Ante los gritos horrorizados de Sara, cubrí a mi pequeño amigo con una mano y lo guardé en su madriguera.
–Por favor, tranquilizate, Sara. Esto es un error.
Avancé hacia ella. Sus chillidos se volvieron completamente anormales. Al fin reaccionó y se metió a la pieza. Quiso cerrar la puerta, pero yo ya estaba cerca y alcancé a apoyar mi hombro. Por más fuerzas que fuera capaz de extraer de su estado de demencia, jamás serían suficientes como para moverme.
Habíamos llegado ahora a un empate técnico. Era momento de desnivelar. Empujé con el hombro.
Sara era una mujer pequeña. Y bonita, aunque esto no tenía la menor relación con lo que estaba sucediendo, como no fuera en lo concerniente a sus más íntimas fantasías. La mayoría de las personas teme más a aquello que más desea, a eso me refiero.
Pero yo no pretendía violar a Sara. Me importaban un comino sus recónditos deseos eróticos.
Cuando empujé la puerta con el hombro ella salió despedida hacia atrás y golpeó contra el placard, pero no crean que perdió el conocimiento. Nada de eso. Gritó más fuerte. No me acusaba de nada específico, limitándose a emitir unos chillidos que sonaban Iiii, iiii, y ponían mi hipófisis al borde del descontrol.
No crean que yo comprendía la naturaleza de sus fantasías, pero no estaba dispuesto a satisfacerla. Ni me parece que pudiera. Su deseo la había llevado a un frenesí imposible de sosegar, ni siquiera por el Hombre Araña.
La idea me dio risa.
–¡Iii! ¡Iiii! –chillaba Sara, aplastada contra la puerta del ropero.
–Calmate –decía yo mientras trataba de imaginar una excusa razonable que justificara mi presencia, y mis carcajadas. Podría argüir que Libermann me había pedido que le llevara unos papeles o le copiara algún archivo. Al fin de cuentas había entrado con sus llaves. Lo de mi pirulín ya sería más difícil de explicar, pero aun de poder hacerlo, todo el mundo acabaría sabiendo que era yo quien enviaba los mensajes.
Ay, carajo.
Llegué junto a Sara y apoyé mis manos en sus brazos. Toda ella era un temblequeante manojo de pasto seco.
–Tranquilizante. No te voy a hacer nada.
Trató de deshacerse de mí dando un paso hacia el costado. La sujeté por los brazos, tan delgados como los de Elena cuando intentaba cubrir su escueto corpiño en la cocina de casa.
La evocación no resultó conveniente. Mi pequeño amiguito empezó a desperezarse y un segundo después ya me había echado sobre Sara tratando de abrir el cierre de su vestido.
Sara me dio un tremendo mordisco en la oreja. Le metí los dedos en los ojos, para que aflojara la presión de sus mandíbulas. Aflojó. Me aparté, apenas, palpando mi herida. Tenía el lóbulo desgarrado.
–Hija de puta. Caníbal.
Alcanzó a soltarse y todavía enceguecida por la histeria, trastabilló hacia la puerta balcón. Me lancé detrás suyo, pero tropecé con la cama, dándole tiempo a quitar la traba y correr la hoja de la puerta. Salió al balcón. Me lancé por la abertura antes de que consiguiera cerrar la hoja, pero tropecé, cayendo entre las macetas. Comencé a incorporarme. Estaba en posición supina cuando miré para arriba. Sara había alzado los brazos sobre su cabeza. Sostenía una de las macetas.
–¡No!
La maceta se partió en mi cabeza.
Volví a ver estrellitas, pero me incorporé con un rugido y le pegué con el hombro en medio del pecho. Retrocedió hasta chocar contra la baranda.
–¡Gordo de mierda!
Era demasiado.
La agarré del cuello con la mano izquierda y metí la derecha entre sus piernas.
Puso cara de asco. Vaya uno a saber qué pensó.
–Tarada –dije una vez que la alcé en el aire.
El “Iiiii” fue haciéndose más débil a medida que su figura se hacía más y más pequeña.
Regresé hasta la computadora, saqué el disquete y rocié el teclado con solvente en aerosol para eliminar mis huellas. Volví hacia el living, pasando un pañuelo por los picaportes y todos aquellos sitios que pudiera haber tocado.
Estaba limpiando la puerta de entrada cuando me sobresaltó el teléfono.
Quedé paralizado, sin saber qué hacer. Luego recapacité en lo absurdo de mi reacción y proseguí con la limpieza.
“Usted se ha comunicado...” dijo la voz de Sara.
Nueva taquicardia. Me había vuelto un verdadero imbécil: Sara estaba despachurrada treinta y pico de metros más abajo. Respiré profundamente tratando de normalizar mi ritmo cardíaco. Entreabrí la puerta de entrada y espié hacia el palier. Estaba a oscuras.
“Hola, habla Aníbal. Estoy devolviendo tu llamado.”
Me volví hacia el contestador. La voz tenía un sonido de ultratumba, pero era realmente Aníbal Lequerica, lo reconocí al instante. ¿Qué hacía ahí mi amigo Aníbal, llamando a casa de Libermann?
“Yo también me siento preocupado por Lito”.
Ese era Libermann, ya saben.
“Pirulo es muy peligroso”.
¿Yo? ¿Qué tenía que ver yo?
“No solo quiso violar a la esposa del médico...”
–¡Mentiras! –grité– ¡Eso fue un invento tuyo!
“...también mató a su padre”.
–¡Hijo de puta! ¡Mi viejo ya estaba muerto, hijo de puta!
“Bien, luego hablamos. Llamame”.
“Bien”. Después de cubrirme de mierda todo lo que se le ocurría decir era “bien”. Claro que lo iba a llamar, pero ¿adónde?, si ni siquiera sabía que había vuelto del extranjero.
“La agenda de Sara”, me dije. Ahí debía figurar el número telefónico de Aníbal. Pero no tuve tiempo de buscarla: el ascensor se había puesto en movimiento.
Salí al palier, cerré la puerta y bajé por las escaleras.
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martes, 12 de abril de 2011
miércoles, 6 de abril de 2011
31. Un súbito incremento de las gonadotropinas
Pasé toda la mañana diseñando una página Web. Pueden encontrarla en www.geocities.htm/users/inocente/. Quedó bastante bien.
Título:
“Yo no violé al inspector Salvides”.
Explico la verdad de lo ocurrido, tal como se lo relaté a ustedes, obviando, por inconducente, el detalle de la calcomanía y las pastillas.
Envié un e mail con la dirección de la página a numerosos destinatarios, comenzando por el Jefe. Dispuesto a proclamar mi inocencia a los cuatro vientos, también la dejé en algunos periódicos y en el Ministerio de Interior. Asunto:
“A la autoridad que corresponda”
Mi copiloto dijo que esto estaba muy bien, pues contribuía a crear el Caos Institucional.
Jamás había pretendido nada semejante, pero me cuidé de confesárselo. Me admiran, él y su hermano. Me creen un tipo cool.
No pienso revelarles el verdadero origen de mis trastornos de conducta. Podrían atar cabos, sospechar la razón profunda de sus propias motivaciones, esa deformación genética hereditaria que signará sus vidas. No tardará en tener manifestaciones físicas, fácilmente detectables a simple vista, pero hasta entonces prefiero que disfruten de su existencia mientras puedan, sin ataduras ni complejos, libres de un diagnóstico temprano.
Si alguien hubiera sido tan bondadoso conmigo...
Pero no vale la pena pensar en el asunto: sólo lograría aumentar mi resentimiento. Fuera de Johnny y mis sobrinos, no queda nadie en mundo a quien no desee fervientemente aplastar como a una cucaracha.
También está el doctor Hermosilla, claro.
Es un buen hombre. Se preocupó por mi estado de salud. Y me dio tres días de vida.
Pero no hay nadie más. En algún momento, a pesar de su propensión al sadismo, llegué a apreciar al subcomisario Iraola. Éramos de algún modo dos almas gemelas condenadas al cotolengo por culpa de una discapacidad.
Bestia Deforme, me dijo.
Y rescindió mi contrato.
Pero yo no olvido. No olvido nada.
Mi copiloto vino para contarme que había conseguido entrar a la Policía Federal. Por un momento me desconcertó, pero luego comprendí que se refería a los archivos.
–No hay nada muy interesante –dijo.
Parecía tan decepcionado que le sugerí probar en Documentación Personal. Seguramente se le ocurriría algo divertido para hacer ahí.
Sonrió. Mi figura se agigantaba progresivamente a sus ojos y había adquirido las dimensiones de un Coloso. Sí, yo entendía la verdadera esencia de todo el asunto, el Secreto Profundo de la Vida: la diversión.
Nos chocamos las manos. Luego se puso la campera. Estaba muy ansioso por sentarse frente a la computadora. Abrió la puerta y se volvió.
–¡Qué onda tenés, tío!
Me sonrojé, qué quieren que les diga.
Esa noche fui hasta la casa de Libermann. Tenía sus llaves ¿recuerdan? De todos modos, por un momento, dudé: ¿me encontraría con Sara o habría salido a uno de sus torneos de backgammon?
Desde la calle resultaba imposible ver si había luz en su piso. Crucé y llamé por el portero eléctrico sin obtener respuesta. Lo hice tres veces más, con el mismo resultado. Saqué el llavero de Libermann. Acerté con la llave al segundo intento. Subí por el ascensor hasta el piso dieciséis, desde donde bajé hasta el quince por las escaleras. No quería correr riesgos.
Por ejemplo: encontrarme cara a cara con Sara al salir del ascensor. De sólo imaginar lo que podría ocurrir me dolieron los testículos.
Otro riesgo era que el portero eléctrico estuviera averiado. Apoyé la oreja contra la puerta. Ningún ruido. Toqué el timbre y corrí a ocultarme en las escaleras. Dejé pasar un par de minutos. Al fin me decidí y regresé con el llavero en la mano. Esta vez demoré bastante en acertar con las dos llaves correspondientes.
¿Para qué querrá tantas llaves un homeless como Libermann?
Esto fue un chiste.
Una vez dentro del departamento me dejé caer en un sillón. Tenía una angustiosa necesidad de tomar un whisky, pero me contuve: era preciso dejar la menor cantidad de rastros. Fui hasta el escritorio de Libermann. Comprobé, con alivio, que la computadora seguía ahí. Era esencial para mi plan.
La encendí y coloqué el disquete que llevaba en el bolsillo. Lo abrí. Había trabajado lo suficiente en esa imagen como para no experimentar otra sensación que la indiferencia, pero el enorme miembro del Hombre Araña seguía pareciendo tan amenazante que volví a sentir una extraña inquietud, como un ahogo. Y calores, debidos seguramente a una secreción de gonadotropinas.
Minimicé el archivo y abrí el programa de correo de Libermann. El muy imbécil había decidido reemplazar su nombre por un seudónimo: “Liber”. Le habrá sonado poético, o romántico, o váyase a saber qué. Con esos locos nunca se sabe.
Si bien su dirección electrónica figuraría como remitente en el e mail, no me pareció apropiado que la tarjeta fuera sin firma. Expandí el archivo de la disquetera e introduje una ligera modificación.
“Podrás dejar de quererme, pero olvidarme, jamás”
Borré la firma de Spiderman y escribí:
“Carlos S. Libermann. Doctor en Filosofía”.
Luego volví a su programa de correo, tecleé la contraseña y al cabo de unos segundos ya estaba en el ciberespacio.
Sentí la consiguiente erección. Mi hipófisis producía ahora testosterona a toneladas.
Envié un e mail a la oficial Quintana. Asunto: “Deseo Incontrolable”.
Y le añadí la tarjeta.
Repetí el procedimiento, cambiando únicamente la dirección de Carola por la del inspector Salvides.
Y me dejé llevar. Ya saben como es eso.
El siguiente e mail lo mandé al Ministerio del Interior, y tuve tiempo de enviar un cuarto a Ernesto Sábato, que había cometido la torpeza de figurar en el buscador Ole. Estaba reflexionando sobre la conveniencia de que también Iraola recibiera su tarjetita cuando escuché la puerta de calle.
¡Otra vez!
¿Es que no podía meterme en la casa de nadie sin que apareciese Iraola a fastidiar?
No sé por qué pensé en Iraola. Carecía de la menor lógica que el subcomisario tuviera las llaves de la casa de Libermann, pero pensé en él. Y en esta oportunidad no tenía un reflector para enceguecerlo, ni somníferos, ni nada. Ni siquiera un miserable rastro de mi erección. Había desaparecido como por encanto, apenas escuché la puerta.
Súbitamente tomé verdadera conciencia de que estaba en la casa de Libermann. No era Iraola quien me sorprendería en tan desairada situación, con mi aterciopelado pirulín fuera de su escondrijo, jadeando sobre el teclado de una computadora ajena. Era alguien muchísimo más peligroso: Sara.
Me refiero a que Iraola podría cubrirme de insultos, dejarme sin trabajo y hasta enviarme a la cárcel, pero jamás, sépase que jamás, hurgaría en mis bolsas tratando de verificar si los testículos están en su sitio.
Desconecté la computadora y apagué la luz casi al mismo tiempo que Sara encendía la del pasillo. Pasó frente al escritorio de Libermann sin dignarse a mirar y entró a la habitación contigua.
Me asomé al pasillo. Si conseguía atravesar los cinco metros que me separaban del living podría luego ir hasta la cocina y escabullirme por la puerta de servicio. Di un paso fuera del escritorio. Y un segundo paso, siempre mirando sobre mi hombro. Y mirando sobre mi hombro fue que la vi salir de la habitación.
El tiempo se detuvo.
La tierra se detuvo.
El universo entero se detuvo, convertido en un inmenso sepulcro. Apenas el sordo rumor del tránsito permitía advertir que todavía había vida allá abajo, en el planeta Tierra.
El rostro de Sara estaba descompuesto. Tenía las piernas abiertas, los hombros alzados y sus brazos colgaban tiesos a sus costados. Un verdadero espantajo. Pero, medio de espaldas, mirando sobre mi hombro, con la pierna derecha en el aire, yo lucía infinitamente peor: un bailarín elefantiásico ejecutando un pas de deux.
Título del ballet: el cisne y el esperpento.
El cisne era yo. Me vino una risa...
Sara salió del estupor y parpadeó. Entonces yo apoyé mi pie en el suelo y me volví hacia ella. Comenzó a gritar.
–¿Qué pasa mujer?
Ella gritó más fuerte.
–Pero ¿qué mierda pasa?
Miré hacia abajo, hacia el sitio donde se habían clavado los horrorizados ojos de Sara: mi pequeño amigo permanecía asomado fuera de su escondite.
¡Qué momento!
Título:
“Yo no violé al inspector Salvides”.
Explico la verdad de lo ocurrido, tal como se lo relaté a ustedes, obviando, por inconducente, el detalle de la calcomanía y las pastillas.
Envié un e mail con la dirección de la página a numerosos destinatarios, comenzando por el Jefe. Dispuesto a proclamar mi inocencia a los cuatro vientos, también la dejé en algunos periódicos y en el Ministerio de Interior. Asunto:
“A la autoridad que corresponda”
Mi copiloto dijo que esto estaba muy bien, pues contribuía a crear el Caos Institucional.
Jamás había pretendido nada semejante, pero me cuidé de confesárselo. Me admiran, él y su hermano. Me creen un tipo cool.
No pienso revelarles el verdadero origen de mis trastornos de conducta. Podrían atar cabos, sospechar la razón profunda de sus propias motivaciones, esa deformación genética hereditaria que signará sus vidas. No tardará en tener manifestaciones físicas, fácilmente detectables a simple vista, pero hasta entonces prefiero que disfruten de su existencia mientras puedan, sin ataduras ni complejos, libres de un diagnóstico temprano.
Si alguien hubiera sido tan bondadoso conmigo...
Pero no vale la pena pensar en el asunto: sólo lograría aumentar mi resentimiento. Fuera de Johnny y mis sobrinos, no queda nadie en mundo a quien no desee fervientemente aplastar como a una cucaracha.
También está el doctor Hermosilla, claro.
Es un buen hombre. Se preocupó por mi estado de salud. Y me dio tres días de vida.
Pero no hay nadie más. En algún momento, a pesar de su propensión al sadismo, llegué a apreciar al subcomisario Iraola. Éramos de algún modo dos almas gemelas condenadas al cotolengo por culpa de una discapacidad.
Bestia Deforme, me dijo.
Y rescindió mi contrato.
Pero yo no olvido. No olvido nada.
Mi copiloto vino para contarme que había conseguido entrar a la Policía Federal. Por un momento me desconcertó, pero luego comprendí que se refería a los archivos.
–No hay nada muy interesante –dijo.
Parecía tan decepcionado que le sugerí probar en Documentación Personal. Seguramente se le ocurriría algo divertido para hacer ahí.
Sonrió. Mi figura se agigantaba progresivamente a sus ojos y había adquirido las dimensiones de un Coloso. Sí, yo entendía la verdadera esencia de todo el asunto, el Secreto Profundo de la Vida: la diversión.
Nos chocamos las manos. Luego se puso la campera. Estaba muy ansioso por sentarse frente a la computadora. Abrió la puerta y se volvió.
–¡Qué onda tenés, tío!
Me sonrojé, qué quieren que les diga.
Esa noche fui hasta la casa de Libermann. Tenía sus llaves ¿recuerdan? De todos modos, por un momento, dudé: ¿me encontraría con Sara o habría salido a uno de sus torneos de backgammon?
Desde la calle resultaba imposible ver si había luz en su piso. Crucé y llamé por el portero eléctrico sin obtener respuesta. Lo hice tres veces más, con el mismo resultado. Saqué el llavero de Libermann. Acerté con la llave al segundo intento. Subí por el ascensor hasta el piso dieciséis, desde donde bajé hasta el quince por las escaleras. No quería correr riesgos.
Por ejemplo: encontrarme cara a cara con Sara al salir del ascensor. De sólo imaginar lo que podría ocurrir me dolieron los testículos.
Otro riesgo era que el portero eléctrico estuviera averiado. Apoyé la oreja contra la puerta. Ningún ruido. Toqué el timbre y corrí a ocultarme en las escaleras. Dejé pasar un par de minutos. Al fin me decidí y regresé con el llavero en la mano. Esta vez demoré bastante en acertar con las dos llaves correspondientes.
¿Para qué querrá tantas llaves un homeless como Libermann?
Esto fue un chiste.
Una vez dentro del departamento me dejé caer en un sillón. Tenía una angustiosa necesidad de tomar un whisky, pero me contuve: era preciso dejar la menor cantidad de rastros. Fui hasta el escritorio de Libermann. Comprobé, con alivio, que la computadora seguía ahí. Era esencial para mi plan.
La encendí y coloqué el disquete que llevaba en el bolsillo. Lo abrí. Había trabajado lo suficiente en esa imagen como para no experimentar otra sensación que la indiferencia, pero el enorme miembro del Hombre Araña seguía pareciendo tan amenazante que volví a sentir una extraña inquietud, como un ahogo. Y calores, debidos seguramente a una secreción de gonadotropinas.
Minimicé el archivo y abrí el programa de correo de Libermann. El muy imbécil había decidido reemplazar su nombre por un seudónimo: “Liber”. Le habrá sonado poético, o romántico, o váyase a saber qué. Con esos locos nunca se sabe.
Si bien su dirección electrónica figuraría como remitente en el e mail, no me pareció apropiado que la tarjeta fuera sin firma. Expandí el archivo de la disquetera e introduje una ligera modificación.
“Podrás dejar de quererme, pero olvidarme, jamás”
Borré la firma de Spiderman y escribí:
“Carlos S. Libermann. Doctor en Filosofía”.
Luego volví a su programa de correo, tecleé la contraseña y al cabo de unos segundos ya estaba en el ciberespacio.
Sentí la consiguiente erección. Mi hipófisis producía ahora testosterona a toneladas.
Envié un e mail a la oficial Quintana. Asunto: “Deseo Incontrolable”.
Y le añadí la tarjeta.
Repetí el procedimiento, cambiando únicamente la dirección de Carola por la del inspector Salvides.
Y me dejé llevar. Ya saben como es eso.
El siguiente e mail lo mandé al Ministerio del Interior, y tuve tiempo de enviar un cuarto a Ernesto Sábato, que había cometido la torpeza de figurar en el buscador Ole. Estaba reflexionando sobre la conveniencia de que también Iraola recibiera su tarjetita cuando escuché la puerta de calle.
¡Otra vez!
¿Es que no podía meterme en la casa de nadie sin que apareciese Iraola a fastidiar?
No sé por qué pensé en Iraola. Carecía de la menor lógica que el subcomisario tuviera las llaves de la casa de Libermann, pero pensé en él. Y en esta oportunidad no tenía un reflector para enceguecerlo, ni somníferos, ni nada. Ni siquiera un miserable rastro de mi erección. Había desaparecido como por encanto, apenas escuché la puerta.
Súbitamente tomé verdadera conciencia de que estaba en la casa de Libermann. No era Iraola quien me sorprendería en tan desairada situación, con mi aterciopelado pirulín fuera de su escondrijo, jadeando sobre el teclado de una computadora ajena. Era alguien muchísimo más peligroso: Sara.
Me refiero a que Iraola podría cubrirme de insultos, dejarme sin trabajo y hasta enviarme a la cárcel, pero jamás, sépase que jamás, hurgaría en mis bolsas tratando de verificar si los testículos están en su sitio.
Desconecté la computadora y apagué la luz casi al mismo tiempo que Sara encendía la del pasillo. Pasó frente al escritorio de Libermann sin dignarse a mirar y entró a la habitación contigua.
Me asomé al pasillo. Si conseguía atravesar los cinco metros que me separaban del living podría luego ir hasta la cocina y escabullirme por la puerta de servicio. Di un paso fuera del escritorio. Y un segundo paso, siempre mirando sobre mi hombro. Y mirando sobre mi hombro fue que la vi salir de la habitación.
El tiempo se detuvo.
La tierra se detuvo.
El universo entero se detuvo, convertido en un inmenso sepulcro. Apenas el sordo rumor del tránsito permitía advertir que todavía había vida allá abajo, en el planeta Tierra.
El rostro de Sara estaba descompuesto. Tenía las piernas abiertas, los hombros alzados y sus brazos colgaban tiesos a sus costados. Un verdadero espantajo. Pero, medio de espaldas, mirando sobre mi hombro, con la pierna derecha en el aire, yo lucía infinitamente peor: un bailarín elefantiásico ejecutando un pas de deux.
Título del ballet: el cisne y el esperpento.
El cisne era yo. Me vino una risa...
Sara salió del estupor y parpadeó. Entonces yo apoyé mi pie en el suelo y me volví hacia ella. Comenzó a gritar.
–¿Qué pasa mujer?
Ella gritó más fuerte.
–Pero ¿qué mierda pasa?
Miré hacia abajo, hacia el sitio donde se habían clavado los horrorizados ojos de Sara: mi pequeño amigo permanecía asomado fuera de su escondite.
¡Qué momento!
miércoles, 30 de marzo de 2011
30. Modelando genes
Abro la página del Eubios Ethics Institute:
“Debido a los rápidos avances en el campo de la genética molecular es en la actualidad posible la aplicación de la terapia genética. Esta consiste, básicamente, en reemplazar por genes correctos aquellos genes defectuosos que están provocando la enfermedad”.
Genes correctos por genes defectuosos. Tranquiliza saberlo.
Abrí los ojos, sobresaltado. La llave del calabozo sonó exactamente igual que la corredera de una automática. Supe que era el fin: me habían dejado más o menos entero, apenas un par de golpes en los riñones cuando me bajaron del patrullero, para este preciso momento de supremo sadismo. Sábato habría finalmente conseguido salir del estupor y ahora me aguardaba en una piecita de los fondos de la comisaría, con un electrodo en cada mano.
Cerré los ojos.
–A ver, Hardy, arriba. El comisario quiere conocerte.
¿Quién era Hardy? Espié a través de las pestañas. El agente estaba de pie en el vano de la puerta, con las manos en la cintura.
–Vamos, gordo, arriba. No te hagás el remolón porque la vas a pasar mal.
Aunque hubiera veinte a mi alrededor siempre sabría quién es el gordo.
Me senté y eché una ojeada al calabozo. No había nadie más fuera de Libermann. Seguía tendido en el asiento, cubierto hasta la nariz con su marchito saco de casimir inglés, tan rígido como una víctima del Vesubio. Sólo sus ojos parecían vivos, agrandados por el terror a la próxima erupción.
–El comisario debe querer reírse con las aventuras de Ernesto Sábato.
–¡Cállese!
La noche anterior yo había informado al oficial de guardia sobre las actividades de su subordinado. No me había tomado en serio. Y comentó el caso con el resto del personal. Ahora este imprudente se disponía a repetir mi declaración a voz en cuello, en presencia de Libermann.
El imprudente avanzó un paso dentro de la celda.
–¿Me vas a pegar?
Carajo, me encontraba en la situación de un killer del Far West. Había sentado de una trompada a un policía y ahora todos sus compañeros pretendían desafiarme. Hice un gesto de desconsuelo que bien podría interpretarse como una negativa y me puse de pie.
–Vamos –dije.
El imprudente se interpuso en mi camino.
–¿No me vas a pegar?
–Déjeme pasar.
–Pasá.
Pasé.
–Pirulo...
Me volví hacia Libermann.
–…por favor –dijo– no hagás más cagadas.
Asentí: Libermann tenía razón. Ayudé al imprudente funcionario policial a ponerse de pie.
–Vamos.
–Sí, sí –dijo el imprudente funcionario policial.
Me precedió al despacho del comisario, abriéndome paso.
El comisario era un rubio con pinta de gerente de marketing de una trasnacional. Conversaba con Iraola.
–Los dejo solos –dijo el comisario con una sonrisa. Iraola no sonreía. Yo tampoco.
–¿Qué carajo está haciendo? –escupió Iraola.
Era una pregunta retórica porque sin darme tiempo a que le explicara lo de Sábato me cubrió de insultos. Algunos, como “monstruo infame”, “cerebro de mosca” o “bestia anormal”, si bien no me resultaron novedosos, tenían al menos el justificativo de la disfunción glandular. Pero "borracho", "vicioso" o "pederasta" estaban completamente fuera de lugar. En primer término, porque no era verdad que yo hubiese querido sodomizar al inspector Salvides –¡la versión había llegado hasta los oídos del mismísimo Jefe!– y segundo, porque aun de haber sido el caso –agregué imprudente– Salvides estaba lejos de ser un suave y cándido efebo en condiciones de sucumbir a los ardores de un gordo libidinoso.
Un pequeño microbio recorría los laberintos del cerebro de Iraola devorando hasta la última partícula de cordura, posiblemente un efecto secundario del ácido lisérgico. Interpretó mis palabras como le dio la gana.
–Quiere decir que si Salvides fuera joven...
–No.
–...y hermoso...
–Eso sería imposible.
–...usted...
La situación me estaba causando gracia. Ya saben como es eso, me dejo llevar.
–Debería también ser lampiño –dije con una sonrisa– y tener pectorales lo suficientemente desarrollados, como para asirse, al estilo Isabel Sarli. Y un culo como el de mi hermano.
–El de su hermana... –intentó corregir Iraola.
–No, mi hermano está en mejor forma.
Iraola se puso violentamente de pie. Se tambaleó al alzar el bastón por lo que su golpe cayó bastante lejos de mi cabeza, destrozando un bonito portaplumas obtenido por el comisario a cambio de algún acto de corrupción extraoficial.
El comisario abrió la puerta del despacho.
–¿Qué está pasando?
–Rompió el portaplumas.
Señalé los restos del soborno. Un error, pues el siguiente bastonazo de Iraola me acertó en la mano.
–Cálmese –dijo el comisario.
Le había hablado a Iraola, pero Iraola parecía ahora más tranquilo, casi satisfecho se diría. Era yo quien saltaba en el despacho restregando mi mano entre las piernas.
–Mastúrbese ahora –dijo Iraola con resentimiento–. Como si ya no hubiera hecho bastante.
El comisario se volvió hacia mí. Parecía auténticamente horrorizado.
–Eso no es verdad –expliqué– me acaba de pegar con el bastón. Usted lo vio. Además, rompió su portaplumas.
–Yo ya no creo ni en lo que veo ni en lo que escucho. Primero usted con esa historia de que el cabo Galíndez es Ernesto Sábato. Y de que se aparece en la pantalla mientras usted patrulla. ¿Qué carajo puede patrullar un PCBC?
Abrí la boca para responder pero Iraola me silenció.
–¡Chitón! –ordenó– Esa es información reservada. Una palabra y no sale de cárcel por quince años. Está en el contrato –añadió, tratando de amedrentarme.
Lo consiguió.
Al comisario no le gustó mucho la idea de que hubiera información a la cual no podía tener acceso.
–¿Qué patrulla?
–Mis labios están sellados.
–Mejor así –dijo Iraola–. De todos modos, no sé que será de usted después de lo que hizo.
El comisario nos miraba alternativamente, sin comprender muy bien que ocurría. ¿Acaso yo había hecho algo más que pegarle al cabo Galíndez?
–Se quiso coger al inspector Salvides en un velorio –explicó Iraola.
Primero había sido Hilda López Vázquez. Ahora Salvides. No era posible que todo volviera a comenzar una y otra vez. Me eché a reír, una reacción nerviosa típica del hipotiroidismo. Iraola la tomó por jactancia. Ya se sabe: cree el ladrón que todos son de su condición.
–Se acabó. Mañana mismo procederé a anular su contrato.
La rueda del tiempo había dado un giro completo y me encontraba nuevamente en el punto de partida, a un paso de buscar alojamiento en casa de Rolo. Ahora que había descubierto sus secretas inclinaciones sadomasoquistas la perspectiva era menos halagüeña que nunca. No creí que pudiera soportarlo. Cualquier noche a Rolo se le daría por colgarse del arnés para que le azotara su redondo culo de muchachita. O algo peor. Rolo era capaz de cualquier cosa. Lo supe la noche en que me amenazó con el cañón de la Mágnum.
¿Habría limado la mira?
Una vez que los agentes consiguieron inmovilizar a Iraola, empeñado en silenciar mis carcajadas a bastonazo limpio, el comisario me envió a la sala de guardia, donde el propio Ernesto Sábato me devolvió mis efectos personales.
–Ya nos volveremos a ver, gordo de mierda.
El diagnóstico del doctor López Vázquez ya era de dominio público. Una gravísima falta de ética que denunciaría a la brevedad al Colegio Médico. Pero ahora debía ocuparme de Sábato. Apreté los dientes.
–Como te me vuelvas a aparecer en alguna red voy a venir a buscarte, hijo de puta.
Sábato hizo una sonrisa canchera, pero creo que logré preocuparlo.
Ya en la calle aspiro el fresco aire de la mañana. Los paraísos en flor siguen oliendo a azahar.
¿A mis múltiples padecimientos debo ahora agregar las alucinaciones olfativas?
No puedo dejar de pensar en el momento de llegar a casa para entrar a neurociencia. Pero recuerdo a Hermosilla. Le haré una consulta. Es el único médico en quien confío: no tiene ninguna vinculación con el doctor López Vázquez. Ni con Libermann.
A propósito: Libermann quedó detenido, en averiguación de antecedentes.
A propósito bis: tengo su llavero. Ernesto Sábato me lo dio por error.
“Debido a los rápidos avances en el campo de la genética molecular es en la actualidad posible la aplicación de la terapia genética. Esta consiste, básicamente, en reemplazar por genes correctos aquellos genes defectuosos que están provocando la enfermedad”.
Genes correctos por genes defectuosos. Tranquiliza saberlo.
Abrí los ojos, sobresaltado. La llave del calabozo sonó exactamente igual que la corredera de una automática. Supe que era el fin: me habían dejado más o menos entero, apenas un par de golpes en los riñones cuando me bajaron del patrullero, para este preciso momento de supremo sadismo. Sábato habría finalmente conseguido salir del estupor y ahora me aguardaba en una piecita de los fondos de la comisaría, con un electrodo en cada mano.
Cerré los ojos.
–A ver, Hardy, arriba. El comisario quiere conocerte.
¿Quién era Hardy? Espié a través de las pestañas. El agente estaba de pie en el vano de la puerta, con las manos en la cintura.
–Vamos, gordo, arriba. No te hagás el remolón porque la vas a pasar mal.
Aunque hubiera veinte a mi alrededor siempre sabría quién es el gordo.
Me senté y eché una ojeada al calabozo. No había nadie más fuera de Libermann. Seguía tendido en el asiento, cubierto hasta la nariz con su marchito saco de casimir inglés, tan rígido como una víctima del Vesubio. Sólo sus ojos parecían vivos, agrandados por el terror a la próxima erupción.
–El comisario debe querer reírse con las aventuras de Ernesto Sábato.
–¡Cállese!
La noche anterior yo había informado al oficial de guardia sobre las actividades de su subordinado. No me había tomado en serio. Y comentó el caso con el resto del personal. Ahora este imprudente se disponía a repetir mi declaración a voz en cuello, en presencia de Libermann.
El imprudente avanzó un paso dentro de la celda.
–¿Me vas a pegar?
Carajo, me encontraba en la situación de un killer del Far West. Había sentado de una trompada a un policía y ahora todos sus compañeros pretendían desafiarme. Hice un gesto de desconsuelo que bien podría interpretarse como una negativa y me puse de pie.
–Vamos –dije.
El imprudente se interpuso en mi camino.
–¿No me vas a pegar?
–Déjeme pasar.
–Pasá.
Pasé.
–Pirulo...
Me volví hacia Libermann.
–…por favor –dijo– no hagás más cagadas.
Asentí: Libermann tenía razón. Ayudé al imprudente funcionario policial a ponerse de pie.
–Vamos.
–Sí, sí –dijo el imprudente funcionario policial.
Me precedió al despacho del comisario, abriéndome paso.
El comisario era un rubio con pinta de gerente de marketing de una trasnacional. Conversaba con Iraola.
–Los dejo solos –dijo el comisario con una sonrisa. Iraola no sonreía. Yo tampoco.
–¿Qué carajo está haciendo? –escupió Iraola.
Era una pregunta retórica porque sin darme tiempo a que le explicara lo de Sábato me cubrió de insultos. Algunos, como “monstruo infame”, “cerebro de mosca” o “bestia anormal”, si bien no me resultaron novedosos, tenían al menos el justificativo de la disfunción glandular. Pero "borracho", "vicioso" o "pederasta" estaban completamente fuera de lugar. En primer término, porque no era verdad que yo hubiese querido sodomizar al inspector Salvides –¡la versión había llegado hasta los oídos del mismísimo Jefe!– y segundo, porque aun de haber sido el caso –agregué imprudente– Salvides estaba lejos de ser un suave y cándido efebo en condiciones de sucumbir a los ardores de un gordo libidinoso.
Un pequeño microbio recorría los laberintos del cerebro de Iraola devorando hasta la última partícula de cordura, posiblemente un efecto secundario del ácido lisérgico. Interpretó mis palabras como le dio la gana.
–Quiere decir que si Salvides fuera joven...
–No.
–...y hermoso...
–Eso sería imposible.
–...usted...
La situación me estaba causando gracia. Ya saben como es eso, me dejo llevar.
–Debería también ser lampiño –dije con una sonrisa– y tener pectorales lo suficientemente desarrollados, como para asirse, al estilo Isabel Sarli. Y un culo como el de mi hermano.
–El de su hermana... –intentó corregir Iraola.
–No, mi hermano está en mejor forma.
Iraola se puso violentamente de pie. Se tambaleó al alzar el bastón por lo que su golpe cayó bastante lejos de mi cabeza, destrozando un bonito portaplumas obtenido por el comisario a cambio de algún acto de corrupción extraoficial.
El comisario abrió la puerta del despacho.
–¿Qué está pasando?
–Rompió el portaplumas.
Señalé los restos del soborno. Un error, pues el siguiente bastonazo de Iraola me acertó en la mano.
–Cálmese –dijo el comisario.
Le había hablado a Iraola, pero Iraola parecía ahora más tranquilo, casi satisfecho se diría. Era yo quien saltaba en el despacho restregando mi mano entre las piernas.
–Mastúrbese ahora –dijo Iraola con resentimiento–. Como si ya no hubiera hecho bastante.
El comisario se volvió hacia mí. Parecía auténticamente horrorizado.
–Eso no es verdad –expliqué– me acaba de pegar con el bastón. Usted lo vio. Además, rompió su portaplumas.
–Yo ya no creo ni en lo que veo ni en lo que escucho. Primero usted con esa historia de que el cabo Galíndez es Ernesto Sábato. Y de que se aparece en la pantalla mientras usted patrulla. ¿Qué carajo puede patrullar un PCBC?
Abrí la boca para responder pero Iraola me silenció.
–¡Chitón! –ordenó– Esa es información reservada. Una palabra y no sale de cárcel por quince años. Está en el contrato –añadió, tratando de amedrentarme.
Lo consiguió.
Al comisario no le gustó mucho la idea de que hubiera información a la cual no podía tener acceso.
–¿Qué patrulla?
–Mis labios están sellados.
–Mejor así –dijo Iraola–. De todos modos, no sé que será de usted después de lo que hizo.
El comisario nos miraba alternativamente, sin comprender muy bien que ocurría. ¿Acaso yo había hecho algo más que pegarle al cabo Galíndez?
–Se quiso coger al inspector Salvides en un velorio –explicó Iraola.
Primero había sido Hilda López Vázquez. Ahora Salvides. No era posible que todo volviera a comenzar una y otra vez. Me eché a reír, una reacción nerviosa típica del hipotiroidismo. Iraola la tomó por jactancia. Ya se sabe: cree el ladrón que todos son de su condición.
–Se acabó. Mañana mismo procederé a anular su contrato.
La rueda del tiempo había dado un giro completo y me encontraba nuevamente en el punto de partida, a un paso de buscar alojamiento en casa de Rolo. Ahora que había descubierto sus secretas inclinaciones sadomasoquistas la perspectiva era menos halagüeña que nunca. No creí que pudiera soportarlo. Cualquier noche a Rolo se le daría por colgarse del arnés para que le azotara su redondo culo de muchachita. O algo peor. Rolo era capaz de cualquier cosa. Lo supe la noche en que me amenazó con el cañón de la Mágnum.
¿Habría limado la mira?
Una vez que los agentes consiguieron inmovilizar a Iraola, empeñado en silenciar mis carcajadas a bastonazo limpio, el comisario me envió a la sala de guardia, donde el propio Ernesto Sábato me devolvió mis efectos personales.
–Ya nos volveremos a ver, gordo de mierda.
El diagnóstico del doctor López Vázquez ya era de dominio público. Una gravísima falta de ética que denunciaría a la brevedad al Colegio Médico. Pero ahora debía ocuparme de Sábato. Apreté los dientes.
–Como te me vuelvas a aparecer en alguna red voy a venir a buscarte, hijo de puta.
Sábato hizo una sonrisa canchera, pero creo que logré preocuparlo.
Ya en la calle aspiro el fresco aire de la mañana. Los paraísos en flor siguen oliendo a azahar.
¿A mis múltiples padecimientos debo ahora agregar las alucinaciones olfativas?
No puedo dejar de pensar en el momento de llegar a casa para entrar a neurociencia. Pero recuerdo a Hermosilla. Le haré una consulta. Es el único médico en quien confío: no tiene ninguna vinculación con el doctor López Vázquez. Ni con Libermann.
A propósito: Libermann quedó detenido, en averiguación de antecedentes.
A propósito bis: tengo su llavero. Ernesto Sábato me lo dio por error.
sábado, 19 de marzo de 2011
29. Cara a cara con Ernesto Sábato
Pasé un día en blanco, únicamente interrumpido por una llamada de Johnny. Libermann había telefoneado a la Brigada. Cuando le dijeron que yo estaba de franco pidió hablar con el inspector Meneses. Un tarado lo pasó con Salvides.
–Fue todo medio raro –dijo Johnny– y ahora Salvides está muy deprimido.
Corté con Johnny y llamé a Libermann. Me atendió la empleada doméstica. Libermann no estaba en casa, no podía informarme donde había ido ni a que hora regresaría. Pero me dio un número, para que probara.
Probé. Era el consultorio.
–Por esta semana el doctor ha suspendido todos los turnos –dijo la secretaria. Debía tener una bombachita rosa, con volados, por lo engreída. Me dio una bronca…
–Soy un amigo personal.
Pidió mi nombre y al fin me comunicó con Libermann. Apenas escuchó mi voz Libermann se echó a llorar. Tenía una crisis de nervios. Le propuse encontrarnos y me citó para esa misma tarde en el pequeño bar de la calle Lavalle, donde se había convertido en un personaje muy popular. Cuando llegué firmaba autógrafos a un grupo de marineros griegos. Lo noté muy desmejorado.
–Sara me echó de casa.
Le aconsejé tranquilizarse.
–Si no hubiera ido... –Libermann se sonó la nariz. Había desistido de usar pañuelo y limpió sus dedos en el borde de la mesa. Su caída era más vertiginosa de lo que había previsto. Por un momento me apiadé de él. Luego recordé. Recordé.
–Seguí –dije, seco, duro, indiferente al sufrimiento humano, onda Robert Mitchum.
–Nada de esto habría ocurrido. Quiero decir, si hubiera estado yo para recibir el fax.
Mi fax. El Hombre Araña...
–¿Qué fax? –pregunté, en cambio, aguantando la risa.
Libermann abrió el portafolio y buscó en su interior hasta encontrar el fax.
–Mirá.
Hubo un murmullo en el bar. Una puta descendió del taburete frente a la barra y vino hacia nosotros.
–¿Qué tenés ahí, corazón?
Era una morocha bajita, casi enana, de incongruente peluca rojiza. Encaramada en sus zapatos de plataforma debía llegarme a la altura del cinturón, pero no crean que me excité. Ella tampoco me prestó atención. Se acodó en el hombro de Libermann.
–¡Oh la la!
El bolichero, en puntas de pie, trataba de ver desde la barra. Los griegos cuchicheaban entre sí. Libermann, inmune a la realidad, había apoyado el fax sobre la mesa.
–Guardá eso –dije por lo bajo.
–Me llamo Susy –dijo la puta.
–¿Te parece que se puede mandar esto a una casa decente? –Libermann alzó la hoja y la mostró a la concurrencia. Agradecí al cielo que fuera escasa.
–¿De quién es? –preguntó Susy.
–De él– dije.
Miró a Libermann con aprobación.
–Y tenías esa pinta de mosquita muerta...
–Sara recibió esto –se lamentó Libermann.
–No sabés cómo la envidio –dijo Susy.
–Por favor, señora –me encrespé–. ¿Podría hacernos el favor de retirarse?
–¿La querés toda para vos, gordito? Ya me parecía que tenías pinta de trolo.
–No es homosexual –dijo Libermann distraídamente–. Tiene un trastorno glandular.
Me puse de pie. Miré a la mujer desde lo alto. Ella retrocedió a su pesar. Entrecerró los ojos. Enfrentó el pulgar y el índice, apenas separados por una pequeña luz.
–Así chiquita la debés tener.
Sentí que la sangre transformaba mi cara en una remolacha.
–Vámonos –dije.
–No hinchés, Pirulo –dijo Libermann.
–¿Pirulo? –rió la mujer– ¡Pirulo!
El barman también rió. Los griegos cuchicheaban.
–No le bajaron los testículos –comentó Libermann.
Susy dio un paso hacia mí.
–¿Me dejás ver?
Me cubrí la entrepierna con las manos. Desgraciadamente en una de ellas aún sostenía el fax.
–¡Uy, miren lo que sacó! –exclamó Susy.
El barman rió. Los griegos aplaudieron.
–Dejate de joder, Pirulo –protestó Libermann– No es momento de bromas.
–Vamos –insistí.
Sentí en la espalda una corriente de aire. Susy miró hacia la puerta y regresó a la barra con displicencia.
–Sentate –susurró Libermann.
Me negué. No pensaba continuar en ese antro un minuto más. Giré para encarar hacia la puerta y choqué contra un policía.
El policía me miró como si yo fuera una gran montaña de nada. Después bajó la vista hasta la altura de mi cinturón.
–¿Qué es eso?
–Un fax –dije.
Volvió a alzar la vista. Me miró a los ojos. Hizo un amago de sonrisa. Sonreí a mi vez.
–Muy gracioso.
Asentí.
–¿Y tiene documentos el Señor Gracioso?
–El Señor Gracioso está conmigo –dijo Libermann.
–¿Y usted quién es?
–El doctor Libermann.
Libermann trató de incorporarse, sin éxito. Era evidente que no resistía bien el alcohol.
–Bueno –dijo el policía–. Los dos vienen conmigo.
–Federal en comisión –susurré.
–¿Qué dice?
Di un paso hacia el policía y le repetí mis palabras al oído. Se secó la cara con la manga del uniforme.
–¿Tiene identificación?
Se la di.
–PCBC –parecía pensativo, pero no lo estaba: era otro sádico. No demoré en comprobarlo–. ¿Dónde trabaja?
De conocer mi secreto a Libermann le bastaría sumar dos más dos.
–No puedo revelarlo.
El policía asintió.
–Agente secreto.
–Algo así –repuse.
–James Bond.
Me estaba tomando para el churrete.
–Llámeme como guste.
–Sí, James Bond. Apenas lo vi me di cuenta de que era James Bond. Y yo soy Ernesto Sábato.
Mi hipotálamo saltó en la silla turca. Algo ha de haberse roto dentro de mi cabeza porque comencé a ver a través de un velo rojizo.
–¡Hijo de puta!
El bar quedó tan silencioso como si acabaran de detonar una bomba neutrónica.
–Hijo de mil putas –insistí.
Escuché un murmullo a mis espaldas.
–Pirulo... –gimió Libermann.
Sábato, por su parte, parecía no comprender y me miraba boquiabierto, sin atinar a nada.
–¿Por qué no te dejás de hinchar las pelotas? ¡Me tenés harto!, ¿sabés?
Sábato fingía sorpresa e inocencia. Eso acabó por sacarme de las casillas. Le tiré una trompada.
–Fue todo medio raro –dijo Johnny– y ahora Salvides está muy deprimido.
Corté con Johnny y llamé a Libermann. Me atendió la empleada doméstica. Libermann no estaba en casa, no podía informarme donde había ido ni a que hora regresaría. Pero me dio un número, para que probara.
Probé. Era el consultorio.
–Por esta semana el doctor ha suspendido todos los turnos –dijo la secretaria. Debía tener una bombachita rosa, con volados, por lo engreída. Me dio una bronca…
–Soy un amigo personal.
Pidió mi nombre y al fin me comunicó con Libermann. Apenas escuchó mi voz Libermann se echó a llorar. Tenía una crisis de nervios. Le propuse encontrarnos y me citó para esa misma tarde en el pequeño bar de la calle Lavalle, donde se había convertido en un personaje muy popular. Cuando llegué firmaba autógrafos a un grupo de marineros griegos. Lo noté muy desmejorado.
–Sara me echó de casa.
Le aconsejé tranquilizarse.
–Si no hubiera ido... –Libermann se sonó la nariz. Había desistido de usar pañuelo y limpió sus dedos en el borde de la mesa. Su caída era más vertiginosa de lo que había previsto. Por un momento me apiadé de él. Luego recordé. Recordé.
–Seguí –dije, seco, duro, indiferente al sufrimiento humano, onda Robert Mitchum.
–Nada de esto habría ocurrido. Quiero decir, si hubiera estado yo para recibir el fax.
Mi fax. El Hombre Araña...
–¿Qué fax? –pregunté, en cambio, aguantando la risa.
Libermann abrió el portafolio y buscó en su interior hasta encontrar el fax.
–Mirá.
Hubo un murmullo en el bar. Una puta descendió del taburete frente a la barra y vino hacia nosotros.
–¿Qué tenés ahí, corazón?
Era una morocha bajita, casi enana, de incongruente peluca rojiza. Encaramada en sus zapatos de plataforma debía llegarme a la altura del cinturón, pero no crean que me excité. Ella tampoco me prestó atención. Se acodó en el hombro de Libermann.
–¡Oh la la!
El bolichero, en puntas de pie, trataba de ver desde la barra. Los griegos cuchicheaban entre sí. Libermann, inmune a la realidad, había apoyado el fax sobre la mesa.
–Guardá eso –dije por lo bajo.
–Me llamo Susy –dijo la puta.
–¿Te parece que se puede mandar esto a una casa decente? –Libermann alzó la hoja y la mostró a la concurrencia. Agradecí al cielo que fuera escasa.
–¿De quién es? –preguntó Susy.
–De él– dije.
Miró a Libermann con aprobación.
–Y tenías esa pinta de mosquita muerta...
–Sara recibió esto –se lamentó Libermann.
–No sabés cómo la envidio –dijo Susy.
–Por favor, señora –me encrespé–. ¿Podría hacernos el favor de retirarse?
–¿La querés toda para vos, gordito? Ya me parecía que tenías pinta de trolo.
–No es homosexual –dijo Libermann distraídamente–. Tiene un trastorno glandular.
Me puse de pie. Miré a la mujer desde lo alto. Ella retrocedió a su pesar. Entrecerró los ojos. Enfrentó el pulgar y el índice, apenas separados por una pequeña luz.
–Así chiquita la debés tener.
Sentí que la sangre transformaba mi cara en una remolacha.
–Vámonos –dije.
–No hinchés, Pirulo –dijo Libermann.
–¿Pirulo? –rió la mujer– ¡Pirulo!
El barman también rió. Los griegos cuchicheaban.
–No le bajaron los testículos –comentó Libermann.
Susy dio un paso hacia mí.
–¿Me dejás ver?
Me cubrí la entrepierna con las manos. Desgraciadamente en una de ellas aún sostenía el fax.
–¡Uy, miren lo que sacó! –exclamó Susy.
El barman rió. Los griegos aplaudieron.
–Dejate de joder, Pirulo –protestó Libermann– No es momento de bromas.
–Vamos –insistí.
Sentí en la espalda una corriente de aire. Susy miró hacia la puerta y regresó a la barra con displicencia.
–Sentate –susurró Libermann.
Me negué. No pensaba continuar en ese antro un minuto más. Giré para encarar hacia la puerta y choqué contra un policía.
El policía me miró como si yo fuera una gran montaña de nada. Después bajó la vista hasta la altura de mi cinturón.
–¿Qué es eso?
–Un fax –dije.
Volvió a alzar la vista. Me miró a los ojos. Hizo un amago de sonrisa. Sonreí a mi vez.
–Muy gracioso.
Asentí.
–¿Y tiene documentos el Señor Gracioso?
–El Señor Gracioso está conmigo –dijo Libermann.
–¿Y usted quién es?
–El doctor Libermann.
Libermann trató de incorporarse, sin éxito. Era evidente que no resistía bien el alcohol.
–Bueno –dijo el policía–. Los dos vienen conmigo.
–Federal en comisión –susurré.
–¿Qué dice?
Di un paso hacia el policía y le repetí mis palabras al oído. Se secó la cara con la manga del uniforme.
–¿Tiene identificación?
Se la di.
–PCBC –parecía pensativo, pero no lo estaba: era otro sádico. No demoré en comprobarlo–. ¿Dónde trabaja?
De conocer mi secreto a Libermann le bastaría sumar dos más dos.
–No puedo revelarlo.
El policía asintió.
–Agente secreto.
–Algo así –repuse.
–James Bond.
Me estaba tomando para el churrete.
–Llámeme como guste.
–Sí, James Bond. Apenas lo vi me di cuenta de que era James Bond. Y yo soy Ernesto Sábato.
Mi hipotálamo saltó en la silla turca. Algo ha de haberse roto dentro de mi cabeza porque comencé a ver a través de un velo rojizo.
–¡Hijo de puta!
El bar quedó tan silencioso como si acabaran de detonar una bomba neutrónica.
–Hijo de mil putas –insistí.
Escuché un murmullo a mis espaldas.
–Pirulo... –gimió Libermann.
Sábato, por su parte, parecía no comprender y me miraba boquiabierto, sin atinar a nada.
–¿Por qué no te dejás de hinchar las pelotas? ¡Me tenés harto!, ¿sabés?
Sábato fingía sorpresa e inocencia. Eso acabó por sacarme de las casillas. Le tiré una trompada.
martes, 8 de marzo de 2011
29. Una visita providencial
Este sería el momento indicado para tomarme vacaciones, pero apenas si me corresponde un día de franco. Estoy impresionado de lo poco que vale una Madre para la ley laboral. Un día. Artículo 63: fallecimiento de familiar directo.
Mi cuñado y mis sobrinos también podrían considerarse familiares directos. Junto a mis dos hermanos harían cinco días...
Desecho la idea –tendría que perpetrar una masacre– y pido médico, a través de Johnny. No me atrevo a hablar con Salvides. Ni quiero saber de él, pero de todos modos Johnny me informa que no bien llegó se metió en su despacho y no ha vuelto a salir. Miro el reloj: son casi las dos de la tarde.
–Con suerte se habrá muerto –digo.
–Con suerte –reconoce Johnny.
Cuelga. Vuelvo a la cama y duermo hasta las cinco. Me despierta el timbre. Es un hombre bajo, con una gran cabeza, tórax ancho y brazos y piernas tan cortos como arqueados.
–Hermosilla –dice.
Le tiro una trompada.
–El doctor Hermosilla –aclara, desde el suelo.
Es correntino o paraguayo y de lejos se ve que tiene trastornos glandulares. Me apiado de él. Lo consuelo. Frunce el ceño y recuerdo a la mujer del colectivo que se apiadó del cartel que yo llevaba en la espalda: “Cerdo capón”. La compasión es el sentimiento más innoble y destructivo que es capaz de albergar el alma humana. Reconozco mi falta de tacto y le pido disculpas. Lo observo con atención: tiene un tic nervioso que le provoca un incesante temblor en los labios. Pobre tipo, pienso, pero esta vez me cuido de hacer cualquier clase de comentario.
–Bueh, hémonos aquí –digo para quebrar el hielo.
El doctor Hermosilla pregunta qué me pasa.
“Nada”, voy a responder, pero recuerdo que es el médico de la policía.
–Murió Mamá.
El doctor asiente.
–Y me bajó la gonadotropina.
Parpadea. Tiene más tics de lo esperado.
–Es un problema de la hipófisis –para aclarar el punto me señalo la cabeza–. La tengo perezosa.
Pregunta si estoy bajo tratamiento. No comprendo. Por alguna razón parece alterado.
–¿Tiene algún diagnóstico?
–Hace muchos años.
–¿Y recuerda qué le dijeron?
–Que era un gordo de mierda.
El rostro de Hermosilla estalla en una sucesión de tics. Su hipófisis debe andar peor que la mía.
–¿Un médico le dijo eso?
–El doctor López Vázquez. ¿Lo conoce?
Hermosilla menea su gran cabeza.
–Y al doctor Libermann ¿Lo conoce?
Frunce el ceño, tratando de hacer memoria.
–Me temo que no.
–¡Pero usted no conoce a nadie, viejo!
Hermosilla mete la mano en el bolsillo del saco. Retrocedo, con los brazos en alto. Estos guaraníes son jodidos. Se comieron a Solís, por ejemplo. Pero no me presta atención y escribe en un recetario.
–¿Dónde cumple servicio?
–En la División Computación. Es todo lo que me está permitido revelarle.
Asiente.
–Le doy tres días –dice
–Es por la hipófisis... ¿Me encuentro muy mal, doctor?
Me estudia con la mirada. ¡Está haciendo un diagnóstico!
–No podría decírselo –miente–. Le aconsejo pedir turno en el Churruca.
Lo acompaño hasta la puerta.
–¿Puedo hacerle una pregunta?
Toma aire. Puedo.
–¿Los trastornos glandulares se deben a una mala combinación genética? Quiero decir –me apresuro a aclarar–, una combinación defectuosa de genes o incluso una combinación normal pero de genes defectuosos ¿puede provocar este tipo de desarreglo? Póngale que uno tiene el hipotálamo torcido...
–Bueno... Hay teorías –Hermosilla se agita. He logrado despertar su interés. Vaya uno a saber cuántas veces habrá pensado si su deforme cuerpo no es sino otra aberración genética– Pero se conoce muy poco al respecto.
Comprendo.
–¿Y puede ser hereditario?
Pienso en mis sobrinos.
–No estoy en condiciones de asegurarlo.
–¡La ciencia está en pañales! –exclamo.
–Sí –admite Hermosilla.
Le palmeo el hombro.
–Usted es un gran médico. Cuídese.
Se mete al ascensor y no vuelvo a verlo, pero me dio tres días de vida.
Entré en neurociencia.com
Increíble: si ustedes cortan longitudinalmente la cabeza de un ser humano en la dirección que va de los frontales al occipucio y luego, venciendo la repugnancia, observan el interior, verán, de fuera hacia adentro, en primer lugar, la caja craneana. Luego, pegadita a ella, ocupando prácticamente toda la superficie, desde la frente hasta la base del cráneo, el neo-cortex. Seguidamente, una sección en forma de medialuna que alberga al sistema lúmbico. Y en el centro de la esfera craneana, asentado sobre la silla turca como Zeus presidiendo el Olimpo, el hipotálamo, en persona.
No los aburriré con detalles: bástenos saber que el hipotálamo tiene tan sorprendente multiplicidad de funciones que podría considerárselo el mismísimo alma humana.
Una de esas funciones es la regulación del sistema endocrinológico.
Un mal funcionamiento endocrinológico puede provocar trastornos en el comportamiento.
Ya lo sabía.
¿Lo sabrán también los médicos del Churruca?
Por las dudas no pediré turno. Podrían no renovarme el contrato y deberé regresar a casa de Rolo, en peores condiciones que nunca.
La relación con mis hermanos se ha deteriorado.
En el cementerio, luego de pegarme con la cartera, Elena se alejó del brazo de su marido. Mi copiloto los siguió de cerca. Había recorrido unos pocos metros cuando se dio vuelta y me saludó con la mano. Llevé la mía a la sien derecha e hice la venia. Mi copiloto sonrió. A los muchachos les gusta esa clase de cosas.
Rolo, en cambio, se fue sin una palabra. Un gesto descomedido de su parte: al fin y al cabo yo también acababa de perder a mi madre.
Quedé solo ante la tumba mientras los peones la llenaban de tierra.
–Adiós– dije.
Los tipos continuaron paleando, como si nada.
–En mi país se saluda, carajo.
Alzaron la cabeza a un tiempo. Se veían como rústicos autómatas neanderthalenses.
–Disculpe –dijo uno de ellos–. Pensamos que se despedía de su mamá.
–¿¡De mi mamá!? ¡Ella está muerta!
–Por eso...
Ambos parecían convencidos de la razonabilidad de la insólita respuesta. Me picó la curiosidad.
–¿Ustedes conversan con los muertos?
El que había hablado se enderezó y me miró de mal modo. Tenía dos manos del tamaño de cacerolas de hierro. Y una pala. Comencé a retroceder y luego me di la vuelta y me alejé presuroso hacia la salida en busca de un poco de cordura.
Regresé a casa solo, y en subte. En el trayecto me sorprendí pensando en mi sobrino, en la mutua atracción que nos ejercíamos.
Salgo de neurociencia y coloco el disquete número 2 de Caról.
Curiosidad: Iraola tiene varicoceles. Lo descubrí ampliando una imagen.
Me gusta jugar con las imágenes. Se puede hacer casi cualquier cosa con ellas.
Abro otra fotografía. Es una de las últimas que tomé de Johnny, luego de dormir a Iraola. Dejamos al subcomisario en el pasillo y volvimos al estudio de la oficial Quintana. No hacía falta una ampliación para advertir que Johnny tenía una notoria necesidad de terminar el trabajo.
Quedo unos minutos maravillado de la plasticidad del cuerpo humano. Pongo manos a la obra y procedo a eliminar todo rastro de la oficial Quintana. Relleno ahora la superficie. Me demanda más de tres horas de concentrada labor. El Hombre Araña queda de rodillas sobre la roja alfombra del estudio. Apunta poderosamente hacia mí.
Se me alteran las gonadotrofinas y río.
Después me aboco a colocar el texto, con sumo cuidado: es preciso calcular muy bien el espacio, diseñarla de manera que parezca una tarjeta de salutación. Por fin queda lista.
“Podrás dejar de quererme, pero olvidarme jamás.”
Firmado:
“Spiderman”
Vuelvo a reír. Mis ojos están llenos de lágrimas. Moqueo. Parezco Libermann. En adelante tomaré menos, prometo. Me calmo e imprimo varias copias de la tarjeta.
Le envío una a Libermann, por fax.
Voy a la heladera y abro otra botella.
Pregunta para el doctor Hermosilla:
“¿Los trastornos glandulares pueden verse agravados por la ingestión de bebidas alcohólicas?”
Sorpresa: tocan el timbre. Abro la puerta y me encuentro cara a cara con mis sobrinos. Los dos: el copiloto y el mecánico. Nos abrazamos. El mecánico se excusa por no haber ido al velorio.
–Me hace mal –dice.
–Macanas –interviene el copiloto–. Lo que pasa es que anda peleado con los viejos.
Los viejos son la víbora y el escarabajo. Lo miro apreciativamente.
–Jorge me contó del velorio –dice el mecánico. Deduzco que Jorge es el copiloto–. Y me entraron unas ganas locas de verte.
Me sonrojo.
–Le pedimos tu dirección al tío –agrega el piloto.
Esto me desconcierta. ¿Qué tío? Luego recuerdo a Rolo. Me abstengo de revelarles las extrañas costumbres de su tío buen mozo, y asiento, bonachón. Estoy muy contento de la visita, digo. Los convido con una copa y charlamos de generalidades. Intento descubrir qué temas pueden ser de su interés.
–¡La computación!– responden al unísono.
A mi juego me llamaron. Les dicto una breve conferencia sobre las nociones más elementales de la informática. De a poco, comienzo a descubrir que conocen del tema tanto o más que yo. Como para recuperar el ascendiente menciono mi trabajo en la División, pero sin entrar en detalles. Abren los ojos. Intercambian una mirada. Al fin el copiloto se decide.
–¿Sabías que la policía tiene una Brigada Internet?
–¡No! –exclamo, tratando de asimilar el golpe. La existencia de la Brigada ha sido conservada en el más riguroso secreto.
–Lo descubrimos hace un tiempo, navegando.
A partir de ese momento no paran de hablar de la internet. Los escucho pacientemente. Al fin pregunto:
–¿A ustedes les interesaría trabajar en esa Brigada?
–Todo lo contrario –dice el mecánico.
“Todo lo contrario”. Trato de entender qué significa.
–Son unos turros –explica el copiloto.
–Quieren coartar la libertad de información.
–Internet es el único espacio democrático del mundo.
–Cualquiera tiene a derecho a decir lo que le cante.
–Y de acceder a toda la información disponible.
–Es la paradoja del capitalismo.
–El germen de su destrucción.
–No hay Poder.
–El Poder es de todos
–El Poder es de los Usuarios.
Mis ojos iban saltado de uno al otro a medida que desenrollaban su atolondrada proclama subversiva. No puedo creer lo que oigo: mis sobrinos son hackers. Jamás había pasado por mi cabeza que en mi familia pudiera haber un guerrillero electrónico ¡y ahora resulta que hay dos!
Les pregunto si entraron en algún archivo. Vuelven a intercambiar miradas. Ahora es el mecánico quien se anima. En varios, dice.
–¿Y en la Brigada Internet?
–Varias veces. Pero ahí no pasa nada.
Asiento, comprensivo. Soy el tío simpático que entiende todo.
–Preferimos los archivos y bancos de datos.
–Ah –digo.
–Pero hay un tipo que entra siempre a la Brigada.
–Ernesto Sábato –acota el mecánico–. Parece que agarró de punto a un policía medio pelotudo.
Me atraganto. La tos debe haber disminuido la irrigación de mi hipotálamo, porque a continuación me dejo llevar. Y les doy una dirección electrónica. A ver si encuentran algo, digo.
Mis sobrinos se van. Bajo con ellos hasta la calle. Es una tibia noche de primavera y los paraísos en flor perfuman el aire con aroma de azahares.
Eso me pareció muy extraño
Mi cuñado y mis sobrinos también podrían considerarse familiares directos. Junto a mis dos hermanos harían cinco días...
Desecho la idea –tendría que perpetrar una masacre– y pido médico, a través de Johnny. No me atrevo a hablar con Salvides. Ni quiero saber de él, pero de todos modos Johnny me informa que no bien llegó se metió en su despacho y no ha vuelto a salir. Miro el reloj: son casi las dos de la tarde.
–Con suerte se habrá muerto –digo.
–Con suerte –reconoce Johnny.
Cuelga. Vuelvo a la cama y duermo hasta las cinco. Me despierta el timbre. Es un hombre bajo, con una gran cabeza, tórax ancho y brazos y piernas tan cortos como arqueados.
–Hermosilla –dice.
Le tiro una trompada.
–El doctor Hermosilla –aclara, desde el suelo.
Es correntino o paraguayo y de lejos se ve que tiene trastornos glandulares. Me apiado de él. Lo consuelo. Frunce el ceño y recuerdo a la mujer del colectivo que se apiadó del cartel que yo llevaba en la espalda: “Cerdo capón”. La compasión es el sentimiento más innoble y destructivo que es capaz de albergar el alma humana. Reconozco mi falta de tacto y le pido disculpas. Lo observo con atención: tiene un tic nervioso que le provoca un incesante temblor en los labios. Pobre tipo, pienso, pero esta vez me cuido de hacer cualquier clase de comentario.
–Bueh, hémonos aquí –digo para quebrar el hielo.
El doctor Hermosilla pregunta qué me pasa.
“Nada”, voy a responder, pero recuerdo que es el médico de la policía.
–Murió Mamá.
El doctor asiente.
–Y me bajó la gonadotropina.
Parpadea. Tiene más tics de lo esperado.
–Es un problema de la hipófisis –para aclarar el punto me señalo la cabeza–. La tengo perezosa.
Pregunta si estoy bajo tratamiento. No comprendo. Por alguna razón parece alterado.
–¿Tiene algún diagnóstico?
–Hace muchos años.
–¿Y recuerda qué le dijeron?
–Que era un gordo de mierda.
El rostro de Hermosilla estalla en una sucesión de tics. Su hipófisis debe andar peor que la mía.
–¿Un médico le dijo eso?
–El doctor López Vázquez. ¿Lo conoce?
Hermosilla menea su gran cabeza.
–Y al doctor Libermann ¿Lo conoce?
Frunce el ceño, tratando de hacer memoria.
–Me temo que no.
–¡Pero usted no conoce a nadie, viejo!
Hermosilla mete la mano en el bolsillo del saco. Retrocedo, con los brazos en alto. Estos guaraníes son jodidos. Se comieron a Solís, por ejemplo. Pero no me presta atención y escribe en un recetario.
–¿Dónde cumple servicio?
–En la División Computación. Es todo lo que me está permitido revelarle.
Asiente.
–Le doy tres días –dice
–Es por la hipófisis... ¿Me encuentro muy mal, doctor?
Me estudia con la mirada. ¡Está haciendo un diagnóstico!
–No podría decírselo –miente–. Le aconsejo pedir turno en el Churruca.
Lo acompaño hasta la puerta.
–¿Puedo hacerle una pregunta?
Toma aire. Puedo.
–¿Los trastornos glandulares se deben a una mala combinación genética? Quiero decir –me apresuro a aclarar–, una combinación defectuosa de genes o incluso una combinación normal pero de genes defectuosos ¿puede provocar este tipo de desarreglo? Póngale que uno tiene el hipotálamo torcido...
–Bueno... Hay teorías –Hermosilla se agita. He logrado despertar su interés. Vaya uno a saber cuántas veces habrá pensado si su deforme cuerpo no es sino otra aberración genética– Pero se conoce muy poco al respecto.
Comprendo.
–¿Y puede ser hereditario?
Pienso en mis sobrinos.
–No estoy en condiciones de asegurarlo.
–¡La ciencia está en pañales! –exclamo.
–Sí –admite Hermosilla.
Le palmeo el hombro.
–Usted es un gran médico. Cuídese.
Se mete al ascensor y no vuelvo a verlo, pero me dio tres días de vida.
Entré en neurociencia.com
Increíble: si ustedes cortan longitudinalmente la cabeza de un ser humano en la dirección que va de los frontales al occipucio y luego, venciendo la repugnancia, observan el interior, verán, de fuera hacia adentro, en primer lugar, la caja craneana. Luego, pegadita a ella, ocupando prácticamente toda la superficie, desde la frente hasta la base del cráneo, el neo-cortex. Seguidamente, una sección en forma de medialuna que alberga al sistema lúmbico. Y en el centro de la esfera craneana, asentado sobre la silla turca como Zeus presidiendo el Olimpo, el hipotálamo, en persona.
No los aburriré con detalles: bástenos saber que el hipotálamo tiene tan sorprendente multiplicidad de funciones que podría considerárselo el mismísimo alma humana.
Una de esas funciones es la regulación del sistema endocrinológico.
Un mal funcionamiento endocrinológico puede provocar trastornos en el comportamiento.
Ya lo sabía.
¿Lo sabrán también los médicos del Churruca?
Por las dudas no pediré turno. Podrían no renovarme el contrato y deberé regresar a casa de Rolo, en peores condiciones que nunca.
La relación con mis hermanos se ha deteriorado.
En el cementerio, luego de pegarme con la cartera, Elena se alejó del brazo de su marido. Mi copiloto los siguió de cerca. Había recorrido unos pocos metros cuando se dio vuelta y me saludó con la mano. Llevé la mía a la sien derecha e hice la venia. Mi copiloto sonrió. A los muchachos les gusta esa clase de cosas.
Rolo, en cambio, se fue sin una palabra. Un gesto descomedido de su parte: al fin y al cabo yo también acababa de perder a mi madre.
Quedé solo ante la tumba mientras los peones la llenaban de tierra.
–Adiós– dije.
Los tipos continuaron paleando, como si nada.
–En mi país se saluda, carajo.
Alzaron la cabeza a un tiempo. Se veían como rústicos autómatas neanderthalenses.
–Disculpe –dijo uno de ellos–. Pensamos que se despedía de su mamá.
–¿¡De mi mamá!? ¡Ella está muerta!
–Por eso...
Ambos parecían convencidos de la razonabilidad de la insólita respuesta. Me picó la curiosidad.
–¿Ustedes conversan con los muertos?
El que había hablado se enderezó y me miró de mal modo. Tenía dos manos del tamaño de cacerolas de hierro. Y una pala. Comencé a retroceder y luego me di la vuelta y me alejé presuroso hacia la salida en busca de un poco de cordura.
Regresé a casa solo, y en subte. En el trayecto me sorprendí pensando en mi sobrino, en la mutua atracción que nos ejercíamos.
Salgo de neurociencia y coloco el disquete número 2 de Caról.
Curiosidad: Iraola tiene varicoceles. Lo descubrí ampliando una imagen.
Me gusta jugar con las imágenes. Se puede hacer casi cualquier cosa con ellas.
Abro otra fotografía. Es una de las últimas que tomé de Johnny, luego de dormir a Iraola. Dejamos al subcomisario en el pasillo y volvimos al estudio de la oficial Quintana. No hacía falta una ampliación para advertir que Johnny tenía una notoria necesidad de terminar el trabajo.
Quedo unos minutos maravillado de la plasticidad del cuerpo humano. Pongo manos a la obra y procedo a eliminar todo rastro de la oficial Quintana. Relleno ahora la superficie. Me demanda más de tres horas de concentrada labor. El Hombre Araña queda de rodillas sobre la roja alfombra del estudio. Apunta poderosamente hacia mí.
Se me alteran las gonadotrofinas y río.
Después me aboco a colocar el texto, con sumo cuidado: es preciso calcular muy bien el espacio, diseñarla de manera que parezca una tarjeta de salutación. Por fin queda lista.
“Podrás dejar de quererme, pero olvidarme jamás.”
Firmado:
“Spiderman”
Vuelvo a reír. Mis ojos están llenos de lágrimas. Moqueo. Parezco Libermann. En adelante tomaré menos, prometo. Me calmo e imprimo varias copias de la tarjeta.
Le envío una a Libermann, por fax.
Voy a la heladera y abro otra botella.
Pregunta para el doctor Hermosilla:
“¿Los trastornos glandulares pueden verse agravados por la ingestión de bebidas alcohólicas?”
Sorpresa: tocan el timbre. Abro la puerta y me encuentro cara a cara con mis sobrinos. Los dos: el copiloto y el mecánico. Nos abrazamos. El mecánico se excusa por no haber ido al velorio.
–Me hace mal –dice.
–Macanas –interviene el copiloto–. Lo que pasa es que anda peleado con los viejos.
Los viejos son la víbora y el escarabajo. Lo miro apreciativamente.
–Jorge me contó del velorio –dice el mecánico. Deduzco que Jorge es el copiloto–. Y me entraron unas ganas locas de verte.
Me sonrojo.
–Le pedimos tu dirección al tío –agrega el piloto.
Esto me desconcierta. ¿Qué tío? Luego recuerdo a Rolo. Me abstengo de revelarles las extrañas costumbres de su tío buen mozo, y asiento, bonachón. Estoy muy contento de la visita, digo. Los convido con una copa y charlamos de generalidades. Intento descubrir qué temas pueden ser de su interés.
–¡La computación!– responden al unísono.
A mi juego me llamaron. Les dicto una breve conferencia sobre las nociones más elementales de la informática. De a poco, comienzo a descubrir que conocen del tema tanto o más que yo. Como para recuperar el ascendiente menciono mi trabajo en la División, pero sin entrar en detalles. Abren los ojos. Intercambian una mirada. Al fin el copiloto se decide.
–¿Sabías que la policía tiene una Brigada Internet?
–¡No! –exclamo, tratando de asimilar el golpe. La existencia de la Brigada ha sido conservada en el más riguroso secreto.
–Lo descubrimos hace un tiempo, navegando.
A partir de ese momento no paran de hablar de la internet. Los escucho pacientemente. Al fin pregunto:
–¿A ustedes les interesaría trabajar en esa Brigada?
–Todo lo contrario –dice el mecánico.
“Todo lo contrario”. Trato de entender qué significa.
–Son unos turros –explica el copiloto.
–Quieren coartar la libertad de información.
–Internet es el único espacio democrático del mundo.
–Cualquiera tiene a derecho a decir lo que le cante.
–Y de acceder a toda la información disponible.
–Es la paradoja del capitalismo.
–El germen de su destrucción.
–No hay Poder.
–El Poder es de todos
–El Poder es de los Usuarios.
Mis ojos iban saltado de uno al otro a medida que desenrollaban su atolondrada proclama subversiva. No puedo creer lo que oigo: mis sobrinos son hackers. Jamás había pasado por mi cabeza que en mi familia pudiera haber un guerrillero electrónico ¡y ahora resulta que hay dos!
Les pregunto si entraron en algún archivo. Vuelven a intercambiar miradas. Ahora es el mecánico quien se anima. En varios, dice.
–¿Y en la Brigada Internet?
–Varias veces. Pero ahí no pasa nada.
Asiento, comprensivo. Soy el tío simpático que entiende todo.
–Preferimos los archivos y bancos de datos.
–Ah –digo.
–Pero hay un tipo que entra siempre a la Brigada.
–Ernesto Sábato –acota el mecánico–. Parece que agarró de punto a un policía medio pelotudo.
Me atraganto. La tos debe haber disminuido la irrigación de mi hipotálamo, porque a continuación me dejo llevar. Y les doy una dirección electrónica. A ver si encuentran algo, digo.
Mis sobrinos se van. Bajo con ellos hasta la calle. Es una tibia noche de primavera y los paraísos en flor perfuman el aire con aroma de azahares.
Eso me pareció muy extraño
sábado, 26 de febrero de 2011
28. Una nueva calumnia
Como una babosa, o una actriz porno en el tramo final de una larga decadencia, me había deslizado lentamente a lo largo del tronco del árbol hasta quedar desmadejado en el piso, sin fe ni yerba de ayer.
–Levantate gordo –dijo Johnny. Noté preocupación en su voz cuando preguntó–. ¿Qué te pasa, viejo?
Yo estaba destrozado. Y le conté, le conté todo. Fue imposible no mencionar a la señora López Vázquez. Y a Deseo.
–No puedo creerlo –repetía Johnny una y otra vez–. No puedo creerlo
Pero lo creía. Y a diferencia de muchos otros no se burló de mí. Apoyó una mano en mi hombro.
–Calculo que te puedo ayudar.
Lo miré como si fuera un ángel. Un Enviado, a eso me refiero.
Sacó una tira de aspirinas del bolsillo.
–Tengo esto.
Lo hubiera sentado de una trompada, pero el que estaba en el suelo era yo.
–Y esto.
Sostenía en la palma de una mano la tira de aspirinas y en la otra una calcomanía del correcaminos.
–Andá a la mierda –dije.
Johnny sacudió la mano derecha. El correcaminos apenas si se movió.
–Una muestra de ácido lisérgico que acabo de recibir de México. Tres dosis. Hay que pasarles la lengua, pero no del lado de la goma.
Me animé un poco. Aún había alguna esperanza, una lucecita al final del túnel.
–Y esto... –Johnny revoleó la tira de aspirinas– Metilenedioxim...
Me incorporé de un salto.
–Dejame ver.
Le arrebaté la tira de aspirinas.
–Dice “aspirinas”.
–Claro, si va a decir “éxtasis”…
–En serio es...
Johnny asintió con un cabeceo.
–Tendría más efecto si la administráramos con alcohol.
Salí como un rayo. A las pocas cuadras encontré un boliche que decía Drugstore. El kioskero por poco se desmaya cuando le pedí un cajón de whisky. Al fin regresé con tres botellas de whisky, dos petacas de coñac y diez litros de caña. Las vacié en un balde junto a la mitad de las tabletas. La otra mitad la distribuí entre los termos de café y el botellón de agua. Nada debía quedar librado al azar.
El brebaje tenía un gusto indefinible, con un dejo a madera e insecticida. Lo endulcé con dos paquetes de azúcar y tomé un par de vasos. Me pareció que estaba listo.
Repartir licor entre los asistentes fue un toque de distinción. Todos lo reconocieron. Lo serví en unas copitas pequeñas que encontré en el office y recorría la sala con una bandeja.
–¿Un licorcito? ¿Un licorcito?
Todo el mundo aceptó al menos una copa. A Salvides le conté ocho. Después me distraje. Carola se había levantado del sillón y se dirigía a la salita donde mamá descansaba ya sin sobresaltos. Rolo había permanecido junto al cajón durante las últimas dos horas. Carola se ubicó a su lado. La hija de puta estaba aplicando las enseñanzas del general Liddlehard. Me había usado y luego usó a mi sobrino para aproximarse a Rolo.
Ya no me cupo duda: debía ayudar a mi sobrino. Yo tenía la calcomanía en el bolsillo y me preguntaba cómo diablos hacer que la lamiera sin despertar sospechas. Ahora estaba solo: era mi oportunidad.
Antes de proceder envié a Johnny con una bandeja con licor y café, a preparar a Carola. Johnny aceptó gustoso y se dirigió a la salita. De camino, Salvides le arrebató un par de copas, pero alcanzó a llegar con la oferta casi completa.
Me desentendí del asunto y me concentré en el próximo paso. Metí la mano en el bolsillo y saqué la calcomanía. Era un poco infantil para mi gusto pero confiaba en que mi sobrino me siguiera la corriente. Yo era el tío excéntrico y divertido que fabricaba aviones en la terraza.
–¿Qué hacé, gordito?
Me di vuelta y me encontré con Marilín, la muñeca inflable.
–Servite –dije poniendo la bandeja entre nosotros.
Marilín alzó una copa. La vació de un trago.
Cuando dijo Dame Otra su boca avanzó hacia mí, redonda como una enorme sopapa, pero la bandeja nos mantenía a una distancia aceptable. Además, las copas concentraban la atención de Marilín.
Se echó al conducto una segunda
–Salud –dijo.
Pasó la lengua por el borde de los labios.
–Está riquísimo
Tenía el gusto estragado y las pupilas vidriosas. Deduje que venía de alguna fiesta erótica en un criadero de cerdos.
–Tomá un poco, gordito. Te va a alegrar.
Yo había tomado algo más de un poco, cosa de no quedar fuera de la juerga que se avecinaba, y mantenía el equilibrio a fuerza de moverme lentamente, con las morosas evoluciones de un aerostato. Marilín pretendía acelerar el ritmo.
Señalé hacia la salita
–Mirá, ahí está Rolo.
Marilín hizo un mohín imposible
–Hoy quiero jugar con el hermanito.
–Yo encantado –acerté a decir–. Y Carola también.
Bizqueó tratando de repetir el nombre. No pudo.
Volví a señalar hacia la salita.
–No se despegó de Rolo en toda la noche.
Se volvió furiosa y chocó con Salvides que venía por una nueva dosis.
–Boludo.
–Que boquita –dijo Salvides.
El diminutivo no me pareció apropiado, pero Salvides debía estar ya bastante caliente con tanto éxtasis. Se tambaleó.
–¿Se puede correr?
–Me estoy corriendo –explicó Salvides–. Me estoy corriendo.
Yo no lo dudaba.
Marilín se volvió hacia mí.
–Por favor, hacé algo. Este borracho me molesta.
Salvides trató de componer algún gesto, pero su rostro era una masilla disolviéndose en alcohol. Retrocedió dos pasos y avanzó uno. Apoyaba el índice contra su pecho pero sin conseguir articular palabra. Decidí ir en su auxilio.
–Señorita –dije–. Este señor es mi Superior.
Salvides abrió los brazos. Por fin yo reconocía la realidad.
–Gordito, no sabés cuanto te quiero –exclamó.
–¡Están borrachos los dos!
Marilín empujó a Salvides y se tambaleó rumbo a la salita donde reposaba mamá.
Salvides volvió a la carga, pero yo mantenía la bandeja delante mío, en medio de los dos. Aprovechó para tomarse otra copa. Entonces vio la calcomanía.
–¿Qué tenés ahí?
–Nada –dije–, cosas de mi sobrino.
–Dejame ver, dale.
Alargaba el brazo por sobre la bandeja, girando a mi alrededor, pero yo mantenía la mano alzada, fuera de su alcance.
–¿Oia? ¡Es el correcaminos!
Acepté que, en efecto, lo era.
–¡Que lindo! Prestámela, gordo.
Mas allá alcancé a ver que Rolo torcía el brazo de Marilín y la arrastraba fuera del velatorio. Carola quedó sola junto al féretro de mamá, mirando en mi dirección. Con sorpresa advertí que varios comenzaban a hacer lo mismo mientras Salvides giraba en torno mío, dando saltitos. Cuando comprobó que era mucho más bajo que yo y jamás podría alcanzar la calcomanía, tomó una decisión desesperada. Necesitaba un punto de apoyo y vaya a saber qué lo llevó a pensar que ése bien podría ser la bandeja. Descargó su peso en un extremo, la bandeja se inclinó, las copitas rodaron y golpearon contra el piso un segundo antes que el propio Salvides. Detrás lo hice yo, arrastrado por la bandeja, que no había atinado a soltar.
El círculo se estrechó a mi alrededor. Escuché los gritos de Salvides, aplastado bajo mi peso.
Alguien dijo “Pirulo se está cogiendo a un comisario”.
Quise aclarar que era apenas un inspector y que yo no estaba haciendo nada, más que intentar ponerme de pie. Pero resbalé en el licor y volví a caer sobre Salvides.
–¡Socorro! –gritaba Salvides–. ¡Sáquenmelon!
¿Qué melón?
Miré desconcertado hacia el círculo de caras. La boca de Carola era más grande y redonda que la de Marilín. Johnny tenía las manos sobre la cabeza como uno de los monos de la justicia. Mi sobrino aplaudía. Tuve un vahído y todo comenzó a dar vueltas hasta que Rolo me alzó de los pelos de la nuca, me arrastró a lo largo del salón y me arrojó dentro del office.
–No te mato acá mismo por la memoria de mamá.
Permanecí en el office hasta la madrugada, cuando los empleados de la pompa fúnebre aprontaron a mamá para su traslado definitivo.
Fui al cementerio en el coche de los parientes lejanos y asistí al sepelio en silencio, flanqueado por mis hermanos. Cuando echaron la primera palada de tierra me embargó la emoción. Palmee los redondos traseros de mis hermanos, tan iguales entre sí.
–Ahora que somos menos –dije– vamos a estar más unidos.
Elena me dio un carterazo.
–Levantate gordo –dijo Johnny. Noté preocupación en su voz cuando preguntó–. ¿Qué te pasa, viejo?
Yo estaba destrozado. Y le conté, le conté todo. Fue imposible no mencionar a la señora López Vázquez. Y a Deseo.
–No puedo creerlo –repetía Johnny una y otra vez–. No puedo creerlo
Pero lo creía. Y a diferencia de muchos otros no se burló de mí. Apoyó una mano en mi hombro.
–Calculo que te puedo ayudar.
Lo miré como si fuera un ángel. Un Enviado, a eso me refiero.
Sacó una tira de aspirinas del bolsillo.
–Tengo esto.
Lo hubiera sentado de una trompada, pero el que estaba en el suelo era yo.
–Y esto.
Sostenía en la palma de una mano la tira de aspirinas y en la otra una calcomanía del correcaminos.
–Andá a la mierda –dije.
Johnny sacudió la mano derecha. El correcaminos apenas si se movió.
–Una muestra de ácido lisérgico que acabo de recibir de México. Tres dosis. Hay que pasarles la lengua, pero no del lado de la goma.
Me animé un poco. Aún había alguna esperanza, una lucecita al final del túnel.
–Y esto... –Johnny revoleó la tira de aspirinas– Metilenedioxim...
Me incorporé de un salto.
–Dejame ver.
Le arrebaté la tira de aspirinas.
–Dice “aspirinas”.
–Claro, si va a decir “éxtasis”…
–En serio es...
Johnny asintió con un cabeceo.
–Tendría más efecto si la administráramos con alcohol.
Salí como un rayo. A las pocas cuadras encontré un boliche que decía Drugstore. El kioskero por poco se desmaya cuando le pedí un cajón de whisky. Al fin regresé con tres botellas de whisky, dos petacas de coñac y diez litros de caña. Las vacié en un balde junto a la mitad de las tabletas. La otra mitad la distribuí entre los termos de café y el botellón de agua. Nada debía quedar librado al azar.
El brebaje tenía un gusto indefinible, con un dejo a madera e insecticida. Lo endulcé con dos paquetes de azúcar y tomé un par de vasos. Me pareció que estaba listo.
Repartir licor entre los asistentes fue un toque de distinción. Todos lo reconocieron. Lo serví en unas copitas pequeñas que encontré en el office y recorría la sala con una bandeja.
–¿Un licorcito? ¿Un licorcito?
Todo el mundo aceptó al menos una copa. A Salvides le conté ocho. Después me distraje. Carola se había levantado del sillón y se dirigía a la salita donde mamá descansaba ya sin sobresaltos. Rolo había permanecido junto al cajón durante las últimas dos horas. Carola se ubicó a su lado. La hija de puta estaba aplicando las enseñanzas del general Liddlehard. Me había usado y luego usó a mi sobrino para aproximarse a Rolo.
Ya no me cupo duda: debía ayudar a mi sobrino. Yo tenía la calcomanía en el bolsillo y me preguntaba cómo diablos hacer que la lamiera sin despertar sospechas. Ahora estaba solo: era mi oportunidad.
Antes de proceder envié a Johnny con una bandeja con licor y café, a preparar a Carola. Johnny aceptó gustoso y se dirigió a la salita. De camino, Salvides le arrebató un par de copas, pero alcanzó a llegar con la oferta casi completa.
Me desentendí del asunto y me concentré en el próximo paso. Metí la mano en el bolsillo y saqué la calcomanía. Era un poco infantil para mi gusto pero confiaba en que mi sobrino me siguiera la corriente. Yo era el tío excéntrico y divertido que fabricaba aviones en la terraza.
–¿Qué hacé, gordito?
Me di vuelta y me encontré con Marilín, la muñeca inflable.
–Servite –dije poniendo la bandeja entre nosotros.
Marilín alzó una copa. La vació de un trago.
Cuando dijo Dame Otra su boca avanzó hacia mí, redonda como una enorme sopapa, pero la bandeja nos mantenía a una distancia aceptable. Además, las copas concentraban la atención de Marilín.
Se echó al conducto una segunda
–Salud –dijo.
Pasó la lengua por el borde de los labios.
–Está riquísimo
Tenía el gusto estragado y las pupilas vidriosas. Deduje que venía de alguna fiesta erótica en un criadero de cerdos.
–Tomá un poco, gordito. Te va a alegrar.
Yo había tomado algo más de un poco, cosa de no quedar fuera de la juerga que se avecinaba, y mantenía el equilibrio a fuerza de moverme lentamente, con las morosas evoluciones de un aerostato. Marilín pretendía acelerar el ritmo.
Señalé hacia la salita
–Mirá, ahí está Rolo.
Marilín hizo un mohín imposible
–Hoy quiero jugar con el hermanito.
–Yo encantado –acerté a decir–. Y Carola también.
Bizqueó tratando de repetir el nombre. No pudo.
Volví a señalar hacia la salita.
–No se despegó de Rolo en toda la noche.
Se volvió furiosa y chocó con Salvides que venía por una nueva dosis.
–Boludo.
–Que boquita –dijo Salvides.
El diminutivo no me pareció apropiado, pero Salvides debía estar ya bastante caliente con tanto éxtasis. Se tambaleó.
–¿Se puede correr?
–Me estoy corriendo –explicó Salvides–. Me estoy corriendo.
Yo no lo dudaba.
Marilín se volvió hacia mí.
–Por favor, hacé algo. Este borracho me molesta.
Salvides trató de componer algún gesto, pero su rostro era una masilla disolviéndose en alcohol. Retrocedió dos pasos y avanzó uno. Apoyaba el índice contra su pecho pero sin conseguir articular palabra. Decidí ir en su auxilio.
–Señorita –dije–. Este señor es mi Superior.
Salvides abrió los brazos. Por fin yo reconocía la realidad.
–Gordito, no sabés cuanto te quiero –exclamó.
–¡Están borrachos los dos!
Marilín empujó a Salvides y se tambaleó rumbo a la salita donde reposaba mamá.
Salvides volvió a la carga, pero yo mantenía la bandeja delante mío, en medio de los dos. Aprovechó para tomarse otra copa. Entonces vio la calcomanía.
–¿Qué tenés ahí?
–Nada –dije–, cosas de mi sobrino.
–Dejame ver, dale.
Alargaba el brazo por sobre la bandeja, girando a mi alrededor, pero yo mantenía la mano alzada, fuera de su alcance.
–¿Oia? ¡Es el correcaminos!
Acepté que, en efecto, lo era.
–¡Que lindo! Prestámela, gordo.
Mas allá alcancé a ver que Rolo torcía el brazo de Marilín y la arrastraba fuera del velatorio. Carola quedó sola junto al féretro de mamá, mirando en mi dirección. Con sorpresa advertí que varios comenzaban a hacer lo mismo mientras Salvides giraba en torno mío, dando saltitos. Cuando comprobó que era mucho más bajo que yo y jamás podría alcanzar la calcomanía, tomó una decisión desesperada. Necesitaba un punto de apoyo y vaya a saber qué lo llevó a pensar que ése bien podría ser la bandeja. Descargó su peso en un extremo, la bandeja se inclinó, las copitas rodaron y golpearon contra el piso un segundo antes que el propio Salvides. Detrás lo hice yo, arrastrado por la bandeja, que no había atinado a soltar.
El círculo se estrechó a mi alrededor. Escuché los gritos de Salvides, aplastado bajo mi peso.
Alguien dijo “Pirulo se está cogiendo a un comisario”.
Quise aclarar que era apenas un inspector y que yo no estaba haciendo nada, más que intentar ponerme de pie. Pero resbalé en el licor y volví a caer sobre Salvides.
–¡Socorro! –gritaba Salvides–. ¡Sáquenmelon!
¿Qué melón?
Miré desconcertado hacia el círculo de caras. La boca de Carola era más grande y redonda que la de Marilín. Johnny tenía las manos sobre la cabeza como uno de los monos de la justicia. Mi sobrino aplaudía. Tuve un vahído y todo comenzó a dar vueltas hasta que Rolo me alzó de los pelos de la nuca, me arrastró a lo largo del salón y me arrojó dentro del office.
–No te mato acá mismo por la memoria de mamá.
Permanecí en el office hasta la madrugada, cuando los empleados de la pompa fúnebre aprontaron a mamá para su traslado definitivo.
Fui al cementerio en el coche de los parientes lejanos y asistí al sepelio en silencio, flanqueado por mis hermanos. Cuando echaron la primera palada de tierra me embargó la emoción. Palmee los redondos traseros de mis hermanos, tan iguales entre sí.
–Ahora que somos menos –dije– vamos a estar más unidos.
Elena me dio un carterazo.
sábado, 19 de febrero de 2011
27. Como Miss Mundo
Después de descubrir la identidad del Hombre Araña, despaché a Libermann.
–Mejor que no te vea –dije–. Mi cuñado es un hijo de puta capaz de cualquier cosa.
–Sí, sí, me imagino, pero vamos a tomar algo –rogó.
Tenía los ojos vidriosos. Se veía de lejos que necesitaba una copa.
–¡Lito, por favor! ¡Debo permanecer aquí, junto al cuerpo exánime de mi madre!
Libermann bajó la cabeza, avergonzado, dijo que comprendía y se subió a un taxi, rumbo vaya uno a saber donde. Creo que ya no tenía hogar, ni nada.
Nemo me impune lacessit. Nemo me impune lacessit
Volví al velatorio.
Carola permanecía en el sillón donde la había dejado, pero ya no en compañía del bancario sino de mi joven copiloto. Elena había recuperado a su esposo y lo arrinconaba contra el office. Su boca de serpiente escupía insultos y recriminaciones, pero ahora era su hijo quien parecía a punto de caer en las garras de la perdición. El muchacho conversaba animadamente con Carola. El bancario, sorprendido en plena lujuria por su joven hijo, le habría explicado que Carola era amiga mía. Era lo lógico. Se entiende que no iba a decirle: “Tomátelas, nene, que quiero llevarme a este bomboncito hasta un rincón oscuro para hacerle esto y lo otro”. Esa no sería una reacción propia de un padre normal, aunque mi cuñado no es un padre normal sino un hijo de puta capaz de partirle a uno la clavícula con un caño de plomo. Pero Elena estaba demasiado cerca como para correr el riesgo de que el nene le fuera con el cuento. Sí, le había presentado a Carola diciéndole “Es una amiga de tu tío”. Y ahora conversaban animadamente.
Se me paró el corazón. Se me heló la sangre. Se me encogieron las partes (esto es una consecuencia de la contracción de los vasos sanguíneos, pero nunca pude evitar que fuera acompañada de la sensación de estar volviéndome muy pequeñito): había un único tema posible de conversación entre Carola y mi sobrino: yo. Y para el muchacho, yo era un recuerdo imborrable, pero circunscrito a una única experiencia vital: su temprano paso por la aviación deportiva.
Carola llevó las manos a su boca, reprimiendo una carcajada. Ya no me cupo duda: hablaban de mí.
Carajo.
Miré con más atención a mi sobrino. Parecía capaz de cualquier cosa. Cualquiera es capaz de cualquier cosa junto a la oficial Quintana –¡si lo sabré yo!–, pero había algo en su actitud que me resultó familiar. Sus rodillas se encontraban a pocos centímetros de las de Carola, las redondas rodillas de Carola de las que ni él ni yo podíamos sacar los ojos. Entonces comprendí, claro que comprendí.
La imagen de la fiesta de casamiento se formó gradualmente en mi cabeza: la señora López Vázquez y yo en medio del salón. Volví a escuchar sus gritos, su primer chillido cuando le atrapé el pezón, llevé su mano a mi entrepierna y vi la sorpresa en sus ojos. Y el temor, cuando empezó a retroceder arrastrándome por la pista.
Ululaba como la sirena de una autobomba.
Todos se apartaron a nuestro paso y cuando caímos sobre el embaldosado formaron un círculo a nuestro alrededor. Hasta que Rolo rompió el encantamiento para alzarme de los pelos y arrojarme a la calle, cubierto de vergüenza, pero demasiado tarde para evitar que mis padres iniciaran su lento recorrido hacia la apoplejía y la locura.
Vi las rodillas de mi sobrino rozar las de la oficial Quintana. Era la fuerza de la sangre, la carga genética contenida en cada una de las células, las mías y las suyas, ambos con la misma defectuosa combinación cromosomática, programada por una Razón Misteriosa para provocar el desastre.
Y lo amé. Amé a mi sobrino en ese instante. Amé lo que había mío en él y, por primera vez, me amé a mí mismo. Toda la vida me había visto con los ojos de los demás. Ahora, por fin, tenía la oportunidad de reconocerme en otro, con mis propios ojos.
“Bendito seas, Señor”, me dije –recuerden que me había vuelto creyente–. Y a continuación pensé: “Este chico va a necesitar mucha ayuda”.
Yo había contado con los mozos que me atiborraron de cerveza, y el ambiente propicio de una fiesta, y los escotes, las minifaldas y los mamelones desnudos de la señora López Vázquez revelándose a través de la tela de su vestido de satén, o seda. Mi copiloto, en cambio, debía llevar a cabo su hazaña en un velorio. Porque lo suyo sería una hazaña. Superaría al viejo y querido Capitán Deseo: tocar las tetas de la esposa de un médico no sería nada comparado a la violación de una oficial de policía en el velorio de la abuela loca.
Cada generación prevalece sobre su predecesora. Los alumnos superan a los maestros. En eso radica el progreso de la Humanidad. Pero si cada época no albergara al menos un réprobo capaz de traicionar a sus contemporáneos transmitiendo el fuego de la verdad a los inexpertos, el progreso sería imposible. Y ese era yo, Prometeo, el maldito de los dioses, el partero de la historia, el tío cómplice y divertido.
Justo en ese momento Johnny entró al velatorio. Su llegada resultaba tan oportuna que me pareció predestinado a formar parte del Plan. Tanto era así que no tuve necesidad de llamarlo: en cuanto me vio, solo en medio del salón, vino hacia mí, exactamente como lo había hecho mi cuñado, como si lo atrajese con una piola. Mi mente era poderosa, irradiaba una fuerza magnética irresistible. Los objetos y las personas se movían a mi alrededor obedeciendo a mi voluntad.
Me estrechó la mano.
Sus palabras me desconcertaron.
–Lo siento –dijo.
Lo increpé
–¿No vas a ayudarme?
Ahora el desconcertado era él.
–Te daba el pésame. Tu mamá...
Mi mamá, cierto. Me rehice y le expliqué El Plan.
–Con una gotita de LSD en el café... –sugerí.
Las pupilas de Johnny brillaron.
–Estás loco.
No hice caso de sus palabras. Sus ojos decían lo contrario. Y los ojos son el reflejo del alma, ya es sabido.
–Vamos a terminar en cana –argumentó– Y saltará lo del Hombre Araña. Imaginate.
Yo acompañaba sus palabras con impacientes cabeceos de negativa.
–Vos y yo en un calabozo, a merced de Iraola –insistió Johnny–. Y Salvides. Imaginate.
Ahora asentí.
–¿Eso es lo que querés? –se horrorizó–. ¡Iraola te va a hacer mierda!
–Libermann estuvo acá –dije–. Identificó al Hombre Araña.
Johnny sufrió una lipotimia. Se apoyó en mi hombro. Tuve que tranquilizarlo explicándole que Libermann había abandonado el velatorio mucho antes de su llegada y que de ningún modo podía haberlo reconocido. Su nerviosismo me decepcionó: lo hacía un espíritu abierto, más propenso al riesgo y la aventura. Debió darse cuenta de mi desencanto, pues sus objeciones comenzaron a hacerse más débiles. Y se volvió menos reticente. Pero había una dificultad insalvable.
–No tengo lisérgico.
–¡No tenés lisérgico! –chillé.
Me rogó que bajara la voz. “Por amor de Dios y tu puta madre”, dijo, tal vez sin tomar debida conciencia de que ella descansaba eternamente a un par de pasos. Lo perdoné ¿qué otra cosa? Pero lo del ácido era más serio.
–¡No puedo creer que seas tan incompetente! –exclamé.
Johnny me preguntó si me había vuelto loco o estaba borracho. Yo había tomado algunas ginebras, pero su insinuación me fastidió. Le hice un piquete de ojos.
Johnny retrocedió, tapándose la cara.
–¡Ay, ay, ay! –gritaba.
Chocó contra Salvides, que acababa de llegar y se acercaba a saludarme. Esa noche todos se acercaban a saludarme, como a Miss Mundo.
Advirtiendo que El Plan estaba a punto de irse al carajo, me arrojé sobre Johnny. Pero Johnny se había apoyado contra Salvides diciendo “Ay, ay, ay” y en el apuro por abrazarlo, pasé mis manos por detrás de la espalda de Salvides. Johnny quedó aplastado entre los dos.
–Ay ay ay –decía.
–Suelte, suelte –decía a su vez Salvides.
–No te pongás así –decía yo–. Era muy anciana.
Al fin Salvides logró zafarse y quedé abrazando a Johnny, una vez más, en medio de un círculo de mirones.
–Quería mucho a mamá –expliqué mientras lo llevaba hacia la calle.
Hubo un murmullo y rostros cariacontecidos.
En la calle, Johnny se quejó de que le había sacado un ojo. Lo revisé, al principio con alguna aversión, pero no vi nada anormal, fuera del iris un poco enrojecido. Sobreviviría.
Johnny dijo que yo era un enfermo. Admití que eso era posible pero que jamás volviera a tildarme de borracho. Dijo que en ningún momento me había llamado borracho. Repuse que eso no era verdad y que lamentaba no haber tenido un grabador para registrar sus hirientes palabras. No había pretendido ser hiriente, argumentó, aunque admitía haberse comportado con cierta rudeza, habida cuenta del penoso trance por el que yo estaba transitando. Lo tomé como una disculpa y volví sobre el tema del ácido. Johnny explicó que yo era un maravilloso ser humano pero que a veces actuaba como un idiota: no había ninguna razón para llevar ácido lisérgico a un velorio. Expuse mis dudas. Todo se haría más llevadero, argumenté. Admitió la posibilidad y prometió pensarlo. Tal vez distribuiría algunas dosis en el próximo velatorio pero en éste no había nada que hacer al respecto. Definitivamente, sentenció.
Me recosté contra un árbol y me dejé deslizar hasta quedar sentado en el pequeño cuadrilátero de tierra. El Plan se había ido al diablo.
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–Mejor que no te vea –dije–. Mi cuñado es un hijo de puta capaz de cualquier cosa.
–Sí, sí, me imagino, pero vamos a tomar algo –rogó.
Tenía los ojos vidriosos. Se veía de lejos que necesitaba una copa.
–¡Lito, por favor! ¡Debo permanecer aquí, junto al cuerpo exánime de mi madre!
Libermann bajó la cabeza, avergonzado, dijo que comprendía y se subió a un taxi, rumbo vaya uno a saber donde. Creo que ya no tenía hogar, ni nada.
Nemo me impune lacessit. Nemo me impune lacessit
Volví al velatorio.
Carola permanecía en el sillón donde la había dejado, pero ya no en compañía del bancario sino de mi joven copiloto. Elena había recuperado a su esposo y lo arrinconaba contra el office. Su boca de serpiente escupía insultos y recriminaciones, pero ahora era su hijo quien parecía a punto de caer en las garras de la perdición. El muchacho conversaba animadamente con Carola. El bancario, sorprendido en plena lujuria por su joven hijo, le habría explicado que Carola era amiga mía. Era lo lógico. Se entiende que no iba a decirle: “Tomátelas, nene, que quiero llevarme a este bomboncito hasta un rincón oscuro para hacerle esto y lo otro”. Esa no sería una reacción propia de un padre normal, aunque mi cuñado no es un padre normal sino un hijo de puta capaz de partirle a uno la clavícula con un caño de plomo. Pero Elena estaba demasiado cerca como para correr el riesgo de que el nene le fuera con el cuento. Sí, le había presentado a Carola diciéndole “Es una amiga de tu tío”. Y ahora conversaban animadamente.
Se me paró el corazón. Se me heló la sangre. Se me encogieron las partes (esto es una consecuencia de la contracción de los vasos sanguíneos, pero nunca pude evitar que fuera acompañada de la sensación de estar volviéndome muy pequeñito): había un único tema posible de conversación entre Carola y mi sobrino: yo. Y para el muchacho, yo era un recuerdo imborrable, pero circunscrito a una única experiencia vital: su temprano paso por la aviación deportiva.
Carola llevó las manos a su boca, reprimiendo una carcajada. Ya no me cupo duda: hablaban de mí.
Carajo.
Miré con más atención a mi sobrino. Parecía capaz de cualquier cosa. Cualquiera es capaz de cualquier cosa junto a la oficial Quintana –¡si lo sabré yo!–, pero había algo en su actitud que me resultó familiar. Sus rodillas se encontraban a pocos centímetros de las de Carola, las redondas rodillas de Carola de las que ni él ni yo podíamos sacar los ojos. Entonces comprendí, claro que comprendí.
La imagen de la fiesta de casamiento se formó gradualmente en mi cabeza: la señora López Vázquez y yo en medio del salón. Volví a escuchar sus gritos, su primer chillido cuando le atrapé el pezón, llevé su mano a mi entrepierna y vi la sorpresa en sus ojos. Y el temor, cuando empezó a retroceder arrastrándome por la pista.
Ululaba como la sirena de una autobomba.
Todos se apartaron a nuestro paso y cuando caímos sobre el embaldosado formaron un círculo a nuestro alrededor. Hasta que Rolo rompió el encantamiento para alzarme de los pelos y arrojarme a la calle, cubierto de vergüenza, pero demasiado tarde para evitar que mis padres iniciaran su lento recorrido hacia la apoplejía y la locura.
Vi las rodillas de mi sobrino rozar las de la oficial Quintana. Era la fuerza de la sangre, la carga genética contenida en cada una de las células, las mías y las suyas, ambos con la misma defectuosa combinación cromosomática, programada por una Razón Misteriosa para provocar el desastre.
Y lo amé. Amé a mi sobrino en ese instante. Amé lo que había mío en él y, por primera vez, me amé a mí mismo. Toda la vida me había visto con los ojos de los demás. Ahora, por fin, tenía la oportunidad de reconocerme en otro, con mis propios ojos.
“Bendito seas, Señor”, me dije –recuerden que me había vuelto creyente–. Y a continuación pensé: “Este chico va a necesitar mucha ayuda”.
Yo había contado con los mozos que me atiborraron de cerveza, y el ambiente propicio de una fiesta, y los escotes, las minifaldas y los mamelones desnudos de la señora López Vázquez revelándose a través de la tela de su vestido de satén, o seda. Mi copiloto, en cambio, debía llevar a cabo su hazaña en un velorio. Porque lo suyo sería una hazaña. Superaría al viejo y querido Capitán Deseo: tocar las tetas de la esposa de un médico no sería nada comparado a la violación de una oficial de policía en el velorio de la abuela loca.
Cada generación prevalece sobre su predecesora. Los alumnos superan a los maestros. En eso radica el progreso de la Humanidad. Pero si cada época no albergara al menos un réprobo capaz de traicionar a sus contemporáneos transmitiendo el fuego de la verdad a los inexpertos, el progreso sería imposible. Y ese era yo, Prometeo, el maldito de los dioses, el partero de la historia, el tío cómplice y divertido.
Justo en ese momento Johnny entró al velatorio. Su llegada resultaba tan oportuna que me pareció predestinado a formar parte del Plan. Tanto era así que no tuve necesidad de llamarlo: en cuanto me vio, solo en medio del salón, vino hacia mí, exactamente como lo había hecho mi cuñado, como si lo atrajese con una piola. Mi mente era poderosa, irradiaba una fuerza magnética irresistible. Los objetos y las personas se movían a mi alrededor obedeciendo a mi voluntad.
Me estrechó la mano.
Sus palabras me desconcertaron.
–Lo siento –dijo.
Lo increpé
–¿No vas a ayudarme?
Ahora el desconcertado era él.
–Te daba el pésame. Tu mamá...
Mi mamá, cierto. Me rehice y le expliqué El Plan.
–Con una gotita de LSD en el café... –sugerí.
Las pupilas de Johnny brillaron.
–Estás loco.
No hice caso de sus palabras. Sus ojos decían lo contrario. Y los ojos son el reflejo del alma, ya es sabido.
–Vamos a terminar en cana –argumentó– Y saltará lo del Hombre Araña. Imaginate.
Yo acompañaba sus palabras con impacientes cabeceos de negativa.
–Vos y yo en un calabozo, a merced de Iraola –insistió Johnny–. Y Salvides. Imaginate.
Ahora asentí.
–¿Eso es lo que querés? –se horrorizó–. ¡Iraola te va a hacer mierda!
–Libermann estuvo acá –dije–. Identificó al Hombre Araña.
Johnny sufrió una lipotimia. Se apoyó en mi hombro. Tuve que tranquilizarlo explicándole que Libermann había abandonado el velatorio mucho antes de su llegada y que de ningún modo podía haberlo reconocido. Su nerviosismo me decepcionó: lo hacía un espíritu abierto, más propenso al riesgo y la aventura. Debió darse cuenta de mi desencanto, pues sus objeciones comenzaron a hacerse más débiles. Y se volvió menos reticente. Pero había una dificultad insalvable.
–No tengo lisérgico.
–¡No tenés lisérgico! –chillé.
Me rogó que bajara la voz. “Por amor de Dios y tu puta madre”, dijo, tal vez sin tomar debida conciencia de que ella descansaba eternamente a un par de pasos. Lo perdoné ¿qué otra cosa? Pero lo del ácido era más serio.
–¡No puedo creer que seas tan incompetente! –exclamé.
Johnny me preguntó si me había vuelto loco o estaba borracho. Yo había tomado algunas ginebras, pero su insinuación me fastidió. Le hice un piquete de ojos.
Johnny retrocedió, tapándose la cara.
–¡Ay, ay, ay! –gritaba.
Chocó contra Salvides, que acababa de llegar y se acercaba a saludarme. Esa noche todos se acercaban a saludarme, como a Miss Mundo.
Advirtiendo que El Plan estaba a punto de irse al carajo, me arrojé sobre Johnny. Pero Johnny se había apoyado contra Salvides diciendo “Ay, ay, ay” y en el apuro por abrazarlo, pasé mis manos por detrás de la espalda de Salvides. Johnny quedó aplastado entre los dos.
–Ay ay ay –decía.
–Suelte, suelte –decía a su vez Salvides.
–No te pongás así –decía yo–. Era muy anciana.
Al fin Salvides logró zafarse y quedé abrazando a Johnny, una vez más, en medio de un círculo de mirones.
–Quería mucho a mamá –expliqué mientras lo llevaba hacia la calle.
Hubo un murmullo y rostros cariacontecidos.
En la calle, Johnny se quejó de que le había sacado un ojo. Lo revisé, al principio con alguna aversión, pero no vi nada anormal, fuera del iris un poco enrojecido. Sobreviviría.
Johnny dijo que yo era un enfermo. Admití que eso era posible pero que jamás volviera a tildarme de borracho. Dijo que en ningún momento me había llamado borracho. Repuse que eso no era verdad y que lamentaba no haber tenido un grabador para registrar sus hirientes palabras. No había pretendido ser hiriente, argumentó, aunque admitía haberse comportado con cierta rudeza, habida cuenta del penoso trance por el que yo estaba transitando. Lo tomé como una disculpa y volví sobre el tema del ácido. Johnny explicó que yo era un maravilloso ser humano pero que a veces actuaba como un idiota: no había ninguna razón para llevar ácido lisérgico a un velorio. Expuse mis dudas. Todo se haría más llevadero, argumenté. Admitió la posibilidad y prometió pensarlo. Tal vez distribuiría algunas dosis en el próximo velatorio pero en éste no había nada que hacer al respecto. Definitivamente, sentenció.
Me recosté contra un árbol y me dejé deslizar hasta quedar sentado en el pequeño cuadrilátero de tierra. El Plan se había ido al diablo.
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Inhibidores de monoaminoxidas. ¿Harán descuento por cantidad?
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