Ocupo mi butaca de siempre. Salvides no llegó a quitar los retrovisores. Agradezco silenciosamente a Dios que se lo haya llevado a tiempo: los espejos me dan una gran seguridad. Mis ojos van y vienen del derecho al izquierdo, pero nada ocurre detrás mío. Cada patrullero se encuentra enfrascado en su propia investigación. La oficial Quintana ya no sale de su despacho, atrapada en el mundo del sexo y la droga. Iraola opera desde la oficina de Salvides, donde fijó su puesto de comando. Dirige la operación de contrainteligencia desde el terreno. Yo soy su alfil, su 007 infiltrado entre mis propios compañeros para desenmascarar al terrorista.
–Hay una bomba de tiempo oculta en la brigada –había dicho Iraola.
Cuando llegué al Departamento, algo retrasado por culpa de la testosterona, los patrulleros navegaban en silencio, concentrados en su labor. Johnny alzó la vista de la pantalla y me guiñó un ojo. Lo saludé de lejos y fui hasta el despacho de Salvides.
Me detuve frente a la puerta, para tomar aire.
Tenía brumosos temores sobre qué habría de encontrar dentro. Iraola y la oficial Quintana haciendo el amor sobre el escritorio. Rolo colgado de un arnés. Libermann en pose de Pedante declarando que yo era un monstruoso hijo de puta. Aníbal con un dedo apuntado hacia mí: él fue. La oficial Quintana con una ametralladora apuntando hacia mí: él fue. Elena en tetas, con su pequeña tanga y su rostro deformado por la mueca de asco. El bancario con un caño de plomo. Y la Mágnum de Rolo...
Tuve una ligera crisis endocrinológica y me apoyé en la puerta.
–Pase –dijo Iraola.
Afortunadamente, el subcomisario estaba a solas. Recorría de un extremo al otro el despacho de Salvides.
–¡Al fin llegó!
–Una indisposición –me excusé, sin poder apartar la vista del cpu de Libermann, en una estantería junto a pruebas de diversos casos enviadas por Investigaciones para las correspondientes pericias.
–Ay– dije.
El subcomisario no me prestó atención. Arrojó una pila de hojas sobre el escritorio.
–Vea esto.
Eran copias de pasaportes.
La confección de pasaportes se había informatizado –el propio Iraola tuvo mucho que ver en la hazaña modernista– y ya nadie debía concurrir con un juego de fotografías cuatro por cuatro. La imagen la tomaba una cámara conectada a una computadora. De igual forma, las huellas dactilares eran ingresadas por un escaner.
Un proceso rápido, confiable y limpio.
De todos modos, por impulso atávico, la División Documentación Personal había seguido registrando las huellas en tiritas de papel, lo que siempre motivó los despectivos comentarios de Iraola.
Luego de que los ciudadanos finalizaban el rápido, confiable e higiénico proceso de obtener su pasaporte en un gran salón donde decenas de computadoras eran operadas por bonitas muchachas de anteojos elegantes y largas piernas y apuestos universitarios recién graduados, en un pasillo, como mendigos de la era tecnotrónica, dos mustios agentes de la División Documentación Personal, interceptaban a los ciudadanos para embadurnarles los dedos con tinta de sello y tomar sus huellas en una tirita de papel.
Patético.
Las hojas que tenía ante mí eran copias de las primeras páginas de varios pasaportes computarizados, que quedaban en archivo.
Las fotografías eran en blanco y negro. A un lado de la foto debía estar la huella del pulgar.
No estaba. Estaba Homero Simpson.
Miré la siguiente: Pedro Picapiedras.
Seguí pasando hojas: Mickey Mouse, Tiro Loco Mac Graw, de nuevo Homero Simpson, Fritz el gato, Condorito, Patoruzú…
No pude evitar un estremecimiento al advertir entre ellas una caricatura del Hombre Araña.
–Alguien –Iraola se aclaró la garganta–. Alguien entró a los archivos y reemplazó las huellas dactilares por personajes de historieta. En las copias de todos los pasaportes.
–¿Todos?
Iraola asintió.
–Todos.
–Supongo que se repetirán...
Entornó los párpados. Trataba de seguir mi razonamiento. No había tal cosa, apenas otro comentario inconveniente. Dejé correr las hojas sujetas a mi dedo pulgar.
Levanté la vista y miré al comisario tras un aleteo de pestañas.
–Deben ser muchos, porque aquí nomás, a simple vista, encuentro varios Simpson, tres Guffy, y más de siete Tío Rico.
La boca de Iraola permanecía abierta.
–¿Muchos qué? –alcanzó a preguntar.
–Pasaportes.
–Seis millones trescientos veinticinco mil seiscientos veintiocho –Tragó saliva–. El Jefe dijo que debíamos sentirnos agradecidos de que Documentación tuviera un juego de cada huella, en papel y tinta.
En ese momento comprendí que el subcomisario se había convertido en el hazmerreír de la Plana Mayor.
Me vino como una tentación…
–¿Qué le pasa?
–Un ataque de tos –repuse.
Iraola carraspeó, recuperando un tono normal de voz. Hasta ese momento había sonado como una viejecita atrapada en una orgía de obreros de la construcción.
–Hemos sido víctimas de un atentado terrorista. Hay otro Unabomber suelto por ahí.
“Ahí” era la caótica inmensidad del ciberespacio.
–Debe atraparlo.
Había escuchado mal. Me incliné hacia Iraola.
–¿Qué?
–El caso es suyo –dijo–. Y compórtese a la altura de las circunstancias: el futuro de la Civilización Occidental está en sus manos.
–Eso es imposible.
–Hay que vengar la afrenta recibida por la Institución –se exaltó Iraola–. Por otra parte, si no descubre al hacker, me temo que estaremos perdidos. No sólo no hemos tenido ningún operativo exitoso desde aquel desagradable episodio en Vicente López... –hizo un alto, breve pero suficiente para que yo recordara a Juanjo Bellomo– sino que, como si eso hubiera sido poco, ahora los delincuentes nos tocan el culo.
–Quiere decir que...
Iraola asintió.
–Los efectivos serán redistribuidos y me temo que no habrá lugar para los PCBC. Estamos en una etapa de austeridad.
Adiós promoción, adiós empleo. Rolo y su Mágnum se erguían como emblemas de mi miserable futuro.
–¿Tengo plenos poderes? –pregunté.
Iraola asintió.
–¿Y puedo formar un pequeño equipo de colaboradores?
–Con mucho cuidado. No confíe en nadie. El terrorista puede ser uno de nosotros.
El subcomisario leía en mi mente. Pero mi mente es una caja de sorpresas.
–Hablo de personal externo –dije–. Conozco dos investigadores independientes que me merecen la mayor confianza.
Iraola torció la boca. Quería saber los nombres.
–Operarán bajo los alias de Copiloto y Mecánico –dije.
–Nombres –insistió.
–Tengo plenos poderes. Y no debo confiar en nadie. Hace exactamente dos minutos con treinta segundos que usted ha ingresado a mi lista de sospechosos.
Consulta para Hermosilla: ¿Cuál es la relación del hipotálamo con las conductas autodestructivas?
Pero Iraola es un pelotudo muy sanmartiniano. O viceversa. Como sea, asintió con pesados cabeceos.
–¡Muy bien! –exclamó–. No hay que confiar en nadie, sin excepciones
Siguió asintiendo mientras finalizaba el cruce de los Andes. Luego pareció recordar mi presencia
–Le interesará esto.
Fue hasta el escritorio de Salvides y encendió la computadora.
–La mantengo desconectada por precaución –explicó–. Con diez minutos que esté encendida basta para que el hacker haga un estropicio.
Llegué a su lado y miré por sobre su hombro en el momento en que aparecía el fondo de pantalla: el Hombre Araña empuñando su poderoso armamento.
–Es repugnante –dijo Iraola.
–Ignoraba que Salvides tuviera esas aficiones.
Iraola dio un respingo.
–¡Él no colocó esto!
Claro que no. La pantalla del inspector siempre había conservado el mismo fondo, un racimo de nubes sobre el cielo azul. Jamás se había atrevido a cambiarlo, temeroso de provocar algún desastre universal.
–Ya le dije que Salvides jamás vio el e mail.
Quedé boquiabierto. Iraola había girado hacia mí y me pareció adecuado fingir sorpresa.
–Sí –prosiguió– Esto estaba en el mail: “Podrás dejar de quererme, pero olvidarme jamás”. Y lleva firma: “Carlos S. Libermann, Doctor en Filosofía”.
Me aproximé a la pantalla.
–¡No puede ser!
Le expliqué quién era Libermann.
–Y su esposa acaba de suicidarse –dije.
–¿Ese doctor Libermann? –Los ojos de Iraola brillaban como los de un conejo–. ¿Y dice usted que es nuestro hacker?
Me alcé de hombros.
Iraola se volvió hacia la estantería.
–Ahí tengo el cpu de Libermann. Lo envió Investigaciones.
Le pregunté si había comunicado a Investigaciones el asunto del e mail. Me miró mudo de horror. Que la Brigada Internet estuviera siendo enloquecida por un hacker era equivalente a que el cuartel general de la Guardia de Infantería fuera asaltado por un trío de delincuentes infantiles.
–Tenemos que averiguar qué sabe Investigaciones. Le preguntaron por mí, ¿verdad?
Iraola asintió.
–Entonces me presentaré espontáneamente. Del interrogatorio tal vez pueda extraer alguna conclusión.
–¡Buena idea! –exclamó Iraola.
Si, debo consultar a Hermosilla. Pero no responde a mis llamadas.
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viernes, 20 de mayo de 2011
miércoles, 11 de mayo de 2011
35. Una justa reivindicación
Noviolence.com
Es la página de un grupo de plateístas brasileros preocupados por la violencia. Pertenecen al Flamengo, Botafogo, Vasco de Gama y Corinthians. Predican paz y amor en las canchas.
Imagínense.
Una delegación de hippies en el delta del Mekong.
Pero obtienen adhesiones de diversas partes del mundo. Hay una sección Hechos y Fotos en la que es posible dejar un relato o una imagen de violencia en los estadios. Conté el traspié de Ernesto Sábato en el baño de la Bombonera. También acusé a Reiphnol y dejé su dirección electrónica.
A propósito: mi copiloto puede averiguar casi cualquier dirección electrónica. No sé cómo lo hace. Sus recursos parecen ser infinitos. Le pedí que investigara a Sábato. Aparece más de doscientas veces en la red, me informa. Y tiene una página Web. ¿Será el mismo? Por las dudas también ahí dejé un comentario sobre lo ocurrido en el baño.
Y envié un correo a Reiphnol: “Te espero en La filial del Chango Cárdenas, cagón”. Firmé “Ernesto Sábato”.
Me di cuenta que me estaba dejando llevar luego de entrar a los codazos en la filial del Chango. Los desafié a pelear el domingo en Brandsen y Necochea. También ahí dejé la dirección electrónica de Reiphnol. Y la de Sábato, claro.
Me desconecté y algo más sosegado se me ocurrió que podría organizar un movimiento en favor de la violencia. Le daba vueltas al asunto cuando sonó el teléfono.
Era Iraola.
Mi corazón se detuvo en seco.
–Hace dos horas que lo llamo y siempre da ocupado.
Le expliqué de mi proyecto. Entendió mal.
–Como para no violencias estamos –suspiró– Acá hay una crisis y usted pierde el tiempo en pendejadas.
–Desde que me dejó cesante, tiempo es lo único que me sobra.
–Lo pasado pisado –dijo Iraola– Ahora necesito verlo. Preséntese en la Brigada.
–No.
–Es una orden.
Yo había vuelto a ser un civil: el subcomisario no podía darme órdenes.
–Le aseguro que no se va arrepentir –dijo con el tono melifluo de un gato engañando a un ratoncito.
¿Qué no me iba a arrepentir? Si ponía un pie en el Departamento de Policía no volvería a salir por lo menos en veinte años. Sus compañeros no me perdonarían lo de Salvides, aunque, bien mirado, el asunto no era tan grave. Al fin de cuentas yo no había hecho nada malo. Y demostré mi inocencia.
Pero estaba lo de Aníbal, su voz en el contestador de Sara Libermann.
Lo primero que haría un investigador con dos gramos de cerebro sería escuchar la cinta. Lo segundo –temblé– sería abrir los archivos de la computadora. O en su defecto, enviarlos a la División Computación.
Iraola leía mi mente, aun a distancia.
–Me hablaron de Investigaciones –dijo.
–Ah.
–Querían saber si usted trabajaba acá.
Iraola hizo una pausa en cuyo transcurso mis glándulas enloquecieron segregando gonadotropinas, progesterona y hasta glucagón, en inmensas cantidades. Finalmente, el comisario se avino a responder a mi mudo interrogante.
–Les dije que sí.
Me subieron las palpitaciones. Sudaba frío.
–Por otra parte –prosiguió– me enviaron el cpu de un doctor Libermann. Su esposa murió en circunstancias poco claras. Me gustaría que usted lo revisara.
A esa altura el subcomisario me había convencido. Pero subsistía un problema.
–Es que el inspector Salvides..., usted sabe.
–Salvides murió.
–¿¡Murió!?
–¿Qué le pasa? Murió. Todos lo haremos alguna vez.
–Lo siento mucho –susurré.
–Tranquilícese. Usted no tuvo nada que ver. Salvides nunca vio esa estúpida página suya en Geocities. Murió al abrir un e mail.
–Eso es extraño, ¿verdad?
–No –dijo Iraola–. Tendría que ver el e mail. Fue la gota que rebalsó el vaso. Alguien se metía en su computadora, le alteraba los archivos y hasta le programaron un protector de pantalla que dice “Vigilante barriga picante”. Pero eso no es lo peor: un traficante holandés vive en un barco con una chancha que se llama Salvides.
Acoté que de esa gente fuera de la ley era posible esperar cualquier cosa, paro que jamás lo habría imaginado de Salvides.
Iraola no me prestó atención y prosiguió, desesperado:
–Tenemos un hacker infiltrado en nuestro sistema ¿comprende?
Repuse que, en efecto, comprendía la gravedad del problema, pero yo no podía hacer nada al respecto. Era un civil, sin contrato.
–Lo tengo sobre mi escritorio –dijo Iraola–. Todavía no cursé su renuncia a Personal.
¿Mi renuncia?
Inmune a la lógica, los hechos y el sentido común, Iraola prosiguió:
–Si descubre al hacker habrá un incremento de sueldo.
–Y una promoción –acoté rápidamente.
Guardó silencio. A nadie le gusta que lo extorsionen. Pero el asunto debía ser muy grave.
–Y una promoción... –suspiró antes de cortar.
Algo muy raro había ocurrido. El hacker que alteraba los archivos de Salvides era un inocente bromista –si lo sabría yo–. Por esas tonterías Iraola no se mostraría dispuesto a renovar mi contrato. Y prometer una promoción.
¡Una promoción! ¡Por fin sería un policía de verdad!
Me vi en uniforme de gala, con las doradas insignias de capitán.
El Capitán Deseo.
Demoré un poco en llegar a la Brigada debido a un brusco incremento de los niveles de testosterona
Es la página de un grupo de plateístas brasileros preocupados por la violencia. Pertenecen al Flamengo, Botafogo, Vasco de Gama y Corinthians. Predican paz y amor en las canchas.
Imagínense.
Una delegación de hippies en el delta del Mekong.
Pero obtienen adhesiones de diversas partes del mundo. Hay una sección Hechos y Fotos en la que es posible dejar un relato o una imagen de violencia en los estadios. Conté el traspié de Ernesto Sábato en el baño de la Bombonera. También acusé a Reiphnol y dejé su dirección electrónica.
A propósito: mi copiloto puede averiguar casi cualquier dirección electrónica. No sé cómo lo hace. Sus recursos parecen ser infinitos. Le pedí que investigara a Sábato. Aparece más de doscientas veces en la red, me informa. Y tiene una página Web. ¿Será el mismo? Por las dudas también ahí dejé un comentario sobre lo ocurrido en el baño.
Y envié un correo a Reiphnol: “Te espero en La filial del Chango Cárdenas, cagón”. Firmé “Ernesto Sábato”.
Me di cuenta que me estaba dejando llevar luego de entrar a los codazos en la filial del Chango. Los desafié a pelear el domingo en Brandsen y Necochea. También ahí dejé la dirección electrónica de Reiphnol. Y la de Sábato, claro.
Me desconecté y algo más sosegado se me ocurrió que podría organizar un movimiento en favor de la violencia. Le daba vueltas al asunto cuando sonó el teléfono.
Era Iraola.
Mi corazón se detuvo en seco.
–Hace dos horas que lo llamo y siempre da ocupado.
Le expliqué de mi proyecto. Entendió mal.
–Como para no violencias estamos –suspiró– Acá hay una crisis y usted pierde el tiempo en pendejadas.
–Desde que me dejó cesante, tiempo es lo único que me sobra.
–Lo pasado pisado –dijo Iraola– Ahora necesito verlo. Preséntese en la Brigada.
–No.
–Es una orden.
Yo había vuelto a ser un civil: el subcomisario no podía darme órdenes.
–Le aseguro que no se va arrepentir –dijo con el tono melifluo de un gato engañando a un ratoncito.
¿Qué no me iba a arrepentir? Si ponía un pie en el Departamento de Policía no volvería a salir por lo menos en veinte años. Sus compañeros no me perdonarían lo de Salvides, aunque, bien mirado, el asunto no era tan grave. Al fin de cuentas yo no había hecho nada malo. Y demostré mi inocencia.
Pero estaba lo de Aníbal, su voz en el contestador de Sara Libermann.
Lo primero que haría un investigador con dos gramos de cerebro sería escuchar la cinta. Lo segundo –temblé– sería abrir los archivos de la computadora. O en su defecto, enviarlos a la División Computación.
Iraola leía mi mente, aun a distancia.
–Me hablaron de Investigaciones –dijo.
–Ah.
–Querían saber si usted trabajaba acá.
Iraola hizo una pausa en cuyo transcurso mis glándulas enloquecieron segregando gonadotropinas, progesterona y hasta glucagón, en inmensas cantidades. Finalmente, el comisario se avino a responder a mi mudo interrogante.
–Les dije que sí.
Me subieron las palpitaciones. Sudaba frío.
–Por otra parte –prosiguió– me enviaron el cpu de un doctor Libermann. Su esposa murió en circunstancias poco claras. Me gustaría que usted lo revisara.
A esa altura el subcomisario me había convencido. Pero subsistía un problema.
–Es que el inspector Salvides..., usted sabe.
–Salvides murió.
–¿¡Murió!?
–¿Qué le pasa? Murió. Todos lo haremos alguna vez.
–Lo siento mucho –susurré.
–Tranquilícese. Usted no tuvo nada que ver. Salvides nunca vio esa estúpida página suya en Geocities. Murió al abrir un e mail.
–Eso es extraño, ¿verdad?
–No –dijo Iraola–. Tendría que ver el e mail. Fue la gota que rebalsó el vaso. Alguien se metía en su computadora, le alteraba los archivos y hasta le programaron un protector de pantalla que dice “Vigilante barriga picante”. Pero eso no es lo peor: un traficante holandés vive en un barco con una chancha que se llama Salvides.
Acoté que de esa gente fuera de la ley era posible esperar cualquier cosa, paro que jamás lo habría imaginado de Salvides.
Iraola no me prestó atención y prosiguió, desesperado:
–Tenemos un hacker infiltrado en nuestro sistema ¿comprende?
Repuse que, en efecto, comprendía la gravedad del problema, pero yo no podía hacer nada al respecto. Era un civil, sin contrato.
–Lo tengo sobre mi escritorio –dijo Iraola–. Todavía no cursé su renuncia a Personal.
¿Mi renuncia?
Inmune a la lógica, los hechos y el sentido común, Iraola prosiguió:
–Si descubre al hacker habrá un incremento de sueldo.
–Y una promoción –acoté rápidamente.
Guardó silencio. A nadie le gusta que lo extorsionen. Pero el asunto debía ser muy grave.
–Y una promoción... –suspiró antes de cortar.
Algo muy raro había ocurrido. El hacker que alteraba los archivos de Salvides era un inocente bromista –si lo sabría yo–. Por esas tonterías Iraola no se mostraría dispuesto a renovar mi contrato. Y prometer una promoción.
¡Una promoción! ¡Por fin sería un policía de verdad!
Me vi en uniforme de gala, con las doradas insignias de capitán.
El Capitán Deseo.
Demoré un poco en llegar a la Brigada debido a un brusco incremento de los niveles de testosterona
sábado, 30 de abril de 2011
34. El consejo de un sabio
Nota de color en la sección Informática de un diario de hoy:
“Aseguran en Geocities no haber violado al inspector Salvides”.
La periodista comenta que la Policía Federal se ha negado a dar precisiones. La excusa del vocero policial es que hay más de diez mil oficiales en actividad, que no puede saber el apellido de todos.
“¿Pero es posible que exista algún Salvides?”, pregunta.
“Se trata de un apellido bastante común.”, responde el vocero policial.
“¿No niega entonces la veracidad de la noticia?”
“¿Qué noticia?”, se sobresalta el vocero.
“Un señor publica una página Web explicando que no violó al inspector Salvides. ¿No le parece esa una noticia?”
“Señorita, no se puede dar crédito a todo lo que está en internet. Seguramente se trata de un loco. En todo caso no me consta que eso haya sucedido”
La periodista se toma el asunto para la chacota. Pregunta:
“¿Qué es lo que no sucedió?
“No comprendo”, dice el vocero.
Yo sí. Río.
“¿Usted quiere decir que no sucedió que el inspector Salvides no haya sido violado?”
“Desmienta terminantemente” –dice el vocero.
La periodista concluye confesando ignorar que es lo que corresponde desmentir.
“Si el autor de la página miente al decir que el inspector Salvides no ha sido violado, esto significa que lo ha sido. Pero si lo ha sido ¿miente el autor de la página al negar toda responsabilidad en el hecho? ¿O dice la verdad? En cuyo caso, ¿Quién violó al inspector Salvides?
“Esa es la pregunta del millón”.
Firma la nota: Claudia Miranda.
Me revuelco de risa. Me encanta Claudia Miranda. Es una harpía muy mala. Y goza con eso. Se humedece en su butaca en medio de la redacción, a la vista de todos. Tiene bonitas piernas y un liguero azul.
Me sube la testosterona, me sube.
Mi pequeño amigo se pone juguetón. Lo tranquilizo con caricias suaves y palabras dulces hasta que suena el teléfono.
–Esto es un quilombo de órdago –susurra Johnny. Habla desde la Brigada–. Todo el mundo está en geocities/inocente.
Me hago el distraído.
–¿Sí?
–Sí. Y hace un rato entró Iraola hecho una furia y se metió al despacho de Salvides. El pobre Salvides no se había enterado de nada: nunca lee la sección informática. Ahora los médicos lo están sacando en camilla. Tuvo un ataque.
Le pregunto si uno de los doctores se llama Hermosilla. Johnny no lo sabe.
–No importa –digo.
–Ah, y te llamó Libermann.
Libermann. Libermann.
Agradezco a Johnny que me tenga al tanto de las novedades y corto.
Libermann, Libermann.
¿Qué haré con Libermann?
Llamo a Libermann.
El doctor no está, me informa su secretaria. Le explico que soy un amigo y que el doctor me dejó un mensaje solicitando verme. En forma urgente, recalco.
–Estará en la morgue –dice.
–¿¡Murió!?
–La esposa.
–¿Qué pasa con la esposa?
–La señora Libermann ha tenido un accidente.
–¡Oh! –exclamo.
Corto y me visto rápidamente. Tomo un taxi. En media hora llego a la morgue. Muestro mi credencial y entro. El sombrío edificio parece destilar pus. Se me alteran las gonadotropinas y me voy deprimiendo a medida que avanzo por un pasillo.
Yo también acabaré acá, pienso, pero no para siempre: después me mandarán a la cátedra de aberraciones genéticas de la facultad de Medicina. Será mi gran contribución al progreso de la Humanidad.
Cuando estoy a punto de perder el conocimiento, al final del pasillo encuentro la sala de espera. Veo a Libermann en un rincón. Lagrimea y sacude la cabeza mientras responde las preguntas de un oficial de policía.
El uniforme del policía está salpicado de las condecoraciones de Libermann.
Me mantengo aparte hasta que el policía se va. Libermann permanece unos segundos, como ausente. Por fin me ve. Viene hacia mí, moqueando.
–¡Sara se suicidó!
Me abraza. Domino la repulsión y le palmeo la espalda.
–Tranquilo –digo.
–¡Yo la maté!
Su confesión me desconcierta. Hasta donde recuerdo, a Sara la maté yo. Pero como soy astuto, no se lo digo.
–Y la policía me preguntó por vos –agrega.
Hielo bajo mis pies. Patino en la pista rumbo al precipicio.
–¡¿Vos la mataste y la policía pregunta por mí?!
–Yo no la maté.
Lo observo en silencio, como un científico estudiando a un apestoso gusano.
–Vos estás loco –sentencio–. Tanta paja te achicharró el cerebro.
Libermann baja la cerviz. Lo pude.
¡Lo pude!
–Soy un monstruo –admite.
Me mantengo impertérrito: no me conmueve en lo más mínimo. Lo mismo decían de mí y aquí me ven, lo más pimpante.
–Si le hubieras prestado un poco más de atención, Sara no te habría metido los cuernos.
Libermann retrocede, boquea. Es un horrible pez debatiéndose por respirar, un pez moco.
Intento consolarlo:
–En tu lugar yo también la habría matado.
Libermann niega con cadenciosos cabeceos. No puede creer en mis palabras. Le doy una pequeña ayuda.
–La hice seguir por los detectives...
Alza la mirada. Se la sostengo. Su rostro se descompone. El presumido clon de mister Kissinger se ha convertido en un grotesco monigote de plastilina.
–¿Meneses…? –pregunta.
Consigo controlar la carcajada, que pugna por salir de mi pecho. El esfuerzo me provoca acidez. Y gases.
Libermann se aparta de mí, sorprendido, pero apenas por un instante. Lo tengo sujeto por los hombros
–Privados –susurro–, detectives privados. Pero no te preocupes: me llevaré el secreto a la tumba.
–¿Con...? –Libermann vacila. No acaba de asimilar la espantosa noticia. El único consuelo en su caso hubiera sido el saberse querido, respetado por la persona amada. Ese habría sido al menos un dulce recuerdo para atesorar en el corazón. Sé de qué hablo. Al fin se atreve –¿... con quién?
–No te lo puedo decir.
El rostro de Libermann se desfigura hasta parecer la imagen de un cerdo reflejada en un espejo deformante.
–¡Tenés que decírmelo! –grita.
Lo tengo dentro de un puño. Es hora de cerrar la mano con fuerza, aplastarlo como a una fruta podrida, pero demoro el desenlace.
Por un lado, la idea de aplastar en mi mano una fruta podrida me da asco, qué quieren que les diga. Pero también quiero disfrutar del momento de la suprema venganza, demorado tantos años. Ya siento el placer que me deparará. Si hasta mi pirulín parece endurecerse.
–Te va a hacer daño.
Libermann dobla la cerviz y menea la cabeza.
–Decime con quién, por favor.
Me ruega ¡Libermann me ruega!
Junto aire y le lanzo la estocada final:
–Con Aníbal –digo.
Libermann frunce el ceño y retrocede.
–¿Qué Aníbal?
–Aníbal Lequerica ¿No te acordás?
–Aníbal vive en Suecia.
Tengo un vahído. Trato de asirme de algún sitio, pero a mi alrededor tan sólo hay aire. Y líbermann. Y más allá de las puertas, heladeras llenas de muertos.
Me siento caer y doy un último manotazo.
–Habrá vuelto
–Lo llamé anoche. Estaba en su casa, en Estocolmo.
Caigo irremisiblemente en el precipicio.
–Será otro…
–Liberman se sigue apartando de mí, sin dejar de vigilarme. ¿O me estará estudiando?
Me estudia, Libermann me estudia.
Siento un cálido hilo de orín rodar cuesta abajo por el interior de mi muslo.
Sáquenme de acá, por favor!
Quiero gritar, pero mi cerebro está enteramente ocupado en el esfuerzo de hacerme respirar.
Boqueo. Boqueo.
–Me dijo que me cuidara de vos. Ahora comprendo por qué. Sos un monstruo, un verdadero hijo de puta.
–¡Con mi vieja no te metás! –chillo en un rapto de histeria.
Libermann vacila, pero mi sentido del ridículo me juega una mala pasada. Mis ojos se llenan de lágrimas. Hago un esfuerzo supremo pero pierdo el control y me dejo llevar.
El monigote de plastilina hace un gesto de suprema repugnancia.
–¿Y todavía te reís? ¿Ensuciás el nombre de Sara y todavía te reís? En un momento como éste y nada menos que con mi mejor amigo.
Ah no, eso no puedo permitirlo.
–Aníbal es mi mejor amigo.
El monigote apoya un índice de plastilina en su mejilla de plastilina. Ha vuelto a convertirse en Henry Kissinger.
–Estás muy enfermo –diagnostica–. Deberías consultar a un facultativo.
Corro por el pasillo. El pus que chorrea de las paredes cubre el piso con una sustancia gelatinosa. Mis pies se vuelven de plomo. Me sofoco. Tengo palpitaciones. Mi organismo es bombardeado por una horda de estrógenos.
¡Me van a crecer las tetas!
–Cálmese, hombre.
Un enfermero me ha tomado del brazo. Me ofrece un vaso de agua. Señalo mi cabeza.
–Es el hipotálamo –explico–. Ya pasó.
–Parece enfermo –dice– debería consultar a un doctor.
Estoy harto de pedantes. Le tiro una trompada. Cae hacia atrás. Corro por el pasillo, empujo al portero que me sale al cruce y salgo a la calle. Paro un taxi y me zambullo en el asiento trasero.
–Al consultorio del doctor Hermosilla, rápido.
El taxista me mira por el espejo.
–¿Dónde queda?
–No sé.
Sus ojos siguen en el espejo.
–Empecemos de nuevo.
Suspiro
–Sería maravilloso, si fuera posible...
–Pero algo tenemos que hacer.
Asiento. El hombre es un sabio.
–No puedo quedarme de brazos cruzados, ¿verdad?
Alza las cejas.
–Si eso es lo que quiere..., pero el reloj ya está corriendo.
–¡El tiempo pasa!
–Y cuanto más pase, más caro le va a salir.
Estoy impactado. El hombre es un sabio.
Le pregunto si estudió en la India.
–No –dice– pero llevo años acá y he visto de todo.
Un talento natural.
–¿Qué me aconseja hacer?
–Ponernos en marcha.
–Sí –exclamo–. En marcha ¡Avanti! ¡Piú avanti!
El hombre me ha devuelto la fe. Le doy la dirección de mi casa y partimos al encuentro con el destino.
¡Ma avanti, sempre avanti!
“Aseguran en Geocities no haber violado al inspector Salvides”.
La periodista comenta que la Policía Federal se ha negado a dar precisiones. La excusa del vocero policial es que hay más de diez mil oficiales en actividad, que no puede saber el apellido de todos.
“¿Pero es posible que exista algún Salvides?”, pregunta.
“Se trata de un apellido bastante común.”, responde el vocero policial.
“¿No niega entonces la veracidad de la noticia?”
“¿Qué noticia?”, se sobresalta el vocero.
“Un señor publica una página Web explicando que no violó al inspector Salvides. ¿No le parece esa una noticia?”
“Señorita, no se puede dar crédito a todo lo que está en internet. Seguramente se trata de un loco. En todo caso no me consta que eso haya sucedido”
La periodista se toma el asunto para la chacota. Pregunta:
“¿Qué es lo que no sucedió?
“No comprendo”, dice el vocero.
Yo sí. Río.
“¿Usted quiere decir que no sucedió que el inspector Salvides no haya sido violado?”
“Desmienta terminantemente” –dice el vocero.
La periodista concluye confesando ignorar que es lo que corresponde desmentir.
“Si el autor de la página miente al decir que el inspector Salvides no ha sido violado, esto significa que lo ha sido. Pero si lo ha sido ¿miente el autor de la página al negar toda responsabilidad en el hecho? ¿O dice la verdad? En cuyo caso, ¿Quién violó al inspector Salvides?
“Esa es la pregunta del millón”.
Firma la nota: Claudia Miranda.
Me revuelco de risa. Me encanta Claudia Miranda. Es una harpía muy mala. Y goza con eso. Se humedece en su butaca en medio de la redacción, a la vista de todos. Tiene bonitas piernas y un liguero azul.
Me sube la testosterona, me sube.
Mi pequeño amigo se pone juguetón. Lo tranquilizo con caricias suaves y palabras dulces hasta que suena el teléfono.
–Esto es un quilombo de órdago –susurra Johnny. Habla desde la Brigada–. Todo el mundo está en geocities/inocente.
Me hago el distraído.
–¿Sí?
–Sí. Y hace un rato entró Iraola hecho una furia y se metió al despacho de Salvides. El pobre Salvides no se había enterado de nada: nunca lee la sección informática. Ahora los médicos lo están sacando en camilla. Tuvo un ataque.
Le pregunto si uno de los doctores se llama Hermosilla. Johnny no lo sabe.
–No importa –digo.
–Ah, y te llamó Libermann.
Libermann. Libermann.
Agradezco a Johnny que me tenga al tanto de las novedades y corto.
Libermann, Libermann.
¿Qué haré con Libermann?
Llamo a Libermann.
El doctor no está, me informa su secretaria. Le explico que soy un amigo y que el doctor me dejó un mensaje solicitando verme. En forma urgente, recalco.
–Estará en la morgue –dice.
–¿¡Murió!?
–La esposa.
–¿Qué pasa con la esposa?
–La señora Libermann ha tenido un accidente.
–¡Oh! –exclamo.
Corto y me visto rápidamente. Tomo un taxi. En media hora llego a la morgue. Muestro mi credencial y entro. El sombrío edificio parece destilar pus. Se me alteran las gonadotropinas y me voy deprimiendo a medida que avanzo por un pasillo.
Yo también acabaré acá, pienso, pero no para siempre: después me mandarán a la cátedra de aberraciones genéticas de la facultad de Medicina. Será mi gran contribución al progreso de la Humanidad.
Cuando estoy a punto de perder el conocimiento, al final del pasillo encuentro la sala de espera. Veo a Libermann en un rincón. Lagrimea y sacude la cabeza mientras responde las preguntas de un oficial de policía.
El uniforme del policía está salpicado de las condecoraciones de Libermann.
Me mantengo aparte hasta que el policía se va. Libermann permanece unos segundos, como ausente. Por fin me ve. Viene hacia mí, moqueando.
–¡Sara se suicidó!
Me abraza. Domino la repulsión y le palmeo la espalda.
–Tranquilo –digo.
–¡Yo la maté!
Su confesión me desconcierta. Hasta donde recuerdo, a Sara la maté yo. Pero como soy astuto, no se lo digo.
–Y la policía me preguntó por vos –agrega.
Hielo bajo mis pies. Patino en la pista rumbo al precipicio.
–¡¿Vos la mataste y la policía pregunta por mí?!
–Yo no la maté.
Lo observo en silencio, como un científico estudiando a un apestoso gusano.
–Vos estás loco –sentencio–. Tanta paja te achicharró el cerebro.
Libermann baja la cerviz. Lo pude.
¡Lo pude!
–Soy un monstruo –admite.
Me mantengo impertérrito: no me conmueve en lo más mínimo. Lo mismo decían de mí y aquí me ven, lo más pimpante.
–Si le hubieras prestado un poco más de atención, Sara no te habría metido los cuernos.
Libermann retrocede, boquea. Es un horrible pez debatiéndose por respirar, un pez moco.
Intento consolarlo:
–En tu lugar yo también la habría matado.
Libermann niega con cadenciosos cabeceos. No puede creer en mis palabras. Le doy una pequeña ayuda.
–La hice seguir por los detectives...
Alza la mirada. Se la sostengo. Su rostro se descompone. El presumido clon de mister Kissinger se ha convertido en un grotesco monigote de plastilina.
–¿Meneses…? –pregunta.
Consigo controlar la carcajada, que pugna por salir de mi pecho. El esfuerzo me provoca acidez. Y gases.
Libermann se aparta de mí, sorprendido, pero apenas por un instante. Lo tengo sujeto por los hombros
–Privados –susurro–, detectives privados. Pero no te preocupes: me llevaré el secreto a la tumba.
–¿Con...? –Libermann vacila. No acaba de asimilar la espantosa noticia. El único consuelo en su caso hubiera sido el saberse querido, respetado por la persona amada. Ese habría sido al menos un dulce recuerdo para atesorar en el corazón. Sé de qué hablo. Al fin se atreve –¿... con quién?
–No te lo puedo decir.
El rostro de Libermann se desfigura hasta parecer la imagen de un cerdo reflejada en un espejo deformante.
–¡Tenés que decírmelo! –grita.
Lo tengo dentro de un puño. Es hora de cerrar la mano con fuerza, aplastarlo como a una fruta podrida, pero demoro el desenlace.
Por un lado, la idea de aplastar en mi mano una fruta podrida me da asco, qué quieren que les diga. Pero también quiero disfrutar del momento de la suprema venganza, demorado tantos años. Ya siento el placer que me deparará. Si hasta mi pirulín parece endurecerse.
–Te va a hacer daño.
Libermann dobla la cerviz y menea la cabeza.
–Decime con quién, por favor.
Me ruega ¡Libermann me ruega!
Junto aire y le lanzo la estocada final:
–Con Aníbal –digo.
Libermann frunce el ceño y retrocede.
–¿Qué Aníbal?
–Aníbal Lequerica ¿No te acordás?
–Aníbal vive en Suecia.
Tengo un vahído. Trato de asirme de algún sitio, pero a mi alrededor tan sólo hay aire. Y líbermann. Y más allá de las puertas, heladeras llenas de muertos.
Me siento caer y doy un último manotazo.
–Habrá vuelto
–Lo llamé anoche. Estaba en su casa, en Estocolmo.
Caigo irremisiblemente en el precipicio.
–Será otro…
–Liberman se sigue apartando de mí, sin dejar de vigilarme. ¿O me estará estudiando?
Me estudia, Libermann me estudia.
Siento un cálido hilo de orín rodar cuesta abajo por el interior de mi muslo.
Sáquenme de acá, por favor!
Quiero gritar, pero mi cerebro está enteramente ocupado en el esfuerzo de hacerme respirar.
Boqueo. Boqueo.
–Me dijo que me cuidara de vos. Ahora comprendo por qué. Sos un monstruo, un verdadero hijo de puta.
–¡Con mi vieja no te metás! –chillo en un rapto de histeria.
Libermann vacila, pero mi sentido del ridículo me juega una mala pasada. Mis ojos se llenan de lágrimas. Hago un esfuerzo supremo pero pierdo el control y me dejo llevar.
El monigote de plastilina hace un gesto de suprema repugnancia.
–¿Y todavía te reís? ¿Ensuciás el nombre de Sara y todavía te reís? En un momento como éste y nada menos que con mi mejor amigo.
Ah no, eso no puedo permitirlo.
–Aníbal es mi mejor amigo.
El monigote apoya un índice de plastilina en su mejilla de plastilina. Ha vuelto a convertirse en Henry Kissinger.
–Estás muy enfermo –diagnostica–. Deberías consultar a un facultativo.
Corro por el pasillo. El pus que chorrea de las paredes cubre el piso con una sustancia gelatinosa. Mis pies se vuelven de plomo. Me sofoco. Tengo palpitaciones. Mi organismo es bombardeado por una horda de estrógenos.
¡Me van a crecer las tetas!
–Cálmese, hombre.
Un enfermero me ha tomado del brazo. Me ofrece un vaso de agua. Señalo mi cabeza.
–Es el hipotálamo –explico–. Ya pasó.
–Parece enfermo –dice– debería consultar a un doctor.
Estoy harto de pedantes. Le tiro una trompada. Cae hacia atrás. Corro por el pasillo, empujo al portero que me sale al cruce y salgo a la calle. Paro un taxi y me zambullo en el asiento trasero.
–Al consultorio del doctor Hermosilla, rápido.
El taxista me mira por el espejo.
–¿Dónde queda?
–No sé.
Sus ojos siguen en el espejo.
–Empecemos de nuevo.
Suspiro
–Sería maravilloso, si fuera posible...
–Pero algo tenemos que hacer.
Asiento. El hombre es un sabio.
–No puedo quedarme de brazos cruzados, ¿verdad?
Alza las cejas.
–Si eso es lo que quiere..., pero el reloj ya está corriendo.
–¡El tiempo pasa!
–Y cuanto más pase, más caro le va a salir.
Estoy impactado. El hombre es un sabio.
Le pregunto si estudió en la India.
–No –dice– pero llevo años acá y he visto de todo.
Un talento natural.
–¿Qué me aconseja hacer?
–Ponernos en marcha.
–Sí –exclamo–. En marcha ¡Avanti! ¡Piú avanti!
El hombre me ha devuelto la fe. Le doy la dirección de mi casa y partimos al encuentro con el destino.
¡Ma avanti, sempre avanti!
domingo, 24 de abril de 2011
33. Sin noticias del doctor Hermosilla
Vean lo que dice la Endocrine Web Home Page:
“Sistema endocrinológico
”La testosterona es la principal hormona masculina; se produce en las células de Leydig en los testículos, por influencia de la hormona luteinizante segregada por la hipófisis anterior. Estimula la aparición de las características sexuales secundarias masculinas: crecimiento de la barba y vello púbico, desarrollo del pene y evolución de la voz hacia un tono mas grave”.
Secundarias. Características secundarias.
“Testículos. Son cuerpos ovoideos pares que se encuentran suspendidos en el escroto.
”Páncreas. La mayor parte del páncreas está formado por tejido exocrino que libera enzimas en el duodeno. Hay grupos de células endocrinas, los Islotes de Langerhans, distribuidos en todo el tejido que secretan insulina y glucagón”.
¡Glucagón!
Sólo eso me faltaba.
El amanecer me sorprendió dormido frente al teclado de mi computadora. Había pasado la noche prácticamente en vela. Apenas conseguía conciliar el sueño aparecía en el Dark Site practicando sexo oral con un una gallina de Guinea.
Al fin desistí de dormir. Fui hasta la cocina, preparé un termo de café y me senté frente al teclado. Configuré mi explorador para navegar anónimamente y patrullé el mundo del crimen. Me había convertido en un vigilante voluntario, como Batman.
Esto carecía de sentido. Bruno Díaz era un homosexual multimillonario. A mí apenas si me quedaban ahorros para afrontar dos meses de alquiler. Después, ya saben: Rolo y su Mágnum.
De algún extraño modo me sentía más cerca del Hombre Araña, lo que no me tranquilizó, en absoluto. Se trata de un superhéroe muy conflictuado a quien todo le sale para el carajo. Sus trastornos glandulares son más que evidentes. Es huérfano y tiene problemas económicos. Y un jefe tiránico y maligno.
Somos casi almas gemelas.
De pronto me sorprendí preguntándome si también él habría matado a sus padres.
Esto no era justo. No había visto a mi madre en años. Y papá ya estaba muerto cuando golpeó contra la maceta. Si ni siquiera sangró.
Pero la odiosa acusación de Aníbal había revivido en mi interior un adormecido sentimiento de culpabilidad, esa horrible sensación de ser el responsable de la debacle familiar.
¡Y se decía mi amigo!
Durante años vino a tomar la leche a casa. Mientras mamá conservó algún contacto con la realidad, había sentido pena por Aníbal, el hijo de la señora de anteojos oscuros que trabajaba en el centro. Cuando jugábamos a la pelota en la vereda y mamá se asomaba a la puerta para anunciar que la leche estaba lista, siempre buscaba a Aníbal con la mirada y mediante una seña lo invitaba a compartir mi pan con manteca.
Mi pan con manteca.
No vayan a creer que alguna vez sentí celos: Aníbal era mi amigo y de algún modo el cariño que le prodigaba mamá también caía sobre mí. Por ejemplo, cuando estaba Aníbal, había dulce de leche.
¡Quién hubiera dicho que me traicionaría de esta forma! ¡Y con Sara, la esposa de Libermann!
Uno de los factores que siempre –hasta que lo vi en televisión– me hicieron sentir más cerca del género humano que Libermann, fue mi amistad con Aníbal. Y ahora venía a descubrir su doblez, su falsedad, su hipocresía. Aníbal había comenzado a venir a casa por la leche. Y siguió haciéndolo luego por Elena.
Me gustaría que la hubiese visto, ya desde chiquita, sentada en las rodillas de papá, preparando el estallido de su sistema cerebro vascular. Ella lo mató, la víbora.
La víbora y Aníbal: tal para cual.
Había salido del mundo del crimen casi sin darme cuenta, llevado por impulsos interiores. Abría ahora la página de la compañía telefónica. Ni rastros de Aníbal. Sin embargo, tenía teléfono. Él mismo lo había dicho.
Sentí un vahído. Mi cabeza daba vueltas y comencé a caer al vacío. Las luces de los automóviles eran pequeños haces rojizos. El viento hacía zumbar mis oídos. Caía al vacío, planeando en círculos. Miré hacia arriba. Un gordo con una mancha de tierra ensangrentada en la cabeza me miraba acodado en un balcón, con los ojos y la boca muy abiertos. Seguí cayendo mientras una sombra emergía junto al gordo. Tenía una remera ceñida que resaltaba los pectorales y un bulto en la entrepierna. Parecía Rolo, pero era Aníbal. Lo supe al instante.
Aníbal apoyó el cañón de su Mágnum contra la cabeza del gordo. “¡Iiiiii!”, escuché cuando la cabeza estalló como una ciruela podrida.
No sé cuanto tiempo estuve en el piso. Cuando abrí los ojos todavía era de noche. El protector de la pantalla era un enredo de cañerías. Enderecé la silla y me acomodé frente a la computadora. La página de la telefónica seguía abierta.
Busqué Hermosilla. Había varios. Resalté “Hermosilla, Jorge R. Med” y conecté el teléfono. Respondió un contestador automático. Dejé un mensaje rogándole que me llamara.
Colgué, pero no volví a la red. Permanecí aguardando la llamada de Hermosilla hasta que me sorprendió la salida del sol. Cuando abrí los ojos lo primero que recordé fue el mensaje de Aníbal en el contestador de Sara Libermann.
Me vino una bronca…
Para tranquilizarme, entro en el banco de semillas sensitivas
Silver Pearl
Interior/Invernadero
Ganadora de la Copa Sativa/Indica 96
Madre de la famosa Silver Haze, ahora a la venta como estirpe.
Híbrido formado por Early Pearl, Skunk #1 y Northern Lights. Es más rápida y de sabor más dulce que la Shiva Skunk. De excelente rendimiento en interior e invernadero, exhibe la resina opaca característica de Northern Lights #5 y la dulzura y el amplio cáliz de la Early Pearl/Skunk.
Una de las favoritas de este banco de semillas.
Floración: 45– 50 días.
Altura: 100-125 cm.
Cosecha: 100 gr.
Floración en invernadero: fin de septiembre.
Cosecha en invernadero: 500 gr.
Art No 2303
125 fl.
La dulzura y el amplio cáliz...
Siento otro vahído. Las paredes giran a mi alrededor. Mis dedos se cierran con suavidad en torno al mouse.
Siento en mi cuello la cálida respiración de la señora López Vázquez. Sus labios se entreabren dejando ver una pareja hilera de dientes entre los que asoma la sonrosada y ávida lengua de la oficial Quintana.
Me dejo caer, me dejo caer, hasta que veo al Hombre Araña avanzar hacia mí sosteniendo en sus manos un descomunal instrumento de penetración.
Reacciono a tiempo y con un rápido impulso alcanzo a apagar el cpu.
Clic.
“Sistema endocrinológico
”La testosterona es la principal hormona masculina; se produce en las células de Leydig en los testículos, por influencia de la hormona luteinizante segregada por la hipófisis anterior. Estimula la aparición de las características sexuales secundarias masculinas: crecimiento de la barba y vello púbico, desarrollo del pene y evolución de la voz hacia un tono mas grave”.
Secundarias. Características secundarias.
“Testículos. Son cuerpos ovoideos pares que se encuentran suspendidos en el escroto.
”Páncreas. La mayor parte del páncreas está formado por tejido exocrino que libera enzimas en el duodeno. Hay grupos de células endocrinas, los Islotes de Langerhans, distribuidos en todo el tejido que secretan insulina y glucagón”.
¡Glucagón!
Sólo eso me faltaba.
El amanecer me sorprendió dormido frente al teclado de mi computadora. Había pasado la noche prácticamente en vela. Apenas conseguía conciliar el sueño aparecía en el Dark Site practicando sexo oral con un una gallina de Guinea.
Al fin desistí de dormir. Fui hasta la cocina, preparé un termo de café y me senté frente al teclado. Configuré mi explorador para navegar anónimamente y patrullé el mundo del crimen. Me había convertido en un vigilante voluntario, como Batman.
Esto carecía de sentido. Bruno Díaz era un homosexual multimillonario. A mí apenas si me quedaban ahorros para afrontar dos meses de alquiler. Después, ya saben: Rolo y su Mágnum.
De algún extraño modo me sentía más cerca del Hombre Araña, lo que no me tranquilizó, en absoluto. Se trata de un superhéroe muy conflictuado a quien todo le sale para el carajo. Sus trastornos glandulares son más que evidentes. Es huérfano y tiene problemas económicos. Y un jefe tiránico y maligno.
Somos casi almas gemelas.
De pronto me sorprendí preguntándome si también él habría matado a sus padres.
Esto no era justo. No había visto a mi madre en años. Y papá ya estaba muerto cuando golpeó contra la maceta. Si ni siquiera sangró.
Pero la odiosa acusación de Aníbal había revivido en mi interior un adormecido sentimiento de culpabilidad, esa horrible sensación de ser el responsable de la debacle familiar.
¡Y se decía mi amigo!
Durante años vino a tomar la leche a casa. Mientras mamá conservó algún contacto con la realidad, había sentido pena por Aníbal, el hijo de la señora de anteojos oscuros que trabajaba en el centro. Cuando jugábamos a la pelota en la vereda y mamá se asomaba a la puerta para anunciar que la leche estaba lista, siempre buscaba a Aníbal con la mirada y mediante una seña lo invitaba a compartir mi pan con manteca.
Mi pan con manteca.
No vayan a creer que alguna vez sentí celos: Aníbal era mi amigo y de algún modo el cariño que le prodigaba mamá también caía sobre mí. Por ejemplo, cuando estaba Aníbal, había dulce de leche.
¡Quién hubiera dicho que me traicionaría de esta forma! ¡Y con Sara, la esposa de Libermann!
Uno de los factores que siempre –hasta que lo vi en televisión– me hicieron sentir más cerca del género humano que Libermann, fue mi amistad con Aníbal. Y ahora venía a descubrir su doblez, su falsedad, su hipocresía. Aníbal había comenzado a venir a casa por la leche. Y siguió haciéndolo luego por Elena.
Me gustaría que la hubiese visto, ya desde chiquita, sentada en las rodillas de papá, preparando el estallido de su sistema cerebro vascular. Ella lo mató, la víbora.
La víbora y Aníbal: tal para cual.
Había salido del mundo del crimen casi sin darme cuenta, llevado por impulsos interiores. Abría ahora la página de la compañía telefónica. Ni rastros de Aníbal. Sin embargo, tenía teléfono. Él mismo lo había dicho.
Sentí un vahído. Mi cabeza daba vueltas y comencé a caer al vacío. Las luces de los automóviles eran pequeños haces rojizos. El viento hacía zumbar mis oídos. Caía al vacío, planeando en círculos. Miré hacia arriba. Un gordo con una mancha de tierra ensangrentada en la cabeza me miraba acodado en un balcón, con los ojos y la boca muy abiertos. Seguí cayendo mientras una sombra emergía junto al gordo. Tenía una remera ceñida que resaltaba los pectorales y un bulto en la entrepierna. Parecía Rolo, pero era Aníbal. Lo supe al instante.
Aníbal apoyó el cañón de su Mágnum contra la cabeza del gordo. “¡Iiiiii!”, escuché cuando la cabeza estalló como una ciruela podrida.
No sé cuanto tiempo estuve en el piso. Cuando abrí los ojos todavía era de noche. El protector de la pantalla era un enredo de cañerías. Enderecé la silla y me acomodé frente a la computadora. La página de la telefónica seguía abierta.
Busqué Hermosilla. Había varios. Resalté “Hermosilla, Jorge R. Med” y conecté el teléfono. Respondió un contestador automático. Dejé un mensaje rogándole que me llamara.
Colgué, pero no volví a la red. Permanecí aguardando la llamada de Hermosilla hasta que me sorprendió la salida del sol. Cuando abrí los ojos lo primero que recordé fue el mensaje de Aníbal en el contestador de Sara Libermann.
Me vino una bronca…
Para tranquilizarme, entro en el banco de semillas sensitivas
Silver Pearl
Interior/Invernadero
Ganadora de la Copa Sativa/Indica 96
Madre de la famosa Silver Haze, ahora a la venta como estirpe.
Híbrido formado por Early Pearl, Skunk #1 y Northern Lights. Es más rápida y de sabor más dulce que la Shiva Skunk. De excelente rendimiento en interior e invernadero, exhibe la resina opaca característica de Northern Lights #5 y la dulzura y el amplio cáliz de la Early Pearl/Skunk.
Una de las favoritas de este banco de semillas.
Floración: 45– 50 días.
Altura: 100-125 cm.
Cosecha: 100 gr.
Floración en invernadero: fin de septiembre.
Cosecha en invernadero: 500 gr.
Art No 2303
125 fl.
La dulzura y el amplio cáliz...
Siento otro vahído. Las paredes giran a mi alrededor. Mis dedos se cierran con suavidad en torno al mouse.
Siento en mi cuello la cálida respiración de la señora López Vázquez. Sus labios se entreabren dejando ver una pareja hilera de dientes entre los que asoma la sonrosada y ávida lengua de la oficial Quintana.
Me dejo caer, me dejo caer, hasta que veo al Hombre Araña avanzar hacia mí sosteniendo en sus manos un descomunal instrumento de penetración.
Reacciono a tiempo y con un rápido impulso alcanzo a apagar el cpu.
Clic.
martes, 12 de abril de 2011
32. Con amigos como esos…
Ante los gritos horrorizados de Sara, cubrí a mi pequeño amigo con una mano y lo guardé en su madriguera.
–Por favor, tranquilizate, Sara. Esto es un error.
Avancé hacia ella. Sus chillidos se volvieron completamente anormales. Al fin reaccionó y se metió a la pieza. Quiso cerrar la puerta, pero yo ya estaba cerca y alcancé a apoyar mi hombro. Por más fuerzas que fuera capaz de extraer de su estado de demencia, jamás serían suficientes como para moverme.
Habíamos llegado ahora a un empate técnico. Era momento de desnivelar. Empujé con el hombro.
Sara era una mujer pequeña. Y bonita, aunque esto no tenía la menor relación con lo que estaba sucediendo, como no fuera en lo concerniente a sus más íntimas fantasías. La mayoría de las personas teme más a aquello que más desea, a eso me refiero.
Pero yo no pretendía violar a Sara. Me importaban un comino sus recónditos deseos eróticos.
Cuando empujé la puerta con el hombro ella salió despedida hacia atrás y golpeó contra el placard, pero no crean que perdió el conocimiento. Nada de eso. Gritó más fuerte. No me acusaba de nada específico, limitándose a emitir unos chillidos que sonaban Iiii, iiii, y ponían mi hipófisis al borde del descontrol.
No crean que yo comprendía la naturaleza de sus fantasías, pero no estaba dispuesto a satisfacerla. Ni me parece que pudiera. Su deseo la había llevado a un frenesí imposible de sosegar, ni siquiera por el Hombre Araña.
La idea me dio risa.
–¡Iii! ¡Iiii! –chillaba Sara, aplastada contra la puerta del ropero.
–Calmate –decía yo mientras trataba de imaginar una excusa razonable que justificara mi presencia, y mis carcajadas. Podría argüir que Libermann me había pedido que le llevara unos papeles o le copiara algún archivo. Al fin de cuentas había entrado con sus llaves. Lo de mi pirulín ya sería más difícil de explicar, pero aun de poder hacerlo, todo el mundo acabaría sabiendo que era yo quien enviaba los mensajes.
Ay, carajo.
Llegué junto a Sara y apoyé mis manos en sus brazos. Toda ella era un temblequeante manojo de pasto seco.
–Tranquilizante. No te voy a hacer nada.
Trató de deshacerse de mí dando un paso hacia el costado. La sujeté por los brazos, tan delgados como los de Elena cuando intentaba cubrir su escueto corpiño en la cocina de casa.
La evocación no resultó conveniente. Mi pequeño amiguito empezó a desperezarse y un segundo después ya me había echado sobre Sara tratando de abrir el cierre de su vestido.
Sara me dio un tremendo mordisco en la oreja. Le metí los dedos en los ojos, para que aflojara la presión de sus mandíbulas. Aflojó. Me aparté, apenas, palpando mi herida. Tenía el lóbulo desgarrado.
–Hija de puta. Caníbal.
Alcanzó a soltarse y todavía enceguecida por la histeria, trastabilló hacia la puerta balcón. Me lancé detrás suyo, pero tropecé con la cama, dándole tiempo a quitar la traba y correr la hoja de la puerta. Salió al balcón. Me lancé por la abertura antes de que consiguiera cerrar la hoja, pero tropecé, cayendo entre las macetas. Comencé a incorporarme. Estaba en posición supina cuando miré para arriba. Sara había alzado los brazos sobre su cabeza. Sostenía una de las macetas.
–¡No!
La maceta se partió en mi cabeza.
Volví a ver estrellitas, pero me incorporé con un rugido y le pegué con el hombro en medio del pecho. Retrocedió hasta chocar contra la baranda.
–¡Gordo de mierda!
Era demasiado.
La agarré del cuello con la mano izquierda y metí la derecha entre sus piernas.
Puso cara de asco. Vaya uno a saber qué pensó.
–Tarada –dije una vez que la alcé en el aire.
El “Iiiii” fue haciéndose más débil a medida que su figura se hacía más y más pequeña.
Regresé hasta la computadora, saqué el disquete y rocié el teclado con solvente en aerosol para eliminar mis huellas. Volví hacia el living, pasando un pañuelo por los picaportes y todos aquellos sitios que pudiera haber tocado.
Estaba limpiando la puerta de entrada cuando me sobresaltó el teléfono.
Quedé paralizado, sin saber qué hacer. Luego recapacité en lo absurdo de mi reacción y proseguí con la limpieza.
“Usted se ha comunicado...” dijo la voz de Sara.
Nueva taquicardia. Me había vuelto un verdadero imbécil: Sara estaba despachurrada treinta y pico de metros más abajo. Respiré profundamente tratando de normalizar mi ritmo cardíaco. Entreabrí la puerta de entrada y espié hacia el palier. Estaba a oscuras.
“Hola, habla Aníbal. Estoy devolviendo tu llamado.”
Me volví hacia el contestador. La voz tenía un sonido de ultratumba, pero era realmente Aníbal Lequerica, lo reconocí al instante. ¿Qué hacía ahí mi amigo Aníbal, llamando a casa de Libermann?
“Yo también me siento preocupado por Lito”.
Ese era Libermann, ya saben.
“Pirulo es muy peligroso”.
¿Yo? ¿Qué tenía que ver yo?
“No solo quiso violar a la esposa del médico...”
–¡Mentiras! –grité– ¡Eso fue un invento tuyo!
“...también mató a su padre”.
–¡Hijo de puta! ¡Mi viejo ya estaba muerto, hijo de puta!
“Bien, luego hablamos. Llamame”.
“Bien”. Después de cubrirme de mierda todo lo que se le ocurría decir era “bien”. Claro que lo iba a llamar, pero ¿adónde?, si ni siquiera sabía que había vuelto del extranjero.
“La agenda de Sara”, me dije. Ahí debía figurar el número telefónico de Aníbal. Pero no tuve tiempo de buscarla: el ascensor se había puesto en movimiento.
Salí al palier, cerré la puerta y bajé por las escaleras.
–Por favor, tranquilizate, Sara. Esto es un error.
Avancé hacia ella. Sus chillidos se volvieron completamente anormales. Al fin reaccionó y se metió a la pieza. Quiso cerrar la puerta, pero yo ya estaba cerca y alcancé a apoyar mi hombro. Por más fuerzas que fuera capaz de extraer de su estado de demencia, jamás serían suficientes como para moverme.
Habíamos llegado ahora a un empate técnico. Era momento de desnivelar. Empujé con el hombro.
Sara era una mujer pequeña. Y bonita, aunque esto no tenía la menor relación con lo que estaba sucediendo, como no fuera en lo concerniente a sus más íntimas fantasías. La mayoría de las personas teme más a aquello que más desea, a eso me refiero.
Pero yo no pretendía violar a Sara. Me importaban un comino sus recónditos deseos eróticos.
Cuando empujé la puerta con el hombro ella salió despedida hacia atrás y golpeó contra el placard, pero no crean que perdió el conocimiento. Nada de eso. Gritó más fuerte. No me acusaba de nada específico, limitándose a emitir unos chillidos que sonaban Iiii, iiii, y ponían mi hipófisis al borde del descontrol.
No crean que yo comprendía la naturaleza de sus fantasías, pero no estaba dispuesto a satisfacerla. Ni me parece que pudiera. Su deseo la había llevado a un frenesí imposible de sosegar, ni siquiera por el Hombre Araña.
La idea me dio risa.
–¡Iii! ¡Iiii! –chillaba Sara, aplastada contra la puerta del ropero.
–Calmate –decía yo mientras trataba de imaginar una excusa razonable que justificara mi presencia, y mis carcajadas. Podría argüir que Libermann me había pedido que le llevara unos papeles o le copiara algún archivo. Al fin de cuentas había entrado con sus llaves. Lo de mi pirulín ya sería más difícil de explicar, pero aun de poder hacerlo, todo el mundo acabaría sabiendo que era yo quien enviaba los mensajes.
Ay, carajo.
Llegué junto a Sara y apoyé mis manos en sus brazos. Toda ella era un temblequeante manojo de pasto seco.
–Tranquilizante. No te voy a hacer nada.
Trató de deshacerse de mí dando un paso hacia el costado. La sujeté por los brazos, tan delgados como los de Elena cuando intentaba cubrir su escueto corpiño en la cocina de casa.
La evocación no resultó conveniente. Mi pequeño amiguito empezó a desperezarse y un segundo después ya me había echado sobre Sara tratando de abrir el cierre de su vestido.
Sara me dio un tremendo mordisco en la oreja. Le metí los dedos en los ojos, para que aflojara la presión de sus mandíbulas. Aflojó. Me aparté, apenas, palpando mi herida. Tenía el lóbulo desgarrado.
–Hija de puta. Caníbal.
Alcanzó a soltarse y todavía enceguecida por la histeria, trastabilló hacia la puerta balcón. Me lancé detrás suyo, pero tropecé con la cama, dándole tiempo a quitar la traba y correr la hoja de la puerta. Salió al balcón. Me lancé por la abertura antes de que consiguiera cerrar la hoja, pero tropecé, cayendo entre las macetas. Comencé a incorporarme. Estaba en posición supina cuando miré para arriba. Sara había alzado los brazos sobre su cabeza. Sostenía una de las macetas.
–¡No!
La maceta se partió en mi cabeza.
Volví a ver estrellitas, pero me incorporé con un rugido y le pegué con el hombro en medio del pecho. Retrocedió hasta chocar contra la baranda.
–¡Gordo de mierda!
Era demasiado.
La agarré del cuello con la mano izquierda y metí la derecha entre sus piernas.
Puso cara de asco. Vaya uno a saber qué pensó.
–Tarada –dije una vez que la alcé en el aire.
El “Iiiii” fue haciéndose más débil a medida que su figura se hacía más y más pequeña.
Regresé hasta la computadora, saqué el disquete y rocié el teclado con solvente en aerosol para eliminar mis huellas. Volví hacia el living, pasando un pañuelo por los picaportes y todos aquellos sitios que pudiera haber tocado.
Estaba limpiando la puerta de entrada cuando me sobresaltó el teléfono.
Quedé paralizado, sin saber qué hacer. Luego recapacité en lo absurdo de mi reacción y proseguí con la limpieza.
“Usted se ha comunicado...” dijo la voz de Sara.
Nueva taquicardia. Me había vuelto un verdadero imbécil: Sara estaba despachurrada treinta y pico de metros más abajo. Respiré profundamente tratando de normalizar mi ritmo cardíaco. Entreabrí la puerta de entrada y espié hacia el palier. Estaba a oscuras.
“Hola, habla Aníbal. Estoy devolviendo tu llamado.”
Me volví hacia el contestador. La voz tenía un sonido de ultratumba, pero era realmente Aníbal Lequerica, lo reconocí al instante. ¿Qué hacía ahí mi amigo Aníbal, llamando a casa de Libermann?
“Yo también me siento preocupado por Lito”.
Ese era Libermann, ya saben.
“Pirulo es muy peligroso”.
¿Yo? ¿Qué tenía que ver yo?
“No solo quiso violar a la esposa del médico...”
–¡Mentiras! –grité– ¡Eso fue un invento tuyo!
“...también mató a su padre”.
–¡Hijo de puta! ¡Mi viejo ya estaba muerto, hijo de puta!
“Bien, luego hablamos. Llamame”.
“Bien”. Después de cubrirme de mierda todo lo que se le ocurría decir era “bien”. Claro que lo iba a llamar, pero ¿adónde?, si ni siquiera sabía que había vuelto del extranjero.
“La agenda de Sara”, me dije. Ahí debía figurar el número telefónico de Aníbal. Pero no tuve tiempo de buscarla: el ascensor se había puesto en movimiento.
Salí al palier, cerré la puerta y bajé por las escaleras.
miércoles, 6 de abril de 2011
31. Un súbito incremento de las gonadotropinas
Pasé toda la mañana diseñando una página Web. Pueden encontrarla en www.geocities.htm/users/inocente/. Quedó bastante bien.
Título:
“Yo no violé al inspector Salvides”.
Explico la verdad de lo ocurrido, tal como se lo relaté a ustedes, obviando, por inconducente, el detalle de la calcomanía y las pastillas.
Envié un e mail con la dirección de la página a numerosos destinatarios, comenzando por el Jefe. Dispuesto a proclamar mi inocencia a los cuatro vientos, también la dejé en algunos periódicos y en el Ministerio de Interior. Asunto:
“A la autoridad que corresponda”
Mi copiloto dijo que esto estaba muy bien, pues contribuía a crear el Caos Institucional.
Jamás había pretendido nada semejante, pero me cuidé de confesárselo. Me admiran, él y su hermano. Me creen un tipo cool.
No pienso revelarles el verdadero origen de mis trastornos de conducta. Podrían atar cabos, sospechar la razón profunda de sus propias motivaciones, esa deformación genética hereditaria que signará sus vidas. No tardará en tener manifestaciones físicas, fácilmente detectables a simple vista, pero hasta entonces prefiero que disfruten de su existencia mientras puedan, sin ataduras ni complejos, libres de un diagnóstico temprano.
Si alguien hubiera sido tan bondadoso conmigo...
Pero no vale la pena pensar en el asunto: sólo lograría aumentar mi resentimiento. Fuera de Johnny y mis sobrinos, no queda nadie en mundo a quien no desee fervientemente aplastar como a una cucaracha.
También está el doctor Hermosilla, claro.
Es un buen hombre. Se preocupó por mi estado de salud. Y me dio tres días de vida.
Pero no hay nadie más. En algún momento, a pesar de su propensión al sadismo, llegué a apreciar al subcomisario Iraola. Éramos de algún modo dos almas gemelas condenadas al cotolengo por culpa de una discapacidad.
Bestia Deforme, me dijo.
Y rescindió mi contrato.
Pero yo no olvido. No olvido nada.
Mi copiloto vino para contarme que había conseguido entrar a la Policía Federal. Por un momento me desconcertó, pero luego comprendí que se refería a los archivos.
–No hay nada muy interesante –dijo.
Parecía tan decepcionado que le sugerí probar en Documentación Personal. Seguramente se le ocurriría algo divertido para hacer ahí.
Sonrió. Mi figura se agigantaba progresivamente a sus ojos y había adquirido las dimensiones de un Coloso. Sí, yo entendía la verdadera esencia de todo el asunto, el Secreto Profundo de la Vida: la diversión.
Nos chocamos las manos. Luego se puso la campera. Estaba muy ansioso por sentarse frente a la computadora. Abrió la puerta y se volvió.
–¡Qué onda tenés, tío!
Me sonrojé, qué quieren que les diga.
Esa noche fui hasta la casa de Libermann. Tenía sus llaves ¿recuerdan? De todos modos, por un momento, dudé: ¿me encontraría con Sara o habría salido a uno de sus torneos de backgammon?
Desde la calle resultaba imposible ver si había luz en su piso. Crucé y llamé por el portero eléctrico sin obtener respuesta. Lo hice tres veces más, con el mismo resultado. Saqué el llavero de Libermann. Acerté con la llave al segundo intento. Subí por el ascensor hasta el piso dieciséis, desde donde bajé hasta el quince por las escaleras. No quería correr riesgos.
Por ejemplo: encontrarme cara a cara con Sara al salir del ascensor. De sólo imaginar lo que podría ocurrir me dolieron los testículos.
Otro riesgo era que el portero eléctrico estuviera averiado. Apoyé la oreja contra la puerta. Ningún ruido. Toqué el timbre y corrí a ocultarme en las escaleras. Dejé pasar un par de minutos. Al fin me decidí y regresé con el llavero en la mano. Esta vez demoré bastante en acertar con las dos llaves correspondientes.
¿Para qué querrá tantas llaves un homeless como Libermann?
Esto fue un chiste.
Una vez dentro del departamento me dejé caer en un sillón. Tenía una angustiosa necesidad de tomar un whisky, pero me contuve: era preciso dejar la menor cantidad de rastros. Fui hasta el escritorio de Libermann. Comprobé, con alivio, que la computadora seguía ahí. Era esencial para mi plan.
La encendí y coloqué el disquete que llevaba en el bolsillo. Lo abrí. Había trabajado lo suficiente en esa imagen como para no experimentar otra sensación que la indiferencia, pero el enorme miembro del Hombre Araña seguía pareciendo tan amenazante que volví a sentir una extraña inquietud, como un ahogo. Y calores, debidos seguramente a una secreción de gonadotropinas.
Minimicé el archivo y abrí el programa de correo de Libermann. El muy imbécil había decidido reemplazar su nombre por un seudónimo: “Liber”. Le habrá sonado poético, o romántico, o váyase a saber qué. Con esos locos nunca se sabe.
Si bien su dirección electrónica figuraría como remitente en el e mail, no me pareció apropiado que la tarjeta fuera sin firma. Expandí el archivo de la disquetera e introduje una ligera modificación.
“Podrás dejar de quererme, pero olvidarme, jamás”
Borré la firma de Spiderman y escribí:
“Carlos S. Libermann. Doctor en Filosofía”.
Luego volví a su programa de correo, tecleé la contraseña y al cabo de unos segundos ya estaba en el ciberespacio.
Sentí la consiguiente erección. Mi hipófisis producía ahora testosterona a toneladas.
Envié un e mail a la oficial Quintana. Asunto: “Deseo Incontrolable”.
Y le añadí la tarjeta.
Repetí el procedimiento, cambiando únicamente la dirección de Carola por la del inspector Salvides.
Y me dejé llevar. Ya saben como es eso.
El siguiente e mail lo mandé al Ministerio del Interior, y tuve tiempo de enviar un cuarto a Ernesto Sábato, que había cometido la torpeza de figurar en el buscador Ole. Estaba reflexionando sobre la conveniencia de que también Iraola recibiera su tarjetita cuando escuché la puerta de calle.
¡Otra vez!
¿Es que no podía meterme en la casa de nadie sin que apareciese Iraola a fastidiar?
No sé por qué pensé en Iraola. Carecía de la menor lógica que el subcomisario tuviera las llaves de la casa de Libermann, pero pensé en él. Y en esta oportunidad no tenía un reflector para enceguecerlo, ni somníferos, ni nada. Ni siquiera un miserable rastro de mi erección. Había desaparecido como por encanto, apenas escuché la puerta.
Súbitamente tomé verdadera conciencia de que estaba en la casa de Libermann. No era Iraola quien me sorprendería en tan desairada situación, con mi aterciopelado pirulín fuera de su escondrijo, jadeando sobre el teclado de una computadora ajena. Era alguien muchísimo más peligroso: Sara.
Me refiero a que Iraola podría cubrirme de insultos, dejarme sin trabajo y hasta enviarme a la cárcel, pero jamás, sépase que jamás, hurgaría en mis bolsas tratando de verificar si los testículos están en su sitio.
Desconecté la computadora y apagué la luz casi al mismo tiempo que Sara encendía la del pasillo. Pasó frente al escritorio de Libermann sin dignarse a mirar y entró a la habitación contigua.
Me asomé al pasillo. Si conseguía atravesar los cinco metros que me separaban del living podría luego ir hasta la cocina y escabullirme por la puerta de servicio. Di un paso fuera del escritorio. Y un segundo paso, siempre mirando sobre mi hombro. Y mirando sobre mi hombro fue que la vi salir de la habitación.
El tiempo se detuvo.
La tierra se detuvo.
El universo entero se detuvo, convertido en un inmenso sepulcro. Apenas el sordo rumor del tránsito permitía advertir que todavía había vida allá abajo, en el planeta Tierra.
El rostro de Sara estaba descompuesto. Tenía las piernas abiertas, los hombros alzados y sus brazos colgaban tiesos a sus costados. Un verdadero espantajo. Pero, medio de espaldas, mirando sobre mi hombro, con la pierna derecha en el aire, yo lucía infinitamente peor: un bailarín elefantiásico ejecutando un pas de deux.
Título del ballet: el cisne y el esperpento.
El cisne era yo. Me vino una risa...
Sara salió del estupor y parpadeó. Entonces yo apoyé mi pie en el suelo y me volví hacia ella. Comenzó a gritar.
–¿Qué pasa mujer?
Ella gritó más fuerte.
–Pero ¿qué mierda pasa?
Miré hacia abajo, hacia el sitio donde se habían clavado los horrorizados ojos de Sara: mi pequeño amigo permanecía asomado fuera de su escondite.
¡Qué momento!
Título:
“Yo no violé al inspector Salvides”.
Explico la verdad de lo ocurrido, tal como se lo relaté a ustedes, obviando, por inconducente, el detalle de la calcomanía y las pastillas.
Envié un e mail con la dirección de la página a numerosos destinatarios, comenzando por el Jefe. Dispuesto a proclamar mi inocencia a los cuatro vientos, también la dejé en algunos periódicos y en el Ministerio de Interior. Asunto:
“A la autoridad que corresponda”
Mi copiloto dijo que esto estaba muy bien, pues contribuía a crear el Caos Institucional.
Jamás había pretendido nada semejante, pero me cuidé de confesárselo. Me admiran, él y su hermano. Me creen un tipo cool.
No pienso revelarles el verdadero origen de mis trastornos de conducta. Podrían atar cabos, sospechar la razón profunda de sus propias motivaciones, esa deformación genética hereditaria que signará sus vidas. No tardará en tener manifestaciones físicas, fácilmente detectables a simple vista, pero hasta entonces prefiero que disfruten de su existencia mientras puedan, sin ataduras ni complejos, libres de un diagnóstico temprano.
Si alguien hubiera sido tan bondadoso conmigo...
Pero no vale la pena pensar en el asunto: sólo lograría aumentar mi resentimiento. Fuera de Johnny y mis sobrinos, no queda nadie en mundo a quien no desee fervientemente aplastar como a una cucaracha.
También está el doctor Hermosilla, claro.
Es un buen hombre. Se preocupó por mi estado de salud. Y me dio tres días de vida.
Pero no hay nadie más. En algún momento, a pesar de su propensión al sadismo, llegué a apreciar al subcomisario Iraola. Éramos de algún modo dos almas gemelas condenadas al cotolengo por culpa de una discapacidad.
Bestia Deforme, me dijo.
Y rescindió mi contrato.
Pero yo no olvido. No olvido nada.
Mi copiloto vino para contarme que había conseguido entrar a la Policía Federal. Por un momento me desconcertó, pero luego comprendí que se refería a los archivos.
–No hay nada muy interesante –dijo.
Parecía tan decepcionado que le sugerí probar en Documentación Personal. Seguramente se le ocurriría algo divertido para hacer ahí.
Sonrió. Mi figura se agigantaba progresivamente a sus ojos y había adquirido las dimensiones de un Coloso. Sí, yo entendía la verdadera esencia de todo el asunto, el Secreto Profundo de la Vida: la diversión.
Nos chocamos las manos. Luego se puso la campera. Estaba muy ansioso por sentarse frente a la computadora. Abrió la puerta y se volvió.
–¡Qué onda tenés, tío!
Me sonrojé, qué quieren que les diga.
Esa noche fui hasta la casa de Libermann. Tenía sus llaves ¿recuerdan? De todos modos, por un momento, dudé: ¿me encontraría con Sara o habría salido a uno de sus torneos de backgammon?
Desde la calle resultaba imposible ver si había luz en su piso. Crucé y llamé por el portero eléctrico sin obtener respuesta. Lo hice tres veces más, con el mismo resultado. Saqué el llavero de Libermann. Acerté con la llave al segundo intento. Subí por el ascensor hasta el piso dieciséis, desde donde bajé hasta el quince por las escaleras. No quería correr riesgos.
Por ejemplo: encontrarme cara a cara con Sara al salir del ascensor. De sólo imaginar lo que podría ocurrir me dolieron los testículos.
Otro riesgo era que el portero eléctrico estuviera averiado. Apoyé la oreja contra la puerta. Ningún ruido. Toqué el timbre y corrí a ocultarme en las escaleras. Dejé pasar un par de minutos. Al fin me decidí y regresé con el llavero en la mano. Esta vez demoré bastante en acertar con las dos llaves correspondientes.
¿Para qué querrá tantas llaves un homeless como Libermann?
Esto fue un chiste.
Una vez dentro del departamento me dejé caer en un sillón. Tenía una angustiosa necesidad de tomar un whisky, pero me contuve: era preciso dejar la menor cantidad de rastros. Fui hasta el escritorio de Libermann. Comprobé, con alivio, que la computadora seguía ahí. Era esencial para mi plan.
La encendí y coloqué el disquete que llevaba en el bolsillo. Lo abrí. Había trabajado lo suficiente en esa imagen como para no experimentar otra sensación que la indiferencia, pero el enorme miembro del Hombre Araña seguía pareciendo tan amenazante que volví a sentir una extraña inquietud, como un ahogo. Y calores, debidos seguramente a una secreción de gonadotropinas.
Minimicé el archivo y abrí el programa de correo de Libermann. El muy imbécil había decidido reemplazar su nombre por un seudónimo: “Liber”. Le habrá sonado poético, o romántico, o váyase a saber qué. Con esos locos nunca se sabe.
Si bien su dirección electrónica figuraría como remitente en el e mail, no me pareció apropiado que la tarjeta fuera sin firma. Expandí el archivo de la disquetera e introduje una ligera modificación.
“Podrás dejar de quererme, pero olvidarme, jamás”
Borré la firma de Spiderman y escribí:
“Carlos S. Libermann. Doctor en Filosofía”.
Luego volví a su programa de correo, tecleé la contraseña y al cabo de unos segundos ya estaba en el ciberespacio.
Sentí la consiguiente erección. Mi hipófisis producía ahora testosterona a toneladas.
Envié un e mail a la oficial Quintana. Asunto: “Deseo Incontrolable”.
Y le añadí la tarjeta.
Repetí el procedimiento, cambiando únicamente la dirección de Carola por la del inspector Salvides.
Y me dejé llevar. Ya saben como es eso.
El siguiente e mail lo mandé al Ministerio del Interior, y tuve tiempo de enviar un cuarto a Ernesto Sábato, que había cometido la torpeza de figurar en el buscador Ole. Estaba reflexionando sobre la conveniencia de que también Iraola recibiera su tarjetita cuando escuché la puerta de calle.
¡Otra vez!
¿Es que no podía meterme en la casa de nadie sin que apareciese Iraola a fastidiar?
No sé por qué pensé en Iraola. Carecía de la menor lógica que el subcomisario tuviera las llaves de la casa de Libermann, pero pensé en él. Y en esta oportunidad no tenía un reflector para enceguecerlo, ni somníferos, ni nada. Ni siquiera un miserable rastro de mi erección. Había desaparecido como por encanto, apenas escuché la puerta.
Súbitamente tomé verdadera conciencia de que estaba en la casa de Libermann. No era Iraola quien me sorprendería en tan desairada situación, con mi aterciopelado pirulín fuera de su escondrijo, jadeando sobre el teclado de una computadora ajena. Era alguien muchísimo más peligroso: Sara.
Me refiero a que Iraola podría cubrirme de insultos, dejarme sin trabajo y hasta enviarme a la cárcel, pero jamás, sépase que jamás, hurgaría en mis bolsas tratando de verificar si los testículos están en su sitio.
Desconecté la computadora y apagué la luz casi al mismo tiempo que Sara encendía la del pasillo. Pasó frente al escritorio de Libermann sin dignarse a mirar y entró a la habitación contigua.
Me asomé al pasillo. Si conseguía atravesar los cinco metros que me separaban del living podría luego ir hasta la cocina y escabullirme por la puerta de servicio. Di un paso fuera del escritorio. Y un segundo paso, siempre mirando sobre mi hombro. Y mirando sobre mi hombro fue que la vi salir de la habitación.
El tiempo se detuvo.
La tierra se detuvo.
El universo entero se detuvo, convertido en un inmenso sepulcro. Apenas el sordo rumor del tránsito permitía advertir que todavía había vida allá abajo, en el planeta Tierra.
El rostro de Sara estaba descompuesto. Tenía las piernas abiertas, los hombros alzados y sus brazos colgaban tiesos a sus costados. Un verdadero espantajo. Pero, medio de espaldas, mirando sobre mi hombro, con la pierna derecha en el aire, yo lucía infinitamente peor: un bailarín elefantiásico ejecutando un pas de deux.
Título del ballet: el cisne y el esperpento.
El cisne era yo. Me vino una risa...
Sara salió del estupor y parpadeó. Entonces yo apoyé mi pie en el suelo y me volví hacia ella. Comenzó a gritar.
–¿Qué pasa mujer?
Ella gritó más fuerte.
–Pero ¿qué mierda pasa?
Miré hacia abajo, hacia el sitio donde se habían clavado los horrorizados ojos de Sara: mi pequeño amigo permanecía asomado fuera de su escondite.
¡Qué momento!
miércoles, 30 de marzo de 2011
30. Modelando genes
Abro la página del Eubios Ethics Institute:
“Debido a los rápidos avances en el campo de la genética molecular es en la actualidad posible la aplicación de la terapia genética. Esta consiste, básicamente, en reemplazar por genes correctos aquellos genes defectuosos que están provocando la enfermedad”.
Genes correctos por genes defectuosos. Tranquiliza saberlo.
Abrí los ojos, sobresaltado. La llave del calabozo sonó exactamente igual que la corredera de una automática. Supe que era el fin: me habían dejado más o menos entero, apenas un par de golpes en los riñones cuando me bajaron del patrullero, para este preciso momento de supremo sadismo. Sábato habría finalmente conseguido salir del estupor y ahora me aguardaba en una piecita de los fondos de la comisaría, con un electrodo en cada mano.
Cerré los ojos.
–A ver, Hardy, arriba. El comisario quiere conocerte.
¿Quién era Hardy? Espié a través de las pestañas. El agente estaba de pie en el vano de la puerta, con las manos en la cintura.
–Vamos, gordo, arriba. No te hagás el remolón porque la vas a pasar mal.
Aunque hubiera veinte a mi alrededor siempre sabría quién es el gordo.
Me senté y eché una ojeada al calabozo. No había nadie más fuera de Libermann. Seguía tendido en el asiento, cubierto hasta la nariz con su marchito saco de casimir inglés, tan rígido como una víctima del Vesubio. Sólo sus ojos parecían vivos, agrandados por el terror a la próxima erupción.
–El comisario debe querer reírse con las aventuras de Ernesto Sábato.
–¡Cállese!
La noche anterior yo había informado al oficial de guardia sobre las actividades de su subordinado. No me había tomado en serio. Y comentó el caso con el resto del personal. Ahora este imprudente se disponía a repetir mi declaración a voz en cuello, en presencia de Libermann.
El imprudente avanzó un paso dentro de la celda.
–¿Me vas a pegar?
Carajo, me encontraba en la situación de un killer del Far West. Había sentado de una trompada a un policía y ahora todos sus compañeros pretendían desafiarme. Hice un gesto de desconsuelo que bien podría interpretarse como una negativa y me puse de pie.
–Vamos –dije.
El imprudente se interpuso en mi camino.
–¿No me vas a pegar?
–Déjeme pasar.
–Pasá.
Pasé.
–Pirulo...
Me volví hacia Libermann.
–…por favor –dijo– no hagás más cagadas.
Asentí: Libermann tenía razón. Ayudé al imprudente funcionario policial a ponerse de pie.
–Vamos.
–Sí, sí –dijo el imprudente funcionario policial.
Me precedió al despacho del comisario, abriéndome paso.
El comisario era un rubio con pinta de gerente de marketing de una trasnacional. Conversaba con Iraola.
–Los dejo solos –dijo el comisario con una sonrisa. Iraola no sonreía. Yo tampoco.
–¿Qué carajo está haciendo? –escupió Iraola.
Era una pregunta retórica porque sin darme tiempo a que le explicara lo de Sábato me cubrió de insultos. Algunos, como “monstruo infame”, “cerebro de mosca” o “bestia anormal”, si bien no me resultaron novedosos, tenían al menos el justificativo de la disfunción glandular. Pero "borracho", "vicioso" o "pederasta" estaban completamente fuera de lugar. En primer término, porque no era verdad que yo hubiese querido sodomizar al inspector Salvides –¡la versión había llegado hasta los oídos del mismísimo Jefe!– y segundo, porque aun de haber sido el caso –agregué imprudente– Salvides estaba lejos de ser un suave y cándido efebo en condiciones de sucumbir a los ardores de un gordo libidinoso.
Un pequeño microbio recorría los laberintos del cerebro de Iraola devorando hasta la última partícula de cordura, posiblemente un efecto secundario del ácido lisérgico. Interpretó mis palabras como le dio la gana.
–Quiere decir que si Salvides fuera joven...
–No.
–...y hermoso...
–Eso sería imposible.
–...usted...
La situación me estaba causando gracia. Ya saben como es eso, me dejo llevar.
–Debería también ser lampiño –dije con una sonrisa– y tener pectorales lo suficientemente desarrollados, como para asirse, al estilo Isabel Sarli. Y un culo como el de mi hermano.
–El de su hermana... –intentó corregir Iraola.
–No, mi hermano está en mejor forma.
Iraola se puso violentamente de pie. Se tambaleó al alzar el bastón por lo que su golpe cayó bastante lejos de mi cabeza, destrozando un bonito portaplumas obtenido por el comisario a cambio de algún acto de corrupción extraoficial.
El comisario abrió la puerta del despacho.
–¿Qué está pasando?
–Rompió el portaplumas.
Señalé los restos del soborno. Un error, pues el siguiente bastonazo de Iraola me acertó en la mano.
–Cálmese –dijo el comisario.
Le había hablado a Iraola, pero Iraola parecía ahora más tranquilo, casi satisfecho se diría. Era yo quien saltaba en el despacho restregando mi mano entre las piernas.
–Mastúrbese ahora –dijo Iraola con resentimiento–. Como si ya no hubiera hecho bastante.
El comisario se volvió hacia mí. Parecía auténticamente horrorizado.
–Eso no es verdad –expliqué– me acaba de pegar con el bastón. Usted lo vio. Además, rompió su portaplumas.
–Yo ya no creo ni en lo que veo ni en lo que escucho. Primero usted con esa historia de que el cabo Galíndez es Ernesto Sábato. Y de que se aparece en la pantalla mientras usted patrulla. ¿Qué carajo puede patrullar un PCBC?
Abrí la boca para responder pero Iraola me silenció.
–¡Chitón! –ordenó– Esa es información reservada. Una palabra y no sale de cárcel por quince años. Está en el contrato –añadió, tratando de amedrentarme.
Lo consiguió.
Al comisario no le gustó mucho la idea de que hubiera información a la cual no podía tener acceso.
–¿Qué patrulla?
–Mis labios están sellados.
–Mejor así –dijo Iraola–. De todos modos, no sé que será de usted después de lo que hizo.
El comisario nos miraba alternativamente, sin comprender muy bien que ocurría. ¿Acaso yo había hecho algo más que pegarle al cabo Galíndez?
–Se quiso coger al inspector Salvides en un velorio –explicó Iraola.
Primero había sido Hilda López Vázquez. Ahora Salvides. No era posible que todo volviera a comenzar una y otra vez. Me eché a reír, una reacción nerviosa típica del hipotiroidismo. Iraola la tomó por jactancia. Ya se sabe: cree el ladrón que todos son de su condición.
–Se acabó. Mañana mismo procederé a anular su contrato.
La rueda del tiempo había dado un giro completo y me encontraba nuevamente en el punto de partida, a un paso de buscar alojamiento en casa de Rolo. Ahora que había descubierto sus secretas inclinaciones sadomasoquistas la perspectiva era menos halagüeña que nunca. No creí que pudiera soportarlo. Cualquier noche a Rolo se le daría por colgarse del arnés para que le azotara su redondo culo de muchachita. O algo peor. Rolo era capaz de cualquier cosa. Lo supe la noche en que me amenazó con el cañón de la Mágnum.
¿Habría limado la mira?
Una vez que los agentes consiguieron inmovilizar a Iraola, empeñado en silenciar mis carcajadas a bastonazo limpio, el comisario me envió a la sala de guardia, donde el propio Ernesto Sábato me devolvió mis efectos personales.
–Ya nos volveremos a ver, gordo de mierda.
El diagnóstico del doctor López Vázquez ya era de dominio público. Una gravísima falta de ética que denunciaría a la brevedad al Colegio Médico. Pero ahora debía ocuparme de Sábato. Apreté los dientes.
–Como te me vuelvas a aparecer en alguna red voy a venir a buscarte, hijo de puta.
Sábato hizo una sonrisa canchera, pero creo que logré preocuparlo.
Ya en la calle aspiro el fresco aire de la mañana. Los paraísos en flor siguen oliendo a azahar.
¿A mis múltiples padecimientos debo ahora agregar las alucinaciones olfativas?
No puedo dejar de pensar en el momento de llegar a casa para entrar a neurociencia. Pero recuerdo a Hermosilla. Le haré una consulta. Es el único médico en quien confío: no tiene ninguna vinculación con el doctor López Vázquez. Ni con Libermann.
A propósito: Libermann quedó detenido, en averiguación de antecedentes.
A propósito bis: tengo su llavero. Ernesto Sábato me lo dio por error.
“Debido a los rápidos avances en el campo de la genética molecular es en la actualidad posible la aplicación de la terapia genética. Esta consiste, básicamente, en reemplazar por genes correctos aquellos genes defectuosos que están provocando la enfermedad”.
Genes correctos por genes defectuosos. Tranquiliza saberlo.
Abrí los ojos, sobresaltado. La llave del calabozo sonó exactamente igual que la corredera de una automática. Supe que era el fin: me habían dejado más o menos entero, apenas un par de golpes en los riñones cuando me bajaron del patrullero, para este preciso momento de supremo sadismo. Sábato habría finalmente conseguido salir del estupor y ahora me aguardaba en una piecita de los fondos de la comisaría, con un electrodo en cada mano.
Cerré los ojos.
–A ver, Hardy, arriba. El comisario quiere conocerte.
¿Quién era Hardy? Espié a través de las pestañas. El agente estaba de pie en el vano de la puerta, con las manos en la cintura.
–Vamos, gordo, arriba. No te hagás el remolón porque la vas a pasar mal.
Aunque hubiera veinte a mi alrededor siempre sabría quién es el gordo.
Me senté y eché una ojeada al calabozo. No había nadie más fuera de Libermann. Seguía tendido en el asiento, cubierto hasta la nariz con su marchito saco de casimir inglés, tan rígido como una víctima del Vesubio. Sólo sus ojos parecían vivos, agrandados por el terror a la próxima erupción.
–El comisario debe querer reírse con las aventuras de Ernesto Sábato.
–¡Cállese!
La noche anterior yo había informado al oficial de guardia sobre las actividades de su subordinado. No me había tomado en serio. Y comentó el caso con el resto del personal. Ahora este imprudente se disponía a repetir mi declaración a voz en cuello, en presencia de Libermann.
El imprudente avanzó un paso dentro de la celda.
–¿Me vas a pegar?
Carajo, me encontraba en la situación de un killer del Far West. Había sentado de una trompada a un policía y ahora todos sus compañeros pretendían desafiarme. Hice un gesto de desconsuelo que bien podría interpretarse como una negativa y me puse de pie.
–Vamos –dije.
El imprudente se interpuso en mi camino.
–¿No me vas a pegar?
–Déjeme pasar.
–Pasá.
Pasé.
–Pirulo...
Me volví hacia Libermann.
–…por favor –dijo– no hagás más cagadas.
Asentí: Libermann tenía razón. Ayudé al imprudente funcionario policial a ponerse de pie.
–Vamos.
–Sí, sí –dijo el imprudente funcionario policial.
Me precedió al despacho del comisario, abriéndome paso.
El comisario era un rubio con pinta de gerente de marketing de una trasnacional. Conversaba con Iraola.
–Los dejo solos –dijo el comisario con una sonrisa. Iraola no sonreía. Yo tampoco.
–¿Qué carajo está haciendo? –escupió Iraola.
Era una pregunta retórica porque sin darme tiempo a que le explicara lo de Sábato me cubrió de insultos. Algunos, como “monstruo infame”, “cerebro de mosca” o “bestia anormal”, si bien no me resultaron novedosos, tenían al menos el justificativo de la disfunción glandular. Pero "borracho", "vicioso" o "pederasta" estaban completamente fuera de lugar. En primer término, porque no era verdad que yo hubiese querido sodomizar al inspector Salvides –¡la versión había llegado hasta los oídos del mismísimo Jefe!– y segundo, porque aun de haber sido el caso –agregué imprudente– Salvides estaba lejos de ser un suave y cándido efebo en condiciones de sucumbir a los ardores de un gordo libidinoso.
Un pequeño microbio recorría los laberintos del cerebro de Iraola devorando hasta la última partícula de cordura, posiblemente un efecto secundario del ácido lisérgico. Interpretó mis palabras como le dio la gana.
–Quiere decir que si Salvides fuera joven...
–No.
–...y hermoso...
–Eso sería imposible.
–...usted...
La situación me estaba causando gracia. Ya saben como es eso, me dejo llevar.
–Debería también ser lampiño –dije con una sonrisa– y tener pectorales lo suficientemente desarrollados, como para asirse, al estilo Isabel Sarli. Y un culo como el de mi hermano.
–El de su hermana... –intentó corregir Iraola.
–No, mi hermano está en mejor forma.
Iraola se puso violentamente de pie. Se tambaleó al alzar el bastón por lo que su golpe cayó bastante lejos de mi cabeza, destrozando un bonito portaplumas obtenido por el comisario a cambio de algún acto de corrupción extraoficial.
El comisario abrió la puerta del despacho.
–¿Qué está pasando?
–Rompió el portaplumas.
Señalé los restos del soborno. Un error, pues el siguiente bastonazo de Iraola me acertó en la mano.
–Cálmese –dijo el comisario.
Le había hablado a Iraola, pero Iraola parecía ahora más tranquilo, casi satisfecho se diría. Era yo quien saltaba en el despacho restregando mi mano entre las piernas.
–Mastúrbese ahora –dijo Iraola con resentimiento–. Como si ya no hubiera hecho bastante.
El comisario se volvió hacia mí. Parecía auténticamente horrorizado.
–Eso no es verdad –expliqué– me acaba de pegar con el bastón. Usted lo vio. Además, rompió su portaplumas.
–Yo ya no creo ni en lo que veo ni en lo que escucho. Primero usted con esa historia de que el cabo Galíndez es Ernesto Sábato. Y de que se aparece en la pantalla mientras usted patrulla. ¿Qué carajo puede patrullar un PCBC?
Abrí la boca para responder pero Iraola me silenció.
–¡Chitón! –ordenó– Esa es información reservada. Una palabra y no sale de cárcel por quince años. Está en el contrato –añadió, tratando de amedrentarme.
Lo consiguió.
Al comisario no le gustó mucho la idea de que hubiera información a la cual no podía tener acceso.
–¿Qué patrulla?
–Mis labios están sellados.
–Mejor así –dijo Iraola–. De todos modos, no sé que será de usted después de lo que hizo.
El comisario nos miraba alternativamente, sin comprender muy bien que ocurría. ¿Acaso yo había hecho algo más que pegarle al cabo Galíndez?
–Se quiso coger al inspector Salvides en un velorio –explicó Iraola.
Primero había sido Hilda López Vázquez. Ahora Salvides. No era posible que todo volviera a comenzar una y otra vez. Me eché a reír, una reacción nerviosa típica del hipotiroidismo. Iraola la tomó por jactancia. Ya se sabe: cree el ladrón que todos son de su condición.
–Se acabó. Mañana mismo procederé a anular su contrato.
La rueda del tiempo había dado un giro completo y me encontraba nuevamente en el punto de partida, a un paso de buscar alojamiento en casa de Rolo. Ahora que había descubierto sus secretas inclinaciones sadomasoquistas la perspectiva era menos halagüeña que nunca. No creí que pudiera soportarlo. Cualquier noche a Rolo se le daría por colgarse del arnés para que le azotara su redondo culo de muchachita. O algo peor. Rolo era capaz de cualquier cosa. Lo supe la noche en que me amenazó con el cañón de la Mágnum.
¿Habría limado la mira?
Una vez que los agentes consiguieron inmovilizar a Iraola, empeñado en silenciar mis carcajadas a bastonazo limpio, el comisario me envió a la sala de guardia, donde el propio Ernesto Sábato me devolvió mis efectos personales.
–Ya nos volveremos a ver, gordo de mierda.
El diagnóstico del doctor López Vázquez ya era de dominio público. Una gravísima falta de ética que denunciaría a la brevedad al Colegio Médico. Pero ahora debía ocuparme de Sábato. Apreté los dientes.
–Como te me vuelvas a aparecer en alguna red voy a venir a buscarte, hijo de puta.
Sábato hizo una sonrisa canchera, pero creo que logré preocuparlo.
Ya en la calle aspiro el fresco aire de la mañana. Los paraísos en flor siguen oliendo a azahar.
¿A mis múltiples padecimientos debo ahora agregar las alucinaciones olfativas?
No puedo dejar de pensar en el momento de llegar a casa para entrar a neurociencia. Pero recuerdo a Hermosilla. Le haré una consulta. Es el único médico en quien confío: no tiene ninguna vinculación con el doctor López Vázquez. Ni con Libermann.
A propósito: Libermann quedó detenido, en averiguación de antecedentes.
A propósito bis: tengo su llavero. Ernesto Sábato me lo dio por error.
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