martes, 28 de junio de 2011

39. Las pruebas de la infamia

Pericia informática del cpu del sospechoso Cahttp://www.blogger.com/img/blank.gifrlos Libermann
Carátula de la causa: Muerte dudosa.


Llené el formulario y conecté el cpu a los accesorios del inspector Salvides. Iraola, sentado a mi lado, seguía mis movimientos con ansiedad.
Lo había convencido de realizar juntos la pericia con un argumento de peso: el suicidio –insistí en todo momento en llamarlo así– de Sara Libermann debía estar íntimamente relacionado con el sabotaje a los archivos de Documentación Personal y el creciente desbarajuste en las computadoras de la Brigada.
No veía el momento de abrir la carpeta de Mensajes Recibidos. Pero no había razón para mostrar apuro. Comencé a revisar los programas y los archivos, en orden alfabético. El archivo Noticias Internet era uno de los últimos.
–Vamos, vamos –me urgía Iraola.
Yo estaba en Accesorios. Seguía en orden y metódicamente de acuerdo a las instrucciones de Procedimiento redactadas por el propio Iraola.
–Debemos revisar todo –dije.
Iraola bufó.
–Después lo haremos tal como lo estipula el reglamento. Pero ahora enfoquemos la búsqueda en forma más focalizada.
–No entiendo.
–Sabemos que Libermann puede ser nuestro hacker –dijo Iraola.
Suspiré.
–¿Qué sugiere?
–Abra Noticias Internet.
¡Bravo!
Abrí la carpeta. Revisé la lista.http://www.blogger.com/img/blank.gif
–Hay varios documentos de imagen –dije.
–Ábralos –ordenó Iraola.
–¿Por orden alfabético o tiene alguna corazonada?
Mi tono había sido burlón, pero Iraola no acusó recibo.
–Por orden alfabético.
Era sencillo: “Carol01”, “Carol02”, y así. Para cuando abrí “Carol25” el subcomisario tenía la patética expresión de un chimpancé presenciando un lanzamiento espacial en Cabo Kennedy.
–¿Qué es esto?
–La oficial Quintana –dije.
Siguió atontado mi búsqueda en el archivo de correo. Varias de las imágenes habían sido enviadas desde la Brigada y otras desde la computadora particular de la propia oficial Quintana. Yo ya lo sabía, ustedes lo sabían, pero Iraola tuvo una crisis.

–¿Qué pasa en Computación? –preguntó el médico de guardia en la enfermería.
Me alcé de hombros.
–Una crisis endocrinológica.
–Exceso de trabajo –se apresuró a corregir Johnny.
Los ojos del médico seguían posados en mí. Se sentía atraído. Estimé que su interés sería estrictamente clínico, aunque uno nunca puede sentirse seguro de nada. Al fin se volvió hacia Iraola, tendido en una camilla.
–Hay que controlar esa presión –dijo el doctor–. Puede tener consecuencias.
–Un ACV –acoté.
–¿Usted es médico?
–No –repuse con mi sonrisa angelical–. Pero soy amigo del doctor Hermosilla. ¿Lo conoce?
Johnny intervino nuevamente.
–¿El subcomisario se encuentra bien?
El médico volvió a sentir dolor al apartar sus ojos de los míos.
–Le di un sedante.
–¡No puede hacer eso! –protesté–. ¡Estamos en medio de un caso crucial! ¡Una investigación de primera magnitud!
–Pues ya lo hice. Y ahora retírese, por favor.
–Debo hablar con el subcomisario, a solas.
–Sí, sí– dijo Iraola desde la camilla.
El médico nos dio dos minutos y salió junto con Johnny.
–Tenemos que revisar los archivos de la oficial Quintana –susurré–. Y esta es una magnífica oportunidad de hacerlo en forma extraoficial. Imagínese las consecuencias si el caso acaba en Investigaciones ¡O en Delitos Complejos!
En rostro del subcomisario asomó una mueca de horror.http://www.blogger.com/img/blank.gif
–Es ahora o nunca –agregué.
Por si no lo saben, Carola permanecía internada en observación. Era posible escuchar sus desvaríos en el cuarto vecino.
–Proceda– dijo Iraola.
–De ningún modo. O usted viene conmigo o yo no muevo un dedo.
Lo ayudé a incorporarse. Sus dificultades derivaban más de su rótula estropeada que del mareo. Le alcancé el bastón y el subcomisario pudo caminar aceptablemente. El médico conversaba con Johnny.
–¿Qué hace, imbécil?
Su tono no me gustó. Apoyé las manos en sus mejillas. Su boca se abrió como una flor. Le di un beso.
–Enseguida vuelvo por vos, corazón. No te pongás celoso.
Cuando salimos de la enfermería el médico se refregaba la trompa y escupía como un cerdo. Qué asco.

Iraola soportó la experiencia en forma bastante aceptable, habida cuenta el contenido de los archivos de Carola. Johnny se había incorporado de hecho al equipo, lo que resultaba muy conveniente. Las cosas no quedarían entre Iraola y yo: ahora había un testigo.
Me dio risa, pero pude sobreponerme.
–¡No puede ser! –exclamé.
–¡Oh! –me siguió el juego Johnny.
Iraola ya ni tenía ánimos para levantarse de la silla. Lo tomé de un brazo y lo llevé frente a la pantalla.
–Mire.
El subcomisario no pareció muy impresionado porque el tipo colgado del arnés dejara azotar su culo por la mujer vestida de Batman: había visto cosas peores en Bizarre Sex.
–¡Es mi hermano!
Iraola despertó.
–Puedo reconocer ese culo en un millón –exageré–. Es el de mi hermano.
Iraola sacudía la cabeza. Si el Clint Eastwood de la Policía Federal era capaz de semejante descarrío ¿qué podía esperarse del personal femenino? Por un momento todos llegamos a pensar que el comportamiento de Carola estaba dentro de los parámetros reglamentarios establecidos por Superioridad. El subcomisario, al menos, así comenzaba a creerlo.
–Al fin de cuentas –suspiró– lo de la oficial Quintana no es antinatural.
Eso era porque no había visto todas las fotos. Pero no perdí tiempo mostrándoselas. Tampoco hubiera servido de mucho. Luego del estupor inicial me pareció que Iraola había comenzado a sentir una creciente excitación ante cada nueva pose de Carola. Yo tenía el antídoto infalible para cualquier perdón. Archivo: Patrulla. Le había introducido algunas pequeñas modificaciones.
Lo abrí.

“El subcomisario Iraola cojea de la pierna derecha y hace bromas de doble sentido al respecto. En especial con los nuevos. Y con las chicas. Las chicas fingen sonrojarse, echan una risita y se tapan la boca, pero todos pensamos que Iraola es un pelotudo”.

–¡Pero que hija de puta! –exclamó Iraola.
–Muy fuerte –dije.
–Tremendo –acotó Johnny.
Pudimos soltar la carcajada recién dos horas más tarde. Y festejamos en un restaurante español, con mariscos. Y demasiado vino, me temo.

El doctor Hermosilla sigue sin responder mis llamadas.

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