Hice contacto con Ernesto Sábato. Maneja un taxi los sábados a la noche. Es un trabajo muy angustiante, asegura.
“De pronto ocurren hechos que me destrozan –escribió Sábato–, que me sumen en un dolor tan intenso que me imposibilita para cualquier tipo de tarea. Por ejemplo, conocí a Elaida”.
Elaida es yemenita, lo que al modo de ver de Sábato, no tiene por qué sorprender a nadie. Mucho menos a un hombre de mundo como yo.
Esta no es la red boquense y va de suyo que no finjo ser Mayonesa, el barrabrava de Lugano, sino José Alfredo Fonseca Estigarribia, un hacendado paraguayo. Vivo en Asunción. Desde ya, esto mataría de un infarto a Salvides, pero Salvides jamás inspecciona los patrullajes. Se encierra en su pequeña torre de cristal a leer a Liddlehard. Probablemente navegue a escondidas visitando las páginas de turismo o conectado a Interpol, pero jamás chatea. Es un burócrata de escritorio.
Elaida fue la primera pasajera que subió al taxi de Ernesto Sábato. Provenía de Yemen, un pequeño país en la península arábiga con una de las rentas per cápita más altas del mundo. Eso dice la correspondiente página Web, aunque no me siento muy inclinado a dar crédito a todo lo que se anuncia en internet. Sábato tampoco, en especial luego de conocer a Elaida. Cualquiera que hubiese leído la página de Yemen creería que se trataba de una potentada.
“No tengo un centavo”, reveló Elaida.
Llevaban casi dos horas de viaje.
Hasta ese momento la noche había sido lo bastante perturbadora como para angustiar a Sábato. Imprevistamente se encontró escuchando cómo tendida en una playa del Yemén bajo el dulce y melancólico sol del atardecer, ella iba sintiendo un calor que le venía como de adentro y de abajo.
“¿Ves?”, dijo Elaida.
Sábato se rehusó a mirar. Era su primer día de trabajo en la compañía de taxis y si giraba en el asiento podría chocar. Por otra parte, ignoraba si Elaida era una simple pasajera o un señuelo de alguna cámara sorpresa.
En fin, que no se volvió hacia ella aunque no dejaba de observarla por el espejo retrovisor, en especial cuando aseguró que estaba a punto de llegar al clímax, arrebatada por el recuerdo del tórrido sol del golfo pérsico, y la fina y blanca y suave arena y el simún que se mete debajo de las faldas de las mujeres y provoca estragos, como un torbellino, dijo Elaida, como el aliento abrasador de un amante latino.
“Me encantan los latinos, ¿sabés?– susurró en la nuca de Sábato– porque los árabes hacen el amor como dios manda sólo en ocasionas muy especiales y las más de las veces practican la sodomía sin distinción de especie, sexo, edad o parentesco. Y lo peor es que algunos te quieren circuncidar”.
“¿¡Cómo circuncidar!? –exclamó Sábato–. ¿¡Sos un hombre!?
Cuando consiguió dejar de reír, ella le explicó, en detalle, lo que esos energúmenos del desierto hacen a las mujeres. No pueden permitir que lleguen con el clítoris intacto hasta esa edad donde comienzan a arder de deseo y buscan desenfrenadamente el placer ocasionando numerosos accidentes de tránsito, exactamente iguales al que Sábato estuvo a punto de provocar cuando vomitó a través de la ventanilla. El vidrio estaba cerrado.
“No pude evitarlo –me explicó Sábato–. Aunque cueste creerlo, fue el Pirulo que llevo adentro”
Carajo.
Apagué la computadora sin cerrar los programas y permanecí algunos minutos con la mirada perdida en la pantalla.
Tomábamos con Johnny un café en el Ebro luego del turno de servicio. Me sentí obligado a agradecerle su gesto de apoyo cuando yo debía soportar los espumarajos de baba y saliva que echaba la boca de Salvídes cuando coloqué los espejos retrovisores a los lados de mi escritorio.
Johnny se alzó de hombros.
–Es lo menos que podía hacer por un amigo –dijo.
Una vez recuperado de la sorpresa, me emocioné tanto que me dieron ganas de abrazarlo.
No hay nada mejor que un amigo ni existe nada más reconfortante que la verdadera amistad. Se compone de afecto, respeto y lealtad. Y humor. Los amigos deben hacerse bromas, de tanto en tanto. Aníbal no cesaba de repetírmelo cada vez que yo le reprochaba su costumbre de pegarme carteles en la espalda. Un día se enojó.
–Tomátelas Pirulo –dijo antes de volverse hacia la ventana.
Yo me había acercado a su mesa en el café, desde donde Aníbal balconeaba a las chicas que salían del liceo de la mitad de cuadra. Sostenía en mi mano su último cartelito:
“Sociedad Rural Argentina. Gran campeón cerdo Yorkshire.
Categoría capón”
Una señora me lo acababa de dar en el colectivo, luego de despegarlo de mi espalda.
–Sírvase, joven –bajó la vista al acercarme el papel. Luego agregó, en voz demasiado alta y sin dirigirse a nadie en particular: –¡No sé cómo los muchachos de hoy día pueden ser tan crueles!
Los ojos de todos los pasajeros se dirigieron hacia la mujer, tratando de averiguar qué ocurría.
Indudablemente, se sentía orgullosa de su buena acción.
–¿A ustedes les parece justo –prosiguió, al advertir que se había conseguido atraer el interés general– burlarse de la deformación ajena?
Los más avispados comenzaron a mirarme con curiosidad.
–Por más que sea tan gordo no deberían decirle “Cerdo Yorkshire”.
Detecté varias sonrisas y empecé a retroceder.
–Y ponerle carteles en la espalda. Muestre, joven, muestre.
Yo corría por el pasillo. Llegué junto al chofer.
–Pare acá –supliqué–. Por favor.
El chofer me miró por el espejo.
–En la parada.
Faltaba una cuadra. No demoró ni medio minuto en recorrerla, pero me pareció una eternidad. La indignada señora había comenzado a explicar lo de “capón”.
Llegué hasta el café con el cartelito temblando en mi mano.
–Tomátelas, Pirulo –Aníbal se volvió hacia la ventana con fastidio–. Sos un pelotudo y un desagradecido. ¿No te das cuenta que los pongo para hacerte más popular? Si no fuera por mí, nadie te daría ni cinco de bola. Y ahora, rajá.
No volvió a hablarme hasta una semana después, cuando le pedí disculpas.
Me dieron ganas de abrazar a Johnny: uno siempre necesita alguien en quien confiar y, aunque me metía en problemas con demasiada frecuencia, había demostrado ser un amigo. Primero, su guiño de apoyo mientras los gritos de Salvides me perforaban los tímpanos. Y después el comentario, deslizado al pasar, restándose importancia: “Es lo menos que podía hacer”.
Luego agregó:
–La verdad, gordo, sos el tipo más divertido que conozco.
De mi garganta brotó un cloqueo parecido al de un pavo.
–No es para tanto.
–¿Qué no? Eso de los espejos estuvo genial.
Johnny me miró con sorpresa cuando dije:
–Bueno, pero vos tuviste algo que ver en el asunto.
Era la pura verdad. Acababa de convencer a Milan, el serbio, de que, casas más, casas menos, yo era igualito a Amelita Vargas y había comenzado a preguntarle si no había tenido oportunidad de conocer una mujer parecida, en Bosnia por ejemplo.
Me explico: esos balcánicos se habían consagrado a un curioso proceso de depuración étnica. No querían que nadie que luciese diferente viviera en sus vecindarios. Para conseguirlo pergeñaron un método incongruente: violar a todas las hembras de sus odiados vecinos. El resultado será paradójico: en unos años resultará imposible saber si un tipo es serbio, bosnio, herzegovino o paraguayo.
Love is all you need.
En el acelerado proceso de mestizaje que llamaban “depuración étnica”, habían perpetrado actos de un salvajismo estremecedor.
El momento era de extrema tensión: yo podía estar chateando con un criminal de guerra, con el mismísimo Carnicero de Bosnia.
Entonces Johnny reventó una bolsa de papel a mis espaldas.
¡Bum!
Demoraron más de diez minutos en reanimarme.
El estallido de la bolsita de papel acabó por disipar mis dudas y coloqué, por fin, los espejos retrovisores. Pero algo que ver también tuvo la oficial Quintana: cada vez que escuchaba su taconeo al cruzar el salón para ir de su despacho al de Salvides, adivinaba que había venido de uniforme, con sus medias oscuras y el liguero azul.
Es azul. Así lo prescribe el reglamento. Tiene una presilla, a la altura del muslo derecho para sujetar un arma de emergencia. Lo sé. Yo mismo se lo quité, vestido de Hombre Araña.
¿La oficial Quintana tendría alguna noción de lo que había ocurrido en su despacho?
No conseguía sacarme la idea de la cabeza: no puede existir ninguna pastilla, ningún polvo, ningún ácido en toda la faz de la tierra capaz de anular completamente la conciencia de una persona. En algún lugar, pequeño, invisible hasta para un microscopio, la mente de la oficial Quintana debía saber. Y en el momento menos pensado, recordaría.
En lo mejor de un patrullaje miraba la pantalla y creía verla aproximarse a mis espaldas, en puntas de pie, empuñando un cortapapeles.
Como podrán apreciar, había un sinnúmero de razones para justificar los retrovisores. Pero no podía revelar ninguna de ellas a Salvides. Así que me limité a explicarle lo de Amelita Vargas.
–¡Travesti cibernético! –escupió Salvides con desprecio.
Mas tarde, luego de recibir el informe de Salvides, el subcomisario Iraola me miró, pensativo. No hizo ningún comentario, pero en ese momento supe que algo se había roto entre nosotros.
Llegué a mi casa, me saqué los zapatos, la camisa y los pantalones. Abrí una cerveza y una vez instalado cómodamente ante la computadora, revisé algunos archivos de Carola.
Así se llama la oficial Quintana. Carola. Carola Quintana. Me gusta.
De todos modos, a los fines artísticos, la bautizamos Carol. Se pronuncia acentuando la “o”: Caról. Yo hubiera conservado el original pero Johnny insistió en que Carola sonaba a maestra jardinera: jamás podría ser el nombre de la amante del Hombre Araña.
No es exactamente la amante. La historia es más compleja, más elaborada. Johnny tenía la idea general del argumento. En la cabeza, me dijo, pero quería que improvisáramos. Pues bien, improvisamos. Variaciones sobre una idea, como en el jazz.
spidersexxx.
Es un confuso video y una secuencia de cuarenta imágenes. Las pueden ver gratuitamente en el rubro Aficionados de la Robin’s Home Page.
Robin quedó encantada con las fotos. Y quiere contratarme. Supongo que planea agregar una nueva sección: “Spiderman and me”.
Suena tentador, pero debería trasladarme hasta California, con todo lo que eso implica.
Cuando se lo comenté, Johnny se amoscó.
–No serás tan hijo de puta de renunciar. Hice todo esto por vos.
“Todo esto” era la secuencia de cuarenta fotografías. Y el video.
Johnny se mostró decididamente ofensivo. A su modo de ver, la sección que Robin planea abrir conmigo es abnormal Sex.
Lo acusé de envidioso.
Me estudió en silencio.
–¡Vos estás de veras enfermo! –exclamó con entusiasmo al cabo de un rato.
No supe cómo reaccionar. Él parecía de veras entusiasmado. Además, yo exageraba mis méritos pues Johnny había sido mi doble en las escenas de sexo propiamente dicho: todos primeros planos de Caról, con una mínima, pero esencial, participación del Hombre Araña.
Mi papel consistió en derramarme en distintas posturas sobre la oficial Quintana.
Para Johnny, tuve una intervención decorativa.
La idea me hizo gracia.
Spidersexxx fue una operación de carácter defensivo. Ni Johnny ni yo pensamos alguna vez, seriamente, en convertirnos en estrellas porno. Tampoco la oficial Quintana.
Luego del enojoso incidente provocado por la torta de Bob, la oficial Quintana había dejado de dirigirme la palabra. Podía darme cuenta de que en cuanto se le presentase la oportunidad –por ejemplo, cuando Salvides saliera por la puerta de Virrey Cevallos dentro de un chaleco de fuerza– yo lo haría inmediatamente después, como un borracho expulsado de un bar.
Ahora podía estar tranquilo, dijo Johnny. Las posibilidades que tenía Carola de convertirse en jefa de la Brigada eran más bien remotas.
–Si ninguno de los patrulleros entra a la página de casualidad, nos ocuparemos nosotros de guiar la investigación.
–Sólo si fuera estrictamente necesario –acoté.
Johnny se alzó de hombros. Se siente seguro: si mientras esté de servicio conserva los pantalones puestos, será imposible identificarlo mediante un identikit. No creo que pueda decirse lo mismo de mí. En ningún momento me quité la máscara, pero hay algo definitivamente familiar en ese Hombre Araña.
Por otra parte, no quería destruir la carrera de Carola.
–Ya veremos –dijo Johnny.
En los descansos que hacíamos durante la sesión de fotografías, para reponer el aire o administrar a Carola una nueva dosis –tarea que quedaban bajo la exclusiva responsabilidad de Johnny–, yo me entretenía copiando los archivos de su computadora.
Tengo los CD en casa. Los estoy revisando de a poco. Los archivos están protegidos, pero con un poco de ingenio y paciencia, es posible abrirlos.
Lo hice con dos este fin de semana. Y puedo decir una sola cosa: ¡qué horror!
Mi hermano, mi héroe, mi ídolo... cayó de su pedestal.
No podría decir que Rolo era un ejemplo para mí, porque jamás hubiera podido seguir sus pasos. Hasta el fatídico fin de semana Rolo era un semidiós, ahora...
Verán, encontré una foto suya en los archivos de la oficial Quintana. Se lo ve de espaldas, con una capucha de cuero en la cabeza y los brazos sujetos a un gancho mediante una cadena. Pero tiene que ser Rolo: reconozco su redondo culo de muchachita, los hombros poderosos y los antebrazos velludos.
No comprendo qué hace en la computadora de Carola. Bueno, eso es evidente a simple vista: se deja azotar por una rubia de largas piernas disfrazada de Gatúbela. Pero no tendría que estar ahí, ni en el disco rígido ni en semejante postura.
También fue una sorpresa averiguar algunas costumbres de la oficial Quintana. Pasea en el Dark Site. Es un sitio de perversiones desmedidas, territorio del subcomisario Iraola. Por un momento se me ocurrió que tal vez chateen entre sí, sin advertirlo. La idea me hizo gracia.
La foto de Rolo se la podría haber enviado el propio subcomisario, desde la computadora contigua a la mía, mientras todo el mundo cree que en su pequeño despacho la oficial Quintana persigue abusadores de niños y protege a las mujeres golpeadas.
Pero no entiendo el papel de Rolo en todo esto. Porque es Rolo, tiene que serlo.
Qué horror.
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lunes, 6 de septiembre de 2010
domingo, 29 de agosto de 2010
10. El estúpido asunto de los espejos retrovisores
Jack Herer
Ganadora de la Copa Cannabis 1995
Híbrido múltiple, resultado de largos años de selección combinando tres de las más fuertes variedades conocidas. A pesar de ser a menudo presionados por cultivadores obsesivos a fin de que divulguemos los detalles de su pedigree, mucho tememos que, al igual que ocurre con la fórmula de la Coca Cola, la composición de esta variedad permanecerá en riguroso secreto.
Floración: 50/70 días.
Altura: 150/180 cm.
Cosecha: 125 gr.
Art No 2310.
275 fl.
Salí de la página de semillas sensitivas y volví a los Osos Mimosos de Boedo movido por la curiosidad: tal vez encontrara algún conocido.
No hay ninguno, al menos en las fotografías. Entré al foro y aguardé un rato, escuchando en silencio. Ni de los apodos ni de la conversación pude extraer alguna referencia útil. La conversación era un cotilleo insufrible sobre medidas de bíceps, precio de superbikes, largo de penes y lugares donde comprar ropas de cuero. Cada tanto alguno se echaba un eructo, pero en general todos parecían sujetos delicados y extremadamente amables. Creo que no son osos propiamente dichos ni, mucho menos, de Boedo. Aunque el barrio ha cambiado mucho desde la instalación de un supermercado en el viejo Gasómetro, más bien parecían preferir Santa Fe y Uriburu a merodear por Maza y Chiclana.
Desde ya, nadie utilizaría el sobrenombre de su juventud. Yo tampoco. De hecho entré finalmente en el parloteo bajo el alias de “Rolo”. Tal vez picara algún viejo conocido. Rolo no es un oso. Conserva una excelente silueta, además de un redondo culo de muchachita, pero en el barrio bien podrían suponer que engordó. Tiene el pecho lampiño, pero de sus antebrazos velludos es posible concluir que lo afeita, para resaltar sus pectorales.
Rolo tenía al menos un admirador, no muy secreto. Cuando pasaba por Avenida La Plata y Vernet, José María, permanentemente de pie bajo el toldo de la tienda de doña Porota, su desdichada madre, lo devoraba con una mirada húmeda.
Doña Porota vivía en el cuarto piso de un edificio sobre Vernet. José María atendía en la escalera. Los muchachos del café cobraban para procurarle un poco de satisfacción. Todos andaban escasos de dinero y el sábado a la noche hacían cola en la escalera.
Como lo oyen.
José María era una fuente de ingresos tan buena como cualquier otra y contribuía a mantener la virtud de las novias.
José María hubiera dejado en la ruina a doña Porota con tal de llevarse, por una vez, a mi hermano a su escalera. Pero Rolo jamás se dignó a mirarlo.
Yo sí, aunque a hurtadillas. No quería que José María me sorprendiera. Él también me echaba frecuentes miradas, llenas de rencor, como si yo fuese un potencial competidor. Ignoro por qué. En primer lugar, no creía dar el tipo físico. Mi único punto de referencia al respecto era el propio José María, también pasado de peso, pero en pequeño. Aunque increíblemente velludo. Podría muy bien formar parte de los Osos Mimosos, categoría koala.
Tenía largos pelos en el tórax que asomaban del cuello de su camisa. Pero afeitaba dos veces al día una barba que crecía cerrada alrededor de la gran boca húmeda. También sus ojos estaban permanentemente humedecidos. La mayoría de las veces por una paliza. Sucedía con frecuencia y le llovían desde las más diversas partes. En eso nos parecíamos bastante, aunque a mí los recolectores de residuos jamás me arrojaron dentro del camión.
Después de su excursión en el camión recolector José María regresó del Bajo Flores sin un centavo y cubierto de basura. Un patrullero lo remitió a la comisaría, donde continuaron pegándole, dentro y fuera del calabozo. También en el baño. Y algunos agentes lo llevaron a la escalera.
Hay golpes tan fuertes en la vida...
Recibí el mío con la destrucción de Deseo. De algún modo significó el fin de mi adolescencia. Tenía algo más de 25 años, pero nadie parecía sorprenderse de que madurara tan lentamente. Por lo de los testículos, ya saben.
A medida que lo desguazaba, Rolo iba arrojando los pedazos de Deseo al medio de la calle. Los vecinos se congregaron alrededor de la pila. Cada tanto alguien gritaba “¡Guarda!”. Y todos debían apartarse rápidamente para no ser aplastados por una rueda, un trozo de fuselaje, el alerón de cola o la hélice de madera que yo había pulido y barnizado con tanto esmero.
Parecía que, allá arriba, Rolo no acabaría jamás.
Mis sobrinos y yo mirábamos el magnicidio desde el zaguán, sollozando abrazados.
Qué horror.
Decido seguir la pista de los traficantes de niños por mi propia cuenta, sin informar a Salvides ni, mucho menos, a la oficial Quintana. Coloco un anuncio en amarillas.com:
“Madre soltera de cinco hermosos niños necesita yerba, azúcar, fideos, leche en polvo y una docena de chapas galvanizadas”.
Un señuelo perfecto.
A propósito de Salvides: hizo crisis. Fue el estúpido asunto de los espejos retrovisores. Resolví colocarlos –uno a cada lado del escritorio– luego de una broma que me gastó Johnny mientras yo patrullaba una red chilena que descubrí hace poco.
Antes de continuar, déjenme decirles que no hay nada ilegal en eso pues internet no reconoce fronteras. Uno puede ingresar donde le plazca y desde cualquier lugar. Es una enorme autopista informática de libre circulación en la que el tránsito va simultáneamente en varias direcciones.
Dicho así, parece un poco caótico. Sin embargo, funciona. Es lo que trataba de explicarle a Salvides, pero el inspector se cierra y no quiere entender. A su modo de ver, nosotros no podemos operar más allá de la General Paz sin la correspondiente autorización judicial. Además, estaba obsesionado por los espejos retrovisores de mi patrulla. No veía qué relación podían tener con la red chilena. Las venas de su frente parecían a punto de reventar y golpeaba el escritorio con el puño.
–¿Qué carajo tienen que ver los chilenos con esto?
Ya saben, los espejos.
Yo trataba de explicarle, pero el inspector me impedía hablar. Y me bañaba en saliva. Imagínense. Un asco.
La verdad era bien sencilla: yo chateaba en la red chilena, y digo “chilena” porque es chilena, pero eso no impide que participen usuarios de otras partes, en general hispanoparlantes. Aunque a la sazón me encontraba en el cuarto privado con un estudiante serbio. Aprendía español.
Salvides guiñó los ojos, como un chimpancé frente a una cafetera express.
–¿Qué cuarto privado?
–La sala de interrogatorios –aclaré, en su jerga.
Esto pareció calmarlo un poco. De todos modos insistió, y de muy mal modo, que seguía sin ver alguna relación entre una cosa y la otra.
Yo tampoco. La única relación entre que el serbio estudiara español y la sala de interrogatorios era yo. Sosteníamos un flirteo virtual, cosas que pasan mientras se chatea.
Antes de que piensen mal me apresuraré a aclarar que en esa red soy “Salomé”, una estudiante interesada en la historia del Imperio Austro-Húngaro, una afición como cualquier otra. Fue muy conveniente para hacer contacto con el serbio, aunque sospecho que Milan (así se llama) también ha leído al general Liddlehard, pues en realidad le importa un comino del Imperio Austro Húngaro y únicamente quiere conocer chicas.
Le gustan morenas y pequeñitas, con carnes bien distribuidas y gruesos labios rellenos de grasa abdominal. Quería saber cómo me veía yo. Le di una descripción aproximada de Amelita Vargas, La reina del mambo.
–¡¿Amelita Vargas?!
¿Ya dije que Salvides tiene la costumbre de repetir mis palabras, pero en forma de pregunta?
Algunos de mis compañeros rieron. Son tan jóvenes: creen que cuando Amelita Vargas filmaba en Artistas Argentinos Asociados, fuera del estudio merodeaban los dinosaurios. De todas maneras, si alguien ríe a mis espaldas, generalmente lo hace de mí. Lo sospecho desde mi niñez, cuando Aníbal pegaba carteles en mi guardapolvo.
Miré por el retrovisor. Mis ojos se cruzaron con los de Johnny. Sonrió y me hizo una seña de OK. “Vas bien”, parecía querer decir.
Podía ir bien, pero si Salvides hacía el ACV –tenía todos los síntomas– terminaría muy mal, convertido en un PCBV. Y viviendo nuevamente en casa de Rolo, donde fui a parar luego de la muerte de papá.
–No puedo con él –había dicho Elena luego de sonarse la nariz–. Además, si mamá vuelve a verlo, no sé qué puede llegar a pasar.
¿Qué podía pasar? Nada. Mi madre había quedado definitivamente atrapada en el pasado y, si todavía resultaba capaz de hacerse cargo de algunas tareas hogareñas, era más por un reflejo pavloviano luego de tantos años de rutina que por una cabal comprensión de la realidad. Ni se había enterado de la muerte de papá, y siguió bañándolo, perfumándolo y poniendo su cuerpo junto a los malvones hasta que salió eyectado de la mecedora.
Luego de eso, lo echó de menos. Las tareas de mantenimiento conyugal le llenaban varias horas del día y de algún modo le permitían regresar de la fiesta de casamiento. Ahora en cambio, parecía condenada a revivir una y otra vez Aquella Noche.
–¡Pobre señora! –fue todo lo que se le escuchó decir cuando vio a papá en el patio, con la cabeza hundida en el macetero.
Ganadora de la Copa Cannabis 1995
Híbrido múltiple, resultado de largos años de selección combinando tres de las más fuertes variedades conocidas. A pesar de ser a menudo presionados por cultivadores obsesivos a fin de que divulguemos los detalles de su pedigree, mucho tememos que, al igual que ocurre con la fórmula de la Coca Cola, la composición de esta variedad permanecerá en riguroso secreto.
Floración: 50/70 días.
Altura: 150/180 cm.
Cosecha: 125 gr.
Art No 2310.
275 fl.
Salí de la página de semillas sensitivas y volví a los Osos Mimosos de Boedo movido por la curiosidad: tal vez encontrara algún conocido.
No hay ninguno, al menos en las fotografías. Entré al foro y aguardé un rato, escuchando en silencio. Ni de los apodos ni de la conversación pude extraer alguna referencia útil. La conversación era un cotilleo insufrible sobre medidas de bíceps, precio de superbikes, largo de penes y lugares donde comprar ropas de cuero. Cada tanto alguno se echaba un eructo, pero en general todos parecían sujetos delicados y extremadamente amables. Creo que no son osos propiamente dichos ni, mucho menos, de Boedo. Aunque el barrio ha cambiado mucho desde la instalación de un supermercado en el viejo Gasómetro, más bien parecían preferir Santa Fe y Uriburu a merodear por Maza y Chiclana.
Desde ya, nadie utilizaría el sobrenombre de su juventud. Yo tampoco. De hecho entré finalmente en el parloteo bajo el alias de “Rolo”. Tal vez picara algún viejo conocido. Rolo no es un oso. Conserva una excelente silueta, además de un redondo culo de muchachita, pero en el barrio bien podrían suponer que engordó. Tiene el pecho lampiño, pero de sus antebrazos velludos es posible concluir que lo afeita, para resaltar sus pectorales.
Rolo tenía al menos un admirador, no muy secreto. Cuando pasaba por Avenida La Plata y Vernet, José María, permanentemente de pie bajo el toldo de la tienda de doña Porota, su desdichada madre, lo devoraba con una mirada húmeda.
Doña Porota vivía en el cuarto piso de un edificio sobre Vernet. José María atendía en la escalera. Los muchachos del café cobraban para procurarle un poco de satisfacción. Todos andaban escasos de dinero y el sábado a la noche hacían cola en la escalera.
Como lo oyen.
José María era una fuente de ingresos tan buena como cualquier otra y contribuía a mantener la virtud de las novias.
José María hubiera dejado en la ruina a doña Porota con tal de llevarse, por una vez, a mi hermano a su escalera. Pero Rolo jamás se dignó a mirarlo.
Yo sí, aunque a hurtadillas. No quería que José María me sorprendiera. Él también me echaba frecuentes miradas, llenas de rencor, como si yo fuese un potencial competidor. Ignoro por qué. En primer lugar, no creía dar el tipo físico. Mi único punto de referencia al respecto era el propio José María, también pasado de peso, pero en pequeño. Aunque increíblemente velludo. Podría muy bien formar parte de los Osos Mimosos, categoría koala.
Tenía largos pelos en el tórax que asomaban del cuello de su camisa. Pero afeitaba dos veces al día una barba que crecía cerrada alrededor de la gran boca húmeda. También sus ojos estaban permanentemente humedecidos. La mayoría de las veces por una paliza. Sucedía con frecuencia y le llovían desde las más diversas partes. En eso nos parecíamos bastante, aunque a mí los recolectores de residuos jamás me arrojaron dentro del camión.
Después de su excursión en el camión recolector José María regresó del Bajo Flores sin un centavo y cubierto de basura. Un patrullero lo remitió a la comisaría, donde continuaron pegándole, dentro y fuera del calabozo. También en el baño. Y algunos agentes lo llevaron a la escalera.
Hay golpes tan fuertes en la vida...
Recibí el mío con la destrucción de Deseo. De algún modo significó el fin de mi adolescencia. Tenía algo más de 25 años, pero nadie parecía sorprenderse de que madurara tan lentamente. Por lo de los testículos, ya saben.
A medida que lo desguazaba, Rolo iba arrojando los pedazos de Deseo al medio de la calle. Los vecinos se congregaron alrededor de la pila. Cada tanto alguien gritaba “¡Guarda!”. Y todos debían apartarse rápidamente para no ser aplastados por una rueda, un trozo de fuselaje, el alerón de cola o la hélice de madera que yo había pulido y barnizado con tanto esmero.
Parecía que, allá arriba, Rolo no acabaría jamás.
Mis sobrinos y yo mirábamos el magnicidio desde el zaguán, sollozando abrazados.
Qué horror.
Decido seguir la pista de los traficantes de niños por mi propia cuenta, sin informar a Salvides ni, mucho menos, a la oficial Quintana. Coloco un anuncio en amarillas.com:
“Madre soltera de cinco hermosos niños necesita yerba, azúcar, fideos, leche en polvo y una docena de chapas galvanizadas”.
Un señuelo perfecto.
A propósito de Salvides: hizo crisis. Fue el estúpido asunto de los espejos retrovisores. Resolví colocarlos –uno a cada lado del escritorio– luego de una broma que me gastó Johnny mientras yo patrullaba una red chilena que descubrí hace poco.
Antes de continuar, déjenme decirles que no hay nada ilegal en eso pues internet no reconoce fronteras. Uno puede ingresar donde le plazca y desde cualquier lugar. Es una enorme autopista informática de libre circulación en la que el tránsito va simultáneamente en varias direcciones.
Dicho así, parece un poco caótico. Sin embargo, funciona. Es lo que trataba de explicarle a Salvides, pero el inspector se cierra y no quiere entender. A su modo de ver, nosotros no podemos operar más allá de la General Paz sin la correspondiente autorización judicial. Además, estaba obsesionado por los espejos retrovisores de mi patrulla. No veía qué relación podían tener con la red chilena. Las venas de su frente parecían a punto de reventar y golpeaba el escritorio con el puño.
–¿Qué carajo tienen que ver los chilenos con esto?
Ya saben, los espejos.
Yo trataba de explicarle, pero el inspector me impedía hablar. Y me bañaba en saliva. Imagínense. Un asco.
La verdad era bien sencilla: yo chateaba en la red chilena, y digo “chilena” porque es chilena, pero eso no impide que participen usuarios de otras partes, en general hispanoparlantes. Aunque a la sazón me encontraba en el cuarto privado con un estudiante serbio. Aprendía español.
Salvides guiñó los ojos, como un chimpancé frente a una cafetera express.
–¿Qué cuarto privado?
–La sala de interrogatorios –aclaré, en su jerga.
Esto pareció calmarlo un poco. De todos modos insistió, y de muy mal modo, que seguía sin ver alguna relación entre una cosa y la otra.
Yo tampoco. La única relación entre que el serbio estudiara español y la sala de interrogatorios era yo. Sosteníamos un flirteo virtual, cosas que pasan mientras se chatea.
Antes de que piensen mal me apresuraré a aclarar que en esa red soy “Salomé”, una estudiante interesada en la historia del Imperio Austro-Húngaro, una afición como cualquier otra. Fue muy conveniente para hacer contacto con el serbio, aunque sospecho que Milan (así se llama) también ha leído al general Liddlehard, pues en realidad le importa un comino del Imperio Austro Húngaro y únicamente quiere conocer chicas.
Le gustan morenas y pequeñitas, con carnes bien distribuidas y gruesos labios rellenos de grasa abdominal. Quería saber cómo me veía yo. Le di una descripción aproximada de Amelita Vargas, La reina del mambo.
–¡¿Amelita Vargas?!
¿Ya dije que Salvides tiene la costumbre de repetir mis palabras, pero en forma de pregunta?
Algunos de mis compañeros rieron. Son tan jóvenes: creen que cuando Amelita Vargas filmaba en Artistas Argentinos Asociados, fuera del estudio merodeaban los dinosaurios. De todas maneras, si alguien ríe a mis espaldas, generalmente lo hace de mí. Lo sospecho desde mi niñez, cuando Aníbal pegaba carteles en mi guardapolvo.
Miré por el retrovisor. Mis ojos se cruzaron con los de Johnny. Sonrió y me hizo una seña de OK. “Vas bien”, parecía querer decir.
Podía ir bien, pero si Salvides hacía el ACV –tenía todos los síntomas– terminaría muy mal, convertido en un PCBV. Y viviendo nuevamente en casa de Rolo, donde fui a parar luego de la muerte de papá.
–No puedo con él –había dicho Elena luego de sonarse la nariz–. Además, si mamá vuelve a verlo, no sé qué puede llegar a pasar.
¿Qué podía pasar? Nada. Mi madre había quedado definitivamente atrapada en el pasado y, si todavía resultaba capaz de hacerse cargo de algunas tareas hogareñas, era más por un reflejo pavloviano luego de tantos años de rutina que por una cabal comprensión de la realidad. Ni se había enterado de la muerte de papá, y siguió bañándolo, perfumándolo y poniendo su cuerpo junto a los malvones hasta que salió eyectado de la mecedora.
Luego de eso, lo echó de menos. Las tareas de mantenimiento conyugal le llenaban varias horas del día y de algún modo le permitían regresar de la fiesta de casamiento. Ahora en cambio, parecía condenada a revivir una y otra vez Aquella Noche.
–¡Pobre señora! –fue todo lo que se le escuchó decir cuando vio a papá en el patio, con la cabeza hundida en el macetero.
martes, 24 de agosto de 2010
9. El hombre araña
Peligro en la red: incesto en California. Padre, hija y un vibrador. Título: “Un poco más, daddy”.
Hay veces en que estoy a punto de pedir un cambio a un área menos traumática de la internet. Terrorismo. O Drogas Peligrosas, la especialidad de Johnny. Pero el subcomisario Iraola insiste en que soy el más indicado para patrullar ilícitos sexuales.
–Son los peores crímenes –dice–. En especial, si hay menores involucrados.
Es verdad, pero cuando aparece involucrado un menor debo elevar el caso a la oficial Quintana. Esa es su área: menores en riesgo y mujeres golpeadas. Hay miles de mujeres golpeadas en el planeta. Y hombres, aunque sospecho que ahí merodea Iraola.
La chica de “Un poco más, daddy” está en riesgo. Por dos dólares puedo comprobar hasta que punto. Y por ocho más existe la posibilidad de dar algunas órdenes.
Me hubiera gustado pedir que usara el vibrador con su amado daddy, pero habría tenido una discusión con Salvides. Parece que la plata saliera de su bolsillo y no de los fondos reservados del Ministerio.
Tendré que derivar “Un poco más, daddy” a la oficial Quintana. Es abuso de menores y prostitución.
La oficial Quintana ha descollado en la lucha contra la prostitución infantil. Hace poco descubrió un caso en Sidney y recibió una felicitación del Consejo del Menor. No comprendo por qué el Consejo del Menor de aquí y no el de Sidney. Tampoco comprendo el significado del enigmático mensaje del presidente del Consejo: “Meterse con la prostitución es meterse con la vida”.
–Me tenés que dar una mano –había dicho Johnny, ¿recuerdan?
La ayuda que requería era de orden práctico. Pero me revelaría su naturaleza recién cuando terminara nuestro turno de servicio.
–¿Es un asunto particular?
–Más o menos.
Al cumplirse la hora, Salvides salió de su despacho y nos miró con curiosidad. Todos los detectives habían apagado los motores de búsqueda y cubrían sus equipos con las fundas de nailon. Algunos ya hacían cola frente al reloj, mientras Johhny y yo continuábamos de patrulla.
Salvides pareció a punto de decirnos algo, pero lo pensó mejor: podría obtener una respuesta. Se alzó de hombros e hizo un gesto vago con el índice apuntando hacia su sien. Ya saben.
Algunos de los muchachos ensayaron risitas de compromiso y de a poco fueron abandonando la oficina.
Johnny se puso de pie.
–Vamos.
Lo seguí hasta el privado de la oficial Quintana. Recién entonces advertí que no la había visto salir con los demás. Me pareció que tampoco había abandonado su despacho en toda la tarde. Si bien yo patrullaba contra la pared, de espaldas al salón, cuando la oficial lo atravesaba para dirigirse hacia lo de Salvides sentía el penetrante aroma del Parfum Dalí Edition Special. Y si había venido de uniforme, el repicar de sus largos tacos en el mosaico, que me provocaba inevitablemente una ligera excitación. Pero esa tarde había transcurrido calma y monótona como pocas.
Johnny abrió la puerta del despacho. La oficial Quintana estudiaba el racimo de dátiles.
–Vamos –me urgió Johnny.
Yo permanecía paralizado en el vano de la puerta. Para obligarme a entrar hubiera sido preciso un shock eléctrico.
–¿Qué esperás, boludo?
Comencé a retroceder.
Johnny meneó la cabeza con fastidio, de dos zancadas llegó hasta la butaca de la oficial y la hizo girar. Las manos de Quintana yacían laxas en su regazo. Tenía los ojos entreabiertos.
–¿Está muerta?
Johnny no respondió. Se había alejado unos pasos de la oficial y la observaba con ojo crítico.
–Vamos a tener que hacer algo con esa cara.
Supuse que hablaba en plural mayestático, pero Johnny no parecía ver las cosas del mismo modo.
–A ver, Gordo, dame una mano.
“Gordo” es en la Brigada mi nickname más corriente. Muestra muy poca originalidad y parece un poco abusivo, pero así y todo lo prefiero a Pirulo. Hace mucho que dejé de ser Pirulo, aunque suelo comportarme como tal en demasiadas ocasiones. Esta prometía ser una de ellas.
Continué retrocediendo al tiempo que meneaba la cabeza.
Johnny me paralizó con su índice.
–Me metí en esto por vos.
Eso no era verdad.
–Eso no es verdad –dije. Además, no tenía idea de a qué denominaba “esto”. Y me parece que no quería saberlo.
–Bueno, dejate de joder –protestó Johnny– Pongámonos a laburar antes de que se le pase el efecto.
Observé a la oficial Quintana con mayor detenimiento: Johnny le había dado una de sus pastillas.
–Mientras yo la preparo –prosiguió– vos ponete el traje de Hombre Araña.
Había escuchado mal. O empezaba a tener alucinaciones auditivas. Podían ser síntoma de un tumor cerebral, de una hormona fuera de lugar, de demencia…, aunque también era posible que Johnny hubiera disuelto uno de sus comprimidos en mi café.
Todavía estaba a tiempo de echar a correr hacia la salida, pero Johnny había comenzado a desprender la blusa de la oficial Quintana, revelando un ajustado soutien de reglamentario color azul. La puso de pie, tomándola de las axilas. La oficial se bamboleó a izquierda y derecha. Tenía una sonrisa tonta. Un hilo de saliva rodaba por su barbilla. Y sus brazos colgaron fláccidos a los costados cuando Johnny la libró del soutien. Volví a sentirme al borde de un precipicio.
Ya no era dueño de mí.
Con el discernimiento de un autómata me dirigí al escritorio de Johnny, abrí su bolso y saqué el traje de Hombre Araña.
Eso me hizo reaccionar.
–¡Yo no me puedo poner esto!
Era una protesta polivalente, pero Johnny pretendió comprender sólo uno de sus significados.
–Es tela elástica –gritó desde el despacho–. Lycra, o algo por el estilo.
Resulta increíble la resistencia y ductilidad de esos tejidos sintéticos. Mi cuerpo fue haciendo presión sobre los puntos, pero estos, lejos de deshacerse, parecían querer regresar a su conformación original. Al cabo de un rato conseguí meterme dentro del traje, pero en cierto sentido acabé adaptándome a su forma.
El resultado era bastante aceptable y podría haber dicho que magnífico, de no ser por la bragueta que, lejos de pasar desapercibida, se abría en un enorme tajo por el que pendía mi tímido pirulín aterciopelado. Mis nalgas, por su parte, asomaban como bochas de helado de crema a través de dos orificios circulares practicados en la parte trasera del pantalón.
–¡No me puedo poner esto!
Johnny se asomó a la puerta.
–Ya lo tenés puesto. Además, te queda muy bien.
¿Sí? Busqué un espejo, pero no había ninguno a mano. Siempre tuve la intención de colocar un par de retrovisores en los laterales de mi escritorio, pero había pospuesto una y otra vez el asunto desanimado ante la perspectiva de una nueva discusión con Salvides. Ahora lamentaba haber sido tan pusilánime.
Me observé como pude en el vidrio de una de las ventanas. La borrosa figura del superhéroe irradiaba gallardía y virilidad.
Me coloqué la máscara, saqué pecho y con paso elástico me dirigí al despacho de la oficial Quintana.
Hay veces en que estoy a punto de pedir un cambio a un área menos traumática de la internet. Terrorismo. O Drogas Peligrosas, la especialidad de Johnny. Pero el subcomisario Iraola insiste en que soy el más indicado para patrullar ilícitos sexuales.
–Son los peores crímenes –dice–. En especial, si hay menores involucrados.
Es verdad, pero cuando aparece involucrado un menor debo elevar el caso a la oficial Quintana. Esa es su área: menores en riesgo y mujeres golpeadas. Hay miles de mujeres golpeadas en el planeta. Y hombres, aunque sospecho que ahí merodea Iraola.
La chica de “Un poco más, daddy” está en riesgo. Por dos dólares puedo comprobar hasta que punto. Y por ocho más existe la posibilidad de dar algunas órdenes.
Me hubiera gustado pedir que usara el vibrador con su amado daddy, pero habría tenido una discusión con Salvides. Parece que la plata saliera de su bolsillo y no de los fondos reservados del Ministerio.
Tendré que derivar “Un poco más, daddy” a la oficial Quintana. Es abuso de menores y prostitución.
La oficial Quintana ha descollado en la lucha contra la prostitución infantil. Hace poco descubrió un caso en Sidney y recibió una felicitación del Consejo del Menor. No comprendo por qué el Consejo del Menor de aquí y no el de Sidney. Tampoco comprendo el significado del enigmático mensaje del presidente del Consejo: “Meterse con la prostitución es meterse con la vida”.
–Me tenés que dar una mano –había dicho Johnny, ¿recuerdan?
La ayuda que requería era de orden práctico. Pero me revelaría su naturaleza recién cuando terminara nuestro turno de servicio.
–¿Es un asunto particular?
–Más o menos.
Al cumplirse la hora, Salvides salió de su despacho y nos miró con curiosidad. Todos los detectives habían apagado los motores de búsqueda y cubrían sus equipos con las fundas de nailon. Algunos ya hacían cola frente al reloj, mientras Johhny y yo continuábamos de patrulla.
Salvides pareció a punto de decirnos algo, pero lo pensó mejor: podría obtener una respuesta. Se alzó de hombros e hizo un gesto vago con el índice apuntando hacia su sien. Ya saben.
Algunos de los muchachos ensayaron risitas de compromiso y de a poco fueron abandonando la oficina.
Johnny se puso de pie.
–Vamos.
Lo seguí hasta el privado de la oficial Quintana. Recién entonces advertí que no la había visto salir con los demás. Me pareció que tampoco había abandonado su despacho en toda la tarde. Si bien yo patrullaba contra la pared, de espaldas al salón, cuando la oficial lo atravesaba para dirigirse hacia lo de Salvides sentía el penetrante aroma del Parfum Dalí Edition Special. Y si había venido de uniforme, el repicar de sus largos tacos en el mosaico, que me provocaba inevitablemente una ligera excitación. Pero esa tarde había transcurrido calma y monótona como pocas.
Johnny abrió la puerta del despacho. La oficial Quintana estudiaba el racimo de dátiles.
–Vamos –me urgió Johnny.
Yo permanecía paralizado en el vano de la puerta. Para obligarme a entrar hubiera sido preciso un shock eléctrico.
–¿Qué esperás, boludo?
Comencé a retroceder.
Johnny meneó la cabeza con fastidio, de dos zancadas llegó hasta la butaca de la oficial y la hizo girar. Las manos de Quintana yacían laxas en su regazo. Tenía los ojos entreabiertos.
–¿Está muerta?
Johnny no respondió. Se había alejado unos pasos de la oficial y la observaba con ojo crítico.
–Vamos a tener que hacer algo con esa cara.
Supuse que hablaba en plural mayestático, pero Johnny no parecía ver las cosas del mismo modo.
–A ver, Gordo, dame una mano.
“Gordo” es en la Brigada mi nickname más corriente. Muestra muy poca originalidad y parece un poco abusivo, pero así y todo lo prefiero a Pirulo. Hace mucho que dejé de ser Pirulo, aunque suelo comportarme como tal en demasiadas ocasiones. Esta prometía ser una de ellas.
Continué retrocediendo al tiempo que meneaba la cabeza.
Johnny me paralizó con su índice.
–Me metí en esto por vos.
Eso no era verdad.
–Eso no es verdad –dije. Además, no tenía idea de a qué denominaba “esto”. Y me parece que no quería saberlo.
–Bueno, dejate de joder –protestó Johnny– Pongámonos a laburar antes de que se le pase el efecto.
Observé a la oficial Quintana con mayor detenimiento: Johnny le había dado una de sus pastillas.
–Mientras yo la preparo –prosiguió– vos ponete el traje de Hombre Araña.
Había escuchado mal. O empezaba a tener alucinaciones auditivas. Podían ser síntoma de un tumor cerebral, de una hormona fuera de lugar, de demencia…, aunque también era posible que Johnny hubiera disuelto uno de sus comprimidos en mi café.
Todavía estaba a tiempo de echar a correr hacia la salida, pero Johnny había comenzado a desprender la blusa de la oficial Quintana, revelando un ajustado soutien de reglamentario color azul. La puso de pie, tomándola de las axilas. La oficial se bamboleó a izquierda y derecha. Tenía una sonrisa tonta. Un hilo de saliva rodaba por su barbilla. Y sus brazos colgaron fláccidos a los costados cuando Johnny la libró del soutien. Volví a sentirme al borde de un precipicio.
Ya no era dueño de mí.
Con el discernimiento de un autómata me dirigí al escritorio de Johnny, abrí su bolso y saqué el traje de Hombre Araña.
Eso me hizo reaccionar.
–¡Yo no me puedo poner esto!
Era una protesta polivalente, pero Johnny pretendió comprender sólo uno de sus significados.
–Es tela elástica –gritó desde el despacho–. Lycra, o algo por el estilo.
Resulta increíble la resistencia y ductilidad de esos tejidos sintéticos. Mi cuerpo fue haciendo presión sobre los puntos, pero estos, lejos de deshacerse, parecían querer regresar a su conformación original. Al cabo de un rato conseguí meterme dentro del traje, pero en cierto sentido acabé adaptándome a su forma.
El resultado era bastante aceptable y podría haber dicho que magnífico, de no ser por la bragueta que, lejos de pasar desapercibida, se abría en un enorme tajo por el que pendía mi tímido pirulín aterciopelado. Mis nalgas, por su parte, asomaban como bochas de helado de crema a través de dos orificios circulares practicados en la parte trasera del pantalón.
–¡No me puedo poner esto!
Johnny se asomó a la puerta.
–Ya lo tenés puesto. Además, te queda muy bien.
¿Sí? Busqué un espejo, pero no había ninguno a mano. Siempre tuve la intención de colocar un par de retrovisores en los laterales de mi escritorio, pero había pospuesto una y otra vez el asunto desanimado ante la perspectiva de una nueva discusión con Salvides. Ahora lamentaba haber sido tan pusilánime.
Me observé como pude en el vidrio de una de las ventanas. La borrosa figura del superhéroe irradiaba gallardía y virilidad.
Me coloqué la máscara, saqué pecho y con paso elástico me dirigí al despacho de la oficial Quintana.
sábado, 14 de agosto de 2010
8. El desagradable incidente del bancario
En paranoia.com la Finnish Cannabis Association anuncia un banco de semillas para el jardinero moderno. Les paso una muestra de su catálogo:
Shiva Shanti
Planta de interior.
Esta semilla afgana, con su penetrante aroma, es uno de los mejores productos de la colección debido a su alto rendimiento y sabor placentero.
Floración: 50-55 días.
Altura: 100/ 130 cm.
Cosecha: aprox. 125 gr.
Art No: 226
60 florines.
“No es eso, ganso!!!” –había gritado Beto Beep. ¿Recuerdan? Estábamos en almaboquense hablando de los implantes sebáceos.
Lo llamé a sosiego advirtiéndole que si volvía a levantarme la voz lo iba a tirar de la segunda bandeja de La Bombonera.
“Me dejé llevar”, se disculpó. Le había ocurrido algo horrible y se sentía muy perturbado.
Un poco de chacota no viene mal:
“¿Tu novia se hizo hincha de River?”
“Peor”, repuso. “Me persigue el Mossad”
Me pareció extraño que el servicio de inteligencia israelí persiguiera a un barrabrava de Boca. ¿Tendría algo que ver con el apriete al Primer Ministro?
“¿Por qué el Mossad?”
“Lo mismo me preguntó Aníbal” escribió Beto.
Tomaban una copa en un stripbar, Beto Beep y su amigo Aníbal. Me pareció una agradable casualidad –yo también tuve un amigo Aníbal– pero guardé silencio y lo dejé seguir.
Beto escribió: “¿Por qué el Mossad?, preguntó Aníbal distraído por las prótesis mamarias de una bailarina tailandesa que llevaba en el resto de su cuerpo los inconfundibles rastros de la desnutrición infantil”.
Convine con él en que debía resultar un espectáculo chocante, una especie de monstruosidad artificial fruto de la afiebrada fantasía de un cerebro humano.
“La naturaleza, por sí sola, confirmó Beto Beep, es incapaz de producir algo así, ni con el auxilio de la talidomida”.
“Entonces– prosiguió– y esto sí fue una estúpida y muy inconveniente asociación de ideas, recordé a la actriz que se había hecho extraer un centímetro cúbico de grasa del abdomen para ensancharse los labios. La insensata los creía ahora más sexy”
Sentí que se me revolvían las tripas. No podía seguir leyendo, pero Beto Beep tecleaba como un desaforado.
“¿Quién puede encontrar sexy un moco pegajoso, blando, que se desgrana entre los dedos como una torreja de seso? Pues la desdichada así parecía creerlo, y lo reveló muy ufana delante de las cámaras de televisión mientras el director hacía un primer plano de su implante sebáceo piadosamente cubierto con una capa de carmín, y sentí que se me revolvían las tripas y volví a vomitar, esta vez sobre el pantalón de Aníbal que quedó regado de modernos labios femeninos como si acabara de salir de una orgía con un lote de modelos publicitarias.
–¡Pirulo y la puta que te parió! –me gritó Anibal”
¿Cómo “Pirulo”?
Tuve un vahído: el precipicio se abría a mis pies. Pero Beto Beep no iba a detenerse.
“Aníbal saltó hacia atrás, su taburete golpeó la rodilla de un ejecutivo que se solazaba con el whisky del final del día, y lo tomó desprevenido, abocado a la seducción de una señorita que parecía moldeada por un cirujano lascivo con el excedente sebáceo de un hipopótamo. El whisky se derramó en su escote y ella seguramente pensó que sus tetas se derretirían pues de otro modo jamás hubiera hecho lo que hizo, esto es, mover los brazos en molinete y golpear con el derecho la bandeja que una camarera transportaba por el atestado salón con las precauciones del caso y que salió despedido en una pobre imitación del apolo equis ii”.
“¿Qué apolo?”, atiné a preguntar.
Beto Beep no me prestó atención:
“Lo peor del caso –escribió– fue que Aníbal tenía razón: Pirulo estaba de vuelta”.
Yo trataba de recuperar el aliento.
–¿Qué te pasa? –me preguntó el subcomisario Iraola, circunstancialmente de patrulla a mi lado.
–Nada –repuse, y salí de la red dejando a Beto Beep con la letra en la boca, por así decirlo.
“Welcome”, dice Kenny Zalewski, desde la Kenny Zalewski´s Home Page “Please, come in”
Entro.
Encuentro la lista de los cuatro mil seiscientos trece compact disk que Kenny tiene en su discoteca.
Hay locos para rato.
Gracias a Beto Beep volví a pensar en mi amigo Aníbal. Había dejado de verlo al terminar el secundario. En aquel entonces Aníbal todavía vivía en el barrio, pero estudiaba en la facultad. Cultivaba un círculo diferente de amistades, a eso me refiero. Pero reapareció sorpresivamente una mañana luego del regreso de Elena, que lo recibió en la puerta con su mejor expresión de hembra contrariada.
–¿Qué querés?
Es una proeza decirlo con las comisuras de la boca vueltas hacia abajo, pero Aníbal no pareció impresionado.
–Ver a tu hermano.
Eso era evidente, hasta para papá. ¿Qué otra cosa podía estar haciendo Aníbal en mi casa?
Desde ya, nadie conocía las razones que algunos años atrás lo habían llevado a visitarme con tanta asiduidad. Porque hubo una época en que Aníbal venía casi todos los días. Se sentaba en mi cama y hojeaba una revista cualquiera. Ninguna en especial, aunque sus opciones se limitaban a Mecánica Popular y Las aventuras de Lúpin, el pequeño piloto de biplanos. Era una combinación explosiva que acabaría por provocar estragos en mi discernimiento, pero jamás hizo mella en la sólida personalidad de Aníbal.
Aníbal hojeaba las revistas mientras yo me paseaba nerviosamente por el cuarto tratando de imaginar algún modo de entretenerlo. O sacando temas de conversación para que no se aburriera. Pero el tedio era un concepto desconocido para Aníbal. Gozaba de mi amistad y compañía en riguroso silencio, un par de horas por día, de cinco a siete. A las siete se tendía en el piso, boca abajo, con un ojo pegado al pequeño orificio desde el que era posible tener una visión bastante completa de Elena en el momento de darse su baño vespertino.
También le enviaba anónimas esquelas de amor. O poemas de Benedetti, firmados por su autor. Todo esto debía confundir a Elena, quien ya noviaba con el bancario y había fijado fecha. 27 de Octubre. ¿Cómo olvidarlo?
El bancario era un buen partido. Tenía un trabajo seguro y un futuro de estabilidad y moderada prosperidad. Y un Fiat 600, en el que pretendía manosear a Elena más de la cuenta mientras tomaban guindados en Pampa y Alcorta.
Demás está aclarar que jamás estuve presente: lo supe por Aníbal. Los acechaba emboscado detrás de un árbol, con una gomera. Y sobresaltaba al bancario arrojando piedritas contra el Fiat. Esto y la molesta palanca de cambios habían facilitado las intenciones de Elena: mantener incólume el entusiasmo del bancario hasta el último día, de manera de poder arrastrarlo, convenientemente asido, al tálamo nupcial.
Todo induce a sospechar que ni siquiera en la noche de bodas el desgraciado tuvo su oportunidad. En la fiesta, mientras Rolo me arrastraba de los pelos hacia la calle, pude ver a Elena, petrificada detrás de la gigantesca torta de casamiento, con la boca muy abierta, enseñando los dientes. Se le había corrido el rimel. Mi hermana se había convertido en un mandril.
Aníbal debió haber dejado que las cosas siguieran su curso, sin intervenir. Dentro de un Fiat 600 el comercio sexual entre dos seres humanos de tamaño normal está condenado a un irremediable fracaso. Lo reconoció apenas nos retiramos de la fiesta, mientras orinábamos el automóvil del doctor López Vázquez.
De todos modos, Aníbal siguió con sus visitas luego del casamiento de Elena, aunque se hicieron cada vez más esporádicas. Y ya no se tendía en el piso a las siete de la tarde: hojeaba melancólicamente los Mecánica Popular por no más de media hora y luego se iba sin que tuviéramos ocasión de intercambiar una palabra.
Pronto dejó de venir, aunque luego de una prolongada ausencia, regresó dos veces más. La primera, en ocasión del ACV definitivo de papá, “A ver como estaba el viejo”.
Lo llevé hasta el patio.
–Está muy gracioso –dijo.
Y lo hizo por segunda vez unos años más tarde, cuando mi hermana se reintegró al hogar familiar con sus dos hijos y el lavarropas automático.
Ann’s Page for Human Health.
Sexuality.
Veamos que cositas se le ocurren a la señorita Ann.
Haz que una mujer se rinda
Si un hombre pretende que una mujer sucumba a sus deseos puede preparar una mezcla de polvos de Estramonio blanco (Datura stramonium), ¡extremadamente tóxico!), pimienta larga (Piper longum) y pimienta negra.
Combinarla con miel y embadurnar el pene antes de la penetración.
Debe hacerse notar que los alcaloides del estramonio serán reabsorbidos a través de la mucosa del pene y la vagina, pudiendo causar un severo envenenamiento.
Alternativamente, y menos riesgoso, un ungüento para obtener el mismo propósito puede incluir ingredientes tales como las flores arrojadas en un cuerpo humano antes de ser cremado y los restos de un aguilucho que haya muerto por causas naturales.
Opto por la primera fórmula, aunque prescindiendo del estramonio. Me unto, al principio con aversión. Contrariamente a lo esperado, no arde, pero a medida que pasan las horas provoca un poco de incomodidad. Y comezón. Y me obliga a andar como si mis testículos fueran del tamaño del dirigible Hindenburg.
Transcurren las horas sin novedad hasta que, por fin, escucho a mis espaldas el taconeo de la oficial Quintana. Me pongo de pie y voy hacia ella. La intercepto en mitad del salón. Me mira. Hago una reverencia. Adelante, digo. Ella continúa su camino y se mete al despacho de Salvides. Permanezco merodeando. Cuando sale vuelvo a interceptarla. ¿Qué te pasa?, pregunta de mal modo. Respondo con un conejito. Menea la cabeza y sigue su camino.
Volvemos a encontrarnos a la hora de salida, con el mismo resultado.
Evidentemente, sin el estramonio el ungüento pierde eficacia. Pero ¿estoy dispuesto a llegar hasta el envenenamiento por un poco de atención y amabilidad?
Decido consultar a Ann por métodos menos peligrosos. Y sencillos que encontrar un aguilucho muerto de causas naturales. Pero mis ojos se cierran. Una fuerza irresistible me succiona hacia ese punto oscuro donde el universo se da vuelta como una media. Ya lo estoy atravesando y veo luz. Del otro lado me aguarda la oficial Quintana con su conjunto de ropa interior azul marino. Hace un conejito.
Mientras floto hacia ella siento una dureza entre las piernas. Mi mano desciende.
–¡Gordo!
Me doy vuelta. Es Johnny.
–¿Te volviste loco?
–La testosterona –digo mientras oculto apresuradamente mi pirulín aterciopelado.
Me vuelvo hacia la pantalla. Está cubierta por el protector: un gallo sobre fondo azul. En letras blancas dice: Al servicio de la comunidad.
Oprimo una tecla. El protector desaparece. ¿Puede alguien explicarme qué hago en la red de Osos Mimosos de Boedo?
El gordo de la página principal, sumergido en el agua hasta la mitad del muslo, es una horrible masa de pelos. Resulta casi imposible distinguir su pubis de su cuello, de cuarenta centímetros de diámetro, lo menos.
No entiendo quién puede sentirse excitado ante semejante bestia. Yo, al menos, muestro formas más delicadas, aunque mi cuerpo lampiño y mis flojas tetillas han de resultar desagradables para esos extravagantes gays de Boedo.
Boedo es el barrio de mi juventud, ya lo saben. Pueden preguntar por mí a cualquiera de los viejos vecinos. Pirulo, el gordo del avión.
La fogata de Rolo en la vereda fue muy popular. Los restos de Deseo ardieron una tarde y una noche enteras. A la mañana siguiente, si alguno revolvía las cenizas, volvía a brotar el fuego.
Vinieron a visitarla desde más allá de la cancha de San Lorenzo. Betty Desartis y su esposo farmacéutico, entre otros.
Pero la historia del avión era conocida desde mucho antes. Por boca de Betty. La divulgó con cuanto chismoso se cruzara en su camino. El farmacéutico reía tontamente. Jamás se preguntó cómo Betty sabía de mi pequeño secreto.
El farmacéutico Desartis vendía hipnóticos sin receta. Rolo lo averiguó al interrogar a la hija de la profesora de piano y a su amiga. Una comisión policial las había rescatado desde lo alto de un camión recolector de residuos. Era uno de esos viejos camiones abiertos donde dos recolectores arrojaban las bolsas y vaciaban los tachos. Un tercero, encaramado en lo alto, los compactaba con las plantas de los pies.
La hija de la profesora de piano y su amiga habían aceptado la invitación de aquellos patanes, oriundos del Bajo Flores. Y retozaban semihundidas en la basura.
El camión, detenido en Senillosa y Bonifacio, llamó la atención del patrullero policial. No había recolectores ni chofer. Estaban todos arriba, con las dos drogadictas.
El esposo de Betty les había vendido unas cápsulas para morigerar los efectos de la oligofrenia severa. Rolo lo golpeó un poco, en la trastienda de la farmacia. Hasta que Betty se abrazó a él solicitando clemencia.
El farmacéutico sonrió tontamente con la boca partida.
No tengo alivio. Mientras mi cuerpo se niega a continuar su camino, mi mente insiste en hundirse más y más en el pasado.
–Ah, sos vos –dijo mi hermana cuando vio a Aníbal de pie en el umbral con una amplia sonrisa iluminando su rostro. Hablo de la sonrisa y el rostro de Aníbal. En los escasos momentos en que Elena fingía sonreír daba la impresión de estar haciendo un ACV. Como papá, cuando mi insensata madre le daba la sopa.
Aníbal dijo que venía a visitarme y subió a mi cuarto, en la terraza. Le mostré el avión.
Regresó varias veces. Estaba tan feliz de haber recobrado su amistad que hasta le enseñé a volar.
Poco a poco, el tiempo que transcurría entre el sonido del timbre y la aparición de Aníbal ante mi cuarto fue haciéndose más prolongado. La distancia a recorrer no era tanta: dos metros de zaguán, un pequeño hall y quince metros de patio. Al final del patio, la escalera con el letrero de advertencia. Aníbal no podía tomarlo en serio. La razón de sus demoras debía ser otra.
Comencé a vigilarlo. En cuanto escuchaba el timbre me asomaba al patio. Mamá mantenía el toldo ligeramente abierto para que el sol diera de lleno sobre papá y los malvones. Los malvones estaban contra la pared. Papá frente a ellos, a unos dos metros de distancia. Su visión del universo consistía en una mata de hojas, un rojo ramillete de flores y una pared descascarada. Me hubiera gustado saber qué conclusiones sacaba de una perspectiva tan propicia a la meditación, pero se había convertido en un hombre extremadamente parco. En fin, que no podía estar entreteniendo a Aníbal con su conversación.
A través de las rajaduras del toldo a veces alcanzaba a ver a alguno de mis sobrinos en el triciclo. Y una vez descubrí a Aníbal en el momento de tomar un mate que le alcanzaba la mano de Elena.
Esa tarde se demoraba demasiado. Yo iba y venía de un extremo a otro de la terraza, asomado al alfeizar, escrutando por los agujeros del toldo, sin ver nada más que la coronilla de papá y la fugaz aparición de uno de mis sobrinos. Decidí bajar por la escalera, subrepticiamente.
Al llegar a la altura del cartel los sorprendí intercambiando un beso. Mi primera reacción fue ocultarme tras la baranda. Cuando volví a asomar la cabeza, habían desaparecido.
Recorrí con la vista las puertas entreabiertas de las habitaciones. Era imposible que estuvieran en alguna de ellas, con mis sobrinos merodeando en el patio.
Trepé a toda carrera hasta mi cuarto y me eché en el piso.
Elena se sacudía a horcajadas de Aníbal. Sentado sobre la tapa del inodoro con los pantalones arrollados a los tobillos, Aníbal recitaba un poema de Benedetti. Levantó la vista y me guiñó un ojo.
El carácter de Elena cambió del día a la noche y todo entre nosotros comenzó a ir bien, hasta que ocurrió lo que podríamos denominar “El Incidente del Bancario”.
Verán: su encuentro con el aeroplano y la nueva relación con Aníbal facilitaron mucho las cosas para que entre Elena y yo se estableciera un breve armisticio. También contribuyó el anafe que instalé en mi piecita, donde me cocía huevos y hervía salchichas. Por las noches hacía frecuentes incursiones a la heladera, para equilibrar la dieta. Provocaba estragos, pero Elena no me decía una palabra. Las pocas veces que me crucé con ella, apartaba la vista y proseguía con sus tareas, como si sintiera temor.
Después de una semana ya bajaba a la hora de merienda, a tomar la leche con mis sobrinos.
Y decidí mostrarme un poquito excéntrico.
Compré una gorra con orejeras, botas de cuero y tomé prestadas del taller mecánico vecino un par de antiparras de soldador. No veía absolutamente nada, pero por lo general las llevaba en la frente. Me las colocaba sobre los ojos una vez instalado en la carlinga y con el motor del aeroplano en marcha.
Mis sobrinos perdieron rápidamente la timidez y subían a la terraza, a verme volar.
Ese era el momento que Aníbal y Elena aprovechaban para retozar en el dormitorio. A veces los aullidos de Elena, a pocos metros de papá, llegaban hasta arriba. Pero papá mostraba un olímpico desinterés por todo cuando sucediera a sus espaldas y mamá siempre creyó que los gritos provenían de la señora López Vázquez.
Yo encendía el motor y llevaba a volar a mis sobrinos. Me veía como un cupido aerotransportado.
Instruí a mis sobrinos para que me llamaran “Capitán”. Se cuadraban para saludarme cuando bajaba las escaleras. Supongo que fue esto lo que acabó de sacar de quicio a Elena, aunque la visita del bancario tuvo algo que ver.
Tomaban mate con Elena, en el patio. Papá era testigo de sus cuchicheos, pero podían contar con su discreción. Los niños habían formado junto a la escalera: era la hora de la merienda y sabían que el Capitán Deseo no tardaría en bajar, como todas las tardes. Su silencio debió advertir a Elena que algo trascendente estaba por ocurrir, pero las desavenencias conyugales suelen ser muy absorbentes.
Yo había decidido impresionar al bancario y completé mi uniforme con una bufanda blanca, guantes y campera de cuero con cuello de piel. Además, me había colocado las antiparras sobre los ojos. Mientras pude aferrarme a la baranda, todo fue bien, pero una vez en el patio avancé a ciegas, como un Golem retardado. Hasta que tropecé con el triciclo.
Hice un looping, con los brazos extendidos y los ojos irracionalmente cerrados. Al caer, golpeé el extremo de la mecedora de papá. Papá salió eyectado hacia proa y dio dos graciosas volteretas antes de aterrizar contra los malvones.
Había tan poca sangre que pensé si no estaría muerto desde mucho antes.
Shiva Shanti
Planta de interior.
Esta semilla afgana, con su penetrante aroma, es uno de los mejores productos de la colección debido a su alto rendimiento y sabor placentero.
Floración: 50-55 días.
Altura: 100/ 130 cm.
Cosecha: aprox. 125 gr.
Art No: 226
60 florines.
“No es eso, ganso!!!” –había gritado Beto Beep. ¿Recuerdan? Estábamos en almaboquense hablando de los implantes sebáceos.
Lo llamé a sosiego advirtiéndole que si volvía a levantarme la voz lo iba a tirar de la segunda bandeja de La Bombonera.
“Me dejé llevar”, se disculpó. Le había ocurrido algo horrible y se sentía muy perturbado.
Un poco de chacota no viene mal:
“¿Tu novia se hizo hincha de River?”
“Peor”, repuso. “Me persigue el Mossad”
Me pareció extraño que el servicio de inteligencia israelí persiguiera a un barrabrava de Boca. ¿Tendría algo que ver con el apriete al Primer Ministro?
“¿Por qué el Mossad?”
“Lo mismo me preguntó Aníbal” escribió Beto.
Tomaban una copa en un stripbar, Beto Beep y su amigo Aníbal. Me pareció una agradable casualidad –yo también tuve un amigo Aníbal– pero guardé silencio y lo dejé seguir.
Beto escribió: “¿Por qué el Mossad?, preguntó Aníbal distraído por las prótesis mamarias de una bailarina tailandesa que llevaba en el resto de su cuerpo los inconfundibles rastros de la desnutrición infantil”.
Convine con él en que debía resultar un espectáculo chocante, una especie de monstruosidad artificial fruto de la afiebrada fantasía de un cerebro humano.
“La naturaleza, por sí sola, confirmó Beto Beep, es incapaz de producir algo así, ni con el auxilio de la talidomida”.
“Entonces– prosiguió– y esto sí fue una estúpida y muy inconveniente asociación de ideas, recordé a la actriz que se había hecho extraer un centímetro cúbico de grasa del abdomen para ensancharse los labios. La insensata los creía ahora más sexy”
Sentí que se me revolvían las tripas. No podía seguir leyendo, pero Beto Beep tecleaba como un desaforado.
“¿Quién puede encontrar sexy un moco pegajoso, blando, que se desgrana entre los dedos como una torreja de seso? Pues la desdichada así parecía creerlo, y lo reveló muy ufana delante de las cámaras de televisión mientras el director hacía un primer plano de su implante sebáceo piadosamente cubierto con una capa de carmín, y sentí que se me revolvían las tripas y volví a vomitar, esta vez sobre el pantalón de Aníbal que quedó regado de modernos labios femeninos como si acabara de salir de una orgía con un lote de modelos publicitarias.
–¡Pirulo y la puta que te parió! –me gritó Anibal”
¿Cómo “Pirulo”?
Tuve un vahído: el precipicio se abría a mis pies. Pero Beto Beep no iba a detenerse.
“Aníbal saltó hacia atrás, su taburete golpeó la rodilla de un ejecutivo que se solazaba con el whisky del final del día, y lo tomó desprevenido, abocado a la seducción de una señorita que parecía moldeada por un cirujano lascivo con el excedente sebáceo de un hipopótamo. El whisky se derramó en su escote y ella seguramente pensó que sus tetas se derretirían pues de otro modo jamás hubiera hecho lo que hizo, esto es, mover los brazos en molinete y golpear con el derecho la bandeja que una camarera transportaba por el atestado salón con las precauciones del caso y que salió despedido en una pobre imitación del apolo equis ii”.
“¿Qué apolo?”, atiné a preguntar.
Beto Beep no me prestó atención:
“Lo peor del caso –escribió– fue que Aníbal tenía razón: Pirulo estaba de vuelta”.
Yo trataba de recuperar el aliento.
–¿Qué te pasa? –me preguntó el subcomisario Iraola, circunstancialmente de patrulla a mi lado.
–Nada –repuse, y salí de la red dejando a Beto Beep con la letra en la boca, por así decirlo.
“Welcome”, dice Kenny Zalewski, desde la Kenny Zalewski´s Home Page “Please, come in”
Entro.
Encuentro la lista de los cuatro mil seiscientos trece compact disk que Kenny tiene en su discoteca.
Hay locos para rato.
Gracias a Beto Beep volví a pensar en mi amigo Aníbal. Había dejado de verlo al terminar el secundario. En aquel entonces Aníbal todavía vivía en el barrio, pero estudiaba en la facultad. Cultivaba un círculo diferente de amistades, a eso me refiero. Pero reapareció sorpresivamente una mañana luego del regreso de Elena, que lo recibió en la puerta con su mejor expresión de hembra contrariada.
–¿Qué querés?
Es una proeza decirlo con las comisuras de la boca vueltas hacia abajo, pero Aníbal no pareció impresionado.
–Ver a tu hermano.
Eso era evidente, hasta para papá. ¿Qué otra cosa podía estar haciendo Aníbal en mi casa?
Desde ya, nadie conocía las razones que algunos años atrás lo habían llevado a visitarme con tanta asiduidad. Porque hubo una época en que Aníbal venía casi todos los días. Se sentaba en mi cama y hojeaba una revista cualquiera. Ninguna en especial, aunque sus opciones se limitaban a Mecánica Popular y Las aventuras de Lúpin, el pequeño piloto de biplanos. Era una combinación explosiva que acabaría por provocar estragos en mi discernimiento, pero jamás hizo mella en la sólida personalidad de Aníbal.
Aníbal hojeaba las revistas mientras yo me paseaba nerviosamente por el cuarto tratando de imaginar algún modo de entretenerlo. O sacando temas de conversación para que no se aburriera. Pero el tedio era un concepto desconocido para Aníbal. Gozaba de mi amistad y compañía en riguroso silencio, un par de horas por día, de cinco a siete. A las siete se tendía en el piso, boca abajo, con un ojo pegado al pequeño orificio desde el que era posible tener una visión bastante completa de Elena en el momento de darse su baño vespertino.
También le enviaba anónimas esquelas de amor. O poemas de Benedetti, firmados por su autor. Todo esto debía confundir a Elena, quien ya noviaba con el bancario y había fijado fecha. 27 de Octubre. ¿Cómo olvidarlo?
El bancario era un buen partido. Tenía un trabajo seguro y un futuro de estabilidad y moderada prosperidad. Y un Fiat 600, en el que pretendía manosear a Elena más de la cuenta mientras tomaban guindados en Pampa y Alcorta.
Demás está aclarar que jamás estuve presente: lo supe por Aníbal. Los acechaba emboscado detrás de un árbol, con una gomera. Y sobresaltaba al bancario arrojando piedritas contra el Fiat. Esto y la molesta palanca de cambios habían facilitado las intenciones de Elena: mantener incólume el entusiasmo del bancario hasta el último día, de manera de poder arrastrarlo, convenientemente asido, al tálamo nupcial.
Todo induce a sospechar que ni siquiera en la noche de bodas el desgraciado tuvo su oportunidad. En la fiesta, mientras Rolo me arrastraba de los pelos hacia la calle, pude ver a Elena, petrificada detrás de la gigantesca torta de casamiento, con la boca muy abierta, enseñando los dientes. Se le había corrido el rimel. Mi hermana se había convertido en un mandril.
Aníbal debió haber dejado que las cosas siguieran su curso, sin intervenir. Dentro de un Fiat 600 el comercio sexual entre dos seres humanos de tamaño normal está condenado a un irremediable fracaso. Lo reconoció apenas nos retiramos de la fiesta, mientras orinábamos el automóvil del doctor López Vázquez.
De todos modos, Aníbal siguió con sus visitas luego del casamiento de Elena, aunque se hicieron cada vez más esporádicas. Y ya no se tendía en el piso a las siete de la tarde: hojeaba melancólicamente los Mecánica Popular por no más de media hora y luego se iba sin que tuviéramos ocasión de intercambiar una palabra.
Pronto dejó de venir, aunque luego de una prolongada ausencia, regresó dos veces más. La primera, en ocasión del ACV definitivo de papá, “A ver como estaba el viejo”.
Lo llevé hasta el patio.
–Está muy gracioso –dijo.
Y lo hizo por segunda vez unos años más tarde, cuando mi hermana se reintegró al hogar familiar con sus dos hijos y el lavarropas automático.
Ann’s Page for Human Health.
Sexuality.
Veamos que cositas se le ocurren a la señorita Ann.
Haz que una mujer se rinda
Si un hombre pretende que una mujer sucumba a sus deseos puede preparar una mezcla de polvos de Estramonio blanco (Datura stramonium), ¡extremadamente tóxico!), pimienta larga (Piper longum) y pimienta negra.
Combinarla con miel y embadurnar el pene antes de la penetración.
Debe hacerse notar que los alcaloides del estramonio serán reabsorbidos a través de la mucosa del pene y la vagina, pudiendo causar un severo envenenamiento.
Alternativamente, y menos riesgoso, un ungüento para obtener el mismo propósito puede incluir ingredientes tales como las flores arrojadas en un cuerpo humano antes de ser cremado y los restos de un aguilucho que haya muerto por causas naturales.
Opto por la primera fórmula, aunque prescindiendo del estramonio. Me unto, al principio con aversión. Contrariamente a lo esperado, no arde, pero a medida que pasan las horas provoca un poco de incomodidad. Y comezón. Y me obliga a andar como si mis testículos fueran del tamaño del dirigible Hindenburg.
Transcurren las horas sin novedad hasta que, por fin, escucho a mis espaldas el taconeo de la oficial Quintana. Me pongo de pie y voy hacia ella. La intercepto en mitad del salón. Me mira. Hago una reverencia. Adelante, digo. Ella continúa su camino y se mete al despacho de Salvides. Permanezco merodeando. Cuando sale vuelvo a interceptarla. ¿Qué te pasa?, pregunta de mal modo. Respondo con un conejito. Menea la cabeza y sigue su camino.
Volvemos a encontrarnos a la hora de salida, con el mismo resultado.
Evidentemente, sin el estramonio el ungüento pierde eficacia. Pero ¿estoy dispuesto a llegar hasta el envenenamiento por un poco de atención y amabilidad?
Decido consultar a Ann por métodos menos peligrosos. Y sencillos que encontrar un aguilucho muerto de causas naturales. Pero mis ojos se cierran. Una fuerza irresistible me succiona hacia ese punto oscuro donde el universo se da vuelta como una media. Ya lo estoy atravesando y veo luz. Del otro lado me aguarda la oficial Quintana con su conjunto de ropa interior azul marino. Hace un conejito.
Mientras floto hacia ella siento una dureza entre las piernas. Mi mano desciende.
–¡Gordo!
Me doy vuelta. Es Johnny.
–¿Te volviste loco?
–La testosterona –digo mientras oculto apresuradamente mi pirulín aterciopelado.
Me vuelvo hacia la pantalla. Está cubierta por el protector: un gallo sobre fondo azul. En letras blancas dice: Al servicio de la comunidad.
Oprimo una tecla. El protector desaparece. ¿Puede alguien explicarme qué hago en la red de Osos Mimosos de Boedo?
El gordo de la página principal, sumergido en el agua hasta la mitad del muslo, es una horrible masa de pelos. Resulta casi imposible distinguir su pubis de su cuello, de cuarenta centímetros de diámetro, lo menos.
No entiendo quién puede sentirse excitado ante semejante bestia. Yo, al menos, muestro formas más delicadas, aunque mi cuerpo lampiño y mis flojas tetillas han de resultar desagradables para esos extravagantes gays de Boedo.
Boedo es el barrio de mi juventud, ya lo saben. Pueden preguntar por mí a cualquiera de los viejos vecinos. Pirulo, el gordo del avión.
La fogata de Rolo en la vereda fue muy popular. Los restos de Deseo ardieron una tarde y una noche enteras. A la mañana siguiente, si alguno revolvía las cenizas, volvía a brotar el fuego.
Vinieron a visitarla desde más allá de la cancha de San Lorenzo. Betty Desartis y su esposo farmacéutico, entre otros.
Pero la historia del avión era conocida desde mucho antes. Por boca de Betty. La divulgó con cuanto chismoso se cruzara en su camino. El farmacéutico reía tontamente. Jamás se preguntó cómo Betty sabía de mi pequeño secreto.
El farmacéutico Desartis vendía hipnóticos sin receta. Rolo lo averiguó al interrogar a la hija de la profesora de piano y a su amiga. Una comisión policial las había rescatado desde lo alto de un camión recolector de residuos. Era uno de esos viejos camiones abiertos donde dos recolectores arrojaban las bolsas y vaciaban los tachos. Un tercero, encaramado en lo alto, los compactaba con las plantas de los pies.
La hija de la profesora de piano y su amiga habían aceptado la invitación de aquellos patanes, oriundos del Bajo Flores. Y retozaban semihundidas en la basura.
El camión, detenido en Senillosa y Bonifacio, llamó la atención del patrullero policial. No había recolectores ni chofer. Estaban todos arriba, con las dos drogadictas.
El esposo de Betty les había vendido unas cápsulas para morigerar los efectos de la oligofrenia severa. Rolo lo golpeó un poco, en la trastienda de la farmacia. Hasta que Betty se abrazó a él solicitando clemencia.
El farmacéutico sonrió tontamente con la boca partida.
No tengo alivio. Mientras mi cuerpo se niega a continuar su camino, mi mente insiste en hundirse más y más en el pasado.
–Ah, sos vos –dijo mi hermana cuando vio a Aníbal de pie en el umbral con una amplia sonrisa iluminando su rostro. Hablo de la sonrisa y el rostro de Aníbal. En los escasos momentos en que Elena fingía sonreír daba la impresión de estar haciendo un ACV. Como papá, cuando mi insensata madre le daba la sopa.
Aníbal dijo que venía a visitarme y subió a mi cuarto, en la terraza. Le mostré el avión.
Regresó varias veces. Estaba tan feliz de haber recobrado su amistad que hasta le enseñé a volar.
Poco a poco, el tiempo que transcurría entre el sonido del timbre y la aparición de Aníbal ante mi cuarto fue haciéndose más prolongado. La distancia a recorrer no era tanta: dos metros de zaguán, un pequeño hall y quince metros de patio. Al final del patio, la escalera con el letrero de advertencia. Aníbal no podía tomarlo en serio. La razón de sus demoras debía ser otra.
Comencé a vigilarlo. En cuanto escuchaba el timbre me asomaba al patio. Mamá mantenía el toldo ligeramente abierto para que el sol diera de lleno sobre papá y los malvones. Los malvones estaban contra la pared. Papá frente a ellos, a unos dos metros de distancia. Su visión del universo consistía en una mata de hojas, un rojo ramillete de flores y una pared descascarada. Me hubiera gustado saber qué conclusiones sacaba de una perspectiva tan propicia a la meditación, pero se había convertido en un hombre extremadamente parco. En fin, que no podía estar entreteniendo a Aníbal con su conversación.
A través de las rajaduras del toldo a veces alcanzaba a ver a alguno de mis sobrinos en el triciclo. Y una vez descubrí a Aníbal en el momento de tomar un mate que le alcanzaba la mano de Elena.
Esa tarde se demoraba demasiado. Yo iba y venía de un extremo a otro de la terraza, asomado al alfeizar, escrutando por los agujeros del toldo, sin ver nada más que la coronilla de papá y la fugaz aparición de uno de mis sobrinos. Decidí bajar por la escalera, subrepticiamente.
Al llegar a la altura del cartel los sorprendí intercambiando un beso. Mi primera reacción fue ocultarme tras la baranda. Cuando volví a asomar la cabeza, habían desaparecido.
Recorrí con la vista las puertas entreabiertas de las habitaciones. Era imposible que estuvieran en alguna de ellas, con mis sobrinos merodeando en el patio.
Trepé a toda carrera hasta mi cuarto y me eché en el piso.
Elena se sacudía a horcajadas de Aníbal. Sentado sobre la tapa del inodoro con los pantalones arrollados a los tobillos, Aníbal recitaba un poema de Benedetti. Levantó la vista y me guiñó un ojo.
El carácter de Elena cambió del día a la noche y todo entre nosotros comenzó a ir bien, hasta que ocurrió lo que podríamos denominar “El Incidente del Bancario”.
Verán: su encuentro con el aeroplano y la nueva relación con Aníbal facilitaron mucho las cosas para que entre Elena y yo se estableciera un breve armisticio. También contribuyó el anafe que instalé en mi piecita, donde me cocía huevos y hervía salchichas. Por las noches hacía frecuentes incursiones a la heladera, para equilibrar la dieta. Provocaba estragos, pero Elena no me decía una palabra. Las pocas veces que me crucé con ella, apartaba la vista y proseguía con sus tareas, como si sintiera temor.
Después de una semana ya bajaba a la hora de merienda, a tomar la leche con mis sobrinos.
Y decidí mostrarme un poquito excéntrico.
Compré una gorra con orejeras, botas de cuero y tomé prestadas del taller mecánico vecino un par de antiparras de soldador. No veía absolutamente nada, pero por lo general las llevaba en la frente. Me las colocaba sobre los ojos una vez instalado en la carlinga y con el motor del aeroplano en marcha.
Mis sobrinos perdieron rápidamente la timidez y subían a la terraza, a verme volar.
Ese era el momento que Aníbal y Elena aprovechaban para retozar en el dormitorio. A veces los aullidos de Elena, a pocos metros de papá, llegaban hasta arriba. Pero papá mostraba un olímpico desinterés por todo cuando sucediera a sus espaldas y mamá siempre creyó que los gritos provenían de la señora López Vázquez.
Yo encendía el motor y llevaba a volar a mis sobrinos. Me veía como un cupido aerotransportado.
Instruí a mis sobrinos para que me llamaran “Capitán”. Se cuadraban para saludarme cuando bajaba las escaleras. Supongo que fue esto lo que acabó de sacar de quicio a Elena, aunque la visita del bancario tuvo algo que ver.
Tomaban mate con Elena, en el patio. Papá era testigo de sus cuchicheos, pero podían contar con su discreción. Los niños habían formado junto a la escalera: era la hora de la merienda y sabían que el Capitán Deseo no tardaría en bajar, como todas las tardes. Su silencio debió advertir a Elena que algo trascendente estaba por ocurrir, pero las desavenencias conyugales suelen ser muy absorbentes.
Yo había decidido impresionar al bancario y completé mi uniforme con una bufanda blanca, guantes y campera de cuero con cuello de piel. Además, me había colocado las antiparras sobre los ojos. Mientras pude aferrarme a la baranda, todo fue bien, pero una vez en el patio avancé a ciegas, como un Golem retardado. Hasta que tropecé con el triciclo.
Hice un looping, con los brazos extendidos y los ojos irracionalmente cerrados. Al caer, golpeé el extremo de la mecedora de papá. Papá salió eyectado hacia proa y dio dos graciosas volteretas antes de aterrizar contra los malvones.
Había tan poca sangre que pensé si no estaría muerto desde mucho antes.
domingo, 8 de agosto de 2010
7. Un aeroplano llamado Deseo
Novedades en la red boquense. Siguiendo instrucciones del subcomisario Iraola, llevé al sospechoso Beto Beep a la sala de interrogatorios. Le pregunté por su nombre electrónico.
“Las medidas de seguridad –repuso Beto Beep– son el secreto de mi supervivencia”.
Lo alenté a seguir: “Epa!!”
“Al salir de los ascensores –prosiguió– siempre miro en sentido contrario al que me dirijo. Y jamás me siento en un bar dando la espalda a la puerta de entrada. Elijo por lo general una mesa al fondo, cerca de los baños, en la medida en que éstos cuenten al menos con una claraboya por donde, llegado el caso, deslizarme con facilidad. No hay muchos, y los he relevado a todos y cada tanto destino un par de días a verificar que no se hayan producido desagradables modificaciones que pudieran dejarme encerrado dentro de un pequeño cubículo a merced de... de quien sea. Es un secreto. Y no calienta. Lo importante es contar con la posibilidad, saber que está ahí, La Vía de Escape”.
Después se escabulló del cuarto de interrogatorios. Y de la red
Faltaban menos de cinco minutos para que finalizara nuestro turno de servicio cuando Johnny me llamó a su escritorio.
–Haceme gamba –dijo.
Soy una especie de hermano mayor.
La idea me provoca vahídos: no puedo librarme de la última imagen que tuve de Rolo al abandonar su departamento, de su erecto culo de gallego, como decía Betty Desartis, la única novia que no obtuvo por medio de un catálogo, sino tras un procedimiento en la farmacia. Era una morena alta y exuberante con una boca tan grande como la de Marilín, pero extendida en forma horizontal. Una especie de buzón para grandes sugerencias.
Sus labios morados, siempre entreabiertos, también me atraían como un precipicio.
Es el habitual efecto que las novias de Rolo ejercen en mí.
Betty palmeaba con demasiada frecuencia el trasero de Rolo.
Mi hermano fruncía el ceño y trababa los brazos, para sacar bíceps. Supongo que ya en ese entonces era consciente de que su culo era demasiado redondo.
Rolo cumplía servicio en una comisaría. Era su primer destino y se paseaba orgulloso con la Browning al cinto. La mano abierta, a cinco centímetros de la cartuchera, elongando los dedos.
Varias veces lo sorprendí mientras practicaba frente a un espejo.
Solía trepar de un salto a los colectivos en marcha. Se instalaba en el estribo, junto al chofer, dándole lata mientras vigilaba de soslayo a los pasajeros. Por supuesto, no pagaba boleto. Y cuando apareció en casa con Betty Desartis, la esposa del farmacéutico, mi admiración ya no tuvo límites. Como les dije, era una morena morrocotuda, casi de mi tamaño, aunque bastante mejor formada.
Papá yacía en el estado de gracia en que permaneció durante sus últimos años y mamá se había convertido en un junco seco, apenas agitado por las pesadillas. Elena, por su parte, ya había formado su propio, sórdido hogar con un verdadero bancario –creo que íntimamente siempre deseó que fuera otro médico de incógnito– de manera que apenas quedaba yo como único miembro de la familia en condiciones de dar testimonio de las proezas de Rolo.
De alguna manera esto significó una frustración para él.
Entró una tarde a casa llevando a Betty del brazo, saludaron a los restos de papá –como siempre que había buen tiempo, en el patio frente a los malvones–, pasaron junto a mamá, absorta en sus recuerdos, y fueron directamente a mi habitación, en la piecita de la terraza.
Yo construía un aeroplano, siguiendo concienzudamente las instrucciones de Mecánica Popular. Había conseguido el motor de una cortadora de césped al que era necesario poner en marcha mediante una piola. No constituía ningún obstáculo, a excepción del peso.
Jamás pensé en el mío propio como un impedimento para levantar vuelo, supongo que debido a mi condición de piloto.
No figuraba en los planos, a eso me refiero.
Con todo, el mayor inconveniente sería sacar el aparato de la terraza. No había pensado en ese detalle cuando comencé y luego fue demasiado tarde.
Sospecho que si Mecánica Popular hubiera traído los planos de un helicóptero la situación habría sido menos embarazosa. Pero Rolo tuvo su cuota de responsabilidad.
Naturalmente, no tenía la menor idea de lo que yo hacía en mi tiempo libre. Ni jamás subía a la terraza. Pero resultó poco observador para ser policía: de haber mirado alguna vez hacia arriba antes de entrar a casa hubiera visto una de las alas del aeroplano; asomaba poco más de dos metros de la línea de edificación y era el comentario en boga entre los vecinos.
El extremo del otro ala llegaba hasta la puerta misma de mi pieza, de manera que me veía obligado a pasar en cuclillas cada vez que quería bajar a la cocina.
Lo que decididamente no alcanzo a comprender, ni siquiera hoy, con la perspectiva que otorga el tiempo transcurrido, es que Rolo no haya escuchado el motor.
Lo había puesto en marcha una vez más para probar la cuerda a resorte adosada a la hélice. Giraba manualmente las paletas en el sentido inverso a las agujas del reloj, unas seis vueltas, comprimiendo la cuerda. Al soltar la hélice, ésta, impulsada por la cuerda, volvía a su posición habitual. En el trayecto movía el pistón las veces suficientes como para que el motor se pusiera en marcha.
Había resuelto el problema de la piola de tan ingeniosa manera que no me cansaba de repetir la operación varias veces al día.
Ya en la carlinga y con el motor en ralenti, probaba el funcionamiento de los alerones cuando vi la morena cabeza de Betty surgir del hueco de la escalera. De a poco fue emergiendo el resto de su cuerpo. Era una alegoría tan perfecta del nacimiento de Venus que caí en éxtasis, casi como papá.
Betty no me había visto: miraba hacia atrás, en dirección a Rolo quien seguramente había metido la mano entre sus piernas. Mi hermano siempre fue muy propenso a esa clase de exteriorizaciones.
Betty dijo algo, o simplemente rió –yo podía escuchar bien poco, ensordecido por el motor–, giró la cabeza y quedó petrificada. Rolo chocó contra sus piernas, pero ni aun así Betty alcanzó a reaccionar.
Yo tampoco conseguía hacerlo. No continuaba extasiado ni mucho menos –el encantamiento había desaparecido de inmediato–, pero en la ofuscación y el apuro me atoré en la carlinga, un poco estrecha para mis caderas.
Rolo vio el avión recién después de salir de entre las piernas de Betty. Nunca olvidaré su expresión.
Llevé la punta de mis dedos hasta mi sien derecha y le hice un saludo, una informal venia de piloto.
Creo que un buen final hubiese sido levantar vuelo y perderme para siempre en la azul inmensidad del firmamento. Pero la azotea era muy angosta.
Al día siguiente bauticé el avión. En el extremo delantero del fuselaje, entre la carlinga y la hélice, en bonitas letras azules con ribetes granate, escribí: “Deseo”.
Nuevo contacto con Beto Beep. Está perturbado por una moderna técnica de cirugía estética. Consiste en agrandar los labios de las mujeres inyectándoles grasa extraída de su propio abdomen. La idea es repugnante
Quiero decir: ¿alguno de ustedes se detuvo a pensar en un trozo de grasa, en la sensación de besar y hacer el amor a un quiste sebáceo? ¿Pueden encontrar sexy un moco que se desgrana entre los dedos como una torreja de seso?
La tarde anterior Beto Beep había seguido el tema en un programa de televisión; eso me dijo. Hasta que el director de cámara tomó un primer plano del implante de una modelo publicitaria, enteramente cubierto de carmín. A Beto le pareció que los labios de la modelo reventarían como pústulas. Se le revolvieron las tripas y vomitó antes de llegar al baño. Ahora se sentía muy mal.
Le recomendé un té de boldo.
"No es eso, ganso", escribió.
Estuve a punto de protestar, escandalizado por su lenguaje, pero recordé a tiempo que me encontraba en la red boquense, en una conversación de rutina entre barrabravas. Uno no puede pretender que un barrabrava hable con los giros de una condesa austriaca del siglo XVIII.
El lenguaje es importante. Existe un código universalmente reconocido en cualquier red. Colocar tres signos de admiración al final de una frase, por ejemplo, significa que estamos gritando, algo muy mal visto en la mayoría de las redes, pero habitual en almaboquense.com. Todo el mundo grita, exactamente igual que en la red de Osos Mimosos.
Los Osos Mimosos de Boedo son una cofradía de homosexuales gordos e hirsutos que hacen del desaliño una cuestión de amor propio. No revisten mayor peligrosidad, al menos en mi experiencia, aunque es justo reconocer que no los investigué personalmente. Mi especialidad es la pedofilia.
Rectifico: mi especialidad es la persecución de pedófilos.
Hace poco, encubierto de niña de diez años, deambulaba al azar por las redes a la pesca de algún depravado. Picó un tal Juanjo. Decía estar cursando quinto grado y pronto me invitó al cuarto privado. Su primera pregunta fue desconcertante: “¿Tenés pelitos?”. Después me manoseó.
Antes de salir del cuarto hicimos una cita. Si “Juanjo” me hubiera dado una dirección de Lima, Barcelona o Vladivostok, el procedimiento habría sido engorroso, pero por fortuna propuso encontrarnos en una plaza de Vicente López, ligeramente fuera de nuestra jurisdicción operacional, pero no tan lejos como para que no pudiéramos actuar directamente.
Una comisión mixta compuesta por un oficial, un sargento ametralladorista y dos agentes de la policía bonaerense, más tres integrantes femeninas de la Federal –entre quienes se encontraba la legendaria oficial Sallese, más conocida por el apelativo de “La enana Rosario”–, se distribuyeron en la plaza y aprehendieron a “Juanjo” en cuanto se sentó junto a la oficial Sallese.
–¿Tenés pelitos? –preguntó Juanjo.
–Tengo –repuso la oficial Sallese, al tiempo que colocaba un par de esposas en las muñecas del depravado.
Su nombre era Juan José Bellomo y, en efecto, cursaba el quinto grado en una escuela primaria de San Isidro.
–Me tenés que hacer gamba –había dicho Johnny, cinco minutos antes de finalizar el turno de servicio.
Adoro la complicidad. Me hace sentir seguro. Es el reconfortante efecto de sabernos necesarios, algo que me ocurrió pocas veces. Mamá, por ejemplo, jamás necesitó de mí, ni siquiera en sus últimos años. Con el tiempo había ido perdiendo peso, y fuerzas, como suele ocurrir, pero papá fue galantemente acompañando el proceso mediante su propia consunción. Ya no era su cerebro, sino todo su cuerpo el que parecía relleno de estopa: pesaba menos que una pluma. Como lo oyen.
Mamá no tenía inconvenientes en llevarlo de un lado a otro de la casa. Era una compañía para ella. Y lo mantenía razonablemente limpio, a pesar de la dieta líquida.
Lo sentaba a la mesa con nosotros a la hora de la cena. Comíamos en silencio. Papá ya no era un buen interlocutor y desde hacía unos años mamá se había encerrado en un largo mutismo, apenas roto por un ocasional “¡Pobre señora...!”.
Ya saben, estaba un poco ida.
Pensé que no resistiría mucho más y llegaría al fin el día de volverme necesario. Fíjense que mamá ni siquiera me permitía correr a mi padre cuando el sol ya no daba contra los malvones. Pero cuando llegó el momento recurrió a Elena.
Esa, al menos, fue la versión de Elena. Yo nunca pude enterarme de los entretelones: nadie se dignaba a explicarme nada.
Un domingo a la mañana Elena se presentó con un taxiflet. La escuché desde la terraza, donde realizaba algunas tareas de mantenimiento en Deseo. Me asomé al antepecho y la vi bajar de la camioneta. Pensé que venía a llevarse algo, pero no: se traía. A ella misma, sus dos hijos, tres valijas, algunas cajas con juguetes y el lavarropas automático. Al bancario lo había dejado en su casa. El bancario dijo que jamás aceptaría vivir bajo el mismo techo que un tipo como yo.
Yo hubiera podido argumentar que vivía sobre el techo, en la piecita de la terraza, pero no valía la pena. Además, el pobre tenía razones para estar resentido: había arruinado su fiesta de bodas, el momento de mayor felicidad conyugal. De ahí en más su matrimonio fue pura declinación.
Imagínense.
De todas maneras no creí, ni por un instante, que el bancario hubiera dicho algo como “vivir bajo el mismo techo”. Esas eran palabras de Elena. Pueden practicar, repitiéndolas, hasta que logren pronunciarlas con las comisuras de la boca vueltas hacia abajo. A mí no me sale.
No habían pasado diez años desde que Elena provocara el primer ACV de papá y todavía conservaba una silueta atractiva. Pero su rostro era una máscara ritual, si es que en algún lugar del mundo se practica algo parecido a un culto a la insatisfacción.
Posiblemente el bancario nunca consiguió palparle el vientre con la destreza del doctor López Vázquez.
Otro chiste.
Me pasaba las horas en el cuartito de la terraza pensando en esa clase de chistes. Elena no conseguía comprender por qué bajaba las escaleras siempre sonriente. Y cuando la observaba con expresión divertida, se salía de las casillas.
–¿Qué te pasa? ¿Tengo monos en la cara?
–¿Monos? –Fingía estudiar su rostro con detenimiento–. No, me parece que no.
Al cabo de un tiempo la convivencia se volvió intolerable, pero todo se compuso mágicamente cuando decidió usar la terraza para colgar la ropa.
–No hay otro lugar –dijo.
Mentiras: estaba el patio. Además, la ropa entretenía a papá, eso le dije. Era como colocarle uno de esos móviles que adornan las piezas de los bebés.
–¡No te atrevas a nombrar a papá! –chilló Elena.
Eso sí era desconcertante, pero no pude reaccionar de una manera normal. En su presencia me venía una especie de regresión.
–¡Papá, papá, papá! –grité desafiante. Si hasta le saqué la lengua.
Alzó la escoba. Le llevo casi cuarenta centímetros de altura y algo más de sesenta kilos, pero comencé a retroceder. Y trepé corriendo las escaleras. Me acertó con algunos escobazos antes de que consiguiera encerrarme en la pieza.
Desde su regreso Elena no había vuelto a subir a la terraza. En el descanso de la escalera yo había colocado un cartel de advertencia: “Warning”, en grandes letras rojas. Y debajo: “Segundo Territorio Libre de América”.
El primero era Cuba, ya saben.
Una vez que pasé ágilmente debajo del ala de Deseo y me encerré en la pieza, Elena tocó ese objeto que se interponía en su camino del mismo modo que lo haría un ciego, varias veces, tratando de comprender qué era lo que tenía delante. Luego giró la cabeza, lo recorrió con la mirada, lentamente. Cuando sus ojos llegaron al fuselaje, se aplastó contra la pared.
La escoba había caído a sus pies, y permaneció tirada varios minutos, hasta que Elena se rehizo, la alzó del suelo, y bajó al patio.
Lo que más me llamó la atención fue el silencio.
“Las medidas de seguridad –repuso Beto Beep– son el secreto de mi supervivencia”.
Lo alenté a seguir: “Epa!!”
“Al salir de los ascensores –prosiguió– siempre miro en sentido contrario al que me dirijo. Y jamás me siento en un bar dando la espalda a la puerta de entrada. Elijo por lo general una mesa al fondo, cerca de los baños, en la medida en que éstos cuenten al menos con una claraboya por donde, llegado el caso, deslizarme con facilidad. No hay muchos, y los he relevado a todos y cada tanto destino un par de días a verificar que no se hayan producido desagradables modificaciones que pudieran dejarme encerrado dentro de un pequeño cubículo a merced de... de quien sea. Es un secreto. Y no calienta. Lo importante es contar con la posibilidad, saber que está ahí, La Vía de Escape”.
Después se escabulló del cuarto de interrogatorios. Y de la red
Faltaban menos de cinco minutos para que finalizara nuestro turno de servicio cuando Johnny me llamó a su escritorio.
–Haceme gamba –dijo.
Soy una especie de hermano mayor.
La idea me provoca vahídos: no puedo librarme de la última imagen que tuve de Rolo al abandonar su departamento, de su erecto culo de gallego, como decía Betty Desartis, la única novia que no obtuvo por medio de un catálogo, sino tras un procedimiento en la farmacia. Era una morena alta y exuberante con una boca tan grande como la de Marilín, pero extendida en forma horizontal. Una especie de buzón para grandes sugerencias.
Sus labios morados, siempre entreabiertos, también me atraían como un precipicio.
Es el habitual efecto que las novias de Rolo ejercen en mí.
Betty palmeaba con demasiada frecuencia el trasero de Rolo.
Mi hermano fruncía el ceño y trababa los brazos, para sacar bíceps. Supongo que ya en ese entonces era consciente de que su culo era demasiado redondo.
Rolo cumplía servicio en una comisaría. Era su primer destino y se paseaba orgulloso con la Browning al cinto. La mano abierta, a cinco centímetros de la cartuchera, elongando los dedos.
Varias veces lo sorprendí mientras practicaba frente a un espejo.
Solía trepar de un salto a los colectivos en marcha. Se instalaba en el estribo, junto al chofer, dándole lata mientras vigilaba de soslayo a los pasajeros. Por supuesto, no pagaba boleto. Y cuando apareció en casa con Betty Desartis, la esposa del farmacéutico, mi admiración ya no tuvo límites. Como les dije, era una morena morrocotuda, casi de mi tamaño, aunque bastante mejor formada.
Papá yacía en el estado de gracia en que permaneció durante sus últimos años y mamá se había convertido en un junco seco, apenas agitado por las pesadillas. Elena, por su parte, ya había formado su propio, sórdido hogar con un verdadero bancario –creo que íntimamente siempre deseó que fuera otro médico de incógnito– de manera que apenas quedaba yo como único miembro de la familia en condiciones de dar testimonio de las proezas de Rolo.
De alguna manera esto significó una frustración para él.
Entró una tarde a casa llevando a Betty del brazo, saludaron a los restos de papá –como siempre que había buen tiempo, en el patio frente a los malvones–, pasaron junto a mamá, absorta en sus recuerdos, y fueron directamente a mi habitación, en la piecita de la terraza.
Yo construía un aeroplano, siguiendo concienzudamente las instrucciones de Mecánica Popular. Había conseguido el motor de una cortadora de césped al que era necesario poner en marcha mediante una piola. No constituía ningún obstáculo, a excepción del peso.
Jamás pensé en el mío propio como un impedimento para levantar vuelo, supongo que debido a mi condición de piloto.
No figuraba en los planos, a eso me refiero.
Con todo, el mayor inconveniente sería sacar el aparato de la terraza. No había pensado en ese detalle cuando comencé y luego fue demasiado tarde.
Sospecho que si Mecánica Popular hubiera traído los planos de un helicóptero la situación habría sido menos embarazosa. Pero Rolo tuvo su cuota de responsabilidad.
Naturalmente, no tenía la menor idea de lo que yo hacía en mi tiempo libre. Ni jamás subía a la terraza. Pero resultó poco observador para ser policía: de haber mirado alguna vez hacia arriba antes de entrar a casa hubiera visto una de las alas del aeroplano; asomaba poco más de dos metros de la línea de edificación y era el comentario en boga entre los vecinos.
El extremo del otro ala llegaba hasta la puerta misma de mi pieza, de manera que me veía obligado a pasar en cuclillas cada vez que quería bajar a la cocina.
Lo que decididamente no alcanzo a comprender, ni siquiera hoy, con la perspectiva que otorga el tiempo transcurrido, es que Rolo no haya escuchado el motor.
Lo había puesto en marcha una vez más para probar la cuerda a resorte adosada a la hélice. Giraba manualmente las paletas en el sentido inverso a las agujas del reloj, unas seis vueltas, comprimiendo la cuerda. Al soltar la hélice, ésta, impulsada por la cuerda, volvía a su posición habitual. En el trayecto movía el pistón las veces suficientes como para que el motor se pusiera en marcha.
Había resuelto el problema de la piola de tan ingeniosa manera que no me cansaba de repetir la operación varias veces al día.
Ya en la carlinga y con el motor en ralenti, probaba el funcionamiento de los alerones cuando vi la morena cabeza de Betty surgir del hueco de la escalera. De a poco fue emergiendo el resto de su cuerpo. Era una alegoría tan perfecta del nacimiento de Venus que caí en éxtasis, casi como papá.
Betty no me había visto: miraba hacia atrás, en dirección a Rolo quien seguramente había metido la mano entre sus piernas. Mi hermano siempre fue muy propenso a esa clase de exteriorizaciones.
Betty dijo algo, o simplemente rió –yo podía escuchar bien poco, ensordecido por el motor–, giró la cabeza y quedó petrificada. Rolo chocó contra sus piernas, pero ni aun así Betty alcanzó a reaccionar.
Yo tampoco conseguía hacerlo. No continuaba extasiado ni mucho menos –el encantamiento había desaparecido de inmediato–, pero en la ofuscación y el apuro me atoré en la carlinga, un poco estrecha para mis caderas.
Rolo vio el avión recién después de salir de entre las piernas de Betty. Nunca olvidaré su expresión.
Llevé la punta de mis dedos hasta mi sien derecha y le hice un saludo, una informal venia de piloto.
Creo que un buen final hubiese sido levantar vuelo y perderme para siempre en la azul inmensidad del firmamento. Pero la azotea era muy angosta.
Al día siguiente bauticé el avión. En el extremo delantero del fuselaje, entre la carlinga y la hélice, en bonitas letras azules con ribetes granate, escribí: “Deseo”.
Nuevo contacto con Beto Beep. Está perturbado por una moderna técnica de cirugía estética. Consiste en agrandar los labios de las mujeres inyectándoles grasa extraída de su propio abdomen. La idea es repugnante
Quiero decir: ¿alguno de ustedes se detuvo a pensar en un trozo de grasa, en la sensación de besar y hacer el amor a un quiste sebáceo? ¿Pueden encontrar sexy un moco que se desgrana entre los dedos como una torreja de seso?
La tarde anterior Beto Beep había seguido el tema en un programa de televisión; eso me dijo. Hasta que el director de cámara tomó un primer plano del implante de una modelo publicitaria, enteramente cubierto de carmín. A Beto le pareció que los labios de la modelo reventarían como pústulas. Se le revolvieron las tripas y vomitó antes de llegar al baño. Ahora se sentía muy mal.
Le recomendé un té de boldo.
"No es eso, ganso", escribió.
Estuve a punto de protestar, escandalizado por su lenguaje, pero recordé a tiempo que me encontraba en la red boquense, en una conversación de rutina entre barrabravas. Uno no puede pretender que un barrabrava hable con los giros de una condesa austriaca del siglo XVIII.
El lenguaje es importante. Existe un código universalmente reconocido en cualquier red. Colocar tres signos de admiración al final de una frase, por ejemplo, significa que estamos gritando, algo muy mal visto en la mayoría de las redes, pero habitual en almaboquense.com. Todo el mundo grita, exactamente igual que en la red de Osos Mimosos.
Los Osos Mimosos de Boedo son una cofradía de homosexuales gordos e hirsutos que hacen del desaliño una cuestión de amor propio. No revisten mayor peligrosidad, al menos en mi experiencia, aunque es justo reconocer que no los investigué personalmente. Mi especialidad es la pedofilia.
Rectifico: mi especialidad es la persecución de pedófilos.
Hace poco, encubierto de niña de diez años, deambulaba al azar por las redes a la pesca de algún depravado. Picó un tal Juanjo. Decía estar cursando quinto grado y pronto me invitó al cuarto privado. Su primera pregunta fue desconcertante: “¿Tenés pelitos?”. Después me manoseó.
Antes de salir del cuarto hicimos una cita. Si “Juanjo” me hubiera dado una dirección de Lima, Barcelona o Vladivostok, el procedimiento habría sido engorroso, pero por fortuna propuso encontrarnos en una plaza de Vicente López, ligeramente fuera de nuestra jurisdicción operacional, pero no tan lejos como para que no pudiéramos actuar directamente.
Una comisión mixta compuesta por un oficial, un sargento ametralladorista y dos agentes de la policía bonaerense, más tres integrantes femeninas de la Federal –entre quienes se encontraba la legendaria oficial Sallese, más conocida por el apelativo de “La enana Rosario”–, se distribuyeron en la plaza y aprehendieron a “Juanjo” en cuanto se sentó junto a la oficial Sallese.
–¿Tenés pelitos? –preguntó Juanjo.
–Tengo –repuso la oficial Sallese, al tiempo que colocaba un par de esposas en las muñecas del depravado.
Su nombre era Juan José Bellomo y, en efecto, cursaba el quinto grado en una escuela primaria de San Isidro.
–Me tenés que hacer gamba –había dicho Johnny, cinco minutos antes de finalizar el turno de servicio.
Adoro la complicidad. Me hace sentir seguro. Es el reconfortante efecto de sabernos necesarios, algo que me ocurrió pocas veces. Mamá, por ejemplo, jamás necesitó de mí, ni siquiera en sus últimos años. Con el tiempo había ido perdiendo peso, y fuerzas, como suele ocurrir, pero papá fue galantemente acompañando el proceso mediante su propia consunción. Ya no era su cerebro, sino todo su cuerpo el que parecía relleno de estopa: pesaba menos que una pluma. Como lo oyen.
Mamá no tenía inconvenientes en llevarlo de un lado a otro de la casa. Era una compañía para ella. Y lo mantenía razonablemente limpio, a pesar de la dieta líquida.
Lo sentaba a la mesa con nosotros a la hora de la cena. Comíamos en silencio. Papá ya no era un buen interlocutor y desde hacía unos años mamá se había encerrado en un largo mutismo, apenas roto por un ocasional “¡Pobre señora...!”.
Ya saben, estaba un poco ida.
Pensé que no resistiría mucho más y llegaría al fin el día de volverme necesario. Fíjense que mamá ni siquiera me permitía correr a mi padre cuando el sol ya no daba contra los malvones. Pero cuando llegó el momento recurrió a Elena.
Esa, al menos, fue la versión de Elena. Yo nunca pude enterarme de los entretelones: nadie se dignaba a explicarme nada.
Un domingo a la mañana Elena se presentó con un taxiflet. La escuché desde la terraza, donde realizaba algunas tareas de mantenimiento en Deseo. Me asomé al antepecho y la vi bajar de la camioneta. Pensé que venía a llevarse algo, pero no: se traía. A ella misma, sus dos hijos, tres valijas, algunas cajas con juguetes y el lavarropas automático. Al bancario lo había dejado en su casa. El bancario dijo que jamás aceptaría vivir bajo el mismo techo que un tipo como yo.
Yo hubiera podido argumentar que vivía sobre el techo, en la piecita de la terraza, pero no valía la pena. Además, el pobre tenía razones para estar resentido: había arruinado su fiesta de bodas, el momento de mayor felicidad conyugal. De ahí en más su matrimonio fue pura declinación.
Imagínense.
De todas maneras no creí, ni por un instante, que el bancario hubiera dicho algo como “vivir bajo el mismo techo”. Esas eran palabras de Elena. Pueden practicar, repitiéndolas, hasta que logren pronunciarlas con las comisuras de la boca vueltas hacia abajo. A mí no me sale.
No habían pasado diez años desde que Elena provocara el primer ACV de papá y todavía conservaba una silueta atractiva. Pero su rostro era una máscara ritual, si es que en algún lugar del mundo se practica algo parecido a un culto a la insatisfacción.
Posiblemente el bancario nunca consiguió palparle el vientre con la destreza del doctor López Vázquez.
Otro chiste.
Me pasaba las horas en el cuartito de la terraza pensando en esa clase de chistes. Elena no conseguía comprender por qué bajaba las escaleras siempre sonriente. Y cuando la observaba con expresión divertida, se salía de las casillas.
–¿Qué te pasa? ¿Tengo monos en la cara?
–¿Monos? –Fingía estudiar su rostro con detenimiento–. No, me parece que no.
Al cabo de un tiempo la convivencia se volvió intolerable, pero todo se compuso mágicamente cuando decidió usar la terraza para colgar la ropa.
–No hay otro lugar –dijo.
Mentiras: estaba el patio. Además, la ropa entretenía a papá, eso le dije. Era como colocarle uno de esos móviles que adornan las piezas de los bebés.
–¡No te atrevas a nombrar a papá! –chilló Elena.
Eso sí era desconcertante, pero no pude reaccionar de una manera normal. En su presencia me venía una especie de regresión.
–¡Papá, papá, papá! –grité desafiante. Si hasta le saqué la lengua.
Alzó la escoba. Le llevo casi cuarenta centímetros de altura y algo más de sesenta kilos, pero comencé a retroceder. Y trepé corriendo las escaleras. Me acertó con algunos escobazos antes de que consiguiera encerrarme en la pieza.
Desde su regreso Elena no había vuelto a subir a la terraza. En el descanso de la escalera yo había colocado un cartel de advertencia: “Warning”, en grandes letras rojas. Y debajo: “Segundo Territorio Libre de América”.
El primero era Cuba, ya saben.
Una vez que pasé ágilmente debajo del ala de Deseo y me encerré en la pieza, Elena tocó ese objeto que se interponía en su camino del mismo modo que lo haría un ciego, varias veces, tratando de comprender qué era lo que tenía delante. Luego giró la cabeza, lo recorrió con la mirada, lentamente. Cuando sus ojos llegaron al fuselaje, se aplastó contra la pared.
La escoba había caído a sus pies, y permaneció tirada varios minutos, hasta que Elena se rehizo, la alzó del suelo, y bajó al patio.
Lo que más me llamó la atención fue el silencio.
martes, 3 de agosto de 2010
6. La tanga de Elena y el primer ACV de papá
Ilícito en Bangkok. En asiansex.com, una banda de traficantes ofrece un listado de niños para recreación sexual alternativa. Hay un esbozo de ejemplo de muestra y prometen catálogo, pero resulta imposible avanzar mucho más allá sin hacerse socio. Se trata de un procedimiento sencillo: usted les envía su número de tarjeta de crédito y una orden de pago por 9,95 dólares. A cambio, goza de libre acceso a toda la información ofrecida, que es mucha. Y atroz.
Lo llamo a Salvides. Está escandalizado.
–¡Pero si serán hijos de puta! –exclama.
Este hombre me desconcierta.
–¿Qué esperaba? Son delincuentes.
–Sí. Hacen mucha alharaca con internet pero para entrar a cualquier sitio interesante hay que ponerse como un otario.
Odia internet.
De todos modos, autoriza el pago. Y entro.
Sin comentarios.
No puedo creer que durante todos estos años Rolo haya pensado que yo realmente violé a la señora López Vázquez sobre la pista de baile. Él estaba presente y tuvo que ver lo que pasó. Sin embargo, creyó en la versión de Aníbal.
La versión de Aníbal llegó a ser la Versión Oficial del Barrio. Se trata de un magnífico ejemplo del efecto del rumor sobre las mentalidades simples y retorcidas, como la de Rolo. O la de Salvides. Son de esa clase de gente que no puede con la realidad. Por eso hacen caso a versiones, y recurren a los informantes.
Un informante es un criminal que delata a sus colegas.
No debe pensarse que sus motivos tengan relación alguna con el amor a la ley, el orden y la seguridad pública. Nada más alejado de los móviles de un informante. Como todo vendedor, el informante le dará a usted algo únicamente a cambio de un estipendio. O un favor.
La mentalidad criminal es retorcida, pero compleja. Policías como Rolo o Salvides, capaces de dar más crédito a lo que les dicen que a lo que ven con sus propios ojos, son juguetes en manos de las mafias.
Iraola se da cuenta de las limitaciones de Salvides. Me escuchó en silencio mientras patrullábamos, asintiendo de tanto en tanto, con grandes cabezadas. Otro en su lugar me hubiera echado una monserga sobre las jerarquías, la línea de comando y todo eso. Iraola, no. Es amplio, comprensivo, descontracturado. Sin embargo, no sospecha que Salvides se encuentra al borde del descontrol nervioso. Dejé esa parte del informe para otra oportunidad, para cuando hayamos decidido qué hacer con la oficial Quintana. Prefiero estar en manos de un psicótico desacreditado que en las de una histérica decidida a destruirme.
Tampoco le informé sobre la exportación de niños. Quintana no me había dado la menor oportunidad de ponerla al tanto y no quería que Iraola la llamara para levantarla en peso. Podría salir a la luz lo de la torta.
–¿Cómo terminó el tumulto?
Iraola se refería a la trifulca en la red boquense. Llegó un momento en que la red se había transformado en un saloon del oeste. Todos peleaban contra todos, partiendo cabezas a botellazos y deshaciendo sillas de utilería.
–Escribí: “Maradooo...”. Santo remedio.
Iraola apartó la vista de la pantalla y me miró con aprobación.
–Beto Beep es suyo –dijo–. Sígalo.
A la noche dormí como un lirón. Pero antes, incentivado por el recuerdo de la Versión Oficial, volví a tener fantasías con la señora López Vázquez. La idea de que pretendía quitar mi mano de su sexo para gozar plenamente de mi pirulín aterciopelado me provocó una pequeña erección.
Ilícito en sexcom. Archivos de bestialismo. Dos mujeres y un pony, perros, gansos y una serpiente pitón.
Para entrar a la página hubiera debido pedir autorización a Salvides, pero ya no soporto sus escenas. Es deprimente trabajar bajo las órdenes de un tipo al que uno se ve permanentemente obligado a consolar pues el mundo resulta demasiado para él.
Le dejaré el caso a Iraola. Puede disponer a su antojo de la partida presupuestaria de la brigada y calculo que el tema será de su interés. El otro día miré por sobre su hombro: patrullaba Dark Site Story, un club de sadomasoquistas.
No les conté cómo terminó el asunto, la otra noche, en casa de Rolo.
Imagínense.
Marilín seguía el infamante monólogo de mi hermano con creciente interés. Sus ojos extremadamente abiertos le daban ahora la apariencia de muñeca inflable a punto de estallar.
–¿En serio se cogió a esa pobre médica en el casamiento de tu hermana...?
Su boca seguía siendo una roja y húmeda O.
–No era médica –farfullé, como hacen los criminales. Farfullan.
Rolo me arrojó contra la pared y se volvió hacia ella con el aire desafiante y atormentado de un alumno del Actor’s Studio.
–No sabés qué vergüenza...
Marilín lo abrazó. Me pareció que Rolo había empezado a lagrimear pero no pude prestar mucha atención. Por sobre su hombro Marilín me echaba una larga y pensativa mirada. Después, su cabeza desapareció lentamente y sus manos bajaron por la espalda de Rolo hasta posarse en sus redondas nalgas de muchachita.
Nunca antes había advertido hasta que punto el culo de mi hermano se parecía al de una vedette.
Me puse de pie como pude, me acomodé las ropas y salí del departamento.
–Chau, gordito –escuché decir a Marilín mientras cerraba la puerta.
No se trata únicamente de Rolo: todos los policías operativos imitan a Marlon Brando, menos Iraola. Es cierto que ya no es operativo, pero no creo que haya cambiado tanto desde que le volaron la rótula. Cojea, claro, pero yo me refería a la apariencia general de los policías operativos, esa expresión de indolencia, los modales bruscos y distraídos, la postura del cuerpo, con los hombros cargados, como si se dispusieran a sacar un cross. Iraola, en cambio, parece un muñequito con defectos de fabricación. Su cabeza tiene la forma de una sandía aplanada. En la parte plana algún gracioso le dibujó una cara. En síntesis, nada que ver con un sex symbol. Ni siquiera aquí, donde tipos que deben ponerse en puntas de pie para levantarse una cuarta del suelo pasan por irresistibles fornicadores.
Por “aquí” no debe entenderse la Brigada, ni la División Computación, ni siquiera el cuerpo de la gloriosa Policía Federal Argentina, sino el inmenso magma que intento proteger del delito y que desde siempre se extendió, amenazante, más allá del café de mi juventud. Eso que se llama “La sociedad”. Tiene un poco del café, pero también algo de la escuela, y del barrio y el hogar. Lo peor de cada uno, en sobredosis.
Yo ya lo había adivinado cuando me aventuraba hasta Avenida La Plata y Vernet y desde el camión playo del verdulero, donde viajaba la hinchada de San Lorenzo, me descubrían mirando revistas en el kiosco.
–¡Pirulo...! –llamaba uno.
Al principio me volvía sonriente hacia el camión para agitar mi mano en alto, como las estrellas de Hollywood.
–¡Se la come! –coreaba la barra.
Con el tiempo dejé de saludar.
“Mientras mi cuerpo sigue su camino mi mente se hunde más y más en el pasado”
Lo escribió Flaubert, en una carta dirigida a su mamá.
Yo no podría hacerlo. Primero, porque mi madre jamás abriría una carta mía. Segundo, en mi pasado, en nuestro pasado, estaba la señora López Vázquez, tirada en el piso de la pista de baile.
Mamá soñaba con eso. Y despertaba por las noches chillando como la propia señora López Vázquez.
Nunca tuve oportunidad de decirle: “Mamá, soy apenas un niño de pubis sonrosado. Jamás podría hacer daño a la señora López Vázquez”.
Ya no era su bebé. Había dejado de serlo a los diez años, cuando subí a la balanza en la farmacia de Asamblea y Senillosa y pesé setenta kilos.
Mamá volcó todo su amor en Rolo, que, como primogénito, recibía también una cuota del amor paterno. Una parte pequeña, en realidad, pues a medida que pasaban los años papá se obsesionó más y más con Elena y llegó a hacerle escenas de celos, como un verdadero novio.
De buenas a primera, sin que papá ni yo supiéramos cómo había llegado a ocurrir, mi hermana se volvió muy sexy. Eso decían en el café. Los comentarios de los muchachos me llenaban de orgullo y, de una manera casi mágica, Elena me contagiaba su popularidad, que iba incrementándose al mismo ritmo que la medida de su busto.
Papá se daba cuenta, porque no era ningún tonto ni estaba loco, que eso del Borda no pasaba de ser un chiste estúpido. Y rumiaba sus celos con una botella de tinto, bebida en solitario, acodado a la mesa de la cocina.
Una noche le arrancó el vestido. Como lo oyen. Decía que era inmoral. Elena quedó todavía más inmoral, con sus delgados brazos apenas cubriendo una pequeña porción de sus pechos. Los brazos de Elena eran del grosor de mis muñecas.
Yo estaba presente de casualidad: había ido a la cocina para hacerme un sándwich de mortadela. Imaginen el estado de obnubilación de papá que ni siquiera pudo esperar unos minutos, hasta que yo acabara con el sándwich, para representar Su Gran Escena.
Creo que los dos mirábamos con la misma expresión estúpida la escueta tanga turquesa que Elena no encontraba modo de cubrir, porque tenía las tetas al aire y apenas dos brazos del grosor de mis muñecas y papá agitaba en el aire su vestido inmoral.
El pobre jamás había llegado a imaginar lo que encontraría debajo.
Fue su primer accidente cerebro vascular.
ACV, así lo llaman. Una sigla a la que acabamos por acostumbrarnos.
Comenzó como “Papá tuvo un ACV”. Con el tiempo, de tanto hablar con los médicos adoptamos su jerga y acabó siendo “Papá hizo otro ACV”, como si el pobre cretino hubiera tenido alguna responsabilidad en el asunto.
No era así. El primero lo provocó la tanga turquesa de Elena. El segundo, mi inolvidable show con la señora López Vázquez. Luego de eso, comenzó a fabricar acevés en serie para reemplazarme, definitivamente, como Monstruosidad Familiar.
Hasta el momento en que papá quedó convertido en una marioneta babeante, yo fui el Accidente de la familia.
La noche del primer ACV, mientras esperábamos al médico y mi hermana practicaba una incestuosa respiración artificial en la mueca despectiva que desde entonces mi padre llevaría en la boca, fui a mi cuarto con el vestido de Elena. Me planté frente al espejo y lo coloqué delante de mi cuerpo. Apenas me llegaba al ombligo. Lo juro.
De no haber sido por la rápida llegada de los médicos hubiera pensado en él como El Arma Homicida.
También estaba la tanga, claro.
Es curioso tener que llegar a la edad adulta para comprender cuanto se parecían los culos de mis hermanos.
Qué horror
Lo llamo a Salvides. Está escandalizado.
–¡Pero si serán hijos de puta! –exclama.
Este hombre me desconcierta.
–¿Qué esperaba? Son delincuentes.
–Sí. Hacen mucha alharaca con internet pero para entrar a cualquier sitio interesante hay que ponerse como un otario.
Odia internet.
De todos modos, autoriza el pago. Y entro.
Sin comentarios.
No puedo creer que durante todos estos años Rolo haya pensado que yo realmente violé a la señora López Vázquez sobre la pista de baile. Él estaba presente y tuvo que ver lo que pasó. Sin embargo, creyó en la versión de Aníbal.
La versión de Aníbal llegó a ser la Versión Oficial del Barrio. Se trata de un magnífico ejemplo del efecto del rumor sobre las mentalidades simples y retorcidas, como la de Rolo. O la de Salvides. Son de esa clase de gente que no puede con la realidad. Por eso hacen caso a versiones, y recurren a los informantes.
Un informante es un criminal que delata a sus colegas.
No debe pensarse que sus motivos tengan relación alguna con el amor a la ley, el orden y la seguridad pública. Nada más alejado de los móviles de un informante. Como todo vendedor, el informante le dará a usted algo únicamente a cambio de un estipendio. O un favor.
La mentalidad criminal es retorcida, pero compleja. Policías como Rolo o Salvides, capaces de dar más crédito a lo que les dicen que a lo que ven con sus propios ojos, son juguetes en manos de las mafias.
Iraola se da cuenta de las limitaciones de Salvides. Me escuchó en silencio mientras patrullábamos, asintiendo de tanto en tanto, con grandes cabezadas. Otro en su lugar me hubiera echado una monserga sobre las jerarquías, la línea de comando y todo eso. Iraola, no. Es amplio, comprensivo, descontracturado. Sin embargo, no sospecha que Salvides se encuentra al borde del descontrol nervioso. Dejé esa parte del informe para otra oportunidad, para cuando hayamos decidido qué hacer con la oficial Quintana. Prefiero estar en manos de un psicótico desacreditado que en las de una histérica decidida a destruirme.
Tampoco le informé sobre la exportación de niños. Quintana no me había dado la menor oportunidad de ponerla al tanto y no quería que Iraola la llamara para levantarla en peso. Podría salir a la luz lo de la torta.
–¿Cómo terminó el tumulto?
Iraola se refería a la trifulca en la red boquense. Llegó un momento en que la red se había transformado en un saloon del oeste. Todos peleaban contra todos, partiendo cabezas a botellazos y deshaciendo sillas de utilería.
–Escribí: “Maradooo...”. Santo remedio.
Iraola apartó la vista de la pantalla y me miró con aprobación.
–Beto Beep es suyo –dijo–. Sígalo.
A la noche dormí como un lirón. Pero antes, incentivado por el recuerdo de la Versión Oficial, volví a tener fantasías con la señora López Vázquez. La idea de que pretendía quitar mi mano de su sexo para gozar plenamente de mi pirulín aterciopelado me provocó una pequeña erección.
Ilícito en sexcom. Archivos de bestialismo. Dos mujeres y un pony, perros, gansos y una serpiente pitón.
Para entrar a la página hubiera debido pedir autorización a Salvides, pero ya no soporto sus escenas. Es deprimente trabajar bajo las órdenes de un tipo al que uno se ve permanentemente obligado a consolar pues el mundo resulta demasiado para él.
Le dejaré el caso a Iraola. Puede disponer a su antojo de la partida presupuestaria de la brigada y calculo que el tema será de su interés. El otro día miré por sobre su hombro: patrullaba Dark Site Story, un club de sadomasoquistas.
No les conté cómo terminó el asunto, la otra noche, en casa de Rolo.
Imagínense.
Marilín seguía el infamante monólogo de mi hermano con creciente interés. Sus ojos extremadamente abiertos le daban ahora la apariencia de muñeca inflable a punto de estallar.
–¿En serio se cogió a esa pobre médica en el casamiento de tu hermana...?
Su boca seguía siendo una roja y húmeda O.
–No era médica –farfullé, como hacen los criminales. Farfullan.
Rolo me arrojó contra la pared y se volvió hacia ella con el aire desafiante y atormentado de un alumno del Actor’s Studio.
–No sabés qué vergüenza...
Marilín lo abrazó. Me pareció que Rolo había empezado a lagrimear pero no pude prestar mucha atención. Por sobre su hombro Marilín me echaba una larga y pensativa mirada. Después, su cabeza desapareció lentamente y sus manos bajaron por la espalda de Rolo hasta posarse en sus redondas nalgas de muchachita.
Nunca antes había advertido hasta que punto el culo de mi hermano se parecía al de una vedette.
Me puse de pie como pude, me acomodé las ropas y salí del departamento.
–Chau, gordito –escuché decir a Marilín mientras cerraba la puerta.
No se trata únicamente de Rolo: todos los policías operativos imitan a Marlon Brando, menos Iraola. Es cierto que ya no es operativo, pero no creo que haya cambiado tanto desde que le volaron la rótula. Cojea, claro, pero yo me refería a la apariencia general de los policías operativos, esa expresión de indolencia, los modales bruscos y distraídos, la postura del cuerpo, con los hombros cargados, como si se dispusieran a sacar un cross. Iraola, en cambio, parece un muñequito con defectos de fabricación. Su cabeza tiene la forma de una sandía aplanada. En la parte plana algún gracioso le dibujó una cara. En síntesis, nada que ver con un sex symbol. Ni siquiera aquí, donde tipos que deben ponerse en puntas de pie para levantarse una cuarta del suelo pasan por irresistibles fornicadores.
Por “aquí” no debe entenderse la Brigada, ni la División Computación, ni siquiera el cuerpo de la gloriosa Policía Federal Argentina, sino el inmenso magma que intento proteger del delito y que desde siempre se extendió, amenazante, más allá del café de mi juventud. Eso que se llama “La sociedad”. Tiene un poco del café, pero también algo de la escuela, y del barrio y el hogar. Lo peor de cada uno, en sobredosis.
Yo ya lo había adivinado cuando me aventuraba hasta Avenida La Plata y Vernet y desde el camión playo del verdulero, donde viajaba la hinchada de San Lorenzo, me descubrían mirando revistas en el kiosco.
–¡Pirulo...! –llamaba uno.
Al principio me volvía sonriente hacia el camión para agitar mi mano en alto, como las estrellas de Hollywood.
–¡Se la come! –coreaba la barra.
Con el tiempo dejé de saludar.
“Mientras mi cuerpo sigue su camino mi mente se hunde más y más en el pasado”
Lo escribió Flaubert, en una carta dirigida a su mamá.
Yo no podría hacerlo. Primero, porque mi madre jamás abriría una carta mía. Segundo, en mi pasado, en nuestro pasado, estaba la señora López Vázquez, tirada en el piso de la pista de baile.
Mamá soñaba con eso. Y despertaba por las noches chillando como la propia señora López Vázquez.
Nunca tuve oportunidad de decirle: “Mamá, soy apenas un niño de pubis sonrosado. Jamás podría hacer daño a la señora López Vázquez”.
Ya no era su bebé. Había dejado de serlo a los diez años, cuando subí a la balanza en la farmacia de Asamblea y Senillosa y pesé setenta kilos.
Mamá volcó todo su amor en Rolo, que, como primogénito, recibía también una cuota del amor paterno. Una parte pequeña, en realidad, pues a medida que pasaban los años papá se obsesionó más y más con Elena y llegó a hacerle escenas de celos, como un verdadero novio.
De buenas a primera, sin que papá ni yo supiéramos cómo había llegado a ocurrir, mi hermana se volvió muy sexy. Eso decían en el café. Los comentarios de los muchachos me llenaban de orgullo y, de una manera casi mágica, Elena me contagiaba su popularidad, que iba incrementándose al mismo ritmo que la medida de su busto.
Papá se daba cuenta, porque no era ningún tonto ni estaba loco, que eso del Borda no pasaba de ser un chiste estúpido. Y rumiaba sus celos con una botella de tinto, bebida en solitario, acodado a la mesa de la cocina.
Una noche le arrancó el vestido. Como lo oyen. Decía que era inmoral. Elena quedó todavía más inmoral, con sus delgados brazos apenas cubriendo una pequeña porción de sus pechos. Los brazos de Elena eran del grosor de mis muñecas.
Yo estaba presente de casualidad: había ido a la cocina para hacerme un sándwich de mortadela. Imaginen el estado de obnubilación de papá que ni siquiera pudo esperar unos minutos, hasta que yo acabara con el sándwich, para representar Su Gran Escena.
Creo que los dos mirábamos con la misma expresión estúpida la escueta tanga turquesa que Elena no encontraba modo de cubrir, porque tenía las tetas al aire y apenas dos brazos del grosor de mis muñecas y papá agitaba en el aire su vestido inmoral.
El pobre jamás había llegado a imaginar lo que encontraría debajo.
Fue su primer accidente cerebro vascular.
ACV, así lo llaman. Una sigla a la que acabamos por acostumbrarnos.
Comenzó como “Papá tuvo un ACV”. Con el tiempo, de tanto hablar con los médicos adoptamos su jerga y acabó siendo “Papá hizo otro ACV”, como si el pobre cretino hubiera tenido alguna responsabilidad en el asunto.
No era así. El primero lo provocó la tanga turquesa de Elena. El segundo, mi inolvidable show con la señora López Vázquez. Luego de eso, comenzó a fabricar acevés en serie para reemplazarme, definitivamente, como Monstruosidad Familiar.
Hasta el momento en que papá quedó convertido en una marioneta babeante, yo fui el Accidente de la familia.
La noche del primer ACV, mientras esperábamos al médico y mi hermana practicaba una incestuosa respiración artificial en la mueca despectiva que desde entonces mi padre llevaría en la boca, fui a mi cuarto con el vestido de Elena. Me planté frente al espejo y lo coloqué delante de mi cuerpo. Apenas me llegaba al ombligo. Lo juro.
De no haber sido por la rápida llegada de los médicos hubiera pensado en él como El Arma Homicida.
También estaba la tanga, claro.
Es curioso tener que llegar a la edad adulta para comprender cuanto se parecían los culos de mis hermanos.
Qué horror
viernes, 30 de julio de 2010
5. Crisis nerviosa del inspector Salvides. Primeros síntomas
Ilícito en el foro de discusión de amarillas.com. Se requieren niños de hasta ocho años para satisfacer demanda de importantes clientes del exterior.
La oficial Quintana seguía una pista de traficantes de niños. Lo explicó en la Reunión Semanal de Evaluación.
–Hay algo más que un negocio de adopción ilegal –dijo.
Salvides la miró con su habitual expresión atontada.
–Son traficantes de órganos –explicó Quintana.
El rostro de Salvides se contrajo como una pasa de uva en vinagre. Es un hombre simple cuyo mayor contacto con el crimen tuvo lugar en una marcha de protesta de estudiantes de Historia del Arte.
–¿Qué dice? –balbuceó.
Parecía creer que la oficial Quintana era la autora del horrible ilícito. La oficial se revolvió incomoda y alisó su falda. Entre paréntesis, ésta se había subido unos centímetros por encima de las rodillas y todos lanzamos un suspiro de decepción.
–Es una cuestión de mercado –intervino Johnny.
Salvides tartamudeó:
–No me diga que...
Aparté dolorosamente la vista de las rodillas de la oficial Quintana y la volví hacia Salvides. La aclaración de Johnny aludía a la ley de la oferta y la demanda: si existe un tipo lo bastante rico como para pagar enormes sumas de dinero por algo que requiera en forma urgente, siempre va a aparecer algún otro que consiga el modo de procurárselo.
Ese era el “mercado” del que hablaba Johnny: nada que ver con la dantesca imagen que cruzó por la mente del inspector Salvides. Lo supe en el mismo instante en que no pudo terminar la frase y sus ojitos comenzaron a saltar de uno a otro buscando una rectificación o un consuelo, algo así como que había comprendido mal, o sufría alucinaciones y el mundo no era la inmensa bola de mierda que es, sino una Creación del Señor.
Podría asegurar que lo comprendí antes de que el propio inspector acabara de tomar conciencia de la disparatada idea que cruzaba por su mente.
Y comencé a reír.
Y ya no pude dejar de hacerlo, puesto que cuando lograba controlarme un segundo, el suficiente como para entrever a través de las lágrimas el rostro desorientado de Salvides, volvía a estallar en carcajadas, doblado en dos sobre la butaca. Hasta que Johnny me llevó al baño, tratando a su vez de contener su propia hilaridad, me mojó la cara (entre carcajadas) y me dio una pastilla.
Nota: Hablar con Iraola. El inspector Salvides no está, definitivamente, a la altura de sus responsabilidades.
Marqué el lugar donde solicitaban niños para exportación y fui hasta el escritorio de la oficial Quintana. Tiene un pequeño privado en el lado opuesto del salón, con vista al patio donde crecen centenarias palmeras, colmadas de dátiles y gorriones. Yo, en cambio, patrullo frente a una pared. Por eso soy eficiente.
La oficial Quintana miraba distraídamente un racimo de dátiles.
–Tengo una pista –dije.
La oficial saltó en el asiento.
¿Saben? Sueno como un perro pekinés pidiendo una golosina. Por más que me empeñe, fracaso irremisiblemente en todos mis esfuerzos por lograr un tono de voz más recio.
–De la venta de chicos –agregué.
–¿Por qué no avisás antes de hablar?
Era una sugerencia extravagante que se prestaba para una disquisición de imprevisibles consecuencias, como las que atormentan a Salvides, pero la expresión de la oficial Quintana era de pocos, o más bien, ningún amigo. No supe qué decir y señalé la pantalla de la computadora.
–Tengo una pista.
–Me pareció haber escuchado algo así, hace un segundo.
Hice un conejito.
Me explico: consiste en arrugar la nariz de manera graciosa y entrecerrar los ojos. Lo practico varias veces al día delante de un espejo desde que se lo vi hacer a un periodista de televisión.
La oficial Quintana no se conmovió.
–Pero también pensé –dijo– que alguien había raspado una lata con las uñas.
Se estaba poniendo ingeniosa. Adoro a las mujeres ingeniosas. Hice otro conejito. Me miró intrigada.
–¿Te pasa algo? –Y sin darme tiempo para responder añadió–: No quiero saberlo. Cualquier cosa que necesites decir me la comunicás por escrito. No te quiero escuchar nunca más. Y tratá de mantenerte lo más lejos de mí que te resulte posible. Va a ser lo mejor para vos.
Hay situaciones difíciles, de las que cuesta salir airoso. Y no todos tenemos iguales posibilidades ni los mismos recursos. Rolo, en mi lugar, hubiera tomado a la oficial Quintana de la cintura para estamparle un beso en medio de la boca y de paso hacerle sentir la presencia de su bulto, aunque no estoy seguro de los resultados: sospecho que se lo envuelve en una venda. Una vez le comenté que eso hacían los bailarines de ballet y se sonrojó.
Johnny, en cambio, le hubiera suministrado alguna pastilla. Tiene de toda clase y para cada ocasión. Pero ¿qué podía hacer yo?
–¿Algo más? –dije con una sonrisa
La oficial Quintana enrojeció. Había cerrado los puños y tenía los hombros levemente alzados. Hice otro conejito y regresé a mi escritorio.
Tengo que hablar con Johnny. Es preciso hacer algo con la oficial Quintana, y en forma urgente. En cualquier momento Salvides será encerrado en un psiquiátrico y puede ser ella quien lo reemplace.
La pasaré muy mal.
Euforia en Tel Aviv. El efecto avalancha sobre el Primer Ministro fue impresionante. El canal estatal israelí dio marcha atrás y repuso Fútbol de Primera.
Tendría que haberme dado cuenta ayer, por la sonrisa irónica de Macaya Márquez y el brillo malicioso de sus pupilas. Saboreaba el triunfo, pero sin hacer alharaca, como corresponde a un sportman.
Me sumé a los festejos.
“Boca Juniors es eterno como el agua y el aire”, escribí.
“Y el tetrabrik” –agregó un desubicado.
Un tal “Reiphnol” opinó que de todas maneras debíamos visitar al Primer Ministro y pegarle una apretada.
Supuse que en Israel eso sería considerado un ilícito. No me preocupó tanto la salud del Primer Ministro como verme envuelto –y por mi intermedio la Policía Federal Argentina– en un incidente internacional.
Mientras meditaba sobre la conveniencia de debilitar a la número 12 lanzándola sobre el ejército israelí, en un sector de la popular empezaron las trompadas. Volví rápidamente hacia atrás. Envalentonados por el triunfo, los barrabravas de Tel Aviv habían pedido una avalancha sobre el Hamas para detener una ola de atentados terroristas. Ahí empezó la bronca.
“Para su información –escribía un tal Beto Beep– esta es una red boquense. Como su nombre claramente lo indica sirve para tratar asuntos futbolísticos, en especial, los que atañen al glorioso Boca Juniors. Les estaríamos todos muy agradecidos si tuvieran a bien canalizar sus justos reclamos a través de la Red Sionista”.
Un provocador. Y, tal como había sospechado, carecía de nombre electrónico. Utilizaba un alias: Beto Beep.
Me explico: un nombre electrónico y un alias vienen a significar casi lo mismo en lo que se refiere a ocultar la identidad. Si bien es posible rastrear un nombre electrónico difícilmente un servidor se avenga a brindarnos información, mucho más si se encuentra en Nueva Delhi, o Moscú. Por eso se cometen tantos ilícitos en Internet. Y no damos abasto: es como patrullar Los Ángeles durante un disturbio racial. Pero cuando uno se toma el trabajo de configurar el programa para que no aparezca el nombre electrónico, tal como hacemos en la Brigada, es porque pretende actuar no en forma anónima sino directamente clandestina.
Por más vueltas que le di al asunto, encontré dos posibles razones para explicar las precauciones de Beto Beep: se disponía a cometer un ilícito o era un colega.
Y aclaro para evitar malentendidos: un colega es otro policía en operaciones.
Iraola asintió, en silencio, con grandes cabezadas, sin apartar la vista de la pantalla. Aproveché que había venido de patrulla para informarle en forma directa, sin pasar por el filtro de la obtusa mentalidad de Salvides. Salvides habría argumentado que el provocador podía ser un hincha de River, por ejemplo. O de Atlanta. “¿Acaso usted no es de San Lorenzo?”.
Tiene el modo de pensar, ramplón y retorcido a la vez, de mi hermano Rolo.
El otro día, después de sacarme de encima de Marilín, Rolo me zamarreó un buen rato tirando de los pelos de mi nuca. Tengo mucha sensibilidad en los pelos de la nuca. Y en el cuello. Si usted me toca imprevistamente el cuello puedo sobresaltarme y lanzar por los aires cualquier cosa que tenga en mi mano.
Ya me pasó, hace unos años.
Estábamos en el café, con un grupo de amigos. Amigos del café, se entiende. Que no son exactamente los amigos del barrio, ni los de la escuela. La gente se mueve en distintos círculos y en forma simultánea, y en cada uno adopta un rol y hasta una personalidad diferente. Menos yo. En todas partes siempre fui Pirulo. Por culpa de Aníbal. Era amigo del barrio, del café y de la escuela. Y hasta venía a mi casa a tomar la leche.
Fue Aníbal, justamente, quien en aquella mesa del café no tuvo mejor idea que tocarme el cuello mientras yo llevaba la taza a mis labios. Gritó algo así como ¡Zazam! y me aplicó un falso golpe de karate en la garganta. La taza voló por los aires, caí hacia atrás y derribé la mesa.
–¡Pirulo y la puta que te parió! –gritaron todos, a coro.
Pirulo nació en el barrio. Y por boca de Aníbal se extendió en la escuela y el café. En casa lo introdujo Rolo. Y lo escupía con desprecio Elena durante nuestras frecuentes peleas. Ser el hermano menor me había convertido en el puching ball de la familia. Mamá tenía únicamente ojos para Rolo, papá había comenzado el consabido romance incestuoso con Elena, y yo permanecía ahí, como un enorme e incómodo testigo de sus perversiones.
–Pirulo, alcanzame la sal –decía papá en las pocas ocasiones en que llegó a dirigirme la palabra luego del diagnóstico del doctor López Vázquez.
Cuando el propio padre se suma a la lapidación, ya todo está perdido.
Después de sacarme de encima de Marilín, Rolo comenzó a zamarrearme de un lado para otro. El dolor me hacía ver estrellitas de colores y me impedía dar una respuesta satisfactoria a sus requerimientos. De todas maneras, Rolo no hubiera alcanzado a escuchar: su vozarrón de oficial instructor parecía llenar el espacio con una sustancia sólida.
Yo nunca pude gritar. Cualquiera diría que no es así, pero cuando quiero gritar mi voz desaparece.
O supera el umbral auditivo de los humanos.
Un día probaré con un perro.
Rolo se cansó de jugar conmigo a la batidora eléctrica y me arrojó contra una pared, para luego acusarme de haber querido violar a su novia tal como había violado a la señora López Vázquez.
Abrí los ojos y lo miré sorprendido. Ese había sido el rumor que Aníbal esparció en la escuela: “Pirulo se cogió una mina en la pista de baile”.
Desde ya, Aníbal había visto poco y nada, y durante todo el incidente permaneció en nuestra mesa envuelto en una nube de alcohol. Nos echaron juntos del salón y juntos orinamos sobre el automóvil del doctor López Vázquez, que esta vez exhibía la presuntuosa placa de médico, y juntos llegamos, tambaleando, hasta el café, donde planeábamos seguir la juerga.
Pienso que Aníbal nunca creyó seriamente en su versión, pero lanzó el rumor como quien arroja una piedra pequeña por la ladera de un monte, para ver qué podía pasar.
Siempre tuve el tino de desmentirlo, aunque sin mostrar mucha convicción y fingiendo un aire de falsa modestia. Ya en ese entonces percibí que mis compañeros empezaban a mirarme de otra manera, como si al fin y al cabo yo también fuese un ser humano. Pronto comenzaron a invitarme a sus fiestas, se buscaron otro puching ball y pude finalizar el secundario sin mayores sobresaltos.
Las consecuencias negativas de mi nuevo éxito social las sufrió Libermann, mi suplente. Lo siento por él, pero no fue mi culpa. Al fin de cuentas, Libermann venía haciendo precalentamiento al borde de la línea de cal. Y reunía todas las condiciones para haber sido titular, desde el primer día. Si en un principio resulté el elegido, fue debido a que resulta agradable pegarme. Presento una consistencia semejante a la goma espuma.
Libermann es médico. Y se casó.
Me gustaría conocer a su esposa.
La oficial Quintana seguía una pista de traficantes de niños. Lo explicó en la Reunión Semanal de Evaluación.
–Hay algo más que un negocio de adopción ilegal –dijo.
Salvides la miró con su habitual expresión atontada.
–Son traficantes de órganos –explicó Quintana.
El rostro de Salvides se contrajo como una pasa de uva en vinagre. Es un hombre simple cuyo mayor contacto con el crimen tuvo lugar en una marcha de protesta de estudiantes de Historia del Arte.
–¿Qué dice? –balbuceó.
Parecía creer que la oficial Quintana era la autora del horrible ilícito. La oficial se revolvió incomoda y alisó su falda. Entre paréntesis, ésta se había subido unos centímetros por encima de las rodillas y todos lanzamos un suspiro de decepción.
–Es una cuestión de mercado –intervino Johnny.
Salvides tartamudeó:
–No me diga que...
Aparté dolorosamente la vista de las rodillas de la oficial Quintana y la volví hacia Salvides. La aclaración de Johnny aludía a la ley de la oferta y la demanda: si existe un tipo lo bastante rico como para pagar enormes sumas de dinero por algo que requiera en forma urgente, siempre va a aparecer algún otro que consiga el modo de procurárselo.
Ese era el “mercado” del que hablaba Johnny: nada que ver con la dantesca imagen que cruzó por la mente del inspector Salvides. Lo supe en el mismo instante en que no pudo terminar la frase y sus ojitos comenzaron a saltar de uno a otro buscando una rectificación o un consuelo, algo así como que había comprendido mal, o sufría alucinaciones y el mundo no era la inmensa bola de mierda que es, sino una Creación del Señor.
Podría asegurar que lo comprendí antes de que el propio inspector acabara de tomar conciencia de la disparatada idea que cruzaba por su mente.
Y comencé a reír.
Y ya no pude dejar de hacerlo, puesto que cuando lograba controlarme un segundo, el suficiente como para entrever a través de las lágrimas el rostro desorientado de Salvides, volvía a estallar en carcajadas, doblado en dos sobre la butaca. Hasta que Johnny me llevó al baño, tratando a su vez de contener su propia hilaridad, me mojó la cara (entre carcajadas) y me dio una pastilla.
Nota: Hablar con Iraola. El inspector Salvides no está, definitivamente, a la altura de sus responsabilidades.
Marqué el lugar donde solicitaban niños para exportación y fui hasta el escritorio de la oficial Quintana. Tiene un pequeño privado en el lado opuesto del salón, con vista al patio donde crecen centenarias palmeras, colmadas de dátiles y gorriones. Yo, en cambio, patrullo frente a una pared. Por eso soy eficiente.
La oficial Quintana miraba distraídamente un racimo de dátiles.
–Tengo una pista –dije.
La oficial saltó en el asiento.
¿Saben? Sueno como un perro pekinés pidiendo una golosina. Por más que me empeñe, fracaso irremisiblemente en todos mis esfuerzos por lograr un tono de voz más recio.
–De la venta de chicos –agregué.
–¿Por qué no avisás antes de hablar?
Era una sugerencia extravagante que se prestaba para una disquisición de imprevisibles consecuencias, como las que atormentan a Salvides, pero la expresión de la oficial Quintana era de pocos, o más bien, ningún amigo. No supe qué decir y señalé la pantalla de la computadora.
–Tengo una pista.
–Me pareció haber escuchado algo así, hace un segundo.
Hice un conejito.
Me explico: consiste en arrugar la nariz de manera graciosa y entrecerrar los ojos. Lo practico varias veces al día delante de un espejo desde que se lo vi hacer a un periodista de televisión.
La oficial Quintana no se conmovió.
–Pero también pensé –dijo– que alguien había raspado una lata con las uñas.
Se estaba poniendo ingeniosa. Adoro a las mujeres ingeniosas. Hice otro conejito. Me miró intrigada.
–¿Te pasa algo? –Y sin darme tiempo para responder añadió–: No quiero saberlo. Cualquier cosa que necesites decir me la comunicás por escrito. No te quiero escuchar nunca más. Y tratá de mantenerte lo más lejos de mí que te resulte posible. Va a ser lo mejor para vos.
Hay situaciones difíciles, de las que cuesta salir airoso. Y no todos tenemos iguales posibilidades ni los mismos recursos. Rolo, en mi lugar, hubiera tomado a la oficial Quintana de la cintura para estamparle un beso en medio de la boca y de paso hacerle sentir la presencia de su bulto, aunque no estoy seguro de los resultados: sospecho que se lo envuelve en una venda. Una vez le comenté que eso hacían los bailarines de ballet y se sonrojó.
Johnny, en cambio, le hubiera suministrado alguna pastilla. Tiene de toda clase y para cada ocasión. Pero ¿qué podía hacer yo?
–¿Algo más? –dije con una sonrisa
La oficial Quintana enrojeció. Había cerrado los puños y tenía los hombros levemente alzados. Hice otro conejito y regresé a mi escritorio.
Tengo que hablar con Johnny. Es preciso hacer algo con la oficial Quintana, y en forma urgente. En cualquier momento Salvides será encerrado en un psiquiátrico y puede ser ella quien lo reemplace.
La pasaré muy mal.
Euforia en Tel Aviv. El efecto avalancha sobre el Primer Ministro fue impresionante. El canal estatal israelí dio marcha atrás y repuso Fútbol de Primera.
Tendría que haberme dado cuenta ayer, por la sonrisa irónica de Macaya Márquez y el brillo malicioso de sus pupilas. Saboreaba el triunfo, pero sin hacer alharaca, como corresponde a un sportman.
Me sumé a los festejos.
“Boca Juniors es eterno como el agua y el aire”, escribí.
“Y el tetrabrik” –agregó un desubicado.
Un tal “Reiphnol” opinó que de todas maneras debíamos visitar al Primer Ministro y pegarle una apretada.
Supuse que en Israel eso sería considerado un ilícito. No me preocupó tanto la salud del Primer Ministro como verme envuelto –y por mi intermedio la Policía Federal Argentina– en un incidente internacional.
Mientras meditaba sobre la conveniencia de debilitar a la número 12 lanzándola sobre el ejército israelí, en un sector de la popular empezaron las trompadas. Volví rápidamente hacia atrás. Envalentonados por el triunfo, los barrabravas de Tel Aviv habían pedido una avalancha sobre el Hamas para detener una ola de atentados terroristas. Ahí empezó la bronca.
“Para su información –escribía un tal Beto Beep– esta es una red boquense. Como su nombre claramente lo indica sirve para tratar asuntos futbolísticos, en especial, los que atañen al glorioso Boca Juniors. Les estaríamos todos muy agradecidos si tuvieran a bien canalizar sus justos reclamos a través de la Red Sionista”.
Un provocador. Y, tal como había sospechado, carecía de nombre electrónico. Utilizaba un alias: Beto Beep.
Me explico: un nombre electrónico y un alias vienen a significar casi lo mismo en lo que se refiere a ocultar la identidad. Si bien es posible rastrear un nombre electrónico difícilmente un servidor se avenga a brindarnos información, mucho más si se encuentra en Nueva Delhi, o Moscú. Por eso se cometen tantos ilícitos en Internet. Y no damos abasto: es como patrullar Los Ángeles durante un disturbio racial. Pero cuando uno se toma el trabajo de configurar el programa para que no aparezca el nombre electrónico, tal como hacemos en la Brigada, es porque pretende actuar no en forma anónima sino directamente clandestina.
Por más vueltas que le di al asunto, encontré dos posibles razones para explicar las precauciones de Beto Beep: se disponía a cometer un ilícito o era un colega.
Y aclaro para evitar malentendidos: un colega es otro policía en operaciones.
Iraola asintió, en silencio, con grandes cabezadas, sin apartar la vista de la pantalla. Aproveché que había venido de patrulla para informarle en forma directa, sin pasar por el filtro de la obtusa mentalidad de Salvides. Salvides habría argumentado que el provocador podía ser un hincha de River, por ejemplo. O de Atlanta. “¿Acaso usted no es de San Lorenzo?”.
Tiene el modo de pensar, ramplón y retorcido a la vez, de mi hermano Rolo.
El otro día, después de sacarme de encima de Marilín, Rolo me zamarreó un buen rato tirando de los pelos de mi nuca. Tengo mucha sensibilidad en los pelos de la nuca. Y en el cuello. Si usted me toca imprevistamente el cuello puedo sobresaltarme y lanzar por los aires cualquier cosa que tenga en mi mano.
Ya me pasó, hace unos años.
Estábamos en el café, con un grupo de amigos. Amigos del café, se entiende. Que no son exactamente los amigos del barrio, ni los de la escuela. La gente se mueve en distintos círculos y en forma simultánea, y en cada uno adopta un rol y hasta una personalidad diferente. Menos yo. En todas partes siempre fui Pirulo. Por culpa de Aníbal. Era amigo del barrio, del café y de la escuela. Y hasta venía a mi casa a tomar la leche.
Fue Aníbal, justamente, quien en aquella mesa del café no tuvo mejor idea que tocarme el cuello mientras yo llevaba la taza a mis labios. Gritó algo así como ¡Zazam! y me aplicó un falso golpe de karate en la garganta. La taza voló por los aires, caí hacia atrás y derribé la mesa.
–¡Pirulo y la puta que te parió! –gritaron todos, a coro.
Pirulo nació en el barrio. Y por boca de Aníbal se extendió en la escuela y el café. En casa lo introdujo Rolo. Y lo escupía con desprecio Elena durante nuestras frecuentes peleas. Ser el hermano menor me había convertido en el puching ball de la familia. Mamá tenía únicamente ojos para Rolo, papá había comenzado el consabido romance incestuoso con Elena, y yo permanecía ahí, como un enorme e incómodo testigo de sus perversiones.
–Pirulo, alcanzame la sal –decía papá en las pocas ocasiones en que llegó a dirigirme la palabra luego del diagnóstico del doctor López Vázquez.
Cuando el propio padre se suma a la lapidación, ya todo está perdido.
Después de sacarme de encima de Marilín, Rolo comenzó a zamarrearme de un lado para otro. El dolor me hacía ver estrellitas de colores y me impedía dar una respuesta satisfactoria a sus requerimientos. De todas maneras, Rolo no hubiera alcanzado a escuchar: su vozarrón de oficial instructor parecía llenar el espacio con una sustancia sólida.
Yo nunca pude gritar. Cualquiera diría que no es así, pero cuando quiero gritar mi voz desaparece.
O supera el umbral auditivo de los humanos.
Un día probaré con un perro.
Rolo se cansó de jugar conmigo a la batidora eléctrica y me arrojó contra una pared, para luego acusarme de haber querido violar a su novia tal como había violado a la señora López Vázquez.
Abrí los ojos y lo miré sorprendido. Ese había sido el rumor que Aníbal esparció en la escuela: “Pirulo se cogió una mina en la pista de baile”.
Desde ya, Aníbal había visto poco y nada, y durante todo el incidente permaneció en nuestra mesa envuelto en una nube de alcohol. Nos echaron juntos del salón y juntos orinamos sobre el automóvil del doctor López Vázquez, que esta vez exhibía la presuntuosa placa de médico, y juntos llegamos, tambaleando, hasta el café, donde planeábamos seguir la juerga.
Pienso que Aníbal nunca creyó seriamente en su versión, pero lanzó el rumor como quien arroja una piedra pequeña por la ladera de un monte, para ver qué podía pasar.
Siempre tuve el tino de desmentirlo, aunque sin mostrar mucha convicción y fingiendo un aire de falsa modestia. Ya en ese entonces percibí que mis compañeros empezaban a mirarme de otra manera, como si al fin y al cabo yo también fuese un ser humano. Pronto comenzaron a invitarme a sus fiestas, se buscaron otro puching ball y pude finalizar el secundario sin mayores sobresaltos.
Las consecuencias negativas de mi nuevo éxito social las sufrió Libermann, mi suplente. Lo siento por él, pero no fue mi culpa. Al fin de cuentas, Libermann venía haciendo precalentamiento al borde de la línea de cal. Y reunía todas las condiciones para haber sido titular, desde el primer día. Si en un principio resulté el elegido, fue debido a que resulta agradable pegarme. Presento una consistencia semejante a la goma espuma.
Libermann es médico. Y se casó.
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