedes lo sabían, pero Iraola tuvo una crisis.

–¿Qué pasa en Computación? –preguntó el médico de guardia en la enfermería.
Me alcé de hombros.
–Una crisis endocrinológica.
–Exceso de trabajo –se apresuró a corregir Johnny.
Los ojos del médico seguían posados en mí. Se sentía atraído. Estimé que su interés sería estrictamente clínico, aunque uno nunca puede sentirse seguro de nada. Al fin se volvió hacia Iraola, tendido en una camilla.
–Hay que controlar esa presión –dijo el doctor–. Puede tener consecuencias.
–Un ACV –acoté.
–¿Usted es médico?
–No –repuse con mi sonrisa angelical–. Pero soy amigo del doctor Hermosilla. ¿Lo conoce?
Johnny intervino nuevamente.
–¿El subcomisario se encuentra bien?
El médico volvió a sentir dolor al apartar sus ojos de los míos.
–Le di un sedante.
–¡No puede hacer eso! –protesté–. ¡Estamos en medio de un caso crucial! ¡Una investigación de primera magnitud!
–Pues ya lo hice. Y ahora retírese, por favor.
–Debo hablar con el subcomisario, a solas.
–Sí, sí– dijo Iraola desde la camilla.
El médico nos dio dos minutos y salió junto con Johnny.
–Tenemos que revisar los archivos de la oficial Quintana –susurré–. Y esta es una magnífica oportunidad de hacerlo en forma extraoficial. Imagínese las consecuencias si el caso acaba en Investigaciones ¡O en Delitos Complejos!
En rostro del subcomisario asomó una mueca de horror.http://www.blogger.com/img/blank.gif
–Es ahora o nunca –agregué.
Por si no lo saben, Carola permanecía internada en observación. Era posible escuchar sus desvaríos en el cuarto vecino.
–Proceda– dijo Iraola.
–De ningún modo. O usted viene conmigo o yo no muevo un dedo.
Lo ayudé a incorporarse. Sus dificultades derivaban más de su rótula estropeada que del mareo. Le alcancé el bastón y el subcomisario pudo caminar aceptablemente. El médico conversaba con Johnny.
–¿Qué hace, imbécil?
Su tono no me gustó. Apoyé las manos en sus mejillas. Su boca se abrió como una flor. Le di un beso.
–Enseguida vuelvo por vos, corazón. No te pongás celoso.
Cuando salimos de la enfermería el médico se refregaba la trompa y escupía como un cerdo. Qué asco.

Iraola soportó la experiencia en forma bastante aceptable, habida cuenta el contenido de los archivos de Carola. Johnny se había incorporado de hecho al equipo, lo que resultaba muy conveniente. Las cosas no quedarían entre Iraola y yo: ahora había un testigo.
Me dio risa, pero pude sobreponerme.
–¡No puede ser! –exclamé.
–¡Oh! –me siguió el juego Johnny.
Iraola ya ni tenía ánimos para levantarse de la silla. Lo tomé de un brazo y lo llevé frente a la pantalla.
–Mire.
El subcomisario no pareció muy impresionado porque el tipo colgado del arnés dejara azotar su culo por la mujer vestida de Batman: había visto cosas peores en Bizarre Sex.
–¡Es mi hermano!
Iraola despertó.
–Puedo reconocer ese culo en un millón –exageré–. Es el de mi hermano.
Iraola sacudía la cabeza. Si el Clint Eastwood de la Policía Federal era capaz de semejante descarrío ¿qué podía esperarse del personal femenino? Por un momento todos llegamos a pensar que el comportamiento de Carola estaba dentro de los parámetros reglamentarios establecidos por Superioridad. El subcomisario, al menos, así comenzaba a creerlo.
–Al fin de cuentas –suspiró– lo de la oficial Quintana no es antinatural.
Eso era porque no había visto todas las fotos. Pero no perdí tiempo mostrándoselas. Tampoco hubiera servido de mucho. Luego del estupor inicial me pareció que Iraola había comenzado a sentir una creciente excitación ante cada nueva pose de Carola. Yo tenía el antídoto infalible para cualquier perdón. Archivo: Patrulla. Le había introducido algunas pequeñas modificaciones.
Lo abrí.

“El subcomisario Iraola cojea de la pierna derecha y hace bromas de doble sentido al respecto. En especial con los nuevos. Y con las chicas. Las chicas fingen sonrojarse, echan una risita y se tapan la boca, pero todos pensamos que Iraola es un pelotudo”.

–¡Pero que hija de puta! –exclamó Iraola.
–Muy fuerte –dije.
–Tremendo –acotó Johnny.
Pudimos soltar la carcajada recién dos horas más tarde. Y festejamos en un restaurante español, con mariscos. Y demasiado vino, me temo.

El doctor Hermosilla sigue sin responder mis llamadas.

jueves, 9 de junio de 2011

38. Iraola en riesgo cardíaco

Comenta Ron:

“Es muy aburrido entrar a la discoteca Help antes de la 1 AM, pero si por casualidad llegas demasiado temprano puedes sentarme afuera y ver la acción. En la calle el café Sombre as Ondras está generalmente atestado por una multitud de turistas y busconas interesadas en encontrar un tipo que les pague la entrada a la boite. Algunas de estas chicas, en especial si están alcoholizadas, son muy agresivas. No tontees con ellas, sé cortés y, de ser preciso, diles que estás esperando a tu amiga, “Tenho outre encontro”, o algo por el estilo. Muchas de ellas llevan una navaja y algunos tipos han debido retornar a sus hogares con un feo souvenir cruzándoles la mejilla”.

Tenho outre encontro. Tenho outre encontro.

–Sos una fuente de sorpresas –exageró Johnny en el Ebro– Curly, Larry y Moe, los tres en uno.
–Gracias.
–Y tenés un culo a toda prueba.
Pasé por alto la ambigüedad del comentario. Sus palmaditas, cuando entramos al departamento de Carola, todavía estaban frescas en mis cachas.
Ahora bien, si por “culo a toda prueba” debía entender que era un hombre afortunado, sus palabras no reflejaban exactamente la verdad.
La verdad era que de no ser por Johnny, en esos momentos estaría siendo objeto de los más diversos apremios ilegales en algún calabozo del departamento de Policía. Iraola, Rolo, los detectives de investigaciones y hasta el mismísimo Jefe, pasando por la totalidad de los efectivos, vejándome sin cesar. Y luego..., no sé que sería de mí. No consigo imaginar cuál puede ser la reacción del cuerpo de policía si un PCBC exhibe su pirulín a uno de sus efectivos femeninos.
¿La castración? ¿¡A mí!?
La idea me hace gracia. Río, un rato. Luego me seco los ojos. Las lágrimas me impiden observar la pantalla con claridad. Pienso: ¿Qué sería de la vida sin sentido del humor? Pero no tengo tanto como cree Johnny. Quiero decir, no ando todo el día riendo tontamente de cualquier cosa. Lo mío se parece más a una serena resignación. Casi todo lo malo ya ha tenido lugar. Ahora resta esperar lo peor.
Sin embargo, lo peor nunca llega.
Pensé que averiguaría en qué consiste cuando con los pantalones arrollados a la cintura y los calzoncillos a media asta observaba demudado la exhibición de histeria de la oficial Quintana. Pero Johnny se ocupó de impedir la catástrofe. Por eso me sorprende que pondere mi buena estrella. No tengo tal cosa. En todo caso, sería el pálido reflejo de un sol extinguido diez millones de años atrás.

Pensándolo bien, algo de cierto ha de haber en las palabras de Johnny pues me basta con quedarme quieto, en medio del mar de mierda, para pasar todo lo desapercibido que puede hacerlo un tipo como yo.

Así estaba, con los pantalones enrollados en los tobillos, convertido en una indecente estatua, escuchando en el salón contiguo las primeras corridas de los patrulleros mientras la oficial Quintana llevaba a cabo su numerito histérico.
–¡El Hombre Araña! ¡El Hombre Araña!
Johnny llegó a la puerta antes que nadie y fingió tropezar. El ruido me sacó de la parálisis. Afuera se había producido una pequeña aglomeración pues Johnny insistía en girar el picaporte en el sentido inverso.
Dentro, la oficial Quintana continuaba gritando, aplastada a la pared. Y su seguro servidor, con los pantalones ya en la cintura, tomaba asiento frente a la computadora.
Iraola avanzó a empujones entre los patrulleros que discutían sobre el modo de abrir una puerta e intentó derribarla de una patada. Como tiene una pierna más corta que la otra no pudo conservar el equilibrio y cayó de espaldas. Johnny aprovechó para patearle la rótula lesionada, con lo que todos comenzaron a ser más atraídos por los gritos del subcomisario que por los de la oficial Quintana.
Yo había conseguido entrar a Ynots y avanzaba a toda velocidad hacia la Robin’s Home Page. Para cuando los patrulleros irrumpieron en tumulto en el despacho, la pantalla mostraba la imagen que había llevado a Libermann a la masturbación compulsiva y el alcoholismo, y elevaba ahora en varios decibeles los gritos de la oficial Quintana.
Escuché, a mis espaldas, el rugido de Iraola.
–¡Qué carajo pasa acá!
Se frotaba la rodilla con un rictus de dolor, lo que le daba un andar vacilante y un poco desparejo. Era imposible tomárselo en serio, pero me aguanté la risa.
–Una crisis –dije.
Iraola se volvió hacia Carola. Carola seguía gritando. Sonaba muy incoherente. El subcomisario se volvió entonces la pantalla, ahora cubierta por el protector que había ido invadiendo, una a una, todas las unidades de la Brigada:

“Vigilante barriga picante,
toca el pito como un atorrante”.


Mis hackers trabajaban a velocidad pasmosa.

Me puse de pie y enfrenté a Carola. La miré a los ojos. Estaban desorbitados.
–¡No puedo creer eso de usted...! –declamé.
Iraola trataba de atraer mi atención. Tiró de la manga de mi camisa.
–¿Qué eso?
Me deshice de él como si fuera un niño mendigo
–¡Desalojen inmediatamente este despacho! –ordené.
De no ser por Johnny nadie me hubiera hecho caso, naturalmente. Pero tomó de un brazo a la oficial Quintana.
–Vamos –ordenó Johnny–. Y que alguien me ayude a llevarla a la enfermería.
–Preguntá por el doctor Hermosilla –dije–. Es el mejor.
Los patrulleros comenzaron a moverse. Iraola permaneció frente a mí, estirándose sobre la punta de sus pies para mirarme a los ojos.
–¿Qué carajo pasa?
Aparté mis pupilas del horizonte y las bajé hasta su rostro.
–Venga.
Di media vuelta y llegué hasta la computadora. Oprimí una tecla. El protector de pantalla desapareció. Iraola trastabilló y se derrumbó en la silla.
De acuerdo a su buen saber y entender el único Hombre Araña que había hecho algo semejante con la oficial Quintana era él mismo. Pero ambos sabíamos que su miembro jamás habría alcanzado ese tamaño.

viernes, 27 de mayo de 2011

37. De nuevo en operaciones

Paranoia.comhttp://www.blogger.com/img/blank.gif
Guía Mundial del Sexo.
Ron envía noticias de Río de Janeiro. Informe muy exhaustivo sobre dónde conseguir compañía femenina. Y cuándo. Durante el día recomienda la playa de Copacabana, frente al Río Othon Hotel.

“Es fácil identificar a las putas, dice Ron, son las que andan en topless. De surgirnos alguna duda, añade, conviene preguntar a Paulo. Es un vendedor de caipirinha. Tiene en la playa un puesto con techo de lona azul”.

Tomo nota para la policía carioca: Paulo, sospechoso de proxenetismo. Cantina precaria frente al Río Othon Hotel.

Una cita rápida en tu propio hotel– continúa Ron– te costará entre 50 y 100 dólares”.

Acto seguido advierte:

“Los hoteles de cinco estrellas no permiten el ingreso de putas a las habitaciones de los huéspedes. Te aconsejo buscar alojamiento en uno de menor categoría”.

Gracias por el dato.


Salgo de la Guía Mundial del Sexo y mientras avanzo al garete por el océano informático me pregunto qué pudo haber pasado por la cabeza de Iraola cuando vio al Hombre Araña en la pantalla de Salvides. El traje le resultó familiar, sin dudahttp://www.blogger.com/img/blank.gif. Probablemente hasta lo conserva para colocárselo durante las sesiones de hard sex con Carola. El Hombre Araña y su perversa barragana. Una fantasía muy estimulante.
Me sube la testosterona.
Veo a Johnny en el retrovisor derecho. ¡Estoy en la brigada! Me cubro el pirulín con una revista y trato de pensar en otra cosa.
Necesito recuperar el traje de Hombre Araña.

Los detectives de Investigaciones estaban sorprendidos de mi presentación espontánea. Creo que los desarmó. Al fin y al cabo yo era un colega. Prácticamente compartíamos el mismo techo. Fíjense que me bastó bajar un piso por las escaleras para tocar a su puerta. Fui en mangas de camisa, para que les quedara claro, de entrada. Me invitaron con café. Y me hicieron escuchar la voz de Aníbal en el contestador telefónico.
–El doctor Libermann dice que Pirulo es usted.
Me sonrojé.
–Así me llamaban de chico, pero ya no uso ese apodo. No me gusta mucho, ¿sabe?
El detective asintió, sorprendentemente comprensivo. Era un pelirrojo casi tan alto como yo, pero muy flaco. Parecía absorto, desconcertado por la sinrazón del mundo. Lo estudié, buscando un atisbo de burla en su expresión. No la había. Me invadió una gran paz. Estaba calmo, sin palpitaciones ni ardores. La hipófisis funcionaba con normalidad, en ralenti.
Hablamos de Aníbal. Le expliqué que llevaba diez años sin verlo. De todos modos había sido mi amigo de la infancia y me resultaba imposible hacer una apreciación objetiva. Pero podían preguntar a Rolo.
La mejilla del detective se estremeció ligeramente. Si su desconsuelo se originaba en la absoluta carencia de lógica del comportamiento humano, calculé que los tipos como Rolo debían abrumarlo.
Luego de la mención de mi hermano, el detective se volvió todavía más desganado. Y el interrogatorio fue languideciendo hasta que su compañero, que se había mantenido en silencio, preguntó:
–¿Usted mató a su padre?
Le sostuve la mirada. Seguramente no había hecho su carrera en Investigaciones y acababa de ser transferido desde el cuerpo de montados.
–Pregúntele a mi hermano –Me puse de pie–. Si no tienen ninguna otra consulta que hacerme, vuelvo al trabajo. Estoy arriba –añadí–, en la División Computación.
Había sido una jugada audaz, pero sentí que no corría riesgos de que alguno de los dos se atreviera a hacer a Rolo semejante pregunta.

Pasé por el baño, me mojé la cara y volví a la Brigada. El subcomisario era carcomido por un arrebato de ansiedad.
–¿Averiguó algo?
Reproduje, lo más textualmente que me fue posible, el mensaje de Aníbal, reemplazando “Pirulo” por mi propio nombre. Me pareció que el apodo distraería su atención. También obvié, por inconducente, mencionar el enojoso episodio con la señora López Vázquez.
Al escuchar lo de mi padre Iraola hizo una mueca de disgusto, y tuvo la cortesía de evitar cualquier comentario respecto al calificativo de “monstruo” que me endilgaba Aníbal. Era un buen investigador y se dirigía al meollo del asunto. Yo ya me había preparado para su pregunta.
–¿Por qué Lequerica diría que usted es peligroso?
Me alcé de hombros
–Tal vez porque soy un policía. Bajo contrato –agregué rápidamente.
El subcomisario hizo un gesto vago.
–Usted ya es uno más de los nuestros.
Me subió peligrosamente la testosterona.
–Seguramente –dije– planeaban un ilícito.
Iraola golpeó el escritorio con la palma de la mano.
–¡Los archivos!
Yo iba a sugerir que preparaban la muerte de Sara, pero me pareció adecuado dejar que el subcomisario pensara en los seis millones trescientos veinticinco mil setecientos veintiocho pasaportes.

Vuelvo a mi patrulla.
En la Guía Mundial del Sexo, Ron me informa sobre algunos lugares de ligue en Río de Janeiro.

La discoteque Help es lo máximo –dice–. Puedes estar realmente seguro de que cada chica brasilera dentro está vendiendo su gatito, incluso aquellas que parecen más recatadas. Muchas veces resultan la mejor elección. Ninguna chica carioca que se preocupe por su reputación acudiría a Help, pero esta no debería ser una razón para que no vayas ¿verdad?”

Verdad

“Por cada hombre dentro de la disco –prosigue Ron– hay tres mujeres ansiosas de pasar la noche contigo”.

Conmigo.http://www.blogger.com/img/blank.gif

“Maia Petaca, en cambio, es un bar de mesas en la calle, próximo al hotel Othon. Luego de las cuatro de la tarde es posible encontrar ahí entre 20 y 30 putas buscando clientes.
“También está Mabs, un boliche similar en Av. Atlántica y Rua Prado Junior. Las chicas aquí son menores (entre 13 y 15 años) y más baratas que las de Maia Petaca”.


Envío un mail de felicitación a Ron, instándolo a continuar colaborando con la Ley, y tomo nota: Mabs, un boliche de prostitución de menores en plena avenida Atlántica.
¿Será suficiente para contentar a Iraola?
Río está ligeramente fuera de nuestra jurisdicción, pero al fin y al cabo es parte del Mercosur. Si nos encaminamos hacia un mercado único, con una única moneda ¿por qué no también hacia una única Policía Federal? ¡Con una única Brigada Internet!

–Derive el caso a la oficial Quintana –ordena Iraola sin apartar la vista de la pantalla. Sigue instalado en el despacho de Salvides.
–Usted me aconsejó no confiar en nadie...
–En lo referente al hacker. Pero este es un caso de corrupción de menores. Le corresponde a la oficial Quintana.
Carajo, y yo que pensaba hacerme cargo del procedimiento en Río. Esperaba tener suerte en Help.
–Carola –carraspeo. El subcomisario me traspasa con la mirada y me corrijo–: La oficial Quintana –vuelvo a carraspear– es una señorita. No puede usted obligarla a mezclarse con esa clase de gente.
Iraola me observa durante largos segundos.
–Usted es un buen muchacho. Un muchacho sano, como a mí me gusta.
–Sí –digo.
–Pero en ningún momento debe olvidar que la señorita Quintana es una oficial de la Policía Federal Argentina, la mejor del mundo.
Además va a conocer Río, pienso, gracias a usted. Pero me abstengo de hacer el comentario a viva voz y me dirijo al despacho de Carola.
Está de espaldas, mirando el racimo de dátiles. Sostiene un marcador en la mano derecha, frente a su cara.
–Oficial Quintana.
Carola da un respingo. Volví a sobresaltarla. Debo consultar al doctor Hermosilla respecto a mi voz.
Pero no gira hacia mí. Ni me insulta, ni nada: permanece en los dátiles.
Llego a su lado.
–Carola...
Mueve apenas la cabeza. Sus ojos parecen estrábicos. Pero lo más llamativo son los garabatos dibujados en su rostro.
–¿Se siente bien?
Una pregunta estúpida, pero fue lo primero que vino a mi mente. Hay una parte en mí que se niega a comprender la verdad y es capaz de aferrarse a cualquier esperanza.
La oficial sonríe de un modo extraño, con la mitad de la boca. Tiene un aire a papá. Por un momento pienso lo peor.
–¡Levante los brazos!
Se incorpora de un salto, con los brazos en alto y expresión de terror. Puedo comprobar que no está hemipléjica. Ni lleva corpiño debajo del sweater, lo que no me tranquiliza en lo absoluto, pero no tengo tiempo de pensar en el asunto: Carola muestra serias dificultades para conservar una posición erecta. Cae sobre mí.
–No me lastime –dice.
Comienzo a retroceder, arrastrándola por el despacho, aferrada a mi camisa.
–Prometo portarme como una chica buena –insiste la oficial Quintana–. No lo volveré a hacer.
Estoy arrinconado en un ángulo del despacho. Carola se aparta bruscamente.
–¿Quién es usted?
–Pirulo, el gordo del avión –respondo en un rapto de estupidez.
–No es mi papá...
Niego toda posibilidad al respecto.
–¿No le va a contar, verdad?
Continúo negando. Vuelve a saltar sobre mí.
–Gracias.
Solloza sobre mi hombro. Acaricio su nuca. Resulta imperioso tranquilizarla. Y desaparecer, así sea saltando por la ventana. Lo pienso, seriamente, durante un segundo o dos, hasta que recuerdo que estamos en un tercer piso. Sería como asomarse al precipicio
Carola comienza a desprender los botones de mi camisa. La sujeto por los hombros y la aparto con brusquedad.
–Por favor, papi– dice.
–No soy tu papi. Soy tu tío Erundino.
Aprovecho su momentáneo desconcierto para deslizarme de su lado, pero vuelve a asirme de la camisa.
–¡No le digás al papi!
El pequeño forúnculo de sospecha que había comenzado a formarse en mi mente apenas vi su rostro tatuado con marcador fluorescente se convirtió en una certeza del tamaño de un mierdoma cerebral maligno: Carola había desayunado con el jugo de naranja. Ahora ronronea en mi pecho.
–Dejá que te afloje el cinturón. Vas a estar más cómodo.
No es ético. Johnny estallará en carcajadas cuando se lo cuente. Luego, ya calmado, agregerá: hubieras hecho bien.
¡Por supuesto que sí! Pero recuerdo. Tengo tanto para recordar. No es mi culpa que la genética, o las glándulas o el mismo demonio me hayan provisto de una voz finita.
¿Por qué, entonces, Carola se había burlado de mí?
Es cierto que parezco un merengue de crema, pero también soy un ser humano. Sin embargo la barra de San Lorenzo me escupía desde el camión, y Aníbal pegaba carteles en mi espalda y Sara deshizo una maceta en mi cabeza y Rolo rompió en pedazos mi bonito avión de bricolaje.
Carola me había despreciado tanto como Libermann. Ni siquiera en el sepelio de mi madre permaneció a mi lado por amistad, o cariño o una migaja de piedad, sino para aproximarse indirectamente a Rolo, que con la verga arropada en un pañuelo de seda deja azotar su redondo culo de muchachita en el Dark Site y... no sé qué me pasa. Comienzo a caer en el precipicio y murmuro “Nemo me impune lacessit, nemo me impune lacessit” mientras Carola desprende el cierre de mi pantalón que pronto queda arrollado a mis pies.
Siento el elástico de mis calzoncillos rozando mis muslos. Y nada más.
Abro los ojos.
Carola, todavía de rodillas, retrocede. Su rostro se descompone en una expresión de horror. Grita:
–¡El Hombre Araña!

viernes, 20 de mayo de 2011

36. Los delincuentes nos tocan el culo

Ocupo mi butaca de siempre. Salvides no llegó a quitar los retrovisores. Agradezco silenciosamente a Dios que se lo haya llevado a tiempo: los espejos me dan una gran seguridad. Mis ojos van y vienen del derecho al izquierdo, pero nada ocurre detrás mío. Cada patrullero se encuentra enfrascado en su propia investigación. La oficial Quintana ya no sale de su despacho, atrapada en el mundo del sexo y la droga. Iraola opera desde la oficina de Salvides, donde fijó su puesto de comando. Dirige la operación de contrainteligencia desde el terreno. Yo soy su alfil, su 007 infiltrado entre mis propios compañeros para desenmascarar al terrorista.

–Hay una bomba de tiempo oculta en la brigada –había dicho Iraola.
Cuando llegué al Departamento, algo retrasado por culpa de la testosterona, los patrulleros navegaban en silencio, concentrados en su labor. Johnny alzó la vista de la pantalla y me guiñó un ojo. Lo saludé de lejos y fui hasta el despacho de Salvides.
Me detuve frente a la puerta, para tomar aire.
Tenía brumosos temores sobre qué habría de encontrar dentro. Iraola y la oficial Quintana haciendo el amor sobre el escritorio. Rolo colgado de un arnés. Libermann en pose de Pedante declarando que yo era un monstruoso hijo de puta. Aníbal con un dedo apuntado hacia mí: él fue. La oficial Quintana con una ametralladora apuntando hacia mí: él fue. Elena en tetas, con su pequeña tanga y su rostro deformado por la mueca de asco. El bancario con un caño de plomo. Y la Mágnum de Rolo...
Tuve una ligera crisis endocrinológica y me apoyé en la puerta.
–Pase –dijo Iraola.
Afortunadamente, el subcomisario estaba a solas. Recorría de un extremo al otro el despacho de Salvides.
–¡Al fin llegó!
–Una indisposición –me excusé, sin poder apartar la vista del cpu de Libermann, en una estantería junto a pruebas de diversos casos enviadas por Investigaciones para las correspondientes pericias.
–Ay– dije.
El subcomisario no me prestó atención. Arrojó una pila de hojas sobre el escritorio.
–Vea esto.
Eran copias de pasaportes.
La confección de pasaportes se había informatizado –el propio Iraola tuvo mucho que ver en la hazaña modernista– y ya nadie debía concurrir con un juego de fotografías cuatro por cuatro. La imagen la tomaba una cámara conectada a una computadora. De igual forma, las huellas dactilares eran ingresadas por un escaner.
Un proceso rápido, confiable y limpio.
De todos modos, por impulso atávico, la División Documentación Personal había seguido registrando las huellas en tiritas de papel, lo que siempre motivó los despectivos comentarios de Iraola.
Luego de que los ciudadanos finalizaban el rápido, confiable e higiénico proceso de obtener su pasaporte en un gran salón donde decenas de computadoras eran operadas por bonitas muchachas de anteojos elegantes y largas piernas y apuestos universitarios recién graduados, en un pasillo, como mendigos de la era tecnotrónica, dos mustios agentes de la División Documentación Personal, interceptaban a los ciudadanos para embadurnarles los dedos con tinta de sello y tomar sus huellas en una tirita de papel.
Patético.

Las hojas que tenía ante mí eran copias de las primeras páginas de varios pasaportes computarizados, que quedaban en archivo.
Las fotografías eran en blanco y negro. A un lado de la foto debía estar la huella del pulgar.
No estaba. Estaba Homero Simpson.
Miré la siguiente: Pedro Picapiedras.
Seguí pasando hojas: Mickey Mouse, Tiro Loco Mac Graw, de nuevo Homero Simpson, Fritz el gato, Condorito, Patoruzú…
No pude evitar un estremecimiento al advertir entre ellas una caricatura del Hombre Araña.
–Alguien –Iraola se aclaró la garganta–. Alguien entró a los archivos y reemplazó las huellas dactilares por personajes de historieta. En las copias de todos los pasaportes.
–¿Todos?
Iraola asintió.
–Todos.
–Supongo que se repetirán...
Entornó los párpados. Trataba de seguir mi razonamiento. No había tal cosa, apenas otro comentario inconveniente. Dejé correr las hojas sujetas a mi dedo pulgar.
Levanté la vista y miré al comisario tras un aleteo de pestañas.
–Deben ser muchos, porque aquí nomás, a simple vista, encuentro varios Simpson, tres Guffy, y más de siete Tío Rico.
La boca de Iraola permanecía abierta.
–¿Muchos qué? –alcanzó a preguntar.
–Pasaportes.
–Seis millones trescientos veinticinco mil seiscientos veintiocho –Tragó saliva–. El Jefe dijo que debíamos sentirnos agradecidos de que Documentación tuviera un juego de cada huella, en papel y tinta.
En ese momento comprendí que el subcomisario se había convertido en el hazmerreír de la Plana Mayor.
Me vino como una tentación…
–¿Qué le pasa?
–Un ataque de tos –repuse.
Iraola carraspeó, recuperando un tono normal de voz. Hasta ese momento había sonado como una viejecita atrapada en una orgía de obreros de la construcción.
–Hemos sido víctimas de un atentado terrorista. Hay otro Unabomber suelto por ahí.
“Ahí” era la caótica inmensidad del ciberespacio.
–Debe atraparlo.
Había escuchado mal. Me incliné hacia Iraola.
–¿Qué?
–El caso es suyo –dijo–. Y compórtese a la altura de las circunstancias: el futuro de la Civilización Occidental está en sus manos.
–Eso es imposible.
–Hay que vengar la afrenta recibida por la Institución –se exaltó Iraola–. Por otra parte, si no descubre al hacker, me temo que estaremos perdidos. No sólo no hemos tenido ningún operativo exitoso desde aquel desagradable episodio en Vicente López... –hizo un alto, breve pero suficiente para que yo recordara a Juanjo Bellomo– sino que, como si eso hubiera sido poco, ahora los delincuentes nos tocan el culo.
–Quiere decir que...
Iraola asintió.
–Los efectivos serán redistribuidos y me temo que no habrá lugar para los PCBC. Estamos en una etapa de austeridad.
Adiós promoción, adiós empleo. Rolo y su Mágnum se erguían como emblemas de mi miserable futuro.
–¿Tengo plenos poderes? –pregunté.
Iraola asintió.
–¿Y puedo formar un pequeño equipo de colaboradores?
–Con mucho cuidado. No confíe en nadie. El terrorista puede ser uno de nosotros.
El subcomisario leía en mi mente. Pero mi mente es una caja de sorpresas.
–Hablo de personal externo –dije–. Conozco dos investigadores independientes que me merecen la mayor confianza.
Iraola torció la boca. Quería saber los nombres.
–Operarán bajo los alias de Copiloto y Mecánico –dije.
–Nombres –insistió.
–Tengo plenos poderes. Y no debo confiar en nadie. Hace exactamente dos minutos con treinta segundos que usted ha ingresado a mi lista de sospechosos.

Consulta para Hermosilla: ¿Cuál es la relación del hipotálamo con las conductas autodestructivas?

Pero Iraola es un pelotudo muy sanmartiniano. O viceversa. Como sea, asintió con pesados cabeceos.
–¡Muy bien! –exclamó–. No hay que confiar en nadie, sin excepciones
Siguió asintiendo mientras finalizaba el cruce de los Andes. Luego pareció recordar mi presencia
–Le interesará esto.
Fue hasta el escritorio de Salvides y encendió la computadora.
–La mantengo desconectada por precaución –explicó–. Con diez minutos que esté encendida basta para que el hacker haga un estropicio.
Llegué a su lado y miré por sobre su hombro en el momento en que aparecía el fondo de pantalla: el Hombre Araña empuñando su poderoso armamento.
–Es repugnante –dijo Iraola.
–Ignoraba que Salvides tuviera esas aficiones.
Iraola dio un respingo.
–¡Él no colocó esto!
Claro que no. La pantalla del inspector siempre había conservado el mismo fondo, un racimo de nubes sobre el cielo azul. Jamás se había atrevido a cambiarlo, temeroso de provocar algún desastre universal.
–Ya le dije que Salvides jamás vio el e mail.
Quedé boquiabierto. Iraola había girado hacia mí y me pareció adecuado fingir sorpresa.
–Sí –prosiguió– Esto estaba en el mail: “Podrás dejar de quererme, pero olvidarme jamás”. Y lleva firma: “Carlos S. Libermann, Doctor en Filosofía”.
Me aproximé a la pantalla.
–¡No puede ser!
Le expliqué quién era Libermann.
–Y su esposa acaba de suicidarse –dije.
–¿Ese doctor Libermann? –Los ojos de Iraola brillaban como los de un conejo–. ¿Y dice usted que es nuestro hacker?
Me alcé de hombros.
Iraola se volvió hacia la estantería.
–Ahí tengo el cpu de Libermann. Lo envió Investigaciones.
Le pregunté si había comunicado a Investigaciones el asunto del e mail. Me miró mudo de horror. Que la Brigada Internet estuviera siendo enloquecida por un hacker era equivalente a que el cuartel general de la Guardia de Infantería fuera asaltado por un trío de delincuentes infantiles.
–Tenemos que averiguar qué sabe Investigaciones. Le preguntaron por mí, ¿verdad?
Iraola asintió.
–Entonces me presentaré espontáneamente. Del interrogatorio tal vez pueda extraer alguna conclusión.
–¡Buena idea! –exclamó Iraola.

Si, debo consultar a Hermosilla. Pero no responde a mis llamadas.

miércoles, 11 de mayo de 2011

35. Una justa reivindicación

Noviolence.com
Es la página de un grupo de plateístas brasileros preocupados por la violencia. Pertenecen al Flamengo, Botafogo, Vasco de Gama y Corinthians. Predican paz y amor en las canchas.
Imagínense.
Una delegación de hippies en el delta del Mekong.
Pero obtienen adhesiones de diversas partes del mundo. Hay una sección Hechos y Fotos en la que es posible dejar un relato o una imagen de violencia en los estadios. Conté el traspié de Ernesto Sábato en el baño de la Bombonera. También acusé a Reiphnol y dejé su dirección electrónica.

A propósito: mi copiloto puede averiguar casi cualquier dirección electrónica. No sé cómo lo hace. Sus recursos parecen ser infinitos. Le pedí que investigara a Sábato. Aparece más de doscientas veces en la red, me informa. Y tiene una página Web. ¿Será el mismo? Por las dudas también ahí dejé un comentario sobre lo ocurrido en el baño.
Y envié un correo a Reiphnol: “Te espero en La filial del Chango Cárdenas, cagón”. Firmé “Ernesto Sábato”.

Me di cuenta que me estaba dejando llevar luego de entrar a los codazos en la filial del Chango. Los desafié a pelear el domingo en Brandsen y Necochea. También ahí dejé la dirección electrónica de Reiphnol. Y la de Sábato, claro.

Me desconecté y algo más sosegado se me ocurrió que podría organizar un movimiento en favor de la violencia. Le daba vueltas al asunto cuando sonó el teléfono.
Era Iraola.
Mi corazón se detuvo en seco.
–Hace dos horas que lo llamo y siempre da ocupado.
Le expliqué de mi proyecto. Entendió mal.
–Como para no violencias estamos –suspiró– Acá hay una crisis y usted pierde el tiempo en pendejadas.
–Desde que me dejó cesante, tiempo es lo único que me sobra.
–Lo pasado pisado –dijo Iraola– Ahora necesito verlo. Preséntese en la Brigada.
–No.
–Es una orden.
Yo había vuelto a ser un civil: el subcomisario no podía darme órdenes.
–Le aseguro que no se va arrepentir –dijo con el tono melifluo de un gato engañando a un ratoncito.
¿Qué no me iba a arrepentir? Si ponía un pie en el Departamento de Policía no volvería a salir por lo menos en veinte años. Sus compañeros no me perdonarían lo de Salvides, aunque, bien mirado, el asunto no era tan grave. Al fin de cuentas yo no había hecho nada malo. Y demostré mi inocencia.
Pero estaba lo de Aníbal, su voz en el contestador de Sara Libermann.
Lo primero que haría un investigador con dos gramos de cerebro sería escuchar la cinta. Lo segundo –temblé– sería abrir los archivos de la computadora. O en su defecto, enviarlos a la División Computación.
Iraola leía mi mente, aun a distancia.
–Me hablaron de Investigaciones –dijo.
–Ah.
–Querían saber si usted trabajaba acá.
Iraola hizo una pausa en cuyo transcurso mis glándulas enloquecieron segregando gonadotropinas, progesterona y hasta glucagón, en inmensas cantidades. Finalmente, el comisario se avino a responder a mi mudo interrogante.
–Les dije que sí.
Me subieron las palpitaciones. Sudaba frío.
–Por otra parte –prosiguió– me enviaron el cpu de un doctor Libermann. Su esposa murió en circunstancias poco claras. Me gustaría que usted lo revisara.
A esa altura el subcomisario me había convencido. Pero subsistía un problema.
–Es que el inspector Salvides..., usted sabe.
–Salvides murió.
–¿¡Murió!?
–¿Qué le pasa? Murió. Todos lo haremos alguna vez.
–Lo siento mucho –susurré.
–Tranquilícese. Usted no tuvo nada que ver. Salvides nunca vio esa estúpida página suya en Geocities. Murió al abrir un e mail.
–Eso es extraño, ¿verdad?
–No –dijo Iraola–. Tendría que ver el e mail. Fue la gota que rebalsó el vaso. Alguien se metía en su computadora, le alteraba los archivos y hasta le programaron un protector de pantalla que dice “Vigilante barriga picante”. Pero eso no es lo peor: un traficante holandés vive en un barco con una chancha que se llama Salvides.
Acoté que de esa gente fuera de la ley era posible esperar cualquier cosa, paro que jamás lo habría imaginado de Salvides.
Iraola no me prestó atención y prosiguió, desesperado:
–Tenemos un hacker infiltrado en nuestro sistema ¿comprende?
Repuse que, en efecto, comprendía la gravedad del problema, pero yo no podía hacer nada al respecto. Era un civil, sin contrato.
–Lo tengo sobre mi escritorio –dijo Iraola–. Todavía no cursé su renuncia a Personal.
¿Mi renuncia?
Inmune a la lógica, los hechos y el sentido común, Iraola prosiguió:
–Si descubre al hacker habrá un incremento de sueldo.
–Y una promoción –acoté rápidamente.
Guardó silencio. A nadie le gusta que lo extorsionen. Pero el asunto debía ser muy grave.
–Y una promoción... –suspiró antes de cortar.

Algo muy raro había ocurrido. El hacker que alteraba los archivos de Salvides era un inocente bromista –si lo sabría yo–. Por esas tonterías Iraola no se mostraría dispuesto a renovar mi contrato. Y prometer una promoción.
¡Una promoción! ¡Por fin sería un policía de verdad!
Me vi en uniforme de gala, con las doradas insignias de capitán.
El Capitán Deseo.

Demoré un poco en llegar a la Brigada debido a un brusco incremento de los niveles de testosterona

sábado, 30 de abril de 2011

34. El consejo de un sabio

Nota de color en la sección Informática de un diario de hoy:

“Aseguran en Geocities no haber violado al inspector Salvides”.

La periodista comenta que la Policía Federal se ha negado a dar precisiones. La excusa del vocero policial es que hay más de diez mil oficiales en actividad, que no puede saber el apellido de todos.

¿Pero es posible que exista algún Salvides?”, pregunta.
Se trata de un apellido bastante común.”, responde el vocero policial.
¿No niega entonces la veracidad de la noticia?”
“¿Qué noticia?”
, se sobresalta el vocero.
“Un señor publica una página Web explicando que no violó al inspector Salvides. ¿No le parece esa una noticia?”
“Señorita, no se puede dar crédito a todo lo que está en internet. Seguramente se trata de un loco. En todo caso no me consta que eso haya sucedido”

La periodista se toma el asunto para la chacota. Pregunta:
“¿Qué es lo que no sucedió?
“No comprendo”
, dice el vocero.
Yo sí. Río.
“¿Usted quiere decir que no sucedió que el inspector Salvides no haya sido violado?”
“Desmienta terminantemente”
–dice el vocero.
La periodista concluye confesando ignorar que es lo que corresponde desmentir.
“Si el autor de la página miente al decir que el inspector Salvides no ha sido violado, esto significa que lo ha sido. Pero si lo ha sido ¿miente el autor de la página al negar toda responsabilidad en el hecho? ¿O dice la verdad? En cuyo caso, ¿Quién violó al inspector Salvides?
“Esa es la pregunta del millón”.


Firma la nota: Claudia Miranda.

Me revuelco de risa. Me encanta Claudia Miranda. Es una harpía muy mala. Y goza con eso. Se humedece en su butaca en medio de la redacción, a la vista de todos. Tiene bonitas piernas y un liguero azul.
Me sube la testosterona, me sube.
Mi pequeño amigo se pone juguetón. Lo tranquilizo con caricias suaves y palabras dulces hasta que suena el teléfono.
–Esto es un quilombo de órdago –susurra Johnny. Habla desde la Brigada–. Todo el mundo está en geocities/inocente.
Me hago el distraído.
–¿Sí?
–Sí. Y hace un rato entró Iraola hecho una furia y se metió al despacho de Salvides. El pobre Salvides no se había enterado de nada: nunca lee la sección informática. Ahora los médicos lo están sacando en camilla. Tuvo un ataque.
Le pregunto si uno de los doctores se llama Hermosilla. Johnny no lo sabe.
–No importa –digo.
–Ah, y te llamó Libermann.
Libermann. Libermann.
Agradezco a Johnny que me tenga al tanto de las novedades y corto.

Libermann, Libermann.
¿Qué haré con Libermann?

Llamo a Libermann.
El doctor no está, me informa su secretaria. Le explico que soy un amigo y que el doctor me dejó un mensaje solicitando verme. En forma urgente, recalco.
–Estará en la morgue –dice.
–¿¡Murió!?
–La esposa.
–¿Qué pasa con la esposa?
–La señora Libermann ha tenido un accidente.
–¡Oh! –exclamo.
Corto y me visto rápidamente. Tomo un taxi. En media hora llego a la morgue. Muestro mi credencial y entro. El sombrío edificio parece destilar pus. Se me alteran las gonadotropinas y me voy deprimiendo a medida que avanzo por un pasillo.
Yo también acabaré acá, pienso, pero no para siempre: después me mandarán a la cátedra de aberraciones genéticas de la facultad de Medicina. Será mi gran contribución al progreso de la Humanidad.
Cuando estoy a punto de perder el conocimiento, al final del pasillo encuentro la sala de espera. Veo a Libermann en un rincón. Lagrimea y sacude la cabeza mientras responde las preguntas de un oficial de policía.
El uniforme del policía está salpicado de las condecoraciones de Libermann.
Me mantengo aparte hasta que el policía se va. Libermann permanece unos segundos, como ausente. Por fin me ve. Viene hacia mí, moqueando.
–¡Sara se suicidó!
Me abraza. Domino la repulsión y le palmeo la espalda.
–Tranquilo –digo.
–¡Yo la maté!
Su confesión me desconcierta. Hasta donde recuerdo, a Sara la maté yo. Pero como soy astuto, no se lo digo.
–Y la policía me preguntó por vos –agrega.
Hielo bajo mis pies. Patino en la pista rumbo al precipicio.
–¡¿Vos la mataste y la policía pregunta por mí?!
–Yo no la maté.
Lo observo en silencio, como un científico estudiando a un apestoso gusano.
–Vos estás loco –sentencio–. Tanta paja te achicharró el cerebro.
Libermann baja la cerviz. Lo pude.
¡Lo pude!
–Soy un monstruo –admite.
Me mantengo impertérrito: no me conmueve en lo más mínimo. Lo mismo decían de mí y aquí me ven, lo más pimpante.
–Si le hubieras prestado un poco más de atención, Sara no te habría metido los cuernos.
Libermann retrocede, boquea. Es un horrible pez debatiéndose por respirar, un pez moco.
Intento consolarlo:
–En tu lugar yo también la habría matado.
Libermann niega con cadenciosos cabeceos. No puede creer en mis palabras. Le doy una pequeña ayuda.
–La hice seguir por los detectives...
Alza la mirada. Se la sostengo. Su rostro se descompone. El presumido clon de mister Kissinger se ha convertido en un grotesco monigote de plastilina.
–¿Meneses…? –pregunta.
Consigo controlar la carcajada, que pugna por salir de mi pecho. El esfuerzo me provoca acidez. Y gases.
Libermann se aparta de mí, sorprendido, pero apenas por un instante. Lo tengo sujeto por los hombros
–Privados –susurro–, detectives privados. Pero no te preocupes: me llevaré el secreto a la tumba.
–¿Con...? –Libermann vacila. No acaba de asimilar la espantosa noticia. El único consuelo en su caso hubiera sido el saberse querido, respetado por la persona amada. Ese habría sido al menos un dulce recuerdo para atesorar en el corazón. Sé de qué hablo. Al fin se atreve –¿... con quién?
–No te lo puedo decir.
El rostro de Libermann se desfigura hasta parecer la imagen de un cerdo reflejada en un espejo deformante.
–¡Tenés que decírmelo! –grita.
Lo tengo dentro de un puño. Es hora de cerrar la mano con fuerza, aplastarlo como a una fruta podrida, pero demoro el desenlace.
Por un lado, la idea de aplastar en mi mano una fruta podrida me da asco, qué quieren que les diga. Pero también quiero disfrutar del momento de la suprema venganza, demorado tantos años. Ya siento el placer que me deparará. Si hasta mi pirulín parece endurecerse.
–Te va a hacer daño.
Libermann dobla la cerviz y menea la cabeza.
–Decime con quién, por favor.
Me ruega ¡Libermann me ruega!
Junto aire y le lanzo la estocada final:
–Con Aníbal –digo.
Libermann frunce el ceño y retrocede.
–¿Qué Aníbal?
–Aníbal Lequerica ¿No te acordás?
–Aníbal vive en Suecia.
Tengo un vahído. Trato de asirme de algún sitio, pero a mi alrededor tan sólo hay aire. Y líbermann. Y más allá de las puertas, heladeras llenas de muertos.
Me siento caer y doy un último manotazo.
–Habrá vuelto
–Lo llamé anoche. Estaba en su casa, en Estocolmo.
Caigo irremisiblemente en el precipicio.
–Será otro…
–Liberman se sigue apartando de mí, sin dejar de vigilarme. ¿O me estará estudiando?
Me estudia, Libermann me estudia.
Siento un cálido hilo de orín rodar cuesta abajo por el interior de mi muslo.
Sáquenme de acá, por favor!
Quiero gritar, pero mi cerebro está enteramente ocupado en el esfuerzo de hacerme respirar.
Boqueo. Boqueo.
–Me dijo que me cuidara de vos. Ahora comprendo por qué. Sos un monstruo, un verdadero hijo de puta.
–¡Con mi vieja no te metás! –chillo en un rapto de histeria.
Libermann vacila, pero mi sentido del ridículo me juega una mala pasada. Mis ojos se llenan de lágrimas. Hago un esfuerzo supremo pero pierdo el control y me dejo llevar.
El monigote de plastilina hace un gesto de suprema repugnancia.
–¿Y todavía te reís? ¿Ensuciás el nombre de Sara y todavía te reís? En un momento como éste y nada menos que con mi mejor amigo.
Ah no, eso no puedo permitirlo.
–Aníbal es mi mejor amigo.
El monigote apoya un índice de plastilina en su mejilla de plastilina. Ha vuelto a convertirse en Henry Kissinger.
–Estás muy enfermo –diagnostica–. Deberías consultar a un facultativo.
Corro por el pasillo. El pus que chorrea de las paredes cubre el piso con una sustancia gelatinosa. Mis pies se vuelven de plomo. Me sofoco. Tengo palpitaciones. Mi organismo es bombardeado por una horda de estrógenos.
¡Me van a crecer las tetas!
–Cálmese, hombre.
Un enfermero me ha tomado del brazo. Me ofrece un vaso de agua. Señalo mi cabeza.
–Es el hipotálamo –explico–. Ya pasó.
–Parece enfermo –dice– debería consultar a un doctor.
Estoy harto de pedantes. Le tiro una trompada. Cae hacia atrás. Corro por el pasillo, empujo al portero que me sale al cruce y salgo a la calle. Paro un taxi y me zambullo en el asiento trasero.
–Al consultorio del doctor Hermosilla, rápido.
El taxista me mira por el espejo.
–¿Dónde queda?
–No sé.
Sus ojos siguen en el espejo.
–Empecemos de nuevo.
Suspiro
–Sería maravilloso, si fuera posible...
–Pero algo tenemos que hacer.
Asiento. El hombre es un sabio.
–No puedo quedarme de brazos cruzados, ¿verdad?
Alza las cejas.
–Si eso es lo que quiere..., pero el reloj ya está corriendo.
–¡El tiempo pasa!
–Y cuanto más pase, más caro le va a salir.
Estoy impactado. El hombre es un sabio.
Le pregunto si estudió en la India.
–No –dice– pero llevo años acá y he visto de todo.
Un talento natural.
–¿Qué me aconseja hacer?
–Ponernos en marcha.
–Sí –exclamo–. En marcha ¡Avanti! ¡Piú avanti!
El hombre me ha devuelto la fe. Le doy la dirección de mi casa y partimos al encuentro con el destino.
¡Ma avanti, sempre avanti!

domingo, 24 de abril de 2011

33. Sin noticias del doctor Hermosilla

Vean lo que dice la Endocrine Web Home Page:

“Sistema endocrinológico
”La testosterona es la principal hormona masculina; se produce en las células de Leydig en los testículos, por influencia de la hormona luteinizante segregada por la hipófisis anterior. Estimula la aparición de las características sexuales secundarias masculinas: crecimiento de la barba y vello púbico, desarrollo del pene y evolución de la voz hacia un tono mas grave”.


Secundarias. Características secundarias.

“Testículos. Son cuerpos ovoideos pares que se encuentran suspendidos en el escroto.
”Páncreas. La mayor parte del páncreas está formado por tejido exocrino que libera enzimas en el duodeno. Hay grupos de células endocrinas, los Islotes de Langerhans, distribuidos en todo el tejido que secretan insulina y glucagón”.


¡Glucagón!
Sólo eso me faltaba.

El amanecer me sorprendió dormido frente al teclado de mi computadora. Había pasado la noche prácticamente en vela. Apenas conseguía conciliar el sueño aparecía en el Dark Site practicando sexo oral con un una gallina de Guinea.
Al fin desistí de dormir. Fui hasta la cocina, preparé un termo de café y me senté frente al teclado. Configuré mi explorador para navegar anónimamente y patrullé el mundo del crimen. Me había convertido en un vigilante voluntario, como Batman.
Esto carecía de sentido. Bruno Díaz era un homosexual multimillonario. A mí apenas si me quedaban ahorros para afrontar dos meses de alquiler. Después, ya saben: Rolo y su Mágnum.
De algún extraño modo me sentía más cerca del Hombre Araña, lo que no me tranquilizó, en absoluto. Se trata de un superhéroe muy conflictuado a quien todo le sale para el carajo. Sus trastornos glandulares son más que evidentes. Es huérfano y tiene problemas económicos. Y un jefe tiránico y maligno.
Somos casi almas gemelas.

De pronto me sorprendí preguntándome si también él habría matado a sus padres.

Esto no era justo. No había visto a mi madre en años. Y papá ya estaba muerto cuando golpeó contra la maceta. Si ni siquiera sangró.
Pero la odiosa acusación de Aníbal había revivido en mi interior un adormecido sentimiento de culpabilidad, esa horrible sensación de ser el responsable de la debacle familiar.
¡Y se decía mi amigo!
Durante años vino a tomar la leche a casa. Mientras mamá conservó algún contacto con la realidad, había sentido pena por Aníbal, el hijo de la señora de anteojos oscuros que trabajaba en el centro. Cuando jugábamos a la pelota en la vereda y mamá se asomaba a la puerta para anunciar que la leche estaba lista, siempre buscaba a Aníbal con la mirada y mediante una seña lo invitaba a compartir mi pan con manteca.
Mi pan con manteca.

No vayan a creer que alguna vez sentí celos: Aníbal era mi amigo y de algún modo el cariño que le prodigaba mamá también caía sobre mí. Por ejemplo, cuando estaba Aníbal, había dulce de leche.
¡Quién hubiera dicho que me traicionaría de esta forma! ¡Y con Sara, la esposa de Libermann!

Uno de los factores que siempre –hasta que lo vi en televisión– me hicieron sentir más cerca del género humano que Libermann, fue mi amistad con Aníbal. Y ahora venía a descubrir su doblez, su falsedad, su hipocresía. Aníbal había comenzado a venir a casa por la leche. Y siguió haciéndolo luego por Elena.
Me gustaría que la hubiese visto, ya desde chiquita, sentada en las rodillas de papá, preparando el estallido de su sistema cerebro vascular. Ella lo mató, la víbora.
La víbora y Aníbal: tal para cual.

Había salido del mundo del crimen casi sin darme cuenta, llevado por impulsos interiores. Abría ahora la página de la compañía telefónica. Ni rastros de Aníbal. Sin embargo, tenía teléfono. Él mismo lo había dicho.

Sentí un vahído. Mi cabeza daba vueltas y comencé a caer al vacío. Las luces de los automóviles eran pequeños haces rojizos. El viento hacía zumbar mis oídos. Caía al vacío, planeando en círculos. Miré hacia arriba. Un gordo con una mancha de tierra ensangrentada en la cabeza me miraba acodado en un balcón, con los ojos y la boca muy abiertos. Seguí cayendo mientras una sombra emergía junto al gordo. Tenía una remera ceñida que resaltaba los pectorales y un bulto en la entrepierna. Parecía Rolo, pero era Aníbal. Lo supe al instante.
Aníbal apoyó el cañón de su Mágnum contra la cabeza del gordo. “¡Iiiiii!”, escuché cuando la cabeza estalló como una ciruela podrida.

No sé cuanto tiempo estuve en el piso. Cuando abrí los ojos todavía era de noche. El protector de la pantalla era un enredo de cañerías. Enderecé la silla y me acomodé frente a la computadora. La página de la telefónica seguía abierta.
Busqué Hermosilla. Había varios. Resalté “Hermosilla, Jorge R. Med” y conecté el teléfono. Respondió un contestador automático. Dejé un mensaje rogándole que me llamara.
Colgué, pero no volví a la red. Permanecí aguardando la llamada de Hermosilla hasta que me sorprendió la salida del sol. Cuando abrí los ojos lo primero que recordé fue el mensaje de Aníbal en el contestador de Sara Libermann.
Me vino una bronca…

Para tranquilizarme, entro en el banco de semillas sensitivas

Silver Pearl
Interior/Invernadero
Ganadora de la Copa Sativa/Indica 96
Madre de la famosa Silver Haze, ahora a la venta como estirpe.
Híbrido formado por Early Pearl, Skunk #1 y Northern Lights. Es más rápida y de sabor más dulce que la Shiva Skunk. De excelente rendimiento en interior e invernadero, exhibe la resina opaca característica de Northern Lights #5 y la dulzura y el amplio cáliz de la Early Pearl/Skunk.
Una de las favoritas de este banco de semillas.
Floración: 45– 50 días.
Altura: 100-125 cm.
Cosecha: 100 gr.
Floración en invernadero: fin de septiembre.
Cosecha en invernadero: 500 gr.
Art No 2303
125 fl.


La dulzura y el amplio cáliz...
Siento otro vahído. Las paredes giran a mi alrededor. Mis dedos se cierran con suavidad en torno al mouse.
Siento en mi cuello la cálida respiración de la señora López Vázquez. Sus labios se entreabren dejando ver una pareja hilera de dientes entre los que asoma la sonrosada y ávida lengua de la oficial Quintana.
Me dejo caer, me dejo caer, hasta que veo al Hombre Araña avanzar hacia mí sosteniendo en sus manos un descomunal instrumento de penetración.
Reacciono a tiempo y con un rápido impulso alcanzo a apagar el cpu.
Clic.