Página de afrodisíacos de la encantadora doctora Zubar:
En el lejano oriente muchas partes del cuerpo del tigre son consideradas poderosos afrodisíacos, incluidos colmillos, sebo, hígado y, especialmente, pene, que los mamíferos, lamentablemente, poseen uno solo.
Un tazón de sopa de pene de tigre puede costar 350 dólares en Taiwan y 400 en Corea del Sur. Y tendrá maravillosos efectos: al igual que el propio tigre usted podrá hacer el amor en forma ininterrumpida ¡por casi 15 segundos!
Los bigotes del tigre son usados como afrodisíaco en Indonesia, pero en Malasia el mismo preparado es tenido por un veneno muy poderoso.
Recuerden, empero, que todas las especies de tigres se encuentran en peligro de extinción. ¿Por qué entonces no triturar espinas de puercoespín como sustituto de los bigotes del tigre? Al fin y al cabo, las espinas son mucho más rígidas y erectas.
En el velorio de mamá, una compungida Carola apenas si se separó de mi lado para ir al tocador. También quiso acercarse a Rolo, pero Rolo estaba muy ocupado velando a su verdadera madre como para fijarse en sustitutos y no le prestó atención. Carola volvió a mi lado y me tomó la mano. Pasamos más de una hora tomados de la mano. Y dormité en su hombro. Y dormitó en mi hombro. Esto se prestó a murmuraciones.
“Pirulo tiene novia”. “Miralo al gordo”. “¿No era que a ése no le habían bajado los testículos?”.
Todos cuchicheaban. Y el bancario no nos sacaba los ojos de encima. Tampoco mi hermana. Su mirada iba de Carola al bancario y del bancario a Carola. Los años habían causando estragos en las facciones de Elena, deformadas como arcilla fresca. Tenía grandes ojeras y las mejillas, derramadas hasta la altura de la mandíbula, le conferían un inconfundible aire a bull dog con hidrofobia. También enseñaba los colmillos. Eso era cuando sorprendía al bancario hipnotizado por las piernas de Carola.
El bancario había engordado de caderas y tenía más cara de imbécil que nunca, pero en líneas generales se veía mejor conservado que Elena. Las sienes canosas le daban respetabilidad y el bigote, ennegrecido a fuerza de rimel, una cierta apostura.
Nemo me impune lacessit, nemo me impune lacessit.
Me puse de pie
–Vení que te presento.
Carola debía dormitar, pues miró sobresaltada a su alrededor. Al mismo tiempo hice una seña a mi cuñado. Comprendió al instante y se echó a andar en nuestra dirección como si yo lo jalase con una piola. Carola se incorporó con un desperezo felino. Podría decir que casi llegué a escuchar el corazón de mi cuñado golpeando dentro de su pecho.
Tumba retumba, tumba retumba.
Hice las presentaciones. Carola no sabía muy bien qué era lo que estaba ocurriendo– aún seguía medio adormilada– y dejó que el bancario la besara en la mejilla. Aprovechando que no la soltaba pedí permiso para ausentarme.
–Necesito unos segundos de recogimiento –dije.
El bancario se sobresaltó, aun sin advertir que, más allá, en el centro del salón, Elena miraba hacia nosotros exhibiendo toda su ferocidad.
Pasé junto a ella haciéndome el desentendido y salí a la calle. Justo a tiempo.
Verán –y presten atención a lo que les digo–, si estamos movidos por una buena causa, a veces obtenemos la justa recompensa. Vengarme de los agravios era una buena causa. Y merecía la justa recompensa. Lo descubrí en ese instante, en cuanto salí a la calle y vi a Libermann bajar de un taxi en la puerta del velatorio: de haberme quedado en la sala un minuto más, Libermann me hubiera sorprendido junto a Caról, la amante del Hombre Araña. Me iba a resultar arduo darle alguna explicación medianamente satisfactoria.
En su infinita misericordia Dios había decidido brindarme Su protección. Después de haberme encerrado para siempre en un envase defectuoso, sin atractivos ni gracia, ni siquiera una patética simpatía, con mi vocecita de perro pequinés y un aterciopelado pirulín de preescolar, para luego arrojarme indefenso dentro de una familia de crápulas, por fin el Gran Dios se acordaba de mí. Todo, absolutamente todo era parte de Su plan. Tuve esa revelación. Yo era Su instrumento y ejecutaba Su partitura.
Libermann me abrazó.
–Pirulo, hermano.
Apestaba a alcohol. E ignoraba lo que esa clase de parentesco podía significar para él.
–Gracias por venir –dije. Una frase de circunstancia.
Libermann también se puso obvio.
–Mi pésame.
Quedamos en silencio unos segundos, mirando el tránsito. Algo debía hacer, aunque no tenía idea qué. Dios estaba de mi lado, pero no podía confiarme. Por el asunto del libre albedrío y todo eso. Cada uno es libre de cavarse la propia tumba en el infierno. Yo no quiero esa clase de libertad, me dije, yo quiero Ayuda.
Fíjense en la debilidad del alma humana que, tres minutos después de revelada, ya había comenzado a abjurar de mi Fe.
Me rehice. Dios no me perdonaría si volvía a dudar de Él. Dejemos que las cosas sigan su curso. ¿Qué podía pasarme? ¿Qué más podía pasarme?
Sentí que debía dejarme llevar, lo que no me tranquilizó en absoluto. Eso mismo me había dicho la señora López Vázquez.
–No sé bailar –balbucee sin poder apartar la vista de su escote mientras ella tiraba de mi brazo para arrastrarme a la pista.
–Escuchá la música, querido –dijo dulcemente la señora López Vázquez– Dejate llevar
Hice caso de su consejo. Y vean ustedes cómo terminó todo.
Mi problema ahora era que Libermann seguía en tren pelotudo.
–Quiero ver a tu madre –dijo–. ¿Venís?
Miré hacia el interior del velatorio donde me acechaba la desgracia. La oficial Quintana era integrante efectiva de la Fuerza. Debía llevar un arma en su cartera. Si Libermann abría la boca yo no tendría ni siquiera la oportunidad de un juicio justo.
Sacudí la cabeza. Era un consuelo saber que todavía la conservaba sobre los hombros, intacta.
–Prefiero recordarla viva.
Libermann pareció dudar. Pero el morbo pudo más.
–Será apenas un momento. Ya vengo.
Permanecí junto a la puerta del velatorio, a la expectativa, por así decirlo. En cuanto escuchara los gritos, saldría corriendo.
Pasaron varios minutos en los que recibí los pésames de perfectos desconocidos sin significación alguna para mí. Yo, en cambio, era para ellos una parte importante del pasado, una nota de color en sus tristes vidas, una leyenda. Todos me recordaban.
Un muchacho de unos 17 años se detuvo frente a mí. Su rostro no me dijo nada, como no lo dice casi ningún rostro adolescente. Todo está por resolverse. Es un campo de batalla en el que la madre y el padre luchan por prevalecer, donde todavía permanece el niño que fue y el adulto que no acaba de ser.
Ese nunca fue mi caso: luzco tan mofletudo y atontado como en mi primera fotografía.
El muchacho me sonrió.
–¡Tío, que alegría verte! Perdón –agregó, recordando el velorio.
El pobre debía hacer enormes esfuerzos para sentir alguna tristeza por la muerte de su abuela loca. Lo estreché en un abrazo, sin poder determinar si era el copiloto o el mecánico. Habían pasado tantos años...
–¡Te acordás cómo volábamos!
El copiloto. Y su admiración era sincera. Mis ojos se llenaron de lágrimas.
–Está bien, tío. Es mejor así. La pobre estaba muy mal.
–Sí, sí. –Le seguí la corriente. Era muy joven para comprender lo que sus palabras habían significado para mí.
Le di unas palmadas afectuosas en el hombro.
–Después nos vemos. Ahora andá a saludar a tu mamá.
Lo vi entrar al velatorio, preguntándome como un muchacho tan bueno podía ser el fruto de la unión de una víbora con un escarabajo. Sí, era una prueba viviente de la existencia de Dios. Y Dios estaba del lado de los justos, de los santos y los inocentes. Por ejemplo, hacía ya un rato que Libermann había entrado al velatorio y no se había producido ningún tumulto. Salió un momento después, pálido como un cadáver albino. ¿Tanto lo había afectado la muerte de mamá? Si él jamás la había visto...
Se apoyó contra mí.
–¿Qué te pasa, Lito? Reaccioná.
Lo zamarreaba con excesiva violencia, pero Libermann no protestó.
–Ahí adentro...
¿Qué había pasado? ¿Tan desfigurada estaba mi madre?
–... vi al Hombre Araña.
–¡No!
Libermann asintió.
–No puede ser –dije–. ¿Estás seguro?
–Y también está la amante, Caról. ¿Crees que podría no reconocerla?
Difícilmente, pensé, pero me dejé llevar:
–¿Vestida?
–Y claro que vestida –exclamó Libermann luego de un sobresalto. ¿Cómo querés que esté?
Me alcé de hombros. A buen entendedor…
–Y el Hombre Araña –pregunté, como para cambiar de tema– ¿vino de incógnito o con el traje?
Libermann retrocedió.
–¿Te volviste loco? ¿Cómo va a venir vestido de Hombre Araña?
–El loco sos vos. ¿Cómo sabés que es él?
A esta altura ustedes comprenderán que yo intentaba proteger a Johnny. No lo había visto en el velorio pero era posible que hubiera entrado sin que yo lo advirtiera.
–Estoy seguro –insistió Libermann.
–¿Te vieron?
–Creo que no.
–Mejor así. Ahora mostrame quienes son, pero con disimulo.
Nos asomamos a la sala. Espié por encima de la cabeza de Libermann.
–¿Ves ahí, en el rincón?
Señaló a Carola.
–¿Es ella? –pregunté.
–Sí, sí.
–¿Y el Hombre Araña?
–El que está al lado, de pantalón azul.
–¡No puede ser..!
Arrastré a Libermann a la calle.
–¿Estás seguro de haber hecho una identificación positiva?
Libermann se aterró.
–¿Me vas a llevar con el juez? Mirá que me prometiste...
–Lo prometido es deuda –lo tranquilicé–. Pero quiero saber si estás completamente seguro.
–Completamente –repuso Libermann.
Me apoyé contra la pared y me llevé las manos a la cara.
–Esto es terrible.
Libermann me miraba intrigado.
–¡No puedo creer tamaña felonía! –exageré.
–¿Qué pasa, Pirulo? Acaso...
Asentí.
–¡Lo conocés! –exclamó–. ¿Quién es?
Lo miré a los ojos.
–¿Quién es? –insistió Libermann.
–Mi cuñado.
Archivo del blog
-
►
2010
(24)
- ► 07/11 - 07/18 (3)
- ► 07/18 - 07/25 (1)
- ► 07/25 - 08/01 (2)
- ► 08/01 - 08/08 (1)
- ► 08/08 - 08/15 (2)
- ► 08/22 - 08/29 (1)
- ► 08/29 - 09/05 (1)
- ► 09/05 - 09/12 (1)
- ► 09/12 - 09/19 (1)
- ► 09/19 - 09/26 (1)
- ► 09/26 - 10/03 (1)
- ► 10/10 - 10/17 (2)
- ► 10/17 - 10/24 (1)
- ► 10/31 - 11/07 (1)
- ► 11/07 - 11/14 (1)
- ► 11/21 - 11/28 (1)
- ► 11/28 - 12/05 (1)
- ► 12/05 - 12/12 (1)
- ► 12/12 - 12/19 (1)
-
▼
2011
(16)
- ► 01/09 - 01/16 (1)
- ► 01/23 - 01/30 (1)
- ► 02/06 - 02/13 (1)
- ► 02/13 - 02/20 (1)
- ► 02/20 - 02/27 (1)
- ► 03/06 - 03/13 (1)
- ► 03/13 - 03/20 (1)
- ► 03/27 - 04/03 (1)
- ► 04/03 - 04/10 (1)
- ► 04/10 - 04/17 (1)
- ► 04/24 - 05/01 (2)
- ► 05/08 - 05/15 (1)
- ► 05/15 - 05/22 (1)
- ► 05/22 - 05/29 (1)
lunes, 7 de febrero de 2011
jueves, 27 de enero de 2011
25. Un giro inesperado
Conseguí abrir otro de los archivos de la oficial Quintana, un informe sobre los integrantes de la patrulla, de unos meses atrás. Es una muchacha perspicaz: comienza mostrando preocupación por el equilibrio emocional de Salvides. Lo tilda además de mojigato y obtuso. Bien por Carola.
Esta chica cada día me gusta más, pero quisiera saber para quién trabaja. Dudo que sea para Iraola, que está en condiciones de apreciar por sí mismo lo que ocurre en la Brigada, aunque últimamente casi no viene a patrullar. Y sigue con una sonrisa tan deslucida que da pena verlo. Si hasta me siento culpable por haberlo involucrado en el caso Libermann. Lo hice sin pensar, llevado vaya uno a saber por qué oscuros sentimientos. O presentimientos.
Verán, no puedo quitarme de la cabeza la idea de que el subcomisario tiene algo que ver con la foto de Rolo que encontré en los archivos de Carola. Porque es Rolo, tiene que serlo. Estoy seguro. La abro todos los días y la reviso minuciosamente tratando de encontrar algún detalle que me confirme su identidad, pero no puedo apartar mis ojos de su redondo culo de muchachita, tan parecido al de Elena. Y siento vahídos. Antes de caer al precipicio.
A veces me rebelo contra mi presentimiento. No puedo creer que mi hermano, mi propio hermano, mi idolatrado hermano, el hijo de puta que desguazó mi avión y lo arrojó pieza por pieza a la calle para después prenderle fuego, sea el sadomasoquista que se deja fotografiar colgado de un gancho mientras es azotado por una rubia de largas piernas oculta tras una máscara de Batman para que miles de enfermos mentales tengan vahídos por culpa de su culo de muchachita y caigan al precipicio, y todo eso. En fin, que mamá volvería a morir si supiera qué hago mientras miro la fotografía de Rolo, porque es Rolo, tiene que serlo. Estoy seguro.
Olvidé mencionarlo: mamá murió. El propio Rolo vino a avisarme. No llevaba la máscara de cuero y tenía el trasero cuidadosamente oculto por un pulcro pantalón de franela gris. Me desconcertó un poco, porque el pantalón era holgado y probablemente había olvidado meter el pañuelo dentro del calzoncillo pues se veía plano como un maniquí de tienda. Cuando lo descubrí en mi espejo retrovisor izquierdo me pareció un perfecto desconocido, lo que de por sí resultaba muy extraño: en nuestra sección está vedada la entrada a cualquier persona ajena a la Brigada, fuera de Iraola y el Jefe, naturalmente. Pero no existe nada capaz de detener a Rolo cuando se propone algo. Y esta vez se proponía algo: darme la mala noticia.
Antes, se cruzó con la oficial Quintana. La vi en mi retrovisor derecho salir de su despacho. Vestía uniforme y, aunque se había quitado la chaqueta, sus pechos seguían teniendo una forma perturbadora. Llevaba el pelo recogido en un rodete y estaba muy maquillada, tal como prescribe el reglamento.
Desapareció de mi retrovisor derecho y se corporizó en el izquierdo, junto a Rolo, que hizo una inclinación de cabeza y le dirigió una de esas sonrisas deslumbrantes que estremecían a mamá. Carola se ruborizó, bajó los párpados y siguió su camino.
Rolo vino hacia mí. Apoyó una mano en mi hombro.
–Murió mamá.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Supongo que mamá debió haber significado mucho para él. Su congoja me entristeció, realmente. Lo vi de pronto convertido en un niño, con el rubio mechón cayéndole sobre la frente, consentido por mamá. Y eché un sollozo.
Rolo me apretó el cuello, a su manera viril y sadomasoquista.
–Yo sé que vos también la querías mucho –dijo.
–Sí –mentí. O creí hacerlo: me encontraba atrapado en un culebrón venezolano y me costaba discernir con claridad.
Como hermano mayor, Rolo se sintió en la obligación de consolarme.
–También sé que en el fondo de su corazón acabó por perdonarte.
Me cubrí la cara con las manos.
–¡Pobre mamá! –exclamé.
Mi cabeza cayó sobre el teclado de la computadora. Un guionista demente me dictaba los próximos pasos porque a continuación me puse de pie.
–¡No puede haber muerto!
–Calmate –dijo Rolo.
–¡No!
Me desembaracé de su abrazo, levanté el teclado en el aire y lo estrellé contra el monitor. Hubo un chisporroteo.
–¿Qué hice, Dios mío?
–Rompiste la computadora –sugirió Rolo.
Me tiré de los pelos.
–¡Maté a mi madre!
Giré en redondo. Todos los integrantes de la brigada se habían vuelto hacia mí. Salvides, asomado a la puerta de su despacho, tenía una mueca de horror. Más atrás alcancé a ver el rostro de la oficial Quintana. Ella fue, de ahí en más, mi único público.
Me dejé caer de rodillas y abrí los brazos en cruz.
–¡Maté a mi madre!
Comencé a arrastrarme hacia el centro del salón.
–¿Por qué no habré muerto yo, al nacer? ¿Por qué nací, Dios, por qué?
Los patrulleros convergieron a mi alrededor, menos Salvides, que continuaba petrificado en la puerta del despacho.
–Soy una babosa que no merece vivir – insistí, rodeado de un bosque de pantalones. A lo lejos, Salvides asentía con pesados cabeceos. Unos metros más adelante, algo alejadas del resto, pero avanzando en mi dirección, alcancé a distinguir las piernas enfundadas en las oscuras medias de nailon. Tuve un vahído.
–Tragedia y tristeza, es todo lo que he provocado en la vida.
La oficial Quintana, al fin y al cabo la única de los presentes que contaba con algo cercano al instinto maternal, apoyó una mano en mi cabeza.
–Tranquilizate –dijo.
Se hincó a mi lado. Su falda subió hacia la mitad del muslo. Me asomé al precipicio y apoyé la cabeza en su regazo.
–Tranquilo.
Pasaba suavemente la mano por mi pelo, consolándome, como a su pequeño bebé.
Me hizo muy feliz.
Esta chica cada día me gusta más, pero quisiera saber para quién trabaja. Dudo que sea para Iraola, que está en condiciones de apreciar por sí mismo lo que ocurre en la Brigada, aunque últimamente casi no viene a patrullar. Y sigue con una sonrisa tan deslucida que da pena verlo. Si hasta me siento culpable por haberlo involucrado en el caso Libermann. Lo hice sin pensar, llevado vaya uno a saber por qué oscuros sentimientos. O presentimientos.
Verán, no puedo quitarme de la cabeza la idea de que el subcomisario tiene algo que ver con la foto de Rolo que encontré en los archivos de Carola. Porque es Rolo, tiene que serlo. Estoy seguro. La abro todos los días y la reviso minuciosamente tratando de encontrar algún detalle que me confirme su identidad, pero no puedo apartar mis ojos de su redondo culo de muchachita, tan parecido al de Elena. Y siento vahídos. Antes de caer al precipicio.
A veces me rebelo contra mi presentimiento. No puedo creer que mi hermano, mi propio hermano, mi idolatrado hermano, el hijo de puta que desguazó mi avión y lo arrojó pieza por pieza a la calle para después prenderle fuego, sea el sadomasoquista que se deja fotografiar colgado de un gancho mientras es azotado por una rubia de largas piernas oculta tras una máscara de Batman para que miles de enfermos mentales tengan vahídos por culpa de su culo de muchachita y caigan al precipicio, y todo eso. En fin, que mamá volvería a morir si supiera qué hago mientras miro la fotografía de Rolo, porque es Rolo, tiene que serlo. Estoy seguro.
Olvidé mencionarlo: mamá murió. El propio Rolo vino a avisarme. No llevaba la máscara de cuero y tenía el trasero cuidadosamente oculto por un pulcro pantalón de franela gris. Me desconcertó un poco, porque el pantalón era holgado y probablemente había olvidado meter el pañuelo dentro del calzoncillo pues se veía plano como un maniquí de tienda. Cuando lo descubrí en mi espejo retrovisor izquierdo me pareció un perfecto desconocido, lo que de por sí resultaba muy extraño: en nuestra sección está vedada la entrada a cualquier persona ajena a la Brigada, fuera de Iraola y el Jefe, naturalmente. Pero no existe nada capaz de detener a Rolo cuando se propone algo. Y esta vez se proponía algo: darme la mala noticia.
Antes, se cruzó con la oficial Quintana. La vi en mi retrovisor derecho salir de su despacho. Vestía uniforme y, aunque se había quitado la chaqueta, sus pechos seguían teniendo una forma perturbadora. Llevaba el pelo recogido en un rodete y estaba muy maquillada, tal como prescribe el reglamento.
Desapareció de mi retrovisor derecho y se corporizó en el izquierdo, junto a Rolo, que hizo una inclinación de cabeza y le dirigió una de esas sonrisas deslumbrantes que estremecían a mamá. Carola se ruborizó, bajó los párpados y siguió su camino.
Rolo vino hacia mí. Apoyó una mano en mi hombro.
–Murió mamá.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Supongo que mamá debió haber significado mucho para él. Su congoja me entristeció, realmente. Lo vi de pronto convertido en un niño, con el rubio mechón cayéndole sobre la frente, consentido por mamá. Y eché un sollozo.
Rolo me apretó el cuello, a su manera viril y sadomasoquista.
–Yo sé que vos también la querías mucho –dijo.
–Sí –mentí. O creí hacerlo: me encontraba atrapado en un culebrón venezolano y me costaba discernir con claridad.
Como hermano mayor, Rolo se sintió en la obligación de consolarme.
–También sé que en el fondo de su corazón acabó por perdonarte.
Me cubrí la cara con las manos.
–¡Pobre mamá! –exclamé.
Mi cabeza cayó sobre el teclado de la computadora. Un guionista demente me dictaba los próximos pasos porque a continuación me puse de pie.
–¡No puede haber muerto!
–Calmate –dijo Rolo.
–¡No!
Me desembaracé de su abrazo, levanté el teclado en el aire y lo estrellé contra el monitor. Hubo un chisporroteo.
–¿Qué hice, Dios mío?
–Rompiste la computadora –sugirió Rolo.
Me tiré de los pelos.
–¡Maté a mi madre!
Giré en redondo. Todos los integrantes de la brigada se habían vuelto hacia mí. Salvides, asomado a la puerta de su despacho, tenía una mueca de horror. Más atrás alcancé a ver el rostro de la oficial Quintana. Ella fue, de ahí en más, mi único público.
Me dejé caer de rodillas y abrí los brazos en cruz.
–¡Maté a mi madre!
Comencé a arrastrarme hacia el centro del salón.
–¿Por qué no habré muerto yo, al nacer? ¿Por qué nací, Dios, por qué?
Los patrulleros convergieron a mi alrededor, menos Salvides, que continuaba petrificado en la puerta del despacho.
–Soy una babosa que no merece vivir – insistí, rodeado de un bosque de pantalones. A lo lejos, Salvides asentía con pesados cabeceos. Unos metros más adelante, algo alejadas del resto, pero avanzando en mi dirección, alcancé a distinguir las piernas enfundadas en las oscuras medias de nailon. Tuve un vahído.
–Tragedia y tristeza, es todo lo que he provocado en la vida.
La oficial Quintana, al fin y al cabo la única de los presentes que contaba con algo cercano al instinto maternal, apoyó una mano en mi cabeza.
–Tranquilizate –dijo.
Se hincó a mi lado. Su falda subió hacia la mitad del muslo. Me asomé al precipicio y apoyé la cabeza en su regazo.
–Tranquilo.
Pasaba suavemente la mano por mi pelo, consolándome, como a su pequeño bebé.
Me hizo muy feliz.
sábado, 15 de enero de 2011
24. Nunca faltan encontrones cuando un pobre se divierte.
Me aburría frente al televisor, comiendo salchichas, mientras miraba un programa de juegos para computadora seguro de ser el único televidente mayor de doce años. Sin saber cómo me encontré pensando en Iraola.
Reapareció hoy, y tras un desmañado saludo se sentó a patrullar. Él también luce alicaído y, me pareció, algo melancólico. En un momento dado me puse de pie y pasé detrás suyo para servirme un café. Navegaba en el Foro Bizarro.
Un foro es un lugar donde se dejan y encuentran anuncios de cualquier clase, aunque la temática está de alguna manera sugerida por los administradores, ya desde el mismo nombre. Me vino curiosidad por saber qué hacía Iraola en el Foro Bizarro, pero el hacker Esteban había tomado franco compensatorio. Debía arreglármelas por mi cuenta.
Volví a mi escritorio con el café, interrumpí las imágenes del banco de semillas que me llegaban desde Geocities y entré a Mundo Bizarro. Como no es algo que haga habitualmente el proceso fue lento. Para cuando llegué, Iraola había suspendido su patrullaje y conversaba con Salvides. De todos modos busqué su anuncio, pero es un sitio demasiado concurrido. Y extravagante.
Imaginen un mensaje en una botella. Imaginen un océano cubierto de botellas, todas con su correspondiente mensaje dentro. Las etiquetas dan alguna pista sobre el contenido, pero ustedes están rodeados. Por donde miren hay botellas. Es necesario abrir prácticamente todas para encontrar lo que están buscando. Imaginen que tampoco saben lo que están buscando.
Cuando Iraola se fue, con un saludo tan desvaído como el de su llegada, yo seguía abriendo mensajes en el Foro Bizarro. Se hizo la hora de salida y no había encontrado nada que pudiera atribuir, con alguna certeza, al subcomisario.
Volví a Geocities. Pasen y vean:
Shiva Skunk
Interior/Invernadero
Ganadora de la Copa Mostly Indica
Esta cruza entre Skunk #1 y Northern Ligths #5 es una de las variedades más confiables. Excelente productora, con un alto vigor híbrido, trabaja soberbiamente en interior tanto como en invernadero. En gusto y potencia es similar al Skunk #1, de dulce sabor, pero con mucha más resina y mayor producción. Lo máximo para principiantes y expertos. Durante la Copa Cannabis 94, Shiva Skunk obtuvo una de las altas calificaciones en la categoría Sativa/Indica, justo detrás de la Silver Pearl.
Floración: 45-55 días.
Altura: 125 cm.
Cosecha: 125 gr.
Finalización en invernadero: Octubre.
Cosecha en invernadero: 500 gr.
Art No: 228
120 fl.
Apagué el buscador y me fui directo a casa. De camino compré el paquete de salchichas que estaba devorando mientras miraba en televisión un programa sobre juegos para computadora y me sorprendí pensando en Iraola.
El subcomisario seguía casi en la superficie de mi mente cuando me levanté y fui hacia mi computadora. Abrí el disquete con las nuevas fotos de Carola. Elegí la última que tomamos antes de irnos, luego de depositar junto a ella, pero en posición invertida, el cuerpo de Iraola personificando al Hombre Araña. El detalle fue obra de Johnny. Intenté disuadirlo –un mal sueño de Carola y el subcomisario despertaría subcomisaria– pero no hubo caso.
Mandé la foto a Libermann con un mensaje: “Te voy a morder todo. Caról.”
Entonces comprendí que también Libermann había estado todo el tiempo en mi mente. Y Sara. Sobre todo Sara.
Me puse una camisa limpia y salí la calle. Todavía no eran las 22. Alcancé a tomar el último subte y en media hora estuve frente a la casa de los Libermann.
¿Y ahora qué?
Seguía formulándome esa misma pregunta, cuarenta minutos después, cuando un coche se detuvo en la esquina, con las luces de posición encendidas. Me oculté en un zaguán. Al cabo de un rato escuché el zumbido de un motor que se alejaba y el taconeo de pasos femeninos acercándose. Me asomé con cuidado. Era Sara. Venía de la esquina. Iba a salirle al paso cuando por el rabillo advertí los faros del automóvil que doblaba en la bocacalle. Avanzó en dirección opuesta a la de Sara y cuando pasó a su lado le hizo un guiño de luces. Del conductor apenas pude ver una silueta oscura recortándose contra la débil luz de la calle. Sara le sonrió y saludó con la mano. Entonces me vio, al borde de la acera, a punto de cruzar la calle. Su rostro cambió de expresión y aceleró el paso. La intercepté antes de que llegara a su puerta.
–Sara...
–No tengo nada que hablar con usted –dijo Sara.
Quiso esquivarme por la izquierda. Di un paso lateral y quedamos de nuevo frente a frente. Luego pretendió pasar por mi derecha.
–Hop –dije volviendo a interceptarla.
–Córrase.
Hice un conejito.
–Parece que te fue bien en el backgammon.
Entornó los párpados y respondió en tren cocorita:
–¿Qué dice?
–Por lo menos ganaste un punto –agregué con mi sonrisa de fantasía.
Sara me tiró un cachetazo que hábilmente bloqueé con el canto de la mano.
–Cerdo.
–Puta.
Me acertó un puntapié en la espinilla. Me arrojé sobre ella y la aplasté contra la pared. El dulce aroma de su pelo me transportó veinte años atrás, hasta mi inolvidable noche con la señora López Vázquez. Le rodee el talle con un brazo al tiempo que deslizaba mis dedos a lo largo de sus vértebras. Su mano descendió hasta mi pierna. Me aparté un poquito para dejarla pasar. Tuve un vahído: la mano de Sara recorría ahora la cara interna de mi muslo. Me aparté más y la miré a los ojos. Estaban vidriosos. Y sonreía de una manera extraña. Sacó la lengua mientras se concentraba en la jugada. Su mano acarició fugazmente mi pirulín aterciopelado y siguió hacia atrás. Yo comencé a caer en el precipicio.
–No era verdad –dijo.
La miré intrigado.
–Que no te habían bajado los testículos.
Y cerró el puño.
¡Ay!
Sara es una mujer pequeña, de contextura frágil y delicada, pero me levantó en el aire. Como lo oyen. Las puntas de mis pies apenas si rozaban el piso. Y veía estrellitas de colores, una multitud de estrellitas girando a mi alrededor. Muchas estrellitas.
Como si yo fuera un muñeco de estopa, me llevó hacia un costado, aflojó la presión y caí de rodillas. Ahí nomás me pegó un carterazo y quedé desparramado en el umbral. Seguía viendo estrellas, pero ya eran más pálidas. Se ocultaban cada tanto detrás de pequeñas nubes deshilachadas.
Permanecí tendido un buen rato, aguardando a que mis testículos descendieran desde mi garganta. Que yo sepa. jamás los había tenido tan arriba.
Reapareció hoy, y tras un desmañado saludo se sentó a patrullar. Él también luce alicaído y, me pareció, algo melancólico. En un momento dado me puse de pie y pasé detrás suyo para servirme un café. Navegaba en el Foro Bizarro.
Un foro es un lugar donde se dejan y encuentran anuncios de cualquier clase, aunque la temática está de alguna manera sugerida por los administradores, ya desde el mismo nombre. Me vino curiosidad por saber qué hacía Iraola en el Foro Bizarro, pero el hacker Esteban había tomado franco compensatorio. Debía arreglármelas por mi cuenta.
Volví a mi escritorio con el café, interrumpí las imágenes del banco de semillas que me llegaban desde Geocities y entré a Mundo Bizarro. Como no es algo que haga habitualmente el proceso fue lento. Para cuando llegué, Iraola había suspendido su patrullaje y conversaba con Salvides. De todos modos busqué su anuncio, pero es un sitio demasiado concurrido. Y extravagante.
Imaginen un mensaje en una botella. Imaginen un océano cubierto de botellas, todas con su correspondiente mensaje dentro. Las etiquetas dan alguna pista sobre el contenido, pero ustedes están rodeados. Por donde miren hay botellas. Es necesario abrir prácticamente todas para encontrar lo que están buscando. Imaginen que tampoco saben lo que están buscando.
Cuando Iraola se fue, con un saludo tan desvaído como el de su llegada, yo seguía abriendo mensajes en el Foro Bizarro. Se hizo la hora de salida y no había encontrado nada que pudiera atribuir, con alguna certeza, al subcomisario.
Volví a Geocities. Pasen y vean:
Shiva Skunk
Interior/Invernadero
Ganadora de la Copa Mostly Indica
Esta cruza entre Skunk #1 y Northern Ligths #5 es una de las variedades más confiables. Excelente productora, con un alto vigor híbrido, trabaja soberbiamente en interior tanto como en invernadero. En gusto y potencia es similar al Skunk #1, de dulce sabor, pero con mucha más resina y mayor producción. Lo máximo para principiantes y expertos. Durante la Copa Cannabis 94, Shiva Skunk obtuvo una de las altas calificaciones en la categoría Sativa/Indica, justo detrás de la Silver Pearl.
Floración: 45-55 días.
Altura: 125 cm.
Cosecha: 125 gr.
Finalización en invernadero: Octubre.
Cosecha en invernadero: 500 gr.
Art No: 228
120 fl.
Apagué el buscador y me fui directo a casa. De camino compré el paquete de salchichas que estaba devorando mientras miraba en televisión un programa sobre juegos para computadora y me sorprendí pensando en Iraola.
El subcomisario seguía casi en la superficie de mi mente cuando me levanté y fui hacia mi computadora. Abrí el disquete con las nuevas fotos de Carola. Elegí la última que tomamos antes de irnos, luego de depositar junto a ella, pero en posición invertida, el cuerpo de Iraola personificando al Hombre Araña. El detalle fue obra de Johnny. Intenté disuadirlo –un mal sueño de Carola y el subcomisario despertaría subcomisaria– pero no hubo caso.
Mandé la foto a Libermann con un mensaje: “Te voy a morder todo. Caról.”
Entonces comprendí que también Libermann había estado todo el tiempo en mi mente. Y Sara. Sobre todo Sara.
Me puse una camisa limpia y salí la calle. Todavía no eran las 22. Alcancé a tomar el último subte y en media hora estuve frente a la casa de los Libermann.
¿Y ahora qué?
Seguía formulándome esa misma pregunta, cuarenta minutos después, cuando un coche se detuvo en la esquina, con las luces de posición encendidas. Me oculté en un zaguán. Al cabo de un rato escuché el zumbido de un motor que se alejaba y el taconeo de pasos femeninos acercándose. Me asomé con cuidado. Era Sara. Venía de la esquina. Iba a salirle al paso cuando por el rabillo advertí los faros del automóvil que doblaba en la bocacalle. Avanzó en dirección opuesta a la de Sara y cuando pasó a su lado le hizo un guiño de luces. Del conductor apenas pude ver una silueta oscura recortándose contra la débil luz de la calle. Sara le sonrió y saludó con la mano. Entonces me vio, al borde de la acera, a punto de cruzar la calle. Su rostro cambió de expresión y aceleró el paso. La intercepté antes de que llegara a su puerta.
–Sara...
–No tengo nada que hablar con usted –dijo Sara.
Quiso esquivarme por la izquierda. Di un paso lateral y quedamos de nuevo frente a frente. Luego pretendió pasar por mi derecha.
–Hop –dije volviendo a interceptarla.
–Córrase.
Hice un conejito.
–Parece que te fue bien en el backgammon.
Entornó los párpados y respondió en tren cocorita:
–¿Qué dice?
–Por lo menos ganaste un punto –agregué con mi sonrisa de fantasía.
Sara me tiró un cachetazo que hábilmente bloqueé con el canto de la mano.
–Cerdo.
–Puta.
Me acertó un puntapié en la espinilla. Me arrojé sobre ella y la aplasté contra la pared. El dulce aroma de su pelo me transportó veinte años atrás, hasta mi inolvidable noche con la señora López Vázquez. Le rodee el talle con un brazo al tiempo que deslizaba mis dedos a lo largo de sus vértebras. Su mano descendió hasta mi pierna. Me aparté un poquito para dejarla pasar. Tuve un vahído: la mano de Sara recorría ahora la cara interna de mi muslo. Me aparté más y la miré a los ojos. Estaban vidriosos. Y sonreía de una manera extraña. Sacó la lengua mientras se concentraba en la jugada. Su mano acarició fugazmente mi pirulín aterciopelado y siguió hacia atrás. Yo comencé a caer en el precipicio.
–No era verdad –dijo.
La miré intrigado.
–Que no te habían bajado los testículos.
Y cerró el puño.
¡Ay!
Sara es una mujer pequeña, de contextura frágil y delicada, pero me levantó en el aire. Como lo oyen. Las puntas de mis pies apenas si rozaban el piso. Y veía estrellitas de colores, una multitud de estrellitas girando a mi alrededor. Muchas estrellitas.
Como si yo fuera un muñeco de estopa, me llevó hacia un costado, aflojó la presión y caí de rodillas. Ahí nomás me pegó un carterazo y quedé desparramado en el umbral. Seguía viendo estrellas, pero ya eran más pálidas. Se ocultaban cada tanto detrás de pequeñas nubes deshilachadas.
Permanecí tendido un buen rato, aguardando a que mis testículos descendieran desde mi garganta. Que yo sepa. jamás los había tenido tan arriba.
jueves, 16 de diciembre de 2010
23. Violación en la Bombonera
Entro en paranoia.com
Gato drogadicta en Ámsterdam. Su nombre es Karel y vive en los alrededores de la casa de Peter. La casa de Peter es una especie de barco anclado en un canal de Ámsterdam, que viene a ser como Venecia, pero llena de holandeses y putas. Peter, claro, es un delincuente que la va de Virgilio y nos pasea por el Jardín Holandés del Cáñamo. Lo primero que hace es mostrarnos su casa flotante, cuatro veces más grande que la mía, que ni siquiera flota. El crimen paga, al menos más que el Estado.
En el rincón superior izquierdo de la página, Peter nos presenta a la gato Karel. Ama el cáñamo, dice Peter. Intuyo un caso de prostitución y droga, mujeres desnudas y orgías polimorfas. Me sube la testosterona y busco la imagen de Karel.
Se trata, sus rasgos fisonómicos lo demuestran sin sombra de duda, de un verdadero gato. El asunto carece por completo de sentido. Quedo desconcertado. Guardo la página.
Es una mañana tranquila, con pocos ilícitos. Me aburro. Salgo de la internet. Abro de mi archivo la página de Peter y trabajo en ella. A los veinte minutos convertí al Gato Karel en La Cerda Salvides. Copio el archivo a un disquete y lo llevo hasta el escritorio de Esteban
–¿Podés meter esto en la computadora de Salvides? –pregunto.
–Seguro –dice Esteban.
Regreso a mi escritorio antes que del despacho asome el rostro atormentado de Salvides.
Cu-cú. Cu-cú
Esteban tiene a Salvides al borde del descontrol nervioso. Por supuesto, el inspector no sabe quién le descalabra los archivos, pero sospecha que se trata de uno de nosotros.
Esteban es peligroso. Y pasea por más computadoras de las que confiesa. Tal vez hasta en la mía, por lo que he tomado la precaución de dejar una zona de fácil acceso rodeando el resto de una muy estudiada línea de defensas. Nada es suficiente para detener a Esteban pero al menos sabré si consiguió ingresar a mis archivos.
Todo esto me da una idea. Brillante, dirá Johnny.
El día transcurre sin mayores incidencias. Me doy una vuelta por la red boquense. La encuentro más reposada que la platea de Ferro. Ni señales de Beto Beep. Le pregunto la hora a una barrabrava de Quito. Las 3,17 PM responde. Charlamos. Está conectada a la red desde una computadora de la embajada argentina. Tiene 17 dulces años y una mirada triste, dice. Añora los apretujones en la popular de la Bombonera. Le pido que se describa. Jeans, zapatillas, una corta remera verde que le deja la cintura al aire y una cinta azul y oro sujetándole el pelo a la altura de la nuca. Se quita la cinta y agita la melena, larga hasta los hombros.
“Te vi, escribo, estás frente a mí, a unos seis escalones de distancia”.
Le doy una descripción de Rolo. Llevo el torso desnudo, bañado en sudor. Pero huelo a Au de Cologne Blumenthal. Tengo una caja de tetrabrick.
“Convidame”, dice.
Me abro paso en la multitud y llego a su lado.
“Gol!!!, grito. Gol de Boca!!!”.
Saltamos abrazados.
“¿No tenés algo?”, pregunta después con un mohín encantador.
Saco una colilla del bolsillo derecho de mi jean. Muy arrugada, pues mi jean es excesivamente estrecho.
“Ya me di cuenta”, dice con intención.
Reímos. Y fumamos, una pitada cada uno. Hasta que se mete Reiphnol.
“Conviden, che!!”.
Carajo, Reiphnol se instaló junto a ella y la toma de la cintura. Le alcanzo el pucho. Da una pitada profunda y me lo devuelve. Al hacerlo se inclina hacia mí y pasa el brazo derecho frente a la chica mientras su mano izquierda desciende por la nalga.
“Cuidado con lo que hacés”, le advierto.
Reiphnol ha metido la mano dentro del pantalón de la chica, que no atina a reaccionar. Un secuaz suyo me sujeta los brazos por detrás. Pesa 120 kilos y se me parece vagamente, pero en versión basta. De un culazo podría hacerlo aterrizar de cabeza en medio de la calle Brandsen, pero en ese momento soy Rolo y recuerdo a tiempo mi redondo trasero de muchachita. Preventivamente, aprieto los cachetes y aguanto a pie firme la embestida del gordo. En tanto, Reiphnol ha desprendido el botón del jean de la chica, que no opone resistencia. Está paralizada de terror.
Agarro al gordo de la muñeca y lo lanzo por sobre mi hombro. Cae a la primera bandeja, pero se resiste a morir. De todos modos le hago notar que está muy dolorido y queda fuera de la pelea. Me vuelvo hacia la chica. Reiphnol la sujeta por detrás con el brazo izquierdo y hurga con la mano derecha debajo de la camiseta.
“No lleva corpiño”, dice.
Le tiro una trompada. Reiphnol la esquiva, suelta a la chica y me pega en las costillas. Me doblo en dos. Varios energúmenos saltan sobre mí. La chica se lanza escaleras abajo, medio en cueros. Reiphnol la persigue enarbolando la remera verde. Dejo fuera de acción a uno de mis agresores mediante un certero codazo en la nariz. Otro pretende aferrarme de las partes, pero las llevo envueltas en un pañuelo y zafo. Le aplico un violento puñetazo en la sien y lo dejo seco.
En tanto, la chica desaparece en la boca de un túnel.
“¡¡No, ahí no!!”, grito.
Pero ya es tarde: se acaba de meter en los baños. Catorce o quince vergas se vuelven hacia ella. Se detiene en seco e intenta retroceder, pero Reiphnol la sujeta una vez más por la cintura.
Me libro de la patota y me lanzo en su persecución. Los energúmenos ya comenzaron a quitarle los pantalones. La escucho gritar:
“¡No, no! ¡No es lo que ustedes creen!”.
Pero ellos no creen nada y se encuentran en posición, prestos a consumar.
Corro como un enloquecido. Alguien me sujeta de la camisa. Giro para aplicarle un derechazo y me encuentro frente a frente con un cabo de la Guardia de Infantería. Miro a mi alrededor. Toda la tribuna se ha poblado de policías. Los hinchas huyen en todas direcciones. Dejo fuera de acción al cabo mediante un certero puntapié y reanudo la persecución, pero un grupo de agentes me cierra el camino. Dentro del túnel la chica grita. La echaron boca abajo entre los orines y se disponen a penetrarla, Reiphnol el primero.
“Socorro, Estigarribia, socorro!!!”
¡Sábato!
La sorpresa me paraliza y los agentes aprovechan para prenderme, dándome de paso algunos bastonazos.
“Deténganlo!!!”, escucho por los parlantes de La Voz del Estadio.
Miro hacia arriba. En la cabina de transmisión, a la diestra de Macaya Márquez, Salvides comanda las operaciones.
“No, digo, a mí no”.
Salvides sonríe.
“¡¡¡Se están cogiendo a Ernesto Sábato en el túnel!!!”, grito.
Es inútil. Salvides sonríe. Al fin, por los parlantes, escucho su voz:
“Está detenido, Mayonesa.”
Me debato con furia, pero Salvides me rodeó con un escuadrón completo de la Guardia de Infantería.
Macaya emite una juiciosa reflexión acerca del bochornoso espectáculo que acabo de dar mientras la Voz del Estadio ahoga los gritos desesperados de Sábato.
“Si su piloto no es Acuamar, no es impermeable le puedo asegurar”.
Tengo que hacer algo con estos fasos que me trae Johnny.
Gato drogadicta en Ámsterdam. Su nombre es Karel y vive en los alrededores de la casa de Peter. La casa de Peter es una especie de barco anclado en un canal de Ámsterdam, que viene a ser como Venecia, pero llena de holandeses y putas. Peter, claro, es un delincuente que la va de Virgilio y nos pasea por el Jardín Holandés del Cáñamo. Lo primero que hace es mostrarnos su casa flotante, cuatro veces más grande que la mía, que ni siquiera flota. El crimen paga, al menos más que el Estado.
En el rincón superior izquierdo de la página, Peter nos presenta a la gato Karel. Ama el cáñamo, dice Peter. Intuyo un caso de prostitución y droga, mujeres desnudas y orgías polimorfas. Me sube la testosterona y busco la imagen de Karel.
Se trata, sus rasgos fisonómicos lo demuestran sin sombra de duda, de un verdadero gato. El asunto carece por completo de sentido. Quedo desconcertado. Guardo la página.
Es una mañana tranquila, con pocos ilícitos. Me aburro. Salgo de la internet. Abro de mi archivo la página de Peter y trabajo en ella. A los veinte minutos convertí al Gato Karel en La Cerda Salvides. Copio el archivo a un disquete y lo llevo hasta el escritorio de Esteban
–¿Podés meter esto en la computadora de Salvides? –pregunto.
–Seguro –dice Esteban.
Regreso a mi escritorio antes que del despacho asome el rostro atormentado de Salvides.
Cu-cú. Cu-cú
Esteban tiene a Salvides al borde del descontrol nervioso. Por supuesto, el inspector no sabe quién le descalabra los archivos, pero sospecha que se trata de uno de nosotros.
Esteban es peligroso. Y pasea por más computadoras de las que confiesa. Tal vez hasta en la mía, por lo que he tomado la precaución de dejar una zona de fácil acceso rodeando el resto de una muy estudiada línea de defensas. Nada es suficiente para detener a Esteban pero al menos sabré si consiguió ingresar a mis archivos.
Todo esto me da una idea. Brillante, dirá Johnny.
El día transcurre sin mayores incidencias. Me doy una vuelta por la red boquense. La encuentro más reposada que la platea de Ferro. Ni señales de Beto Beep. Le pregunto la hora a una barrabrava de Quito. Las 3,17 PM responde. Charlamos. Está conectada a la red desde una computadora de la embajada argentina. Tiene 17 dulces años y una mirada triste, dice. Añora los apretujones en la popular de la Bombonera. Le pido que se describa. Jeans, zapatillas, una corta remera verde que le deja la cintura al aire y una cinta azul y oro sujetándole el pelo a la altura de la nuca. Se quita la cinta y agita la melena, larga hasta los hombros.
“Te vi, escribo, estás frente a mí, a unos seis escalones de distancia”.
Le doy una descripción de Rolo. Llevo el torso desnudo, bañado en sudor. Pero huelo a Au de Cologne Blumenthal. Tengo una caja de tetrabrick.
“Convidame”, dice.
Me abro paso en la multitud y llego a su lado.
“Gol!!!, grito. Gol de Boca!!!”.
Saltamos abrazados.
“¿No tenés algo?”, pregunta después con un mohín encantador.
Saco una colilla del bolsillo derecho de mi jean. Muy arrugada, pues mi jean es excesivamente estrecho.
“Ya me di cuenta”, dice con intención.
Reímos. Y fumamos, una pitada cada uno. Hasta que se mete Reiphnol.
“Conviden, che!!”.
Carajo, Reiphnol se instaló junto a ella y la toma de la cintura. Le alcanzo el pucho. Da una pitada profunda y me lo devuelve. Al hacerlo se inclina hacia mí y pasa el brazo derecho frente a la chica mientras su mano izquierda desciende por la nalga.
“Cuidado con lo que hacés”, le advierto.
Reiphnol ha metido la mano dentro del pantalón de la chica, que no atina a reaccionar. Un secuaz suyo me sujeta los brazos por detrás. Pesa 120 kilos y se me parece vagamente, pero en versión basta. De un culazo podría hacerlo aterrizar de cabeza en medio de la calle Brandsen, pero en ese momento soy Rolo y recuerdo a tiempo mi redondo trasero de muchachita. Preventivamente, aprieto los cachetes y aguanto a pie firme la embestida del gordo. En tanto, Reiphnol ha desprendido el botón del jean de la chica, que no opone resistencia. Está paralizada de terror.
Agarro al gordo de la muñeca y lo lanzo por sobre mi hombro. Cae a la primera bandeja, pero se resiste a morir. De todos modos le hago notar que está muy dolorido y queda fuera de la pelea. Me vuelvo hacia la chica. Reiphnol la sujeta por detrás con el brazo izquierdo y hurga con la mano derecha debajo de la camiseta.
“No lleva corpiño”, dice.
Le tiro una trompada. Reiphnol la esquiva, suelta a la chica y me pega en las costillas. Me doblo en dos. Varios energúmenos saltan sobre mí. La chica se lanza escaleras abajo, medio en cueros. Reiphnol la persigue enarbolando la remera verde. Dejo fuera de acción a uno de mis agresores mediante un certero codazo en la nariz. Otro pretende aferrarme de las partes, pero las llevo envueltas en un pañuelo y zafo. Le aplico un violento puñetazo en la sien y lo dejo seco.
En tanto, la chica desaparece en la boca de un túnel.
“¡¡No, ahí no!!”, grito.
Pero ya es tarde: se acaba de meter en los baños. Catorce o quince vergas se vuelven hacia ella. Se detiene en seco e intenta retroceder, pero Reiphnol la sujeta una vez más por la cintura.
Me libro de la patota y me lanzo en su persecución. Los energúmenos ya comenzaron a quitarle los pantalones. La escucho gritar:
“¡No, no! ¡No es lo que ustedes creen!”.
Pero ellos no creen nada y se encuentran en posición, prestos a consumar.
Corro como un enloquecido. Alguien me sujeta de la camisa. Giro para aplicarle un derechazo y me encuentro frente a frente con un cabo de la Guardia de Infantería. Miro a mi alrededor. Toda la tribuna se ha poblado de policías. Los hinchas huyen en todas direcciones. Dejo fuera de acción al cabo mediante un certero puntapié y reanudo la persecución, pero un grupo de agentes me cierra el camino. Dentro del túnel la chica grita. La echaron boca abajo entre los orines y se disponen a penetrarla, Reiphnol el primero.
“Socorro, Estigarribia, socorro!!!”
¡Sábato!
La sorpresa me paraliza y los agentes aprovechan para prenderme, dándome de paso algunos bastonazos.
“Deténganlo!!!”, escucho por los parlantes de La Voz del Estadio.
Miro hacia arriba. En la cabina de transmisión, a la diestra de Macaya Márquez, Salvides comanda las operaciones.
“No, digo, a mí no”.
Salvides sonríe.
“¡¡¡Se están cogiendo a Ernesto Sábato en el túnel!!!”, grito.
Es inútil. Salvides sonríe. Al fin, por los parlantes, escucho su voz:
“Está detenido, Mayonesa.”
Me debato con furia, pero Salvides me rodeó con un escuadrón completo de la Guardia de Infantería.
Macaya emite una juiciosa reflexión acerca del bochornoso espectáculo que acabo de dar mientras la Voz del Estadio ahoga los gritos desesperados de Sábato.
“Si su piloto no es Acuamar, no es impermeable le puedo asegurar”.
Tengo que hacer algo con estos fasos que me trae Johnny.
domingo, 5 de diciembre de 2010
22. Una agresión injustificada
Entro en cybersex.com:
Daddy fucks babysitter. Mother joins them.
Un espectáculo muy edificante.
Me gustaría saber qué hicieron con el niño. O los niños. La historia no especifica de cuantos se trata. Y la chica puede ser tanto babysitter como bioquímica, mientras parezca puta. Lleva una falda escocesa muy corta y medias tres cuartos, que no se quita en toda la sesión, ni aun cuando “mother” se les une en la cocina.
Daddy ha depositado el culo de la babysitter sobre la mesa. Detrás se ve a mother que observa la escena. Acaba de regresar de la calle. Lleva traje sastre negro, sombrero tirolés haciendo juego y un prendedor dorado en la solapa. Trae una bolsa de compras, con paquetes envueltos como para regalo. Deja caer la bolsa: asombro. Luego mira por encima de los anteojos: interés.
Todo muy trivial hasta que se quita el traje sastre. No lleva ropa interior a excepción de un liguero negro que me arrastra hacia el borde del precipicio. En la siguiente imagen ya está junto a la mesa. Daddy, sorprendido in fraganti, parece decir “¡Oh!”. La babysitter finge temor. Mother separa a daddy de la chiquilina y se tiende sobre ella.
El culo de mother enmarcado en las tiritas traseras del liguero me provoca un vahído. Mi cabeza da vueltas. La babysitter está de espaldas en la mesa, con las piernas colgando. Mother sobre ella. Sus pies firmemente asentados en los zapatos de taco aguja. Daddy se introduce en mother por retaguardia y yo comienzo a caer. Me precipito en el abismo, girando en círculos. Por el retrovisor derecho veo a Johnny. Se ha vuelto hacia mí. Lleva el dedo índice a la sien y me mira inquisitivamente. Guardo mi pirulín aterciopelado y recobro la compostura, justo a tiempo. Salvides se asoma a la puerta de su despacho.
Cu cú. Cu cú.
Regresó Carola, muy maquillada y de anteojos oscuros. En evidente que su día femenino resultó atroz.
El chiste corre por la sección, entre risitas, y llega hasta Salvides por medio del hacker Esteban. Esteban entra a la computadora de Salvides con la familiaridad de quien recorre el living de su propia casa. El inspector se levanta de un salto y se asoma a la puerta del despacho.
–Cu cú –digo en falsete.
Salvides se vuelve hacia mí. Nuestras miradas se encuentran en mi retrovisor izquierdo, pero guarda silencio y regresa a su cueva.
También Carola permanece en su despacho, con el estómago destrozado por las aspirinas. Hubiera querido estar ahí cuando abrió los ojos y se encontró con el Hombre Araña.
¿Cuál habrá sido su reacción?
Ahora que lo pienso dejamos la Browning sobre el escritorio, junto al mouse.
Pobre Iraola.
Cada día me parezco más a mi madre.
Vive. Hablo de mi madre. De Iraola seguimos sin tener noticias. Posiblemente todavía yace en la alfombra de la oficial Quintana, con un agujero en la frente, un paro cardiaco o una horrible mutilación. No había contemplado antes esta posibilidad. De sólo pensarlo me vienen escalofríos. Y como un vahído.
–El efecto del ácido no puede durar más de unas horas –me comentó Johnny cuando Salvides atribuyó la ausencia de Carola a la histeria femenina. Luego recordamos el jugo de naranja. Tal vez eso explique por qué se reintegró recién el miércoles. Si es que ese fantasma maquillado que se arrastró hasta su despacho es la verdadera oficial Quintana. Y si en efecto se reintegró y no navega sin ayuda de la internet con los ojos perdidos en el racimo de dátiles.
Johnny no lo sabe con certeza pero sospecha que el abuso de alucinógenos puede dejar secuelas permanentes, como quedar atrapado en una pesadilla.
Igual que mamá.
Vive. Eso dicen los médicos. Cada tanto se acuerda de mí, informa Rolo sin que yo le pregunte.
No volví a ver a mi madre desde la mañana del sepelio de papá. A Elena sí, una vez. Me cerró la puerta en las narices, como quien dice. Después salió el bancario. El bancario había vuelto con Elena. Y ahora vivían en mi casa, con mi madre.
–¡Es mi madre! –le grité a la cara.
El bancario sonrió. Y levantó el brazo. Recién entonces vi el caño de plomo. Alcancé a mover la cabeza y me dio de lleno en el hombro.
–Hace tanto que quería sacarme el gusto... –suspiró.
Yo estaba en el suelo, rodeado de estrellitas multicolores. Después, un vecino me llevó al hospital.
–Rotura de clavícula –dictaminó el médico–. ¿Con qué se pegó?
–Yo no me pegué. ¿O se cree que estoy loco?
–Humm –dijo el médico.
Mi vecino reía.
–Esto no quedará así.
–No –dijo el médico–. Vamos a enyesarlo.
Convertido en un jugador de fútbol americano me presenté en la comisaría. Llevaba al vecino de testigo.
–Vengo a hacer una denuncia por lesiones –dije.
El escribiente levantó la cabeza de sus papeles y retrocedió.
–¿A quién le pegó?
–A mí me pegaron. Mi cuñado, con un caño de plomo.
Mi vecino lanzó una risita.
–¿Dónde?
–En el hombro ¿Dónde va a ser?
–¿Dónde ocurrió? –dijo el policía apretando los dientes.
A mi lado, el vecino se había atragantado, pero igualmente sostuve la mirada del policía.
–En la puerta de mi casa. Él es testigo.
Los ojos del policía se despegaron de mala gana de los míos y se volvieron hacia mi sonriente vecino.
–¿Qué pasó?
–Salí a la calle y lo vi a Pirulo sentado en la vereda.
–¿Quién es Pirulo? –preguntó el policía.
Sentí que el calor trepaba por mi cuello en dirección a las mejillas.
Mi vecino arqueó el pulgar y lo apuntó hacia mí.
–Ah –dijo el policía con cara de “debí darme cuenta”.
A esa altura yo había comenzado a hamacar mi peso de una pierna a la otra. Y me picaba el hombro, debajo del yeso. Pero estaba decidido a consumar la venganza. Nemo me impune lacessit, nemo me impune lacessit, repetía para mis adentros. Lo había leído en un cuento muy edificante: el héroe que empareda al hijo de puta de su amigo Libermann. O Aníbal.
–¿Qué dice? –preguntó el policía.
–Nada –yo había perdido decididamente la compostura– Tarareaba una canción.
–Lo viene haciendo desde que salimos del hospital –aclaró mi vecino sin necesidad: nadie le había preguntado nada.
–A usted nadie le preguntó nada –protesté.
–¡Cállese! –escupió el policía–. Aquí el único que dice quien puede hablar y quien no, soy yo.
Todavía vivía en casa de Rolo y ni soñaba con llegar a ser un PCBC. Por poco hago valer mis derechos ciudadanos, pero había empezado a dolerme el hombro y me sentía muy desdichado. Guardé silencio.
–Dígame qué pasó.
–Cuando escuché los gritos salí a la calle y encontré a Pirulo sentado en la vereda.
–¿Qué gritos?
El vecino volvió a apuntarme con el pulgar.
–¿Por qué gritaba?
–¡Porque mi cuñado acababa de partirme la clavícula con un caño de plomo!
–¡A mi no me grite!
–¡Yo no le grito!
–¡Qué son esos gritos! –me desmintió el cabo Trieste, saliendo de la sala de guardia.
Durante años el cabo Trieste había dirigido el tránsito en Avenida La Plata y Vernet. Me reconoció al instante.
–Pirulo... –murmuró. Se volvió hacia el escribiente– ¿Por qué lo trajeron?
–A mí nadie me...
–Acá este señor –ese era mi vecino– lo encontró gritando en la vereda.
Mi vecino asintió. Trieste también.
–Borracho, seguro. O mariconeando con José María.
El escribiente retrocedió otro paso. Tenía los ojos muy abiertos. Había oído hablar de José María.
–Y ahora, volá –dijo Trieste–. Y agradecé que tu hermano es policía...
Luego se volvió hacia el escribiente.
–El único normal de la familia –dijo–. El viejo estaba en el Borda, la vieja con delirium tremens, la hermana es una puta. Todo por culpa de éste.
Mientras salía alcancé a escuchar al escribiente:
–¿Qué hizo?
No quise enterarme de la versión policial de la fiesta de casamiento de mi hermana y caminé hasta la casa de Rolo.
Entro a los Osos Mimosos de Boedo.
“Hola, soy Trieste –escribo–. ¿Quién tiene una cosa durita toda para mí?”
Varios se ofrecen. Los cito en el bar Dos Avenidas, donde el cabo acostumbra tomar una copa al finalizar su turno de servicio.
Daddy fucks babysitter. Mother joins them.
Un espectáculo muy edificante.
Me gustaría saber qué hicieron con el niño. O los niños. La historia no especifica de cuantos se trata. Y la chica puede ser tanto babysitter como bioquímica, mientras parezca puta. Lleva una falda escocesa muy corta y medias tres cuartos, que no se quita en toda la sesión, ni aun cuando “mother” se les une en la cocina.
Daddy ha depositado el culo de la babysitter sobre la mesa. Detrás se ve a mother que observa la escena. Acaba de regresar de la calle. Lleva traje sastre negro, sombrero tirolés haciendo juego y un prendedor dorado en la solapa. Trae una bolsa de compras, con paquetes envueltos como para regalo. Deja caer la bolsa: asombro. Luego mira por encima de los anteojos: interés.
Todo muy trivial hasta que se quita el traje sastre. No lleva ropa interior a excepción de un liguero negro que me arrastra hacia el borde del precipicio. En la siguiente imagen ya está junto a la mesa. Daddy, sorprendido in fraganti, parece decir “¡Oh!”. La babysitter finge temor. Mother separa a daddy de la chiquilina y se tiende sobre ella.
El culo de mother enmarcado en las tiritas traseras del liguero me provoca un vahído. Mi cabeza da vueltas. La babysitter está de espaldas en la mesa, con las piernas colgando. Mother sobre ella. Sus pies firmemente asentados en los zapatos de taco aguja. Daddy se introduce en mother por retaguardia y yo comienzo a caer. Me precipito en el abismo, girando en círculos. Por el retrovisor derecho veo a Johnny. Se ha vuelto hacia mí. Lleva el dedo índice a la sien y me mira inquisitivamente. Guardo mi pirulín aterciopelado y recobro la compostura, justo a tiempo. Salvides se asoma a la puerta de su despacho.
Cu cú. Cu cú.
Regresó Carola, muy maquillada y de anteojos oscuros. En evidente que su día femenino resultó atroz.
El chiste corre por la sección, entre risitas, y llega hasta Salvides por medio del hacker Esteban. Esteban entra a la computadora de Salvides con la familiaridad de quien recorre el living de su propia casa. El inspector se levanta de un salto y se asoma a la puerta del despacho.
–Cu cú –digo en falsete.
Salvides se vuelve hacia mí. Nuestras miradas se encuentran en mi retrovisor izquierdo, pero guarda silencio y regresa a su cueva.
También Carola permanece en su despacho, con el estómago destrozado por las aspirinas. Hubiera querido estar ahí cuando abrió los ojos y se encontró con el Hombre Araña.
¿Cuál habrá sido su reacción?
Ahora que lo pienso dejamos la Browning sobre el escritorio, junto al mouse.
Pobre Iraola.
Cada día me parezco más a mi madre.
Vive. Hablo de mi madre. De Iraola seguimos sin tener noticias. Posiblemente todavía yace en la alfombra de la oficial Quintana, con un agujero en la frente, un paro cardiaco o una horrible mutilación. No había contemplado antes esta posibilidad. De sólo pensarlo me vienen escalofríos. Y como un vahído.
–El efecto del ácido no puede durar más de unas horas –me comentó Johnny cuando Salvides atribuyó la ausencia de Carola a la histeria femenina. Luego recordamos el jugo de naranja. Tal vez eso explique por qué se reintegró recién el miércoles. Si es que ese fantasma maquillado que se arrastró hasta su despacho es la verdadera oficial Quintana. Y si en efecto se reintegró y no navega sin ayuda de la internet con los ojos perdidos en el racimo de dátiles.
Johnny no lo sabe con certeza pero sospecha que el abuso de alucinógenos puede dejar secuelas permanentes, como quedar atrapado en una pesadilla.
Igual que mamá.
Vive. Eso dicen los médicos. Cada tanto se acuerda de mí, informa Rolo sin que yo le pregunte.
No volví a ver a mi madre desde la mañana del sepelio de papá. A Elena sí, una vez. Me cerró la puerta en las narices, como quien dice. Después salió el bancario. El bancario había vuelto con Elena. Y ahora vivían en mi casa, con mi madre.
–¡Es mi madre! –le grité a la cara.
El bancario sonrió. Y levantó el brazo. Recién entonces vi el caño de plomo. Alcancé a mover la cabeza y me dio de lleno en el hombro.
–Hace tanto que quería sacarme el gusto... –suspiró.
Yo estaba en el suelo, rodeado de estrellitas multicolores. Después, un vecino me llevó al hospital.
–Rotura de clavícula –dictaminó el médico–. ¿Con qué se pegó?
–Yo no me pegué. ¿O se cree que estoy loco?
–Humm –dijo el médico.
Mi vecino reía.
–Esto no quedará así.
–No –dijo el médico–. Vamos a enyesarlo.
Convertido en un jugador de fútbol americano me presenté en la comisaría. Llevaba al vecino de testigo.
–Vengo a hacer una denuncia por lesiones –dije.
El escribiente levantó la cabeza de sus papeles y retrocedió.
–¿A quién le pegó?
–A mí me pegaron. Mi cuñado, con un caño de plomo.
Mi vecino lanzó una risita.
–¿Dónde?
–En el hombro ¿Dónde va a ser?
–¿Dónde ocurrió? –dijo el policía apretando los dientes.
A mi lado, el vecino se había atragantado, pero igualmente sostuve la mirada del policía.
–En la puerta de mi casa. Él es testigo.
Los ojos del policía se despegaron de mala gana de los míos y se volvieron hacia mi sonriente vecino.
–¿Qué pasó?
–Salí a la calle y lo vi a Pirulo sentado en la vereda.
–¿Quién es Pirulo? –preguntó el policía.
Sentí que el calor trepaba por mi cuello en dirección a las mejillas.
Mi vecino arqueó el pulgar y lo apuntó hacia mí.
–Ah –dijo el policía con cara de “debí darme cuenta”.
A esa altura yo había comenzado a hamacar mi peso de una pierna a la otra. Y me picaba el hombro, debajo del yeso. Pero estaba decidido a consumar la venganza. Nemo me impune lacessit, nemo me impune lacessit, repetía para mis adentros. Lo había leído en un cuento muy edificante: el héroe que empareda al hijo de puta de su amigo Libermann. O Aníbal.
–¿Qué dice? –preguntó el policía.
–Nada –yo había perdido decididamente la compostura– Tarareaba una canción.
–Lo viene haciendo desde que salimos del hospital –aclaró mi vecino sin necesidad: nadie le había preguntado nada.
–A usted nadie le preguntó nada –protesté.
–¡Cállese! –escupió el policía–. Aquí el único que dice quien puede hablar y quien no, soy yo.
Todavía vivía en casa de Rolo y ni soñaba con llegar a ser un PCBC. Por poco hago valer mis derechos ciudadanos, pero había empezado a dolerme el hombro y me sentía muy desdichado. Guardé silencio.
–Dígame qué pasó.
–Cuando escuché los gritos salí a la calle y encontré a Pirulo sentado en la vereda.
–¿Qué gritos?
El vecino volvió a apuntarme con el pulgar.
–¿Por qué gritaba?
–¡Porque mi cuñado acababa de partirme la clavícula con un caño de plomo!
–¡A mi no me grite!
–¡Yo no le grito!
–¡Qué son esos gritos! –me desmintió el cabo Trieste, saliendo de la sala de guardia.
Durante años el cabo Trieste había dirigido el tránsito en Avenida La Plata y Vernet. Me reconoció al instante.
–Pirulo... –murmuró. Se volvió hacia el escribiente– ¿Por qué lo trajeron?
–A mí nadie me...
–Acá este señor –ese era mi vecino– lo encontró gritando en la vereda.
Mi vecino asintió. Trieste también.
–Borracho, seguro. O mariconeando con José María.
El escribiente retrocedió otro paso. Tenía los ojos muy abiertos. Había oído hablar de José María.
–Y ahora, volá –dijo Trieste–. Y agradecé que tu hermano es policía...
Luego se volvió hacia el escribiente.
–El único normal de la familia –dijo–. El viejo estaba en el Borda, la vieja con delirium tremens, la hermana es una puta. Todo por culpa de éste.
Mientras salía alcancé a escuchar al escribiente:
–¿Qué hizo?
No quise enterarme de la versión policial de la fiesta de casamiento de mi hermana y caminé hasta la casa de Rolo.
Entro a los Osos Mimosos de Boedo.
“Hola, soy Trieste –escribo–. ¿Quién tiene una cosa durita toda para mí?”
Varios se ofrecen. Los cito en el bar Dos Avenidas, donde el cabo acostumbra tomar una copa al finalizar su turno de servicio.
lunes, 29 de noviembre de 2010
21. Socialismo sexual
De www.paranoia.com:
Guía mundial de sexo.
Reporte desde Maastricht
La agencia de noticias alemana DPA informa que la doctora Cecil Aan de Stegge, directora de la Clínica Psiquiátrica de Maastricht, negoció un 40% de descuento para sus pacientes más antiguos en el burdel Club d’Amour. Ella había consultado a la policía por la dirección de un buen establecimiento. Asimismo, la manager del Club d’Amour se había desempeñado anteriormente como enfermera en un hospital psiquiátrico. Una auténtica madama especializada.
La señora Aan de Stegge, quien es también miembro de la Asociación de Cuidados Psiquiátricos de los Países Bajos, explicó que sus pacientes son de escasos recursos y no pueden afrontar los precios habituales de establecimientos de ese tipo. Ella pretende romper el tabú que rodea al sexo y las instituciones, pues esto lleva a que las pacientes femeninas sean permanentemente víctimas de acoso sexual.
Muchas enfermeras acompañan ahora a los pacientes al burdel.
Averiguación: Costo del tratamiento en la Clínica Psiquiátrica de Maastricht. ¿La doctora Aan hará descuentos especiales para personal civil de bajos recursos?
Uf.
Hace dos días que la oficial Quintana no se presenta a tomar servicio. Solicitó una licencia pretextando Razones Femeninas.
Por Razones Femeninas puede entenderse casi cualquier cosa. El cuerpo de policía ha sido integrado exclusivamente por hombres durante tantos años que existe una disposición de excesiva condescendencia hacia el personal femenino. Las mujeres siguen siendo una razonable minoría. No sé qué pasará en el futuro, pero por ahora son tratadas como objetos delicados. O hermanitas menores. Se les disculpa todo, hasta los berrinches.
Nadie se extraña de que la oficial Carola Quintana tenga un berrinche y decida no prestar servicio.
Iraola tampoco dio señales de vida, pero el subcomisario merodea en la Brigada muy ocasionalmente, una vez a la semana, a lo sumo, dos. Aquí, al menos, nadie se ha percatado de su ausencia. De todos modos, Johnny hizo correr la voz de que ambos se encuentran en Río de Janeiro, de fin de semana largo.
Circulan algunas bromas sobre la cantidad de ostras que se ve obligado a consumir Iraola para mantenerse activo. Y las más variadas especulaciones sobre el uso que da a su bastón.
Chanzas de oficina, producto del buen humor y la sana camaradería.
De Libermann no volví a tener noticias. Luego de ser expulsados de la confitería nos refugiamos en un bar de la calle Tucumán. Durante el día ha de ser el típico comedero de oficinistas apurados, pero desde el atardecer comienza a poblarse de la cochambrosa fauna del micro centro. Putas retiradas o en condición de merecerlo, marineros estonios, algún inmigrante recién llegado, borrachos solitarios de mirada vidriosa y músculos resecos. En fin, no desentonábamos.
A esa altura Libermann tenía un aire a general soviético con el pecho cubierto de condecoraciones, pero nadie pareció impresionado.
El problema fue el whisky. Libermann hizo un gesto de asco y lo escupió sobre la mesa. Yo no me atreví a probarlo sospechando que alguien había orinado dentro de la botella. Pedimos una cerveza, que es lo primero que a uno se le ocurre en esos casos. Estaba tibia, así que apelamos a una botella de vino blanco. Y un plato de queso para llenar el estómago.
Libermann sacó de su portafolio las copias de los mensajes de Caról. También había impreso una de las fotografías. Produjo sensación en el boliche. Los marineros sacaron las carteras de sus bolsillos. “Dólar, dólar” decían mostrando los billetes. Todos querían conocer a la oficial Quintana. Libermann no les prestó atención. Mientras la foto circulaba de mano en mano pensé si Johnny y yo no estaríamos desperdiciando un buen negocio.
Una de las putas ponderó el armamento del Hombre Araña. Agradecí mentalmente que Libermann no hubiera impreso una foto con mi blanca retaguardia asomando por los agujeros del traje.
Libermann estaba tan absorbido por sus preocupaciones que estampó distraídamente su autógrafo al pie de la foto. El dueño del bar la colocó en un ángulo del espejo, detrás de la barra.
Después nos fuimos. Le saqué a Libermann unos pesos. Para los detectives privados, dije, y lo metí dentro de un taxi.
Mas tarde, Johnny me informó que había llegado bien, aunque resbaló en el umbral del edificio, donde quedó tendido unos minutos provocando la lógica consternación de Johnny.
–No queríamos a acabar tan rápido con él ¿verdad? –dijo Johnny.
Nos había seguido toda la noche. Y después marchó detrás de Libermann.
Aníbal tenía esa misma costumbre: seguir a la gente. A veces era a un extraño, elegido al azar. Otras, a Rolo. O a mí. Pero yo difícilmente me aventuraba más allá de Avenida La Plata y Vernet.
Un día seguimos a Libermann, los dos. Libermann era fácil, dijo Aníbal. Andaba siempre abstraído, como calculando mentalmente raíces cúbicas de cifras de cinco dígitos. Pero hasta él podría percatarse de mi presencia, por lo que Aníbal me hizo colocar un gorro de visera y los anteojos negros de su madre.
La madre de Aníbal era la única mujer del barrio que usaba anteojos oscuros. Y echarpes de seda. Trabajaba en el centro, de secretaria. El padre de Aníbal había sido abogado, pero estaba preso. Por estrangular a su esposa con una cuerda de piano, nos informó Rolo.
La esposa del abogado no era la mamá de Aníbal, sino una señora de clase alta, con departamento en avenida Santa Fe, estola y piano de cola. De haber usado la estola el padre de Aníbal podría haber fingido un accidente, pero arrancó un extremo de la cuerda del piano, lo pasó alrededor del cuello de su esposa y la arrojó por la ventana. La mujer quedó balanceándose a pocos centímetros del suelo, frente a una tienda de ropa masculina: “Casa Mujica, prestigia su elegancia.”
Rolo contó la historia durante la cena. Hacía unos meses había ingresado a la escuela de policía y se interesaba por toda clase de crímenes. Nos deleitaba por las noches con nuevos y emocionantes relatos.
–No hablés con la boca llena –quiso decir papá en su media lengua. Desde el tercer ACV tenía paralizada la mitad derecha del cuerpo. Sostenía la cuchara con la mano izquierda. En el trayecto desde el plato a su boca perdía gran parte del contenido. El resto le caía por la barbilla a través de la mueca despectiva. Había adelgazado muchísimo, posiblemente por hambre. Mamá no se daba cuenta de nada y nosotros éramos casi niños. Creíamos que la delgadez de papá era una secuela –y lo era, pero de un modo indirecto– de su enfermedad.
Pienso que más de una vez sus balbuceos tenían por objeto pedir comida. O un cambio de dieta. Pero desde el tercer ACV no le entendíamos una palabra. Su reprimenda pasó desapercibida y Rolo prosiguió narrándonos la historia con la boca llena de milanesas. Cuando terminó, mamá, con un raro sentido de la oportunidad, dijo:
–¡Pobre señora...!
Camuflado con el gorro de visera y los anteojos de carey, estilo Gina Lollobrigida, aceché a Libermann en la esquina de su casa. Aníbal había descubierto que salía todos los martes y jueves a la misma hora rumbo a Avenida La Plata. Pasó cerca de nosotros, sin vernos. Caminaba, como ya dije, abstraído, acariciando las paredes con la punta de los dedos, a lo largo de toda la cuadra. Tenía siempre las manos sucias, ahora podía ver por qué.
Cruzó Avenida La Plata sin mirar a los costados y se detuvo en la parada del 65. Trepamos detrás suyo en el colectivo. Estaba lo bastante lleno como para ocultarnos de su vista. Aunque yo sobrepasaba en más de media cabeza a la mayoría de los pasajeros, ese sería un inconveniente fácil de subsanar.
Libermann fue hacia el fondo.
–Vamos –dijo Aníbal– pero con cuidado. Mejor agachate
Imagínense. Mi desplazamiento sigiloso en el interior de un colectivo atestado produjo el efecto de una pelota de básquet rodando por una pista de bolos. Cuando una pobre mujer cayó a los pies de Libermann, éste se dio vuelta y me vio, en cuclillas, en el centro mismo de la tremolina.
Hice un conejito.
–¿Qué hacés acá? ¿Y con esa cosa? –preguntó Libermann con disgusto. La cosa eran los anteojos de la madre de Aníbal.
–Viajo.
Sin decir palabra volvió a mirar al frente, hacia la nada, hacia sus imposibles cálculos matemáticos.
En cuanto pude, bajé del colectivo, rojo de vergüenza.
Siempre me despreció.
Ahora soy su amigo, su mejor amigo, su único amigo.
Su tabla de salvación, como quien dice.
Guía mundial de sexo.
Reporte desde Maastricht
La agencia de noticias alemana DPA informa que la doctora Cecil Aan de Stegge, directora de la Clínica Psiquiátrica de Maastricht, negoció un 40% de descuento para sus pacientes más antiguos en el burdel Club d’Amour. Ella había consultado a la policía por la dirección de un buen establecimiento. Asimismo, la manager del Club d’Amour se había desempeñado anteriormente como enfermera en un hospital psiquiátrico. Una auténtica madama especializada.
La señora Aan de Stegge, quien es también miembro de la Asociación de Cuidados Psiquiátricos de los Países Bajos, explicó que sus pacientes son de escasos recursos y no pueden afrontar los precios habituales de establecimientos de ese tipo. Ella pretende romper el tabú que rodea al sexo y las instituciones, pues esto lleva a que las pacientes femeninas sean permanentemente víctimas de acoso sexual.
Muchas enfermeras acompañan ahora a los pacientes al burdel.
Averiguación: Costo del tratamiento en la Clínica Psiquiátrica de Maastricht. ¿La doctora Aan hará descuentos especiales para personal civil de bajos recursos?
Uf.
Hace dos días que la oficial Quintana no se presenta a tomar servicio. Solicitó una licencia pretextando Razones Femeninas.
Por Razones Femeninas puede entenderse casi cualquier cosa. El cuerpo de policía ha sido integrado exclusivamente por hombres durante tantos años que existe una disposición de excesiva condescendencia hacia el personal femenino. Las mujeres siguen siendo una razonable minoría. No sé qué pasará en el futuro, pero por ahora son tratadas como objetos delicados. O hermanitas menores. Se les disculpa todo, hasta los berrinches.
Nadie se extraña de que la oficial Carola Quintana tenga un berrinche y decida no prestar servicio.
Iraola tampoco dio señales de vida, pero el subcomisario merodea en la Brigada muy ocasionalmente, una vez a la semana, a lo sumo, dos. Aquí, al menos, nadie se ha percatado de su ausencia. De todos modos, Johnny hizo correr la voz de que ambos se encuentran en Río de Janeiro, de fin de semana largo.
Circulan algunas bromas sobre la cantidad de ostras que se ve obligado a consumir Iraola para mantenerse activo. Y las más variadas especulaciones sobre el uso que da a su bastón.
Chanzas de oficina, producto del buen humor y la sana camaradería.
De Libermann no volví a tener noticias. Luego de ser expulsados de la confitería nos refugiamos en un bar de la calle Tucumán. Durante el día ha de ser el típico comedero de oficinistas apurados, pero desde el atardecer comienza a poblarse de la cochambrosa fauna del micro centro. Putas retiradas o en condición de merecerlo, marineros estonios, algún inmigrante recién llegado, borrachos solitarios de mirada vidriosa y músculos resecos. En fin, no desentonábamos.
A esa altura Libermann tenía un aire a general soviético con el pecho cubierto de condecoraciones, pero nadie pareció impresionado.
El problema fue el whisky. Libermann hizo un gesto de asco y lo escupió sobre la mesa. Yo no me atreví a probarlo sospechando que alguien había orinado dentro de la botella. Pedimos una cerveza, que es lo primero que a uno se le ocurre en esos casos. Estaba tibia, así que apelamos a una botella de vino blanco. Y un plato de queso para llenar el estómago.
Libermann sacó de su portafolio las copias de los mensajes de Caról. También había impreso una de las fotografías. Produjo sensación en el boliche. Los marineros sacaron las carteras de sus bolsillos. “Dólar, dólar” decían mostrando los billetes. Todos querían conocer a la oficial Quintana. Libermann no les prestó atención. Mientras la foto circulaba de mano en mano pensé si Johnny y yo no estaríamos desperdiciando un buen negocio.
Una de las putas ponderó el armamento del Hombre Araña. Agradecí mentalmente que Libermann no hubiera impreso una foto con mi blanca retaguardia asomando por los agujeros del traje.
Libermann estaba tan absorbido por sus preocupaciones que estampó distraídamente su autógrafo al pie de la foto. El dueño del bar la colocó en un ángulo del espejo, detrás de la barra.
Después nos fuimos. Le saqué a Libermann unos pesos. Para los detectives privados, dije, y lo metí dentro de un taxi.
Mas tarde, Johnny me informó que había llegado bien, aunque resbaló en el umbral del edificio, donde quedó tendido unos minutos provocando la lógica consternación de Johnny.
–No queríamos a acabar tan rápido con él ¿verdad? –dijo Johnny.
Nos había seguido toda la noche. Y después marchó detrás de Libermann.
Aníbal tenía esa misma costumbre: seguir a la gente. A veces era a un extraño, elegido al azar. Otras, a Rolo. O a mí. Pero yo difícilmente me aventuraba más allá de Avenida La Plata y Vernet.
Un día seguimos a Libermann, los dos. Libermann era fácil, dijo Aníbal. Andaba siempre abstraído, como calculando mentalmente raíces cúbicas de cifras de cinco dígitos. Pero hasta él podría percatarse de mi presencia, por lo que Aníbal me hizo colocar un gorro de visera y los anteojos negros de su madre.
La madre de Aníbal era la única mujer del barrio que usaba anteojos oscuros. Y echarpes de seda. Trabajaba en el centro, de secretaria. El padre de Aníbal había sido abogado, pero estaba preso. Por estrangular a su esposa con una cuerda de piano, nos informó Rolo.
La esposa del abogado no era la mamá de Aníbal, sino una señora de clase alta, con departamento en avenida Santa Fe, estola y piano de cola. De haber usado la estola el padre de Aníbal podría haber fingido un accidente, pero arrancó un extremo de la cuerda del piano, lo pasó alrededor del cuello de su esposa y la arrojó por la ventana. La mujer quedó balanceándose a pocos centímetros del suelo, frente a una tienda de ropa masculina: “Casa Mujica, prestigia su elegancia.”
Rolo contó la historia durante la cena. Hacía unos meses había ingresado a la escuela de policía y se interesaba por toda clase de crímenes. Nos deleitaba por las noches con nuevos y emocionantes relatos.
–No hablés con la boca llena –quiso decir papá en su media lengua. Desde el tercer ACV tenía paralizada la mitad derecha del cuerpo. Sostenía la cuchara con la mano izquierda. En el trayecto desde el plato a su boca perdía gran parte del contenido. El resto le caía por la barbilla a través de la mueca despectiva. Había adelgazado muchísimo, posiblemente por hambre. Mamá no se daba cuenta de nada y nosotros éramos casi niños. Creíamos que la delgadez de papá era una secuela –y lo era, pero de un modo indirecto– de su enfermedad.
Pienso que más de una vez sus balbuceos tenían por objeto pedir comida. O un cambio de dieta. Pero desde el tercer ACV no le entendíamos una palabra. Su reprimenda pasó desapercibida y Rolo prosiguió narrándonos la historia con la boca llena de milanesas. Cuando terminó, mamá, con un raro sentido de la oportunidad, dijo:
–¡Pobre señora...!
Camuflado con el gorro de visera y los anteojos de carey, estilo Gina Lollobrigida, aceché a Libermann en la esquina de su casa. Aníbal había descubierto que salía todos los martes y jueves a la misma hora rumbo a Avenida La Plata. Pasó cerca de nosotros, sin vernos. Caminaba, como ya dije, abstraído, acariciando las paredes con la punta de los dedos, a lo largo de toda la cuadra. Tenía siempre las manos sucias, ahora podía ver por qué.
Cruzó Avenida La Plata sin mirar a los costados y se detuvo en la parada del 65. Trepamos detrás suyo en el colectivo. Estaba lo bastante lleno como para ocultarnos de su vista. Aunque yo sobrepasaba en más de media cabeza a la mayoría de los pasajeros, ese sería un inconveniente fácil de subsanar.
Libermann fue hacia el fondo.
–Vamos –dijo Aníbal– pero con cuidado. Mejor agachate
Imagínense. Mi desplazamiento sigiloso en el interior de un colectivo atestado produjo el efecto de una pelota de básquet rodando por una pista de bolos. Cuando una pobre mujer cayó a los pies de Libermann, éste se dio vuelta y me vio, en cuclillas, en el centro mismo de la tremolina.
Hice un conejito.
–¿Qué hacés acá? ¿Y con esa cosa? –preguntó Libermann con disgusto. La cosa eran los anteojos de la madre de Aníbal.
–Viajo.
Sin decir palabra volvió a mirar al frente, hacia la nada, hacia sus imposibles cálculos matemáticos.
En cuanto pude, bajé del colectivo, rojo de vergüenza.
Siempre me despreció.
Ahora soy su amigo, su mejor amigo, su único amigo.
Su tabla de salvación, como quien dice.
domingo, 21 de noviembre de 2010
20. Su mejor amigo
Nueva receta de la doctora Zúbar:
Desde hace centenares de años las raíces de la Rhodiola rosea L. poseen fama de ser un poderoso estimulante, lo que las ha convertido en un ingrediente muy utilizado para diversas pociones de amor, también conocidas como “privorotnoye zelje”.
Tomo nota: “Privorotnoye zelje”, “Privorotnoye zelje”
El legendario príncipe ucraniano Danila Galitsky (siglo XVIII), quien poseía una considerable reputación debida a sus notables hazañas sexuales, solía decir que obtuvo su vigor de “la raíz dorada de los Cárpatos”.
La raíz es mayormente utilizada bajo la forma de una bebida alcohólica llamada “nastojka”. Las raíces frescas son mezcladas con un 40 % de vodka y conservadas por lo menos durante una semana en un lugar oscuro.
Una cucharadita de nastojka luego del desayuno, almuerzo y cena provoca, al cabo de 2 o 3 semanas, extraordinarios efectos tanto en hombres como en mujeres.
Recientemente fue aprobada oficialmente como medicamento ucraniano. Su uso y aplicaciones son semejantes al del ginsén.
Extraordinarios efectos. Me gusta eso.
Libermann me llamó por teléfono. Le había dado el número de la Brigada, no el de mi casa. Muy poca gente conoce el número de mi casa. Menos aún la dirección. No figuro en la guía, ya saben, por razones de seguridad. Presenté la solicitud a la compañía de teléfonos apenas se creó la Brigada. En papel membrete de la Policía Federal, con la firma del Jefe. Impresiona, si usted ignora que todo lo que entra y sale de la Institución lleva Su firma. Es una formalidad: el Jefe firma cualquier papel que le lleven sus asistentes. Pero únicamente ellos. No puede ir cualquiera hasta su puerta y decirle: “Jefe, firme acá”. Los papeles le llegan por la vía orgánico-administrativa, a eso me refiero. Luego de hacer un largo periplo escalafonario. El puntapié inicial lo da el jefe inmediato. En mi caso, Salvides.
Ceremonial no había alcanzado a retirar los arreglos florales dispuestos para la inauguración de las computadoras cuando ya Salvides tenía mi solicitud sobre el escritorio. Era su primer acto como jefe de Brigada y estudió el papel con detenimiento. No era para tanto: tres líneas solicitando a la compañía de teléfonos que me eliminara del listado público de abonados. Abultaba más el encabezamiento que el texto propiamente dicho.
–¿Usted quiere que su número no figure en la guía?
Eso, precisamente, decía la nota. Por las dudas se la pedí y le eché un vistazo.
–Sí –dije–. Está escrita en español.
El rostro de Salvides se tiñó de morado. Me arrebató el papel y le estampó su firma.
Desde ese momento supe que nuestra relación no sería todo lo cordial que es deseable esperar, pero mi número no figura en guía.
Y Libermann se vio obligado a llamarme a la Brigada. Atendió Johnny.
–Ché, Gordo –gritó cubriendo el micrófono con una mano. Lo miré por el retrovisor izquierdo mientras continuaba patrullando paranoia.com–. Acá hay uno que pregunta por vos. O por el comisario Meneses.
Carcajadas generales.
Le arrebaté el auricular.
–Es Libermann –susurré.
–Oh –dijo Johnny.
Era Libermann. Sonaba desesperado.
–Tenés que ayudarme, Pirulo. Me escribió el Hombre Araña.
–Mejor lo hablamos personalmente.
–Sí.
–Pero no en tu casa.
–¡No! ¡En mi casa no!
Eso acababa de decirle. Otro con el mismo síndrome que Salvides. Debía tratarse de un virus.
–¿Te sentís bien?
Para nada. Estaba dispuesto hasta a hablar con Meneses. Le dije que no se lo recomendaba y nos citamos para esa misma tarde en una confitería de la calle Florida.
Fuimos con Johnny, aunque por separado. Insistió en conocer a Libermann: al fin de cuentas era nuestro objetivo número uno. Supongo que acepté más que nada para que no me mareara con lo de los objetivos y los pájaros. Además, me daba cierta seguridad. Libermann podía estar tendiéndome una trampa. Aparecer con Sara, por ejemplo.
Llegué a la cita temprano, con tiempo suficiente para tomar un whisky a solas. Necesitaba darme valor, prepararme para lo que pudiese ocurrir. Me encontraba en plena operación y no precisamente a cubierto, en el anonimato del ciberespacio.
Me tranquilizó ver entrar a Johnny, casi al mismo tiempo que Libermann. Johnny se detuvo en la puerta y echó una mirada general al salón. Libermann caminó directamente hacia mí, tropezando en el camino con un mozo, y se sentó a la mesa. Traía un portafolio. Johnny, un libro. Lo acababa de comprar. Se ubicó en una mesa a mis espaldas.
–Esto es terrible –dijo Libermann.
Estaba agitado. Tenía flojo el nudo de la corbata, desprendido el primer botón de la camisa y el moco en su solapa parecía el escudo de una extraña cofradía.
–¿Tomás algo?
Me miró con desconcierto. Después asintió.
–Un whisky.
Yo ya había liquidado el mío y pedí dos. Es sabido que los gastos corren por cuenta del cliente.
–Esto es terrible –insistió Libermann.
No iba a facilitarle las cosas.
–Antes que nada –dije– tenés que decidir si esto...
–Es terrible.
Hice un movimiento circular con la mano.
–Me refiero a esto, entre nosotros.
Libermann me miró expectante.
–¿Preferís que sea oficial o... extraoficial?
Preguntó qué diferencia había.
–Muy simple. Si es oficial debo dar parte al juez.
–¡Al juez!
Sí, había un virus.
–Soy un auxiliar de la Justicia –afirmé con empaque de escribano público.
El rostro descompuesto de Libermann era un espejo de su mente. Por su mente cruzaban las horribles consecuencias de su paso por el juzgado, el acoso periodístico, el escarnio de sus colegas, el divorcio, la soledad, la locura, la muerte. Y al final, en La Tablada, en el sector del cementerio destinado a las putas y los macrós, una sola persona despidiendo sus restos, su viejo amigo de juventud, yo, Pirulo.
–Extraoficial –dijo Libermann.
Asentí.
–Bien, vamos al grano.
Libermann abrió la boca, seguramente para decir lo terrible que era todo, cuando una sombra se materializó junto a la mesa.
–El doctor Libermann, presumo...
Y sin darle tiempo a responder, Johnny le alcanzó el libro.
–¿Tendrá inconveniente en dedicarlo? Es para mi novia, ¿sabe? Una gran admiradora suya.
Libermann tomó el libro, aturdido. Era su novela histórica sobre la máquina de coser. Lo abrió en la primera página. En la solapa había una fotografía suya, en su consabida pose de Pedante.
–Este hombre es un genio –evidentemente Johnny se dirigía a mí, pero no me animé a mirarlo a la cara.
Libermann ya tenía en su mano una estilográfica con capuchón dorado.
–¿Para quién...?
–Ponga “Para Carola, con amor”.
Me atraganté. Libermann vaciló.
–No me parece correcto...
–Por mí, no se haga problemas –dijo Johnny–. No soy celoso, en realidad.
Libermann parpadeaba, todavía indeciso.
–Si lo fuera, imagínese –Johnny volvía a dirigirse a mí–. Carola admira tanto al doctor...
Libermann apoyó por fin la pluma, que inició un pomposo recorrido sobre la hoja, en tanto Johnny seguía con su parloteo.
–Ella ya tiene este libro, pero muy manoseado ¿sabe? Lo lleva todo el tiempo consigo, hasta cuando va al baño. Y se queda horas ahí.
Los anteojos de Libermann estaban empañados de transpiración. Estampó su firma y le alcanzó el volumen a Johnny.
–Me parece que se masturba –dijo Johnny.
Comencé a toser. De todos modos escuché a Libermann preguntar débilmente:
–¿Quién...?
–Mi novia. ¿Quién va a ser? Y voy a confesarle algo, doctor.
Libermann boqueaba.
–Estaba muy preocupado por eso –dijo Johnny con voz aterciopelada–. Pero ahora, que lo conocí a usted, en persona, la comprendo perfectamente. En su lugar, yo haría lo mismo
Se inclinó sobre Libermann y le besó la mejilla.
–Adiós.
Lo vi alejarse con paso elástico rumbo a la puerta mientras Libermann se restregaba el pómulo.
–¡Me mojó! ¡El hijo de puta me mojó con la lengua!
Aclaré mi garganta.
–Es el problema de ser popular. Bien, volvamos a lo nuestro.
Libermann asintió.
–¿Otro whisky? –pregunté.
Nuevo asentimiento.
–Algo raro pasa con vos.
Libermann continuaba dando cabezazos como un boxeador al borde del knock out.
–Es terrible –dijo al fin–. Me escribió el Hombre Araña. Me parece que averiguó lo que pasa entre su mujer y yo. Ya sabés, las fotos.
–¡Ah! Con las que te hacés la paja.
Libermann miró a los costados.
–Bajá la voz, Pirulo.
Bajé la voz.
–¿Es la de internet?
–Sí, pero hace un tiempo empezó a mandarme e mails. A mí, personalmente. Y con fotos. ¡No sabés qué fotos!
No, yo no sabía.
–Dedicadas. “With my love…”
Libermann se detuvo. Tenía los ojos muy abiertos.
–...Caról... ¡El tipo del autógrafo!
Se puso de pie.
Miré a mis espaldas. Libermann me había contagiado su nerviosismo. Desde ya, Johnny había desaparecido hacía rato. Y por la puerta de calle.
–¡Era el Hombre Araña! –exclamó.
Logré tranquilizarlo. Y pedí dos nuevos whiskys que el mozo trajo con reticencia.
–El Hombre Araña es un actor porno.
El mozo me miró de reojo.
–¿Y no viste lo que hizo? –chilló Libermann–. ¡Me chupó toda la cara! Aunque no sé –agregó pensativo–. No tenía un culo como el del Hombre Araña.
El mozo fue hacia la barra e intercambió algunas palabras con el cajero. El cajero no nos sacaba la vista de encima.
Sugerí que sería mejor irnos.
–¡No a mi casa! –Libermann seguía chillando–. Sara no te puede ni ver. Te culpa de todo lo que me está pasando.
Me llevé las manos al pecho.
–¡¿A mí?!
–Disculpala Pirulo, ella no sabe lo de Caról.
Bueno, siendo así debía mostrarme magnánimo.
–Tranquilizate. Yo te voy a ayudar.
Libermann comenzó a moquear. Se arrepentía de haberse burlado siempre de mí, que yo no era un gordo imbécil de genes defectuosos, sino su amigo. Su mejor amigo. Su único amigo.
Casi me emocionó.
Desde hace centenares de años las raíces de la Rhodiola rosea L. poseen fama de ser un poderoso estimulante, lo que las ha convertido en un ingrediente muy utilizado para diversas pociones de amor, también conocidas como “privorotnoye zelje”.
Tomo nota: “Privorotnoye zelje”, “Privorotnoye zelje”
El legendario príncipe ucraniano Danila Galitsky (siglo XVIII), quien poseía una considerable reputación debida a sus notables hazañas sexuales, solía decir que obtuvo su vigor de “la raíz dorada de los Cárpatos”.
La raíz es mayormente utilizada bajo la forma de una bebida alcohólica llamada “nastojka”. Las raíces frescas son mezcladas con un 40 % de vodka y conservadas por lo menos durante una semana en un lugar oscuro.
Una cucharadita de nastojka luego del desayuno, almuerzo y cena provoca, al cabo de 2 o 3 semanas, extraordinarios efectos tanto en hombres como en mujeres.
Recientemente fue aprobada oficialmente como medicamento ucraniano. Su uso y aplicaciones son semejantes al del ginsén.
Extraordinarios efectos. Me gusta eso.
Libermann me llamó por teléfono. Le había dado el número de la Brigada, no el de mi casa. Muy poca gente conoce el número de mi casa. Menos aún la dirección. No figuro en la guía, ya saben, por razones de seguridad. Presenté la solicitud a la compañía de teléfonos apenas se creó la Brigada. En papel membrete de la Policía Federal, con la firma del Jefe. Impresiona, si usted ignora que todo lo que entra y sale de la Institución lleva Su firma. Es una formalidad: el Jefe firma cualquier papel que le lleven sus asistentes. Pero únicamente ellos. No puede ir cualquiera hasta su puerta y decirle: “Jefe, firme acá”. Los papeles le llegan por la vía orgánico-administrativa, a eso me refiero. Luego de hacer un largo periplo escalafonario. El puntapié inicial lo da el jefe inmediato. En mi caso, Salvides.
Ceremonial no había alcanzado a retirar los arreglos florales dispuestos para la inauguración de las computadoras cuando ya Salvides tenía mi solicitud sobre el escritorio. Era su primer acto como jefe de Brigada y estudió el papel con detenimiento. No era para tanto: tres líneas solicitando a la compañía de teléfonos que me eliminara del listado público de abonados. Abultaba más el encabezamiento que el texto propiamente dicho.
–¿Usted quiere que su número no figure en la guía?
Eso, precisamente, decía la nota. Por las dudas se la pedí y le eché un vistazo.
–Sí –dije–. Está escrita en español.
El rostro de Salvides se tiñó de morado. Me arrebató el papel y le estampó su firma.
Desde ese momento supe que nuestra relación no sería todo lo cordial que es deseable esperar, pero mi número no figura en guía.
Y Libermann se vio obligado a llamarme a la Brigada. Atendió Johnny.
–Ché, Gordo –gritó cubriendo el micrófono con una mano. Lo miré por el retrovisor izquierdo mientras continuaba patrullando paranoia.com–. Acá hay uno que pregunta por vos. O por el comisario Meneses.
Carcajadas generales.
Le arrebaté el auricular.
–Es Libermann –susurré.
–Oh –dijo Johnny.
Era Libermann. Sonaba desesperado.
–Tenés que ayudarme, Pirulo. Me escribió el Hombre Araña.
–Mejor lo hablamos personalmente.
–Sí.
–Pero no en tu casa.
–¡No! ¡En mi casa no!
Eso acababa de decirle. Otro con el mismo síndrome que Salvides. Debía tratarse de un virus.
–¿Te sentís bien?
Para nada. Estaba dispuesto hasta a hablar con Meneses. Le dije que no se lo recomendaba y nos citamos para esa misma tarde en una confitería de la calle Florida.
Fuimos con Johnny, aunque por separado. Insistió en conocer a Libermann: al fin de cuentas era nuestro objetivo número uno. Supongo que acepté más que nada para que no me mareara con lo de los objetivos y los pájaros. Además, me daba cierta seguridad. Libermann podía estar tendiéndome una trampa. Aparecer con Sara, por ejemplo.
Llegué a la cita temprano, con tiempo suficiente para tomar un whisky a solas. Necesitaba darme valor, prepararme para lo que pudiese ocurrir. Me encontraba en plena operación y no precisamente a cubierto, en el anonimato del ciberespacio.
Me tranquilizó ver entrar a Johnny, casi al mismo tiempo que Libermann. Johnny se detuvo en la puerta y echó una mirada general al salón. Libermann caminó directamente hacia mí, tropezando en el camino con un mozo, y se sentó a la mesa. Traía un portafolio. Johnny, un libro. Lo acababa de comprar. Se ubicó en una mesa a mis espaldas.
–Esto es terrible –dijo Libermann.
Estaba agitado. Tenía flojo el nudo de la corbata, desprendido el primer botón de la camisa y el moco en su solapa parecía el escudo de una extraña cofradía.
–¿Tomás algo?
Me miró con desconcierto. Después asintió.
–Un whisky.
Yo ya había liquidado el mío y pedí dos. Es sabido que los gastos corren por cuenta del cliente.
–Esto es terrible –insistió Libermann.
No iba a facilitarle las cosas.
–Antes que nada –dije– tenés que decidir si esto...
–Es terrible.
Hice un movimiento circular con la mano.
–Me refiero a esto, entre nosotros.
Libermann me miró expectante.
–¿Preferís que sea oficial o... extraoficial?
Preguntó qué diferencia había.
–Muy simple. Si es oficial debo dar parte al juez.
–¡Al juez!
Sí, había un virus.
–Soy un auxiliar de la Justicia –afirmé con empaque de escribano público.
El rostro descompuesto de Libermann era un espejo de su mente. Por su mente cruzaban las horribles consecuencias de su paso por el juzgado, el acoso periodístico, el escarnio de sus colegas, el divorcio, la soledad, la locura, la muerte. Y al final, en La Tablada, en el sector del cementerio destinado a las putas y los macrós, una sola persona despidiendo sus restos, su viejo amigo de juventud, yo, Pirulo.
–Extraoficial –dijo Libermann.
Asentí.
–Bien, vamos al grano.
Libermann abrió la boca, seguramente para decir lo terrible que era todo, cuando una sombra se materializó junto a la mesa.
–El doctor Libermann, presumo...
Y sin darle tiempo a responder, Johnny le alcanzó el libro.
–¿Tendrá inconveniente en dedicarlo? Es para mi novia, ¿sabe? Una gran admiradora suya.
Libermann tomó el libro, aturdido. Era su novela histórica sobre la máquina de coser. Lo abrió en la primera página. En la solapa había una fotografía suya, en su consabida pose de Pedante.
–Este hombre es un genio –evidentemente Johnny se dirigía a mí, pero no me animé a mirarlo a la cara.
Libermann ya tenía en su mano una estilográfica con capuchón dorado.
–¿Para quién...?
–Ponga “Para Carola, con amor”.
Me atraganté. Libermann vaciló.
–No me parece correcto...
–Por mí, no se haga problemas –dijo Johnny–. No soy celoso, en realidad.
Libermann parpadeaba, todavía indeciso.
–Si lo fuera, imagínese –Johnny volvía a dirigirse a mí–. Carola admira tanto al doctor...
Libermann apoyó por fin la pluma, que inició un pomposo recorrido sobre la hoja, en tanto Johnny seguía con su parloteo.
–Ella ya tiene este libro, pero muy manoseado ¿sabe? Lo lleva todo el tiempo consigo, hasta cuando va al baño. Y se queda horas ahí.
Los anteojos de Libermann estaban empañados de transpiración. Estampó su firma y le alcanzó el volumen a Johnny.
–Me parece que se masturba –dijo Johnny.
Comencé a toser. De todos modos escuché a Libermann preguntar débilmente:
–¿Quién...?
–Mi novia. ¿Quién va a ser? Y voy a confesarle algo, doctor.
Libermann boqueaba.
–Estaba muy preocupado por eso –dijo Johnny con voz aterciopelada–. Pero ahora, que lo conocí a usted, en persona, la comprendo perfectamente. En su lugar, yo haría lo mismo
Se inclinó sobre Libermann y le besó la mejilla.
–Adiós.
Lo vi alejarse con paso elástico rumbo a la puerta mientras Libermann se restregaba el pómulo.
–¡Me mojó! ¡El hijo de puta me mojó con la lengua!
Aclaré mi garganta.
–Es el problema de ser popular. Bien, volvamos a lo nuestro.
Libermann asintió.
–¿Otro whisky? –pregunté.
Nuevo asentimiento.
–Algo raro pasa con vos.
Libermann continuaba dando cabezazos como un boxeador al borde del knock out.
–Es terrible –dijo al fin–. Me escribió el Hombre Araña. Me parece que averiguó lo que pasa entre su mujer y yo. Ya sabés, las fotos.
–¡Ah! Con las que te hacés la paja.
Libermann miró a los costados.
–Bajá la voz, Pirulo.
Bajé la voz.
–¿Es la de internet?
–Sí, pero hace un tiempo empezó a mandarme e mails. A mí, personalmente. Y con fotos. ¡No sabés qué fotos!
No, yo no sabía.
–Dedicadas. “With my love…”
Libermann se detuvo. Tenía los ojos muy abiertos.
–...Caról... ¡El tipo del autógrafo!
Se puso de pie.
Miré a mis espaldas. Libermann me había contagiado su nerviosismo. Desde ya, Johnny había desaparecido hacía rato. Y por la puerta de calle.
–¡Era el Hombre Araña! –exclamó.
Logré tranquilizarlo. Y pedí dos nuevos whiskys que el mozo trajo con reticencia.
–El Hombre Araña es un actor porno.
El mozo me miró de reojo.
–¿Y no viste lo que hizo? –chilló Libermann–. ¡Me chupó toda la cara! Aunque no sé –agregó pensativo–. No tenía un culo como el del Hombre Araña.
El mozo fue hacia la barra e intercambió algunas palabras con el cajero. El cajero no nos sacaba la vista de encima.
Sugerí que sería mejor irnos.
–¡No a mi casa! –Libermann seguía chillando–. Sara no te puede ni ver. Te culpa de todo lo que me está pasando.
Me llevé las manos al pecho.
–¡¿A mí?!
–Disculpala Pirulo, ella no sabe lo de Caról.
Bueno, siendo así debía mostrarme magnánimo.
–Tranquilizate. Yo te voy a ayudar.
Libermann comenzó a moquear. Se arrepentía de haberse burlado siempre de mí, que yo no era un gordo imbécil de genes defectuosos, sino su amigo. Su mejor amigo. Su único amigo.
Casi me emocionó.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)