Conocí a Margo en la red Olé. Es lesbiana. Casi de inmediato se estableció entre nosotros un campo magnético. Como lo oyen.
Debo aclarar que también en la red Olé tengo cierto parecido a Amelita Vargas, aunque no chateo con el alias de “Salomé”. En la red Olé soy “Abril”.
Cuando se chatea se establece como una química entre los bytes. Ya saben, el campo magnético. Eso pasó con Margo. Me cayó bien de entrada. Es de las Canarias, islas paradisíacas en el Atlántico, frente al África.
Le pregunté si era negra. Dijo que no, pero que estaba muy bronceada. Completamente. Toma sol desnuda, eso hace. También chatea desnuda.
–Tengo un encantador pomponcito rubio –escribió.
La imaginé haciendo pucheros. La única manera de decir “pomponcito” es haciendo pucheros.
Le pedí que me lo repitiera.
–Pomponcito, pomponcito.
–Ahh!!! –repuse.
Advirtiendo mi excitación, Margo ordenó:
–Quítate la falda!
Obedecí de inmediato. Margo me pidió que le describiera mis bragas, que vienen a ser las bombachas de las gallegas esas. Hice una pormenorizada reseña de la ropa interior de la oficial Quintana.
–Quítatelas!!!– ordenó Margo ya al borde del descontrol erótico.
Si Salvides me sorprendía chateando en bolas le venía un infarto, pero igualmente me desprendí de la pequeña tanga azul marino con vivos rosados.
–Pomponcito, pomponcito– susurró mi amante lésbica.
–Ahhhh!!– gemí, excitada hasta el delirio en mi papel de Abril.
–Ahhhh.... –gimoteó a su vez Margo, a cada instante más excitada.
Después nos tocamos las tetas, y todo eso, obviando mi pirulín aterciopelado, del que como agente encubierta, obviamente carezco.
De todos modos cuando salí de la red pude comprobar que lo hacía con una pequeña erección.
Volvamos a mi audaz incursión en casa de Libermann. Sara nos había dejado solos ¿recuerdan? Tomábamos whisky como dos viejos amigos celebrando el reencuentro.
A medida que descendía el nivel del líquido en la botella, subía el etílico en los torrentes sanguíneos y Libermann fue resignándose a la evidencia: no existía una sola persona en toda la inconmensurable infinitud del universo, ni siquiera él, capaz de librarse del pasado.
Para mi eso no constituye ninguna novedad: lo supe desde los 15 años, pero hasta la verdad más evidente puede olvidarse gracias a dos títulos universitarios, dinero a paladas y una esposa dulce y sexy.
En dos horas Libermann había retrocedido 20 años. Se sonó la nariz con su recobrada torpeza y el moco quedó adherido a su camisa, a la altura del pecho.
–Me amenazan –dijo.
Adopté una actitud policíaca, con el torso inclinando hacia delante. El hombro izquierdo más bajo que el derecho.
–¿Quién?
Volvió a sonarse la nariz. Una vez más y su camisa obtendría un estampado hawaiano.
–Algún compañero del colegio.
Para ser filósofo no era ningún tonto. Necesitaba confundirlo un poco: bastaba sumar dos más dos para relacionar las amenazas con mi sorpresiva reaparición.
–¿Lo sabés positivamente o sólo lo imaginás?
Me miró con todo el desprecio que su soberbia y su borrachera le permitieron.
–¿Cómo que si lo imagino? –se encrespó. Evidentemente tiene mala bebida– Si lo supongo, querrás decir.
Asentí con un cabeceo.
–Eso. ¿Lo sabés positivamente o lo suponés?
–No tengo dato alguno pero tampoco lo supongo: lo deduzco –concluyó, en un nuevo arrebato de pedantería.
–Y esas amenazas ¿son telefónicas?
Meneó la cabeza y miró la computadora con aversión.
–Cada vez que abro el E mail encuentro una amenaza, o insultos.
–¿El qué?
–El correo electrónico –aclaró.
Permanecí con mi mejor cara de nada.
–¿Conservás alguna de las cartas? Es importante, pues podríamos encontrar huellas dactilares.
Libermann siguió desparramando secreciones nasales a izquierda y derecha.
–No, no, correo electrónico. Internet, ¿entendés?
No, yo no entendía. Continuaba liquidando haberes con una calculadora a manija.
Libermann fue hacia la computadora. Oprimió una tecla adoptando la pose de Liberace frente al piano.
En su monitor de cristal líquido, el protector de pantalla desapareció como por encanto.
–¡Oh! –dije.
–Esto no es nada –aseguró Libermann, dándose aires de importancia.
Realmente, había vuelto a ser un idiota.
Pronto entramos a su programa de correo. Una de las carpetas me estaba destinada ¿qué les parece? Decía: “Amenazas”.
No es un nickname que alguna vez haya utilizado, pero no necesité mucho para deducir que era el que en ese momento me correspondía.
Con alguna sorpresa comprobé que Libermann guardaba todos mis mensajes. Probablemente los estuviera analizando. No llegaría a nada: podían haber sido enviados por cualquiera de sus treinta y siete ex condiscípulos.
Abrió uno o dos, al azar.
–Son todos más o menos iguales –dijo–. No tienen mucha imaginación y demuestran un alto grado de inmadurez. Tal vez de psicosis o hasta de retardo mental.
Me apresuré a servirme más whisky y volví a llenar su vaso.
–Puede ser un chico... o un loco al borde del descontrol –aventuré
No pude determinar si Libermann estaba muy asustado, sorprendido o solamente borracho.
–¡Es uno de mis compañeros de colegio! –exclamó.
Me aclaré la garganta.
–También son los míos.
Se aferró de mis solapas. Quería saber si yo también había recibido amenazas.
Lo aparté suavemente pero con bastante repugnancia: seguro me había llenado el saco de moco.
–No –respondí–. Pero yo no tengo computadora.
Me alcanzó su vaso vacío. La botella estaba en la misma situación y Libermann se tambaleó hasta el comedor. Al cabo de un rato volvió con otro cubo con hielo y una nueva botella. Me apuntó con un dedo:
–¿En serio no estás conectado a internet?
–Y no tengo la más puta idea de cómo funciona.
Se sentó frente al teclado. Tomé nota de su contraseña: “sésamo”. En algún momento podría serme útil.
Mientras esperábamos, volví a llenar los vasos.
–Vamos a navegar un rato –dijo.
Recordé el estúpido chascarrillo de Salvides.
–¿No llevamos salvavidas?
Libermann me echó una mirada similar a la que Johnny y yo dirigíamos a Salvides y no me respondió: además de ignorante, yo era un completo imbécil. A esa altura ya lo tenía completamente despistado. Podía darme un lujo.
–¿Por qué no te fijás si recibiste algún mensaje?
Había uno, estaba en condiciones de garantizarlo. Escueto y muy conveniente. A veces pienso si no tendré poderes extrasensoriales. Decía: “Cornudo”.
Libermann se echó maquinalmente hacia atrás. Los ojos y la boca, muy abiertos, le daban el vago aire de un pálido muñeco de trapo.
–¡Pero este hijo de puta! –exclamó al fin– ¡Lo voy a denunciar a la policía!
Carraspeé.
–Ya lo hiciste.
Me miró intrigado.
–Vos...
Asentí. Y para que no le cupiera ninguna duda me abrí el saco dejando ver la culata del 38. Lo había llevado conmigo como prevención: cabía la posibilidad de que Libermann hubiera descubierto al autor de las amenazas.
Adopté la postura policíaca de hombros echados hacia adelante.
–Empecemos por el principio...
Libermann vació el vaso de un trago. El whisky debía andar todavía a la altura de su esófago cuando disparé:
–¿Cómo te llevás con tu mujer?
Sobresalto.
–No pensarás que ella...
–No debemos descartar ninguna posibilidad –lo interrumpí– Además, no estoy diciendo que tu mujer esté directamente involucrada: puede haber alguien más.
No se tranquilizó, en absoluto. Ambos habíamos visto a su esposa esa noche, acudir muy elegante, maquillada y bonita al torneo de backgammon. Pero Libermann se resistía.
–No es ella –casi sollozó–, soy yo.
–¿Tenés una mina? Esa puede ser una pista más importante –Libermann negaba con cabeceos desconsolados–. ¿Es casada? ¿Divorciada?
–No, no.
Le serví más whisky y lo miré a los ojos.
–¿Es un hombre?
Libermann dio un salto en su silla. Si seguía sobresaltándolo pronto un infarto de miocardio me dejaría sin víctima. Le pregunté, del modo más suave posible, si le gustaban las mujeres.
–Demasiado –repuso con el desaliento de quien confirma un diagnóstico fatal–. Ese es mi problema.
Nuevo silencio y más whisky.
–Quiero mucho a Sara –dijo al cabo–. Es una buena esposa, dulce, limpia, ordenada
Con esos criterios no sería muy popular en la Red Feminista.
Libermann se ruborizó:
–Y nos llevamos bien en la cama... cuando lo hacemos.
–Bueno –expliqué en tren consolador y con aires de connaisseur–, las esposas no siempre tienen ganas...
–¡No es ella, Pirulo! ¡Soy yo! ¡Es que me masturbo por lo menos tres veces al día!
El temblor comenzó por mi vientre, subió a través de la tráquea, se convirtió en nudo a la altura de mi garganta, llenó mis ojos de lágrimas y finalmente estalló en mi garganta en una carcajada incontenible.
Libermann estaba demasiado borracho para ofenderse realmente, pero de algún modo yo había herido su amor propio.
–¿Te reís?
Yo no reía. Me moría de risa.
–Ya vas a ver –dijo.
Abrió una dirección de internet. En cuanto comenzaron a bajar las imágenes reconocí la home page de Robin.
–Ya vas a ver –insistió, abriendo páginas a velocidad pasmosa.
Y vi.
Vi mis redondas y lechosas nalgas asomando por los agujeros del traje de Hombre Araña y, a continuación, una seguidilla de imágenes donde la pantalla era enteramente ocupada por la oficial Quintana y una mínima, pero imprescindible y también impresionante porción de la anatomía de Johnny.
–Esa mina me mata –confesó Libermann–. Tiene un lomo fenomenal. Y me vuelve loco ese liguero azul marino. ¡Y el corpiño¡ ¿Vos viste lo bien que le queda ese corpiño! Y eso no es todo, porque si mirás bien, te darás cuenta de que está más fuerte desnuda que en ropa interior. Eso es extraordinario. ¿Cómo querés que no me masturbe a cada rato, Pirulo? Decime, ¿cómo puede hacer un hombre normal para no volverse loco con esa mina?
No le contesté, ni falta que hacía: la oficial Quintana ya me había vuelto loco a mí, y mucho antes que a Libermann, y eso que Libermann nunca había escuchado el sonido de los tacos de la oficial Quintana recorriendo el espacio que separaba su despacho del de Salvides. No dije nada, aunque de todas maneras Libermann no me habría escuchado. Apenas si se detuvo lo suficiente como para aspirar una bocanada de aire y llenar su vaso casi hasta el tope.
–Pero lo peor, y tendré que analizar eso muy seriamente –agregó luego de echarse al buche un nuevo trago de whisky–, son las fantasías que me despierta el culo del Hombre Araña.
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martes, 28 de septiembre de 2010
martes, 21 de septiembre de 2010
13. Una dulce mujercita y dos viejos amigos
Black Domina
Índica de alta pureza con bractéolos que te pondrá de rodillas y rogando por más. Esta áspera e irresistible dama sencillamente chorrea esa resina pegajosa por la que muchos hombres parecen sentir una fatal atracción.
Bractéolos con resina pegajosa. Mmm.
Advertencia: ha tenido efectos devastadores en más de uno, dejando a los afectados aparentemente abatidos, con una extraña sonrisa en los labios.
Floración: 50 días.
Altura: 100/130 cm.
Cosecha: 90-120 gr.
Art No 2305
250 fl.
Efectos devastadores. Eso es.
Para tranquilizarme, entro en www.neurociencia.com
Posiblemente el título los engañe tanto como a mí. Es el de una página Web dedicada a las enfermedades mentales, sí señor.
Siempre creí que la enfermedad mental era otra cosa, como que uno se ponía loco de repente, por un problema grave o una impresión muy fuerte. El caso de mamá, por ejemplo. Tuvo varias emociones de cierta intensidad, además de mi tete a tete con la señora López Vázquez sobre el piso de la pista de baile, pero calculo que su mayor conmoción fue cuando por primera vez papá decidió hacer su truco de magia. Ya saben, lo del mantel.
Eso ocurrió antes de que yo naciera. Para cuando lo practicó en casa de los López Vázquez ya mamá veía las cosas con cierta resignación.
Luego de su primera experiencia con la magia, vine yo. Todo yo, no sólo el incidente en la fiesta de casamiento de Elena. Y Rolo adquirió la costumbre de envolver su verga con un pañuelo. La entrepierna de Rolo atraía irresistiblemente. Era imposible apartar los ojos de la protuberancia y en más de una oportunidad pensé si mamá no se habría sentido al borde de un precipicio cada vez que Rolo se paseaba mostrando los bíceps, con su estrecha remera de algodón, sus jeans apretados y el pañuelo y todo eso.
Muy fuerte para una madre.
También estaba lo de Elena y el ACV de papá. Mamá siempre supo lo que papá hacía en la cocina cada vez que Elena regresaba de sus trasnochadas. De ahí su empecinamiento en dejarlo al sol, junto a los malvones, aun en los días más tórridos del verano.
En fin, habían ocurrido los suficientes accidentes en la vida de mamá como para que pudiéramos explicarnos su locura en forma medianamente satisfactoria.
Ahora me vengo a enterar de que no fue así: era un problema genético.
Eso dice neurociencia.com.
Parece ser que algunas personas pueden pasar por las más horribles experiencias sin que se les mueva un pelo de la salud mental. Otras, en cambio, caen en la enajenación más extrema por un quítame de ahí esas pajas. Los primeros poseen genes en perfectas condiciones. Los otros, los tienen defectuosos.
Ahí está el secreto, en los genes defectuosos.
No supe si sentir alivio o preocupación. Cualquiera puede tener los genes defectuosos. ¿Cómo saberlo? Un gen es una cosita de nada, más pequeño que un piojo. Imposible determinar si es bizco, o sordo, o padece un defecto todavía más severo. Pero al menos neurociencia.com nada dice de las hormonas defectuosas, así que me puedo considerar a salvo de la locura. O, al menos, tan en riesgo como cualquiera de ustedes.
www. neurociencia.com . Recomiendo esa página.
Dejarán de sentir esa injustificada responsabilidad por la locura de sus padres. O de sus hijos. Gozar de una buena conformación genética lo es todo.
Y es obra del azar.
Les aseguro que hay mayores posibilidades de acertar un número a la lotería que de tener los genes en orden.
Estoy harto de ilícitos sexuales y no sé de qué modo seguir en el caso de los traficantes de niños. Pero de cualquier forma, como todos los días, debo poner en marcha el buscador y salir de patrulla.
Uno no sabe con qué habrá de encontrarse.
No es justo.
Cualquier patrullero convencional puede tener un día liviano. Es más, suelen tenerlos. Los seres humanos de carne y hueso no cometen crímenes todo el tiempo, sin detenerse jamás, y en plena vía pública. Como bien dice el subcomisario Iraola: “No todos los ciudadanos son delincuentes”.
Pero en la internet ocurre precisamente lo contrario. Y en mayor medida en mi área de trabajo: Delitos Sexuales.
Al principio despiertan curiosidad. Y excitación, para qué negarlo. Pero al cabo del tiempo se vuelven tediosos y comienzan a dejar un regusto repugnante, de empalagosa saciedad.
Preferiría patrullar Drogas Peligrosas. Envidio a Johnny. Para él todo es sencillo: le apasiona su trabajo. Se infiltró hasta tal punto en las redes de narcotraficantes que es imposible vender una pastilla de éxtasis en toda la costa atlántica sin que Johnny haya tenido alguna participación en el episodio.
Ha organizado numerosas redes con un esquema similar al de cualquier empresa de venta directa. Le dicen Técnica de Management y Comercialización. Lo aprendió en la UADE.
Esteban, que patrulla Movimientos Subversivos le llamaría Organización Celular.
Consiste en la formación de equipos de vendedores coordinados por un responsable de sector que a su vez participa de un equipo coordinado por un responsable de área. Las áreas pueden ser geográficas o de producto.
Las áreas de producto también se coordinan en un área geográfica. Después están las regiones, que son equipos de coordinación de áreas geográficas. Y las divisiones, que agrupan a las áreas de productos.
Es una pirámide compleja, multidimensional. En la cúspide está Johnny.
Debo volver urgentemente a neurociencia.com. Tal vez encuentre algo que explique el extraño comportamiento de Libermann.
Me presenté en casa de Libermann a eso de las 7 de la tarde. Tiene un amplio departamento en Belgrano, con una hermosa vista, decorado con buen gusto y sobriedad, como corresponde a un médico. O a un filósofo. O a un psiquiatra.
La señora Libermann, Sara, es una mujer menuda –el mismo Libermann no sobrepasa el metro sesenta–, vestida con sencillez, bonita, pero de una belleza, me pareció en un primer momento, algo intrascendente, como si la hubieran sumergido una y otra vez en agua lavandina. Cuando estreché su mano creí estrujar un pequeño manojo de pasto seco. En fin, que no tuve ni un asomo de vértigo, ni el menor amago de erección, y conseguí comportarme con bastante comedimiento. Hasta la hice reír en un par de ocasiones, de manera que una hora después, cuando Libermann metió la llave en la cerradura, su mujercita y yo nos habíamos convertido en viejos amigos.
Ella trotó a recibirlo, con infantiles saltitos de felicidad.
–Te tengo una sorpresa –dijo luego de besar a Libermann en la mejilla. Fue un beso casto, más fraternal que amoroso. Tomé nota.
Libermann traía de la calle la sonrisa convencional y desvaída de un médico de guardia o de un filósofo escéptico. O de un psiquiatra en Disneylandia. No mejoró cuando me vio arrellanado en su sillón Chesterfield. Pero no me había reconocido y se dejó conducir por su dulce mujercita a lo largo del living.
–Mirá quien está acá –dijo ella.
–¿Quién?
Libermann todavía sonreía.
–Tu amigo de la infancia.
Esto debió hacerle sospechar. Me pareció que su paso se hacía más vacilante.
Permanecí en su sillón, apoyando los pies en su mesa ratona, bebiéndome su whisky. Sentía la cara tirante de tanto sonreír.
Libermann también sonreía, pero de un modo forzado. Llegó hasta mí. No quité los pies de la mesa y continué sonriendo.
Él ya había dejado de hacerlo y su rostro perdía el color. Quedó unos segundos boquiabierto.
–¿Pirulo...? –preguntó al fin.
Me puse de pie de un salto y lo estreché en un abrazo. Libermann tenía un aire a maniquí de tienda. Su esposa se secó una lágrima con un pañuelo. Le hice un conejito.
–Esto es tan emocionante –suspiró.
–Sí, mucho –suspiré a mi vez.
Libermann no dijo nada.
El estudio de Libermann era aproximadamente del tamaño de todo mi departamento, si le sumamos el baño, el palier y el hueco de la escalera. En un extremo, de espaldas a una puerta balcón con vista al este, había un escritorio de dos metros y medio por uno veinte. La butaca era giratoria y treinta centímetros más alta que las dos incómodas sillas destinadas a los pacientes, o a los alumnos, las visitas, o a quienquiera que Libermann pretendiese impresionar. Probablemente, su tímida mujercita.
Apenas me hizo pasar llegué hasta la ventana, desde donde admiré durante unos minutos la silueta del Monumental recortándose contra la bruma del río. Después me senté en la butaca.
Libermann parecía todavía más pequeño, de pie junto al escritorio. Volvió a ensayar su sonrisa forzada.
–¿Por qué no nos ubicamos acá? –dijo–. Estaremos más cómodos.
Me levanté de la butaca y fui hacia los sillones. Había tres, uno de dos cuerpos, rodeando a una bonita mesa hexagonal.
Para que acaben de formarse una idea del tamaño de esa habitación les diré que había también dos bibliotecas de pared a pared, enteramente ocupadas por libros, un atril de pintor con un retrato al óleo del propio Libermann, en pose de Pedante, con el índice en la mejilla, enmarcado con una pesada moldura barroca, y un rincón destinado a una computadora con mucha mayor cantidad de accesorios de los que un aficionado pudiera necesitar.
Libermann parecía no saber qué hacer con sus manos. Ni con ninguna parte de su cuerpo. Aunque sospecho que su principal duda era qué hacer conmigo. Yo había descendido desde mi metro noventa y siete casi hasta su estatura, apoltronándome en uno de los sillones. Libermann me dirigió una mueca –su sonrisa era cada vez más artificial– y colocó un CD en su computadora. Luego volvió al sillón.
La música comenzó a salir de los parlantes.
–¿Vivaldi?
Hizo otra mueca.
–Mozart.
Asentí, como si supiera algo del asunto. En cualquier otra oportunidad me hubiera limitado a escuchar en silencio, absteniéndome de meter la pata, pero necesitaba que recuperara parte de su confianza en sí mismo.
–Es una maravilla –dije pensativo– que esa cosa pueda pasar música.
Al escucharme llamar cosa a su computadora tuvo un ligero sobresalto.
–En realidad posee aplicaciones sorprendentes... –Se detuvo a mitad de la frase y me miró frunciendo el ceño–. ¿Vos no habías estudiado computación?
Me llevé la mano al pecho, sorprendido.
–¿Yo?
–Alguien me dijo...
Sonreí con tristeza.
–No, no. –Aguardé unos segundos–. Soy policía.
Nuevo sobresalto de Libermann. Ocurre con frecuencia. Todo el mundo se siente culpable de algún misterioso delito.
–Tareas administrativas –añadí para tranquilizarlo–. Liquidación de haberes, esa clase de cosas.
–Pensé que eso estaría computarizado...
La entrada de Sara me sacó del apuro. Traía una bandeja con dos vasos, un balde de hielo, una botella de escocés y platitos con queso y salchichas. Sentí que me venía el vahído: se había cambiado de ropas. Llevaba un vestido negro, con un amplio escote, una gargantilla muy ceñida al cuello, pulsera haciendo juego y una fina cadenita de oro alrededor del tobillo izquierdo. Cuando se inclinó para apoyar la bandeja en la mesita hexagonal su vestido se elevó dejando ver la parte posterior de sus muslos, enfundados en oscuras medias de nailon.
Yo estaba decididamente asomado al precipicio.
–Les dejé unos sandwiches de pavita, preparados en la heladera
–¿Salís? –preguntó Libermann con voz trémula.
–El torneo de backgammon, acordate.
Libermann asintió.
Sara vino hacia mí.
–Fue un gusto conocer un viejo amigo de mi marido.
Me puse de pie, le estreché la mano (ya no me pareció un manojo de pasto) y le besé la mejilla. Todos éramos ya Viejos Amigos.
–Bueno, chicos –dijo desde la puerta–, tienen toda la casa para ustedes. Diviértanse.
Libermann permaneció en silencio. Parecía abstraído. Al menos, pensé, había perdido el hilo de la conversación y no me vería obligado a explicar por qué, en el tercer milenio, la Policía Federal aún no había computarizado la liquidación de haberes.
Índica de alta pureza con bractéolos que te pondrá de rodillas y rogando por más. Esta áspera e irresistible dama sencillamente chorrea esa resina pegajosa por la que muchos hombres parecen sentir una fatal atracción.
Bractéolos con resina pegajosa. Mmm.
Advertencia: ha tenido efectos devastadores en más de uno, dejando a los afectados aparentemente abatidos, con una extraña sonrisa en los labios.
Floración: 50 días.
Altura: 100/130 cm.
Cosecha: 90-120 gr.
Art No 2305
250 fl.
Efectos devastadores. Eso es.
Para tranquilizarme, entro en www.neurociencia.com
Posiblemente el título los engañe tanto como a mí. Es el de una página Web dedicada a las enfermedades mentales, sí señor.
Siempre creí que la enfermedad mental era otra cosa, como que uno se ponía loco de repente, por un problema grave o una impresión muy fuerte. El caso de mamá, por ejemplo. Tuvo varias emociones de cierta intensidad, además de mi tete a tete con la señora López Vázquez sobre el piso de la pista de baile, pero calculo que su mayor conmoción fue cuando por primera vez papá decidió hacer su truco de magia. Ya saben, lo del mantel.
Eso ocurrió antes de que yo naciera. Para cuando lo practicó en casa de los López Vázquez ya mamá veía las cosas con cierta resignación.
Luego de su primera experiencia con la magia, vine yo. Todo yo, no sólo el incidente en la fiesta de casamiento de Elena. Y Rolo adquirió la costumbre de envolver su verga con un pañuelo. La entrepierna de Rolo atraía irresistiblemente. Era imposible apartar los ojos de la protuberancia y en más de una oportunidad pensé si mamá no se habría sentido al borde de un precipicio cada vez que Rolo se paseaba mostrando los bíceps, con su estrecha remera de algodón, sus jeans apretados y el pañuelo y todo eso.
Muy fuerte para una madre.
También estaba lo de Elena y el ACV de papá. Mamá siempre supo lo que papá hacía en la cocina cada vez que Elena regresaba de sus trasnochadas. De ahí su empecinamiento en dejarlo al sol, junto a los malvones, aun en los días más tórridos del verano.
En fin, habían ocurrido los suficientes accidentes en la vida de mamá como para que pudiéramos explicarnos su locura en forma medianamente satisfactoria.
Ahora me vengo a enterar de que no fue así: era un problema genético.
Eso dice neurociencia.com.
Parece ser que algunas personas pueden pasar por las más horribles experiencias sin que se les mueva un pelo de la salud mental. Otras, en cambio, caen en la enajenación más extrema por un quítame de ahí esas pajas. Los primeros poseen genes en perfectas condiciones. Los otros, los tienen defectuosos.
Ahí está el secreto, en los genes defectuosos.
No supe si sentir alivio o preocupación. Cualquiera puede tener los genes defectuosos. ¿Cómo saberlo? Un gen es una cosita de nada, más pequeño que un piojo. Imposible determinar si es bizco, o sordo, o padece un defecto todavía más severo. Pero al menos neurociencia.com nada dice de las hormonas defectuosas, así que me puedo considerar a salvo de la locura. O, al menos, tan en riesgo como cualquiera de ustedes.
www. neurociencia.com . Recomiendo esa página.
Dejarán de sentir esa injustificada responsabilidad por la locura de sus padres. O de sus hijos. Gozar de una buena conformación genética lo es todo.
Y es obra del azar.
Les aseguro que hay mayores posibilidades de acertar un número a la lotería que de tener los genes en orden.
Estoy harto de ilícitos sexuales y no sé de qué modo seguir en el caso de los traficantes de niños. Pero de cualquier forma, como todos los días, debo poner en marcha el buscador y salir de patrulla.
Uno no sabe con qué habrá de encontrarse.
No es justo.
Cualquier patrullero convencional puede tener un día liviano. Es más, suelen tenerlos. Los seres humanos de carne y hueso no cometen crímenes todo el tiempo, sin detenerse jamás, y en plena vía pública. Como bien dice el subcomisario Iraola: “No todos los ciudadanos son delincuentes”.
Pero en la internet ocurre precisamente lo contrario. Y en mayor medida en mi área de trabajo: Delitos Sexuales.
Al principio despiertan curiosidad. Y excitación, para qué negarlo. Pero al cabo del tiempo se vuelven tediosos y comienzan a dejar un regusto repugnante, de empalagosa saciedad.
Preferiría patrullar Drogas Peligrosas. Envidio a Johnny. Para él todo es sencillo: le apasiona su trabajo. Se infiltró hasta tal punto en las redes de narcotraficantes que es imposible vender una pastilla de éxtasis en toda la costa atlántica sin que Johnny haya tenido alguna participación en el episodio.
Ha organizado numerosas redes con un esquema similar al de cualquier empresa de venta directa. Le dicen Técnica de Management y Comercialización. Lo aprendió en la UADE.
Esteban, que patrulla Movimientos Subversivos le llamaría Organización Celular.
Consiste en la formación de equipos de vendedores coordinados por un responsable de sector que a su vez participa de un equipo coordinado por un responsable de área. Las áreas pueden ser geográficas o de producto.
Las áreas de producto también se coordinan en un área geográfica. Después están las regiones, que son equipos de coordinación de áreas geográficas. Y las divisiones, que agrupan a las áreas de productos.
Es una pirámide compleja, multidimensional. En la cúspide está Johnny.
Debo volver urgentemente a neurociencia.com. Tal vez encuentre algo que explique el extraño comportamiento de Libermann.
Me presenté en casa de Libermann a eso de las 7 de la tarde. Tiene un amplio departamento en Belgrano, con una hermosa vista, decorado con buen gusto y sobriedad, como corresponde a un médico. O a un filósofo. O a un psiquiatra.
La señora Libermann, Sara, es una mujer menuda –el mismo Libermann no sobrepasa el metro sesenta–, vestida con sencillez, bonita, pero de una belleza, me pareció en un primer momento, algo intrascendente, como si la hubieran sumergido una y otra vez en agua lavandina. Cuando estreché su mano creí estrujar un pequeño manojo de pasto seco. En fin, que no tuve ni un asomo de vértigo, ni el menor amago de erección, y conseguí comportarme con bastante comedimiento. Hasta la hice reír en un par de ocasiones, de manera que una hora después, cuando Libermann metió la llave en la cerradura, su mujercita y yo nos habíamos convertido en viejos amigos.
Ella trotó a recibirlo, con infantiles saltitos de felicidad.
–Te tengo una sorpresa –dijo luego de besar a Libermann en la mejilla. Fue un beso casto, más fraternal que amoroso. Tomé nota.
Libermann traía de la calle la sonrisa convencional y desvaída de un médico de guardia o de un filósofo escéptico. O de un psiquiatra en Disneylandia. No mejoró cuando me vio arrellanado en su sillón Chesterfield. Pero no me había reconocido y se dejó conducir por su dulce mujercita a lo largo del living.
–Mirá quien está acá –dijo ella.
–¿Quién?
Libermann todavía sonreía.
–Tu amigo de la infancia.
Esto debió hacerle sospechar. Me pareció que su paso se hacía más vacilante.
Permanecí en su sillón, apoyando los pies en su mesa ratona, bebiéndome su whisky. Sentía la cara tirante de tanto sonreír.
Libermann también sonreía, pero de un modo forzado. Llegó hasta mí. No quité los pies de la mesa y continué sonriendo.
Él ya había dejado de hacerlo y su rostro perdía el color. Quedó unos segundos boquiabierto.
–¿Pirulo...? –preguntó al fin.
Me puse de pie de un salto y lo estreché en un abrazo. Libermann tenía un aire a maniquí de tienda. Su esposa se secó una lágrima con un pañuelo. Le hice un conejito.
–Esto es tan emocionante –suspiró.
–Sí, mucho –suspiré a mi vez.
Libermann no dijo nada.
El estudio de Libermann era aproximadamente del tamaño de todo mi departamento, si le sumamos el baño, el palier y el hueco de la escalera. En un extremo, de espaldas a una puerta balcón con vista al este, había un escritorio de dos metros y medio por uno veinte. La butaca era giratoria y treinta centímetros más alta que las dos incómodas sillas destinadas a los pacientes, o a los alumnos, las visitas, o a quienquiera que Libermann pretendiese impresionar. Probablemente, su tímida mujercita.
Apenas me hizo pasar llegué hasta la ventana, desde donde admiré durante unos minutos la silueta del Monumental recortándose contra la bruma del río. Después me senté en la butaca.
Libermann parecía todavía más pequeño, de pie junto al escritorio. Volvió a ensayar su sonrisa forzada.
–¿Por qué no nos ubicamos acá? –dijo–. Estaremos más cómodos.
Me levanté de la butaca y fui hacia los sillones. Había tres, uno de dos cuerpos, rodeando a una bonita mesa hexagonal.
Para que acaben de formarse una idea del tamaño de esa habitación les diré que había también dos bibliotecas de pared a pared, enteramente ocupadas por libros, un atril de pintor con un retrato al óleo del propio Libermann, en pose de Pedante, con el índice en la mejilla, enmarcado con una pesada moldura barroca, y un rincón destinado a una computadora con mucha mayor cantidad de accesorios de los que un aficionado pudiera necesitar.
Libermann parecía no saber qué hacer con sus manos. Ni con ninguna parte de su cuerpo. Aunque sospecho que su principal duda era qué hacer conmigo. Yo había descendido desde mi metro noventa y siete casi hasta su estatura, apoltronándome en uno de los sillones. Libermann me dirigió una mueca –su sonrisa era cada vez más artificial– y colocó un CD en su computadora. Luego volvió al sillón.
La música comenzó a salir de los parlantes.
–¿Vivaldi?
Hizo otra mueca.
–Mozart.
Asentí, como si supiera algo del asunto. En cualquier otra oportunidad me hubiera limitado a escuchar en silencio, absteniéndome de meter la pata, pero necesitaba que recuperara parte de su confianza en sí mismo.
–Es una maravilla –dije pensativo– que esa cosa pueda pasar música.
Al escucharme llamar cosa a su computadora tuvo un ligero sobresalto.
–En realidad posee aplicaciones sorprendentes... –Se detuvo a mitad de la frase y me miró frunciendo el ceño–. ¿Vos no habías estudiado computación?
Me llevé la mano al pecho, sorprendido.
–¿Yo?
–Alguien me dijo...
Sonreí con tristeza.
–No, no. –Aguardé unos segundos–. Soy policía.
Nuevo sobresalto de Libermann. Ocurre con frecuencia. Todo el mundo se siente culpable de algún misterioso delito.
–Tareas administrativas –añadí para tranquilizarlo–. Liquidación de haberes, esa clase de cosas.
–Pensé que eso estaría computarizado...
La entrada de Sara me sacó del apuro. Traía una bandeja con dos vasos, un balde de hielo, una botella de escocés y platitos con queso y salchichas. Sentí que me venía el vahído: se había cambiado de ropas. Llevaba un vestido negro, con un amplio escote, una gargantilla muy ceñida al cuello, pulsera haciendo juego y una fina cadenita de oro alrededor del tobillo izquierdo. Cuando se inclinó para apoyar la bandeja en la mesita hexagonal su vestido se elevó dejando ver la parte posterior de sus muslos, enfundados en oscuras medias de nailon.
Yo estaba decididamente asomado al precipicio.
–Les dejé unos sandwiches de pavita, preparados en la heladera
–¿Salís? –preguntó Libermann con voz trémula.
–El torneo de backgammon, acordate.
Libermann asintió.
Sara vino hacia mí.
–Fue un gusto conocer un viejo amigo de mi marido.
Me puse de pie, le estreché la mano (ya no me pareció un manojo de pasto) y le besé la mejilla. Todos éramos ya Viejos Amigos.
–Bueno, chicos –dijo desde la puerta–, tienen toda la casa para ustedes. Diviértanse.
Libermann permaneció en silencio. Parecía abstraído. Al menos, pensé, había perdido el hilo de la conversación y no me vería obligado a explicar por qué, en el tercer milenio, la Policía Federal aún no había computarizado la liquidación de haberes.
domingo, 12 de septiembre de 2010
12. Más plantitas para tu invernadero
Northern Ligths
Interior
Ganadora de la copa Pure Indica años 88, 89 y 90
Lo máximo en variedades de interior. A través de una reproducción cuidadosamente seleccionada ha sido posible obtener una de las más poderosas plantas del mundo. Su adaptación a interiores es excelente dando como resultado especimenes pequeños y rechonchos de gran productividad.
Floración: 45-50 días.
Altura: 100/125 cm.
Cosecha: 125 gr.
Art No: 235.
200 fl.
“Pequeños y rechonchos”. Me en-canta.
Afrodisíacos Ucranianos
La medicina tradicional ucraniana no contiene abundantes recetas afrodisíacas o “privorotnoye zelje” (poción de amor). Supuestamente, los ucranianos machos poseen gran vigor sexual. De igual modo, las hembras parecen siempre interesadas y bien dispuestas.
Así, el propósito de las pociones de amor de este fogoso pueblo no es incrementar la potencia sexual sino atraer a un individuo en particular.
Por lo general han sido utilizadas por las mujeres para llamar la atención de algún miembro específico del sexo opuesto.
Otro propósito puede ser el de incrementar la fertilidad.
Existe, además, un pequeño grupo de recetas aptas para curar casos de impotencia, más que nada indicadas para los ancianos.
El cáñamo (Cannabis sativa) es una planta muy popular en Ucrania y posee numerosas aplicaciones medicinales. Como afrodisíaco, la creencia popular sostiene que el preparado más poderoso es la propia semilla, rostisada y salteada. De todos modos éstas deben ser sólo utilizadas por los hombres.
Antiguamente era costumbre en las cenas de boda alimentar al novio con semillas de cáñamo rostisadas. Las semillas podían ser servidas como ingrediente de un pan especial o de una bebida.
Hago inmediatamente un pedido al Banco de Semillas Sensi. La respuesta no tarda en llegar:
“No enviamos semillas fuera de la Comunidad Europea”.
Chauvinistas.
Novedades im-por-tan-tísimas: picaron los traficantes. En páginas amarillas alguien respondió al anuncio de la indigente madre de familia numerosa que solicitaba chapas de zinc.
Me ofrecen chapas, desde luego. También yerba, azúcar, leche en polvo y una bolsa de fideos. Además de una revisación médica gratuita para mis pequeños hijos. Quieren saber edades, sexo y, en lo posible, recibir algunas fotografías.
Trato de salir del paso y ganar tiempo mediante un ingenioso ardid: respondo que lo último resultaría harto difícil, puesto que mi existencia transcurre dentro de la zona de Necesidades Básicas Insatisfechas. Lógicamente, carezco de dinero para gastar en fruslerías. Pero hablaría con mi vecina.
Advierto a tiempo un ligero error en mi razonamiento, y añado: es ella, mi vecina, quien, amable y desinteresadamente, me permite usar su computadora para mendigar en la internet.
Johnny siguió mi relato, asintiendo de tanto en tanto. Cuando terminé, me miró unos minutos en silencio. Y exclamó:
–¡Brillante, Gordo!
No era para tanto. De todos modos hice un conejito y comenté:
–Brillante es una cualidad de la superficie. Lo mío es simplemente genial.
Exageraba, desde luego. Si bien era cierto que había conseguido salir del apuro, ahora no tenía la menor idea de cómo seguir. Era una locura informar a Salvides –yo había vuelto a operar sin su consentimiento– y no me sentía muy seguro de la conveniencia de recurrir a Iraola. Desde que Salvides me acusó de travesti cibernético, Iraola apenas si me había dirigido la palabra las pocas veces que vino a patrullar.
–Tenés que derivar el caso a Caról.
Para Johnny el nombre de la oficial Quintana era, definitivamente, Caról. De seguro había colgado las fotografías en la pared de su cuarto y las admiraba cada noche, antes de dormir. O se entretenía a solas, por la mañana. Como Libermann.
Libermann, ¿recuerdan?
El compañero de colegio que me había reemplazado en mi papel estelar de puching ball y tacho de residuos. De no haber sido por él, ni siquiera el rumor de que había violado a la señora López Vázquez a la vista de los novios, doscientos invitados, seis mozos y el propio doctor López Vázquez, habría sido suficiente para librarme de los golpes, los bollitos de papel y las escupidas que recibía indiscriminadamente mientras me desplazaba por la adolescencia.
A Libermann le fue peor, pues Aníbal llegó a orinarlo. Como lo oyen.
Ocurrió en el baño, durante un recreo. Libermann, Aníbal y yo meábamos en línea, y en ese orden, frente a los mingitorios. De pronto, Aníbal giró hacia Libermann. Libermann, sorprendido, dio un salto, aplastándose contra la pared como un condenado a fusilamiento. A espaldas de Aníbal, yo no alcanzaba a ver que ocurría, pero no hacía falta ser muy imaginativo para sospecharlo. Me pareció excesivo, qué quieren que les diga.
La indignación inundó mis ojos de lágrimas. Como lo oyen. Siempre tuve muy desarrollado el instinto de la justicia.
–¡Basta! –grité–. ¡No seas hijo de puta!
Y empujé a Aníbal.
Nunca pude controlar mi fuerza. Ni de niño ni menos todavía de adolescente. Tampoco ahora. Soy un obeso superbebé.
Aníbal salió despedido hacia adelante y chocó contra Libermann.
Entonces, sí, Libermann comenzó a gritar.
Después dijo que su pantalón meado había sido un accidente... provocado por mí.
Fue un asunto de solidaridad corporativa: Aníbal era el mejor alumno de la clase, seguido de Libermann. Yo venía mucho más atrás, en el último pelotón, pugnando por evitar el descenso.
Pero Libermann también tuvo otras razones, más oscuras: no estaba protegiendo a Aníbal, se protegía a sí mismo. Es algo relacionado con el efecto destructivo de la compasión. De alguna manera, yo hice a Libermann en el baño lo mismo que aquella buena y entrometida mujer había logrado conmigo en el colectivo: transformar una humillación privada en un acontecimiento público. Es decir, evidente e irremediable.
Libermann jamás me perdonó. Y comencé a recibir su desprecio casi con mayor rigor que ningún otro ser humano en toda la faz del planeta. Y eso es mucho decir: en lo peor de una paliza, cuando su portafolio ya había salido volando a través de la ventana, sus anteojos estaban astillados, su rostro cubierto de moretones y algún grandote apoyaba la rodilla en su pecho, los ojos y la boca ensangrentada de Libermann sólo exhibían desprecio.
Tenía un rictus parecido al de mi padre, luego del primer ACV.
Cuando los otros días descubrí su dirección electrónica en una cartilla de medicina pre paga me vino como un vahído. Sin pensar, llevado por el vértigo del momento, le escribí un e mail:
“¡¡¡Te vamos a romper la trompa, boludo de mierda!!!”
Había caído en las garras del pasado, como Mamá.
Encontré la dirección del hogar conyugal de los Libermann de la manera más simple: en la guía de teléfonos. Ustedes preguntarán: “¿Por qué tan súbito interés?”
No fue súbito.
A su humilde y falsamente modesto modo, Libermann se había convertido en un hombre famoso. Tal vez ya lo era antes, para ciertos círculos de intelectuales, putos y pedantes, pero cuando lo vi en un programa de televisión por cable sentí un vahído.
Al principio me costó reconocerlo, y si me quedé viendo el programa fue luego de preguntarme “¿Quién carajo es este pelotudo para que le hagan un reportaje?”
El tipo iba a presentar una novela histórica sobre la invención de la máquina de coser, o algo así. La había escrito mientras trabajaba en una tesis filosófica. “En los descansos entre capítulo y capítulo”, explicó con falsa modestia.
Calculo que si no me hubiera pasado de copas habría cambiado de canal, pero cuando estoy bebido suelo pelear con la televisión. Es una especie de sesión sadomasoquista que llevo a cabo cada noche: ella me agrede y yo la insulto. Además, me había picado la curiosidad. Deformación profesional.
Aunque PCBC, soy, de todas maneras, un policía.
Y la curiosidad era esta: ¿Quién carajo era ese pelotudo para que le hicieran un reportaje?
Lo reconocí un instante después, en cuanto apoyó el índice de la mano derecha en su mejilla, dándose aires de importancia.
–¡Libermann! –grité–. ¡Es Libermann!
Nadie me escuchó.
Vivo solo en casa, con un pequeño helecho. Responde al nombre de Mariano.
En realidad no responde a nada, en absoluto, pero de algún modo me hace compañía. En mi experiencia personal, Mariano es lo más parecido a una madre que he podido conseguir.
Fue un chiste.
Los chistes son mi debilidad. Por lo general me impiden sostener durante un lapso más o menos prolongado cualquier conversación convencional. Me asaltan a frecuencia inusitada.
Siempre fui una Máquina de Pensar Pelotudeces. Eso decía Aníbal.
La última vez que vi a Aníbal, me traía a Mariano y una noticia: viajaba al extranjero. No dijo dónde. No pude sonsacárselo, ni siquiera con la ayuda de algunas botellas de vino. Y si finalmente conseguí hacerlo, no lo recuerdo. Lo único que tengo presente de nuestro último encuentro, además del helecho y la noticia, fue que en el momento en que Rolo abrió la puerta del departamento yo vomitaba sobre la alfombra.
Venía con una novia. Tampoco recuerdo su nombre.
Después de eso Rolo me consiguió trabajo en la División Computación. Un horizonte nuevo se abría frente a mí, pleno de misterio y aventura.
Y pude mudarme.
Con el televisor, mi computadora y Mariano.
Ver a Libermann en televisión y tener un estallido de furia fue todo uno. Fuera del asombroso parecido a Henry Kissinger que había adquirido con la edad, y de la limpieza general de su aspecto, la sonrisa despectiva, las cejas alzadas y el índice apoyado en la mejilla lo revelaban como el mismo pedante de siempre.
Fíjense que, además de médico, era psiquiatra, filósofo y novelista. Lo único que le faltaba era un postgrado de latin lover. “Tengo en mis manos tu vida, tu destino, tu imaginación y tu mente” parecía querer decir el currículum de Libermann.
Me apiadé de él. El pobre infeliz pretendía huir de su pasado, sobreponerse a las humillaciones recibidas, manipulando a los demás.
Se trataba, sin ninguna duda, de una revancha. Podía apostar a que jamás había regresado a Boedo. Después de repudiar la azulgrana ahora se había hecho hincha de River. Un hombre sin pasado y sin recuerdos. ¿Acaso podía contar alguna anécdota graciosa en la que él mismo no fuera el hazmerreír?
¿Podía?
“En el colegio había un gordo boludo al que no le habían bajado los testículos. Ja, ja, ja. Construyó un avión en la terraza. Ja, ja, ja”
Me vino una furia...
Al día siguiente le mandé el e mail.
Interior
Ganadora de la copa Pure Indica años 88, 89 y 90
Lo máximo en variedades de interior. A través de una reproducción cuidadosamente seleccionada ha sido posible obtener una de las más poderosas plantas del mundo. Su adaptación a interiores es excelente dando como resultado especimenes pequeños y rechonchos de gran productividad.
Floración: 45-50 días.
Altura: 100/125 cm.
Cosecha: 125 gr.
Art No: 235.
200 fl.
“Pequeños y rechonchos”. Me en-canta.
Afrodisíacos Ucranianos
La medicina tradicional ucraniana no contiene abundantes recetas afrodisíacas o “privorotnoye zelje” (poción de amor). Supuestamente, los ucranianos machos poseen gran vigor sexual. De igual modo, las hembras parecen siempre interesadas y bien dispuestas.
Así, el propósito de las pociones de amor de este fogoso pueblo no es incrementar la potencia sexual sino atraer a un individuo en particular.
Por lo general han sido utilizadas por las mujeres para llamar la atención de algún miembro específico del sexo opuesto.
Otro propósito puede ser el de incrementar la fertilidad.
Existe, además, un pequeño grupo de recetas aptas para curar casos de impotencia, más que nada indicadas para los ancianos.
El cáñamo (Cannabis sativa) es una planta muy popular en Ucrania y posee numerosas aplicaciones medicinales. Como afrodisíaco, la creencia popular sostiene que el preparado más poderoso es la propia semilla, rostisada y salteada. De todos modos éstas deben ser sólo utilizadas por los hombres.
Antiguamente era costumbre en las cenas de boda alimentar al novio con semillas de cáñamo rostisadas. Las semillas podían ser servidas como ingrediente de un pan especial o de una bebida.
Hago inmediatamente un pedido al Banco de Semillas Sensi. La respuesta no tarda en llegar:
“No enviamos semillas fuera de la Comunidad Europea”.
Chauvinistas.
Novedades im-por-tan-tísimas: picaron los traficantes. En páginas amarillas alguien respondió al anuncio de la indigente madre de familia numerosa que solicitaba chapas de zinc.
Me ofrecen chapas, desde luego. También yerba, azúcar, leche en polvo y una bolsa de fideos. Además de una revisación médica gratuita para mis pequeños hijos. Quieren saber edades, sexo y, en lo posible, recibir algunas fotografías.
Trato de salir del paso y ganar tiempo mediante un ingenioso ardid: respondo que lo último resultaría harto difícil, puesto que mi existencia transcurre dentro de la zona de Necesidades Básicas Insatisfechas. Lógicamente, carezco de dinero para gastar en fruslerías. Pero hablaría con mi vecina.
Advierto a tiempo un ligero error en mi razonamiento, y añado: es ella, mi vecina, quien, amable y desinteresadamente, me permite usar su computadora para mendigar en la internet.
Johnny siguió mi relato, asintiendo de tanto en tanto. Cuando terminé, me miró unos minutos en silencio. Y exclamó:
–¡Brillante, Gordo!
No era para tanto. De todos modos hice un conejito y comenté:
–Brillante es una cualidad de la superficie. Lo mío es simplemente genial.
Exageraba, desde luego. Si bien era cierto que había conseguido salir del apuro, ahora no tenía la menor idea de cómo seguir. Era una locura informar a Salvides –yo había vuelto a operar sin su consentimiento– y no me sentía muy seguro de la conveniencia de recurrir a Iraola. Desde que Salvides me acusó de travesti cibernético, Iraola apenas si me había dirigido la palabra las pocas veces que vino a patrullar.
–Tenés que derivar el caso a Caról.
Para Johnny el nombre de la oficial Quintana era, definitivamente, Caról. De seguro había colgado las fotografías en la pared de su cuarto y las admiraba cada noche, antes de dormir. O se entretenía a solas, por la mañana. Como Libermann.
Libermann, ¿recuerdan?
El compañero de colegio que me había reemplazado en mi papel estelar de puching ball y tacho de residuos. De no haber sido por él, ni siquiera el rumor de que había violado a la señora López Vázquez a la vista de los novios, doscientos invitados, seis mozos y el propio doctor López Vázquez, habría sido suficiente para librarme de los golpes, los bollitos de papel y las escupidas que recibía indiscriminadamente mientras me desplazaba por la adolescencia.
A Libermann le fue peor, pues Aníbal llegó a orinarlo. Como lo oyen.
Ocurrió en el baño, durante un recreo. Libermann, Aníbal y yo meábamos en línea, y en ese orden, frente a los mingitorios. De pronto, Aníbal giró hacia Libermann. Libermann, sorprendido, dio un salto, aplastándose contra la pared como un condenado a fusilamiento. A espaldas de Aníbal, yo no alcanzaba a ver que ocurría, pero no hacía falta ser muy imaginativo para sospecharlo. Me pareció excesivo, qué quieren que les diga.
La indignación inundó mis ojos de lágrimas. Como lo oyen. Siempre tuve muy desarrollado el instinto de la justicia.
–¡Basta! –grité–. ¡No seas hijo de puta!
Y empujé a Aníbal.
Nunca pude controlar mi fuerza. Ni de niño ni menos todavía de adolescente. Tampoco ahora. Soy un obeso superbebé.
Aníbal salió despedido hacia adelante y chocó contra Libermann.
Entonces, sí, Libermann comenzó a gritar.
Después dijo que su pantalón meado había sido un accidente... provocado por mí.
Fue un asunto de solidaridad corporativa: Aníbal era el mejor alumno de la clase, seguido de Libermann. Yo venía mucho más atrás, en el último pelotón, pugnando por evitar el descenso.
Pero Libermann también tuvo otras razones, más oscuras: no estaba protegiendo a Aníbal, se protegía a sí mismo. Es algo relacionado con el efecto destructivo de la compasión. De alguna manera, yo hice a Libermann en el baño lo mismo que aquella buena y entrometida mujer había logrado conmigo en el colectivo: transformar una humillación privada en un acontecimiento público. Es decir, evidente e irremediable.
Libermann jamás me perdonó. Y comencé a recibir su desprecio casi con mayor rigor que ningún otro ser humano en toda la faz del planeta. Y eso es mucho decir: en lo peor de una paliza, cuando su portafolio ya había salido volando a través de la ventana, sus anteojos estaban astillados, su rostro cubierto de moretones y algún grandote apoyaba la rodilla en su pecho, los ojos y la boca ensangrentada de Libermann sólo exhibían desprecio.
Tenía un rictus parecido al de mi padre, luego del primer ACV.
Cuando los otros días descubrí su dirección electrónica en una cartilla de medicina pre paga me vino como un vahído. Sin pensar, llevado por el vértigo del momento, le escribí un e mail:
“¡¡¡Te vamos a romper la trompa, boludo de mierda!!!”
Había caído en las garras del pasado, como Mamá.
Encontré la dirección del hogar conyugal de los Libermann de la manera más simple: en la guía de teléfonos. Ustedes preguntarán: “¿Por qué tan súbito interés?”
No fue súbito.
A su humilde y falsamente modesto modo, Libermann se había convertido en un hombre famoso. Tal vez ya lo era antes, para ciertos círculos de intelectuales, putos y pedantes, pero cuando lo vi en un programa de televisión por cable sentí un vahído.
Al principio me costó reconocerlo, y si me quedé viendo el programa fue luego de preguntarme “¿Quién carajo es este pelotudo para que le hagan un reportaje?”
El tipo iba a presentar una novela histórica sobre la invención de la máquina de coser, o algo así. La había escrito mientras trabajaba en una tesis filosófica. “En los descansos entre capítulo y capítulo”, explicó con falsa modestia.
Calculo que si no me hubiera pasado de copas habría cambiado de canal, pero cuando estoy bebido suelo pelear con la televisión. Es una especie de sesión sadomasoquista que llevo a cabo cada noche: ella me agrede y yo la insulto. Además, me había picado la curiosidad. Deformación profesional.
Aunque PCBC, soy, de todas maneras, un policía.
Y la curiosidad era esta: ¿Quién carajo era ese pelotudo para que le hicieran un reportaje?
Lo reconocí un instante después, en cuanto apoyó el índice de la mano derecha en su mejilla, dándose aires de importancia.
–¡Libermann! –grité–. ¡Es Libermann!
Nadie me escuchó.
Vivo solo en casa, con un pequeño helecho. Responde al nombre de Mariano.
En realidad no responde a nada, en absoluto, pero de algún modo me hace compañía. En mi experiencia personal, Mariano es lo más parecido a una madre que he podido conseguir.
Fue un chiste.
Los chistes son mi debilidad. Por lo general me impiden sostener durante un lapso más o menos prolongado cualquier conversación convencional. Me asaltan a frecuencia inusitada.
Siempre fui una Máquina de Pensar Pelotudeces. Eso decía Aníbal.
La última vez que vi a Aníbal, me traía a Mariano y una noticia: viajaba al extranjero. No dijo dónde. No pude sonsacárselo, ni siquiera con la ayuda de algunas botellas de vino. Y si finalmente conseguí hacerlo, no lo recuerdo. Lo único que tengo presente de nuestro último encuentro, además del helecho y la noticia, fue que en el momento en que Rolo abrió la puerta del departamento yo vomitaba sobre la alfombra.
Venía con una novia. Tampoco recuerdo su nombre.
Después de eso Rolo me consiguió trabajo en la División Computación. Un horizonte nuevo se abría frente a mí, pleno de misterio y aventura.
Y pude mudarme.
Con el televisor, mi computadora y Mariano.
Ver a Libermann en televisión y tener un estallido de furia fue todo uno. Fuera del asombroso parecido a Henry Kissinger que había adquirido con la edad, y de la limpieza general de su aspecto, la sonrisa despectiva, las cejas alzadas y el índice apoyado en la mejilla lo revelaban como el mismo pedante de siempre.
Fíjense que, además de médico, era psiquiatra, filósofo y novelista. Lo único que le faltaba era un postgrado de latin lover. “Tengo en mis manos tu vida, tu destino, tu imaginación y tu mente” parecía querer decir el currículum de Libermann.
Me apiadé de él. El pobre infeliz pretendía huir de su pasado, sobreponerse a las humillaciones recibidas, manipulando a los demás.
Se trataba, sin ninguna duda, de una revancha. Podía apostar a que jamás había regresado a Boedo. Después de repudiar la azulgrana ahora se había hecho hincha de River. Un hombre sin pasado y sin recuerdos. ¿Acaso podía contar alguna anécdota graciosa en la que él mismo no fuera el hazmerreír?
¿Podía?
“En el colegio había un gordo boludo al que no le habían bajado los testículos. Ja, ja, ja. Construyó un avión en la terraza. Ja, ja, ja”
Me vino una furia...
Al día siguiente le mandé el e mail.
lunes, 6 de septiembre de 2010
11. No hay nada como un amigo
Hice contacto con Ernesto Sábato. Maneja un taxi los sábados a la noche. Es un trabajo muy angustiante, asegura.
“De pronto ocurren hechos que me destrozan –escribió Sábato–, que me sumen en un dolor tan intenso que me imposibilita para cualquier tipo de tarea. Por ejemplo, conocí a Elaida”.
Elaida es yemenita, lo que al modo de ver de Sábato, no tiene por qué sorprender a nadie. Mucho menos a un hombre de mundo como yo.
Esta no es la red boquense y va de suyo que no finjo ser Mayonesa, el barrabrava de Lugano, sino José Alfredo Fonseca Estigarribia, un hacendado paraguayo. Vivo en Asunción. Desde ya, esto mataría de un infarto a Salvides, pero Salvides jamás inspecciona los patrullajes. Se encierra en su pequeña torre de cristal a leer a Liddlehard. Probablemente navegue a escondidas visitando las páginas de turismo o conectado a Interpol, pero jamás chatea. Es un burócrata de escritorio.
Elaida fue la primera pasajera que subió al taxi de Ernesto Sábato. Provenía de Yemen, un pequeño país en la península arábiga con una de las rentas per cápita más altas del mundo. Eso dice la correspondiente página Web, aunque no me siento muy inclinado a dar crédito a todo lo que se anuncia en internet. Sábato tampoco, en especial luego de conocer a Elaida. Cualquiera que hubiese leído la página de Yemen creería que se trataba de una potentada.
“No tengo un centavo”, reveló Elaida.
Llevaban casi dos horas de viaje.
Hasta ese momento la noche había sido lo bastante perturbadora como para angustiar a Sábato. Imprevistamente se encontró escuchando cómo tendida en una playa del Yemén bajo el dulce y melancólico sol del atardecer, ella iba sintiendo un calor que le venía como de adentro y de abajo.
“¿Ves?”, dijo Elaida.
Sábato se rehusó a mirar. Era su primer día de trabajo en la compañía de taxis y si giraba en el asiento podría chocar. Por otra parte, ignoraba si Elaida era una simple pasajera o un señuelo de alguna cámara sorpresa.
En fin, que no se volvió hacia ella aunque no dejaba de observarla por el espejo retrovisor, en especial cuando aseguró que estaba a punto de llegar al clímax, arrebatada por el recuerdo del tórrido sol del golfo pérsico, y la fina y blanca y suave arena y el simún que se mete debajo de las faldas de las mujeres y provoca estragos, como un torbellino, dijo Elaida, como el aliento abrasador de un amante latino.
“Me encantan los latinos, ¿sabés?– susurró en la nuca de Sábato– porque los árabes hacen el amor como dios manda sólo en ocasionas muy especiales y las más de las veces practican la sodomía sin distinción de especie, sexo, edad o parentesco. Y lo peor es que algunos te quieren circuncidar”.
“¿¡Cómo circuncidar!? –exclamó Sábato–. ¿¡Sos un hombre!?
Cuando consiguió dejar de reír, ella le explicó, en detalle, lo que esos energúmenos del desierto hacen a las mujeres. No pueden permitir que lleguen con el clítoris intacto hasta esa edad donde comienzan a arder de deseo y buscan desenfrenadamente el placer ocasionando numerosos accidentes de tránsito, exactamente iguales al que Sábato estuvo a punto de provocar cuando vomitó a través de la ventanilla. El vidrio estaba cerrado.
“No pude evitarlo –me explicó Sábato–. Aunque cueste creerlo, fue el Pirulo que llevo adentro”
Carajo.
Apagué la computadora sin cerrar los programas y permanecí algunos minutos con la mirada perdida en la pantalla.
Tomábamos con Johnny un café en el Ebro luego del turno de servicio. Me sentí obligado a agradecerle su gesto de apoyo cuando yo debía soportar los espumarajos de baba y saliva que echaba la boca de Salvídes cuando coloqué los espejos retrovisores a los lados de mi escritorio.
Johnny se alzó de hombros.
–Es lo menos que podía hacer por un amigo –dijo.
Una vez recuperado de la sorpresa, me emocioné tanto que me dieron ganas de abrazarlo.
No hay nada mejor que un amigo ni existe nada más reconfortante que la verdadera amistad. Se compone de afecto, respeto y lealtad. Y humor. Los amigos deben hacerse bromas, de tanto en tanto. Aníbal no cesaba de repetírmelo cada vez que yo le reprochaba su costumbre de pegarme carteles en la espalda. Un día se enojó.
–Tomátelas Pirulo –dijo antes de volverse hacia la ventana.
Yo me había acercado a su mesa en el café, desde donde Aníbal balconeaba a las chicas que salían del liceo de la mitad de cuadra. Sostenía en mi mano su último cartelito:
“Sociedad Rural Argentina. Gran campeón cerdo Yorkshire.
Categoría capón”
Una señora me lo acababa de dar en el colectivo, luego de despegarlo de mi espalda.
–Sírvase, joven –bajó la vista al acercarme el papel. Luego agregó, en voz demasiado alta y sin dirigirse a nadie en particular: –¡No sé cómo los muchachos de hoy día pueden ser tan crueles!
Los ojos de todos los pasajeros se dirigieron hacia la mujer, tratando de averiguar qué ocurría.
Indudablemente, se sentía orgullosa de su buena acción.
–¿A ustedes les parece justo –prosiguió, al advertir que se había conseguido atraer el interés general– burlarse de la deformación ajena?
Los más avispados comenzaron a mirarme con curiosidad.
–Por más que sea tan gordo no deberían decirle “Cerdo Yorkshire”.
Detecté varias sonrisas y empecé a retroceder.
–Y ponerle carteles en la espalda. Muestre, joven, muestre.
Yo corría por el pasillo. Llegué junto al chofer.
–Pare acá –supliqué–. Por favor.
El chofer me miró por el espejo.
–En la parada.
Faltaba una cuadra. No demoró ni medio minuto en recorrerla, pero me pareció una eternidad. La indignada señora había comenzado a explicar lo de “capón”.
Llegué hasta el café con el cartelito temblando en mi mano.
–Tomátelas, Pirulo –Aníbal se volvió hacia la ventana con fastidio–. Sos un pelotudo y un desagradecido. ¿No te das cuenta que los pongo para hacerte más popular? Si no fuera por mí, nadie te daría ni cinco de bola. Y ahora, rajá.
No volvió a hablarme hasta una semana después, cuando le pedí disculpas.
Me dieron ganas de abrazar a Johnny: uno siempre necesita alguien en quien confiar y, aunque me metía en problemas con demasiada frecuencia, había demostrado ser un amigo. Primero, su guiño de apoyo mientras los gritos de Salvides me perforaban los tímpanos. Y después el comentario, deslizado al pasar, restándose importancia: “Es lo menos que podía hacer”.
Luego agregó:
–La verdad, gordo, sos el tipo más divertido que conozco.
De mi garganta brotó un cloqueo parecido al de un pavo.
–No es para tanto.
–¿Qué no? Eso de los espejos estuvo genial.
Johnny me miró con sorpresa cuando dije:
–Bueno, pero vos tuviste algo que ver en el asunto.
Era la pura verdad. Acababa de convencer a Milan, el serbio, de que, casas más, casas menos, yo era igualito a Amelita Vargas y había comenzado a preguntarle si no había tenido oportunidad de conocer una mujer parecida, en Bosnia por ejemplo.
Me explico: esos balcánicos se habían consagrado a un curioso proceso de depuración étnica. No querían que nadie que luciese diferente viviera en sus vecindarios. Para conseguirlo pergeñaron un método incongruente: violar a todas las hembras de sus odiados vecinos. El resultado será paradójico: en unos años resultará imposible saber si un tipo es serbio, bosnio, herzegovino o paraguayo.
Love is all you need.
En el acelerado proceso de mestizaje que llamaban “depuración étnica”, habían perpetrado actos de un salvajismo estremecedor.
El momento era de extrema tensión: yo podía estar chateando con un criminal de guerra, con el mismísimo Carnicero de Bosnia.
Entonces Johnny reventó una bolsa de papel a mis espaldas.
¡Bum!
Demoraron más de diez minutos en reanimarme.
El estallido de la bolsita de papel acabó por disipar mis dudas y coloqué, por fin, los espejos retrovisores. Pero algo que ver también tuvo la oficial Quintana: cada vez que escuchaba su taconeo al cruzar el salón para ir de su despacho al de Salvides, adivinaba que había venido de uniforme, con sus medias oscuras y el liguero azul.
Es azul. Así lo prescribe el reglamento. Tiene una presilla, a la altura del muslo derecho para sujetar un arma de emergencia. Lo sé. Yo mismo se lo quité, vestido de Hombre Araña.
¿La oficial Quintana tendría alguna noción de lo que había ocurrido en su despacho?
No conseguía sacarme la idea de la cabeza: no puede existir ninguna pastilla, ningún polvo, ningún ácido en toda la faz de la tierra capaz de anular completamente la conciencia de una persona. En algún lugar, pequeño, invisible hasta para un microscopio, la mente de la oficial Quintana debía saber. Y en el momento menos pensado, recordaría.
En lo mejor de un patrullaje miraba la pantalla y creía verla aproximarse a mis espaldas, en puntas de pie, empuñando un cortapapeles.
Como podrán apreciar, había un sinnúmero de razones para justificar los retrovisores. Pero no podía revelar ninguna de ellas a Salvides. Así que me limité a explicarle lo de Amelita Vargas.
–¡Travesti cibernético! –escupió Salvides con desprecio.
Mas tarde, luego de recibir el informe de Salvides, el subcomisario Iraola me miró, pensativo. No hizo ningún comentario, pero en ese momento supe que algo se había roto entre nosotros.
Llegué a mi casa, me saqué los zapatos, la camisa y los pantalones. Abrí una cerveza y una vez instalado cómodamente ante la computadora, revisé algunos archivos de Carola.
Así se llama la oficial Quintana. Carola. Carola Quintana. Me gusta.
De todos modos, a los fines artísticos, la bautizamos Carol. Se pronuncia acentuando la “o”: Caról. Yo hubiera conservado el original pero Johnny insistió en que Carola sonaba a maestra jardinera: jamás podría ser el nombre de la amante del Hombre Araña.
No es exactamente la amante. La historia es más compleja, más elaborada. Johnny tenía la idea general del argumento. En la cabeza, me dijo, pero quería que improvisáramos. Pues bien, improvisamos. Variaciones sobre una idea, como en el jazz.
spidersexxx.
Es un confuso video y una secuencia de cuarenta imágenes. Las pueden ver gratuitamente en el rubro Aficionados de la Robin’s Home Page.
Robin quedó encantada con las fotos. Y quiere contratarme. Supongo que planea agregar una nueva sección: “Spiderman and me”.
Suena tentador, pero debería trasladarme hasta California, con todo lo que eso implica.
Cuando se lo comenté, Johnny se amoscó.
–No serás tan hijo de puta de renunciar. Hice todo esto por vos.
“Todo esto” era la secuencia de cuarenta fotografías. Y el video.
Johnny se mostró decididamente ofensivo. A su modo de ver, la sección que Robin planea abrir conmigo es abnormal Sex.
Lo acusé de envidioso.
Me estudió en silencio.
–¡Vos estás de veras enfermo! –exclamó con entusiasmo al cabo de un rato.
No supe cómo reaccionar. Él parecía de veras entusiasmado. Además, yo exageraba mis méritos pues Johnny había sido mi doble en las escenas de sexo propiamente dicho: todos primeros planos de Caról, con una mínima, pero esencial, participación del Hombre Araña.
Mi papel consistió en derramarme en distintas posturas sobre la oficial Quintana.
Para Johnny, tuve una intervención decorativa.
La idea me hizo gracia.
Spidersexxx fue una operación de carácter defensivo. Ni Johnny ni yo pensamos alguna vez, seriamente, en convertirnos en estrellas porno. Tampoco la oficial Quintana.
Luego del enojoso incidente provocado por la torta de Bob, la oficial Quintana había dejado de dirigirme la palabra. Podía darme cuenta de que en cuanto se le presentase la oportunidad –por ejemplo, cuando Salvides saliera por la puerta de Virrey Cevallos dentro de un chaleco de fuerza– yo lo haría inmediatamente después, como un borracho expulsado de un bar.
Ahora podía estar tranquilo, dijo Johnny. Las posibilidades que tenía Carola de convertirse en jefa de la Brigada eran más bien remotas.
–Si ninguno de los patrulleros entra a la página de casualidad, nos ocuparemos nosotros de guiar la investigación.
–Sólo si fuera estrictamente necesario –acoté.
Johnny se alzó de hombros. Se siente seguro: si mientras esté de servicio conserva los pantalones puestos, será imposible identificarlo mediante un identikit. No creo que pueda decirse lo mismo de mí. En ningún momento me quité la máscara, pero hay algo definitivamente familiar en ese Hombre Araña.
Por otra parte, no quería destruir la carrera de Carola.
–Ya veremos –dijo Johnny.
En los descansos que hacíamos durante la sesión de fotografías, para reponer el aire o administrar a Carola una nueva dosis –tarea que quedaban bajo la exclusiva responsabilidad de Johnny–, yo me entretenía copiando los archivos de su computadora.
Tengo los CD en casa. Los estoy revisando de a poco. Los archivos están protegidos, pero con un poco de ingenio y paciencia, es posible abrirlos.
Lo hice con dos este fin de semana. Y puedo decir una sola cosa: ¡qué horror!
Mi hermano, mi héroe, mi ídolo... cayó de su pedestal.
No podría decir que Rolo era un ejemplo para mí, porque jamás hubiera podido seguir sus pasos. Hasta el fatídico fin de semana Rolo era un semidiós, ahora...
Verán, encontré una foto suya en los archivos de la oficial Quintana. Se lo ve de espaldas, con una capucha de cuero en la cabeza y los brazos sujetos a un gancho mediante una cadena. Pero tiene que ser Rolo: reconozco su redondo culo de muchachita, los hombros poderosos y los antebrazos velludos.
No comprendo qué hace en la computadora de Carola. Bueno, eso es evidente a simple vista: se deja azotar por una rubia de largas piernas disfrazada de Gatúbela. Pero no tendría que estar ahí, ni en el disco rígido ni en semejante postura.
También fue una sorpresa averiguar algunas costumbres de la oficial Quintana. Pasea en el Dark Site. Es un sitio de perversiones desmedidas, territorio del subcomisario Iraola. Por un momento se me ocurrió que tal vez chateen entre sí, sin advertirlo. La idea me hizo gracia.
La foto de Rolo se la podría haber enviado el propio subcomisario, desde la computadora contigua a la mía, mientras todo el mundo cree que en su pequeño despacho la oficial Quintana persigue abusadores de niños y protege a las mujeres golpeadas.
Pero no entiendo el papel de Rolo en todo esto. Porque es Rolo, tiene que serlo.
Qué horror.
“De pronto ocurren hechos que me destrozan –escribió Sábato–, que me sumen en un dolor tan intenso que me imposibilita para cualquier tipo de tarea. Por ejemplo, conocí a Elaida”.
Elaida es yemenita, lo que al modo de ver de Sábato, no tiene por qué sorprender a nadie. Mucho menos a un hombre de mundo como yo.
Esta no es la red boquense y va de suyo que no finjo ser Mayonesa, el barrabrava de Lugano, sino José Alfredo Fonseca Estigarribia, un hacendado paraguayo. Vivo en Asunción. Desde ya, esto mataría de un infarto a Salvides, pero Salvides jamás inspecciona los patrullajes. Se encierra en su pequeña torre de cristal a leer a Liddlehard. Probablemente navegue a escondidas visitando las páginas de turismo o conectado a Interpol, pero jamás chatea. Es un burócrata de escritorio.
Elaida fue la primera pasajera que subió al taxi de Ernesto Sábato. Provenía de Yemen, un pequeño país en la península arábiga con una de las rentas per cápita más altas del mundo. Eso dice la correspondiente página Web, aunque no me siento muy inclinado a dar crédito a todo lo que se anuncia en internet. Sábato tampoco, en especial luego de conocer a Elaida. Cualquiera que hubiese leído la página de Yemen creería que se trataba de una potentada.
“No tengo un centavo”, reveló Elaida.
Llevaban casi dos horas de viaje.
Hasta ese momento la noche había sido lo bastante perturbadora como para angustiar a Sábato. Imprevistamente se encontró escuchando cómo tendida en una playa del Yemén bajo el dulce y melancólico sol del atardecer, ella iba sintiendo un calor que le venía como de adentro y de abajo.
“¿Ves?”, dijo Elaida.
Sábato se rehusó a mirar. Era su primer día de trabajo en la compañía de taxis y si giraba en el asiento podría chocar. Por otra parte, ignoraba si Elaida era una simple pasajera o un señuelo de alguna cámara sorpresa.
En fin, que no se volvió hacia ella aunque no dejaba de observarla por el espejo retrovisor, en especial cuando aseguró que estaba a punto de llegar al clímax, arrebatada por el recuerdo del tórrido sol del golfo pérsico, y la fina y blanca y suave arena y el simún que se mete debajo de las faldas de las mujeres y provoca estragos, como un torbellino, dijo Elaida, como el aliento abrasador de un amante latino.
“Me encantan los latinos, ¿sabés?– susurró en la nuca de Sábato– porque los árabes hacen el amor como dios manda sólo en ocasionas muy especiales y las más de las veces practican la sodomía sin distinción de especie, sexo, edad o parentesco. Y lo peor es que algunos te quieren circuncidar”.
“¿¡Cómo circuncidar!? –exclamó Sábato–. ¿¡Sos un hombre!?
Cuando consiguió dejar de reír, ella le explicó, en detalle, lo que esos energúmenos del desierto hacen a las mujeres. No pueden permitir que lleguen con el clítoris intacto hasta esa edad donde comienzan a arder de deseo y buscan desenfrenadamente el placer ocasionando numerosos accidentes de tránsito, exactamente iguales al que Sábato estuvo a punto de provocar cuando vomitó a través de la ventanilla. El vidrio estaba cerrado.
“No pude evitarlo –me explicó Sábato–. Aunque cueste creerlo, fue el Pirulo que llevo adentro”
Carajo.
Apagué la computadora sin cerrar los programas y permanecí algunos minutos con la mirada perdida en la pantalla.
Tomábamos con Johnny un café en el Ebro luego del turno de servicio. Me sentí obligado a agradecerle su gesto de apoyo cuando yo debía soportar los espumarajos de baba y saliva que echaba la boca de Salvídes cuando coloqué los espejos retrovisores a los lados de mi escritorio.
Johnny se alzó de hombros.
–Es lo menos que podía hacer por un amigo –dijo.
Una vez recuperado de la sorpresa, me emocioné tanto que me dieron ganas de abrazarlo.
No hay nada mejor que un amigo ni existe nada más reconfortante que la verdadera amistad. Se compone de afecto, respeto y lealtad. Y humor. Los amigos deben hacerse bromas, de tanto en tanto. Aníbal no cesaba de repetírmelo cada vez que yo le reprochaba su costumbre de pegarme carteles en la espalda. Un día se enojó.
–Tomátelas Pirulo –dijo antes de volverse hacia la ventana.
Yo me había acercado a su mesa en el café, desde donde Aníbal balconeaba a las chicas que salían del liceo de la mitad de cuadra. Sostenía en mi mano su último cartelito:
“Sociedad Rural Argentina. Gran campeón cerdo Yorkshire.
Categoría capón”
Una señora me lo acababa de dar en el colectivo, luego de despegarlo de mi espalda.
–Sírvase, joven –bajó la vista al acercarme el papel. Luego agregó, en voz demasiado alta y sin dirigirse a nadie en particular: –¡No sé cómo los muchachos de hoy día pueden ser tan crueles!
Los ojos de todos los pasajeros se dirigieron hacia la mujer, tratando de averiguar qué ocurría.
Indudablemente, se sentía orgullosa de su buena acción.
–¿A ustedes les parece justo –prosiguió, al advertir que se había conseguido atraer el interés general– burlarse de la deformación ajena?
Los más avispados comenzaron a mirarme con curiosidad.
–Por más que sea tan gordo no deberían decirle “Cerdo Yorkshire”.
Detecté varias sonrisas y empecé a retroceder.
–Y ponerle carteles en la espalda. Muestre, joven, muestre.
Yo corría por el pasillo. Llegué junto al chofer.
–Pare acá –supliqué–. Por favor.
El chofer me miró por el espejo.
–En la parada.
Faltaba una cuadra. No demoró ni medio minuto en recorrerla, pero me pareció una eternidad. La indignada señora había comenzado a explicar lo de “capón”.
Llegué hasta el café con el cartelito temblando en mi mano.
–Tomátelas, Pirulo –Aníbal se volvió hacia la ventana con fastidio–. Sos un pelotudo y un desagradecido. ¿No te das cuenta que los pongo para hacerte más popular? Si no fuera por mí, nadie te daría ni cinco de bola. Y ahora, rajá.
No volvió a hablarme hasta una semana después, cuando le pedí disculpas.
Me dieron ganas de abrazar a Johnny: uno siempre necesita alguien en quien confiar y, aunque me metía en problemas con demasiada frecuencia, había demostrado ser un amigo. Primero, su guiño de apoyo mientras los gritos de Salvides me perforaban los tímpanos. Y después el comentario, deslizado al pasar, restándose importancia: “Es lo menos que podía hacer”.
Luego agregó:
–La verdad, gordo, sos el tipo más divertido que conozco.
De mi garganta brotó un cloqueo parecido al de un pavo.
–No es para tanto.
–¿Qué no? Eso de los espejos estuvo genial.
Johnny me miró con sorpresa cuando dije:
–Bueno, pero vos tuviste algo que ver en el asunto.
Era la pura verdad. Acababa de convencer a Milan, el serbio, de que, casas más, casas menos, yo era igualito a Amelita Vargas y había comenzado a preguntarle si no había tenido oportunidad de conocer una mujer parecida, en Bosnia por ejemplo.
Me explico: esos balcánicos se habían consagrado a un curioso proceso de depuración étnica. No querían que nadie que luciese diferente viviera en sus vecindarios. Para conseguirlo pergeñaron un método incongruente: violar a todas las hembras de sus odiados vecinos. El resultado será paradójico: en unos años resultará imposible saber si un tipo es serbio, bosnio, herzegovino o paraguayo.
Love is all you need.
En el acelerado proceso de mestizaje que llamaban “depuración étnica”, habían perpetrado actos de un salvajismo estremecedor.
El momento era de extrema tensión: yo podía estar chateando con un criminal de guerra, con el mismísimo Carnicero de Bosnia.
Entonces Johnny reventó una bolsa de papel a mis espaldas.
¡Bum!
Demoraron más de diez minutos en reanimarme.
El estallido de la bolsita de papel acabó por disipar mis dudas y coloqué, por fin, los espejos retrovisores. Pero algo que ver también tuvo la oficial Quintana: cada vez que escuchaba su taconeo al cruzar el salón para ir de su despacho al de Salvides, adivinaba que había venido de uniforme, con sus medias oscuras y el liguero azul.
Es azul. Así lo prescribe el reglamento. Tiene una presilla, a la altura del muslo derecho para sujetar un arma de emergencia. Lo sé. Yo mismo se lo quité, vestido de Hombre Araña.
¿La oficial Quintana tendría alguna noción de lo que había ocurrido en su despacho?
No conseguía sacarme la idea de la cabeza: no puede existir ninguna pastilla, ningún polvo, ningún ácido en toda la faz de la tierra capaz de anular completamente la conciencia de una persona. En algún lugar, pequeño, invisible hasta para un microscopio, la mente de la oficial Quintana debía saber. Y en el momento menos pensado, recordaría.
En lo mejor de un patrullaje miraba la pantalla y creía verla aproximarse a mis espaldas, en puntas de pie, empuñando un cortapapeles.
Como podrán apreciar, había un sinnúmero de razones para justificar los retrovisores. Pero no podía revelar ninguna de ellas a Salvides. Así que me limité a explicarle lo de Amelita Vargas.
–¡Travesti cibernético! –escupió Salvides con desprecio.
Mas tarde, luego de recibir el informe de Salvides, el subcomisario Iraola me miró, pensativo. No hizo ningún comentario, pero en ese momento supe que algo se había roto entre nosotros.
Llegué a mi casa, me saqué los zapatos, la camisa y los pantalones. Abrí una cerveza y una vez instalado cómodamente ante la computadora, revisé algunos archivos de Carola.
Así se llama la oficial Quintana. Carola. Carola Quintana. Me gusta.
De todos modos, a los fines artísticos, la bautizamos Carol. Se pronuncia acentuando la “o”: Caról. Yo hubiera conservado el original pero Johnny insistió en que Carola sonaba a maestra jardinera: jamás podría ser el nombre de la amante del Hombre Araña.
No es exactamente la amante. La historia es más compleja, más elaborada. Johnny tenía la idea general del argumento. En la cabeza, me dijo, pero quería que improvisáramos. Pues bien, improvisamos. Variaciones sobre una idea, como en el jazz.
spidersexxx.
Es un confuso video y una secuencia de cuarenta imágenes. Las pueden ver gratuitamente en el rubro Aficionados de la Robin’s Home Page.
Robin quedó encantada con las fotos. Y quiere contratarme. Supongo que planea agregar una nueva sección: “Spiderman and me”.
Suena tentador, pero debería trasladarme hasta California, con todo lo que eso implica.
Cuando se lo comenté, Johnny se amoscó.
–No serás tan hijo de puta de renunciar. Hice todo esto por vos.
“Todo esto” era la secuencia de cuarenta fotografías. Y el video.
Johnny se mostró decididamente ofensivo. A su modo de ver, la sección que Robin planea abrir conmigo es abnormal Sex.
Lo acusé de envidioso.
Me estudió en silencio.
–¡Vos estás de veras enfermo! –exclamó con entusiasmo al cabo de un rato.
No supe cómo reaccionar. Él parecía de veras entusiasmado. Además, yo exageraba mis méritos pues Johnny había sido mi doble en las escenas de sexo propiamente dicho: todos primeros planos de Caról, con una mínima, pero esencial, participación del Hombre Araña.
Mi papel consistió en derramarme en distintas posturas sobre la oficial Quintana.
Para Johnny, tuve una intervención decorativa.
La idea me hizo gracia.
Spidersexxx fue una operación de carácter defensivo. Ni Johnny ni yo pensamos alguna vez, seriamente, en convertirnos en estrellas porno. Tampoco la oficial Quintana.
Luego del enojoso incidente provocado por la torta de Bob, la oficial Quintana había dejado de dirigirme la palabra. Podía darme cuenta de que en cuanto se le presentase la oportunidad –por ejemplo, cuando Salvides saliera por la puerta de Virrey Cevallos dentro de un chaleco de fuerza– yo lo haría inmediatamente después, como un borracho expulsado de un bar.
Ahora podía estar tranquilo, dijo Johnny. Las posibilidades que tenía Carola de convertirse en jefa de la Brigada eran más bien remotas.
–Si ninguno de los patrulleros entra a la página de casualidad, nos ocuparemos nosotros de guiar la investigación.
–Sólo si fuera estrictamente necesario –acoté.
Johnny se alzó de hombros. Se siente seguro: si mientras esté de servicio conserva los pantalones puestos, será imposible identificarlo mediante un identikit. No creo que pueda decirse lo mismo de mí. En ningún momento me quité la máscara, pero hay algo definitivamente familiar en ese Hombre Araña.
Por otra parte, no quería destruir la carrera de Carola.
–Ya veremos –dijo Johnny.
En los descansos que hacíamos durante la sesión de fotografías, para reponer el aire o administrar a Carola una nueva dosis –tarea que quedaban bajo la exclusiva responsabilidad de Johnny–, yo me entretenía copiando los archivos de su computadora.
Tengo los CD en casa. Los estoy revisando de a poco. Los archivos están protegidos, pero con un poco de ingenio y paciencia, es posible abrirlos.
Lo hice con dos este fin de semana. Y puedo decir una sola cosa: ¡qué horror!
Mi hermano, mi héroe, mi ídolo... cayó de su pedestal.
No podría decir que Rolo era un ejemplo para mí, porque jamás hubiera podido seguir sus pasos. Hasta el fatídico fin de semana Rolo era un semidiós, ahora...
Verán, encontré una foto suya en los archivos de la oficial Quintana. Se lo ve de espaldas, con una capucha de cuero en la cabeza y los brazos sujetos a un gancho mediante una cadena. Pero tiene que ser Rolo: reconozco su redondo culo de muchachita, los hombros poderosos y los antebrazos velludos.
No comprendo qué hace en la computadora de Carola. Bueno, eso es evidente a simple vista: se deja azotar por una rubia de largas piernas disfrazada de Gatúbela. Pero no tendría que estar ahí, ni en el disco rígido ni en semejante postura.
También fue una sorpresa averiguar algunas costumbres de la oficial Quintana. Pasea en el Dark Site. Es un sitio de perversiones desmedidas, territorio del subcomisario Iraola. Por un momento se me ocurrió que tal vez chateen entre sí, sin advertirlo. La idea me hizo gracia.
La foto de Rolo se la podría haber enviado el propio subcomisario, desde la computadora contigua a la mía, mientras todo el mundo cree que en su pequeño despacho la oficial Quintana persigue abusadores de niños y protege a las mujeres golpeadas.
Pero no entiendo el papel de Rolo en todo esto. Porque es Rolo, tiene que serlo.
Qué horror.
domingo, 29 de agosto de 2010
10. El estúpido asunto de los espejos retrovisores
Jack Herer
Ganadora de la Copa Cannabis 1995
Híbrido múltiple, resultado de largos años de selección combinando tres de las más fuertes variedades conocidas. A pesar de ser a menudo presionados por cultivadores obsesivos a fin de que divulguemos los detalles de su pedigree, mucho tememos que, al igual que ocurre con la fórmula de la Coca Cola, la composición de esta variedad permanecerá en riguroso secreto.
Floración: 50/70 días.
Altura: 150/180 cm.
Cosecha: 125 gr.
Art No 2310.
275 fl.
Salí de la página de semillas sensitivas y volví a los Osos Mimosos de Boedo movido por la curiosidad: tal vez encontrara algún conocido.
No hay ninguno, al menos en las fotografías. Entré al foro y aguardé un rato, escuchando en silencio. Ni de los apodos ni de la conversación pude extraer alguna referencia útil. La conversación era un cotilleo insufrible sobre medidas de bíceps, precio de superbikes, largo de penes y lugares donde comprar ropas de cuero. Cada tanto alguno se echaba un eructo, pero en general todos parecían sujetos delicados y extremadamente amables. Creo que no son osos propiamente dichos ni, mucho menos, de Boedo. Aunque el barrio ha cambiado mucho desde la instalación de un supermercado en el viejo Gasómetro, más bien parecían preferir Santa Fe y Uriburu a merodear por Maza y Chiclana.
Desde ya, nadie utilizaría el sobrenombre de su juventud. Yo tampoco. De hecho entré finalmente en el parloteo bajo el alias de “Rolo”. Tal vez picara algún viejo conocido. Rolo no es un oso. Conserva una excelente silueta, además de un redondo culo de muchachita, pero en el barrio bien podrían suponer que engordó. Tiene el pecho lampiño, pero de sus antebrazos velludos es posible concluir que lo afeita, para resaltar sus pectorales.
Rolo tenía al menos un admirador, no muy secreto. Cuando pasaba por Avenida La Plata y Vernet, José María, permanentemente de pie bajo el toldo de la tienda de doña Porota, su desdichada madre, lo devoraba con una mirada húmeda.
Doña Porota vivía en el cuarto piso de un edificio sobre Vernet. José María atendía en la escalera. Los muchachos del café cobraban para procurarle un poco de satisfacción. Todos andaban escasos de dinero y el sábado a la noche hacían cola en la escalera.
Como lo oyen.
José María era una fuente de ingresos tan buena como cualquier otra y contribuía a mantener la virtud de las novias.
José María hubiera dejado en la ruina a doña Porota con tal de llevarse, por una vez, a mi hermano a su escalera. Pero Rolo jamás se dignó a mirarlo.
Yo sí, aunque a hurtadillas. No quería que José María me sorprendiera. Él también me echaba frecuentes miradas, llenas de rencor, como si yo fuese un potencial competidor. Ignoro por qué. En primer lugar, no creía dar el tipo físico. Mi único punto de referencia al respecto era el propio José María, también pasado de peso, pero en pequeño. Aunque increíblemente velludo. Podría muy bien formar parte de los Osos Mimosos, categoría koala.
Tenía largos pelos en el tórax que asomaban del cuello de su camisa. Pero afeitaba dos veces al día una barba que crecía cerrada alrededor de la gran boca húmeda. También sus ojos estaban permanentemente humedecidos. La mayoría de las veces por una paliza. Sucedía con frecuencia y le llovían desde las más diversas partes. En eso nos parecíamos bastante, aunque a mí los recolectores de residuos jamás me arrojaron dentro del camión.
Después de su excursión en el camión recolector José María regresó del Bajo Flores sin un centavo y cubierto de basura. Un patrullero lo remitió a la comisaría, donde continuaron pegándole, dentro y fuera del calabozo. También en el baño. Y algunos agentes lo llevaron a la escalera.
Hay golpes tan fuertes en la vida...
Recibí el mío con la destrucción de Deseo. De algún modo significó el fin de mi adolescencia. Tenía algo más de 25 años, pero nadie parecía sorprenderse de que madurara tan lentamente. Por lo de los testículos, ya saben.
A medida que lo desguazaba, Rolo iba arrojando los pedazos de Deseo al medio de la calle. Los vecinos se congregaron alrededor de la pila. Cada tanto alguien gritaba “¡Guarda!”. Y todos debían apartarse rápidamente para no ser aplastados por una rueda, un trozo de fuselaje, el alerón de cola o la hélice de madera que yo había pulido y barnizado con tanto esmero.
Parecía que, allá arriba, Rolo no acabaría jamás.
Mis sobrinos y yo mirábamos el magnicidio desde el zaguán, sollozando abrazados.
Qué horror.
Decido seguir la pista de los traficantes de niños por mi propia cuenta, sin informar a Salvides ni, mucho menos, a la oficial Quintana. Coloco un anuncio en amarillas.com:
“Madre soltera de cinco hermosos niños necesita yerba, azúcar, fideos, leche en polvo y una docena de chapas galvanizadas”.
Un señuelo perfecto.
A propósito de Salvides: hizo crisis. Fue el estúpido asunto de los espejos retrovisores. Resolví colocarlos –uno a cada lado del escritorio– luego de una broma que me gastó Johnny mientras yo patrullaba una red chilena que descubrí hace poco.
Antes de continuar, déjenme decirles que no hay nada ilegal en eso pues internet no reconoce fronteras. Uno puede ingresar donde le plazca y desde cualquier lugar. Es una enorme autopista informática de libre circulación en la que el tránsito va simultáneamente en varias direcciones.
Dicho así, parece un poco caótico. Sin embargo, funciona. Es lo que trataba de explicarle a Salvides, pero el inspector se cierra y no quiere entender. A su modo de ver, nosotros no podemos operar más allá de la General Paz sin la correspondiente autorización judicial. Además, estaba obsesionado por los espejos retrovisores de mi patrulla. No veía qué relación podían tener con la red chilena. Las venas de su frente parecían a punto de reventar y golpeaba el escritorio con el puño.
–¿Qué carajo tienen que ver los chilenos con esto?
Ya saben, los espejos.
Yo trataba de explicarle, pero el inspector me impedía hablar. Y me bañaba en saliva. Imagínense. Un asco.
La verdad era bien sencilla: yo chateaba en la red chilena, y digo “chilena” porque es chilena, pero eso no impide que participen usuarios de otras partes, en general hispanoparlantes. Aunque a la sazón me encontraba en el cuarto privado con un estudiante serbio. Aprendía español.
Salvides guiñó los ojos, como un chimpancé frente a una cafetera express.
–¿Qué cuarto privado?
–La sala de interrogatorios –aclaré, en su jerga.
Esto pareció calmarlo un poco. De todos modos insistió, y de muy mal modo, que seguía sin ver alguna relación entre una cosa y la otra.
Yo tampoco. La única relación entre que el serbio estudiara español y la sala de interrogatorios era yo. Sosteníamos un flirteo virtual, cosas que pasan mientras se chatea.
Antes de que piensen mal me apresuraré a aclarar que en esa red soy “Salomé”, una estudiante interesada en la historia del Imperio Austro-Húngaro, una afición como cualquier otra. Fue muy conveniente para hacer contacto con el serbio, aunque sospecho que Milan (así se llama) también ha leído al general Liddlehard, pues en realidad le importa un comino del Imperio Austro Húngaro y únicamente quiere conocer chicas.
Le gustan morenas y pequeñitas, con carnes bien distribuidas y gruesos labios rellenos de grasa abdominal. Quería saber cómo me veía yo. Le di una descripción aproximada de Amelita Vargas, La reina del mambo.
–¡¿Amelita Vargas?!
¿Ya dije que Salvides tiene la costumbre de repetir mis palabras, pero en forma de pregunta?
Algunos de mis compañeros rieron. Son tan jóvenes: creen que cuando Amelita Vargas filmaba en Artistas Argentinos Asociados, fuera del estudio merodeaban los dinosaurios. De todas maneras, si alguien ríe a mis espaldas, generalmente lo hace de mí. Lo sospecho desde mi niñez, cuando Aníbal pegaba carteles en mi guardapolvo.
Miré por el retrovisor. Mis ojos se cruzaron con los de Johnny. Sonrió y me hizo una seña de OK. “Vas bien”, parecía querer decir.
Podía ir bien, pero si Salvides hacía el ACV –tenía todos los síntomas– terminaría muy mal, convertido en un PCBV. Y viviendo nuevamente en casa de Rolo, donde fui a parar luego de la muerte de papá.
–No puedo con él –había dicho Elena luego de sonarse la nariz–. Además, si mamá vuelve a verlo, no sé qué puede llegar a pasar.
¿Qué podía pasar? Nada. Mi madre había quedado definitivamente atrapada en el pasado y, si todavía resultaba capaz de hacerse cargo de algunas tareas hogareñas, era más por un reflejo pavloviano luego de tantos años de rutina que por una cabal comprensión de la realidad. Ni se había enterado de la muerte de papá, y siguió bañándolo, perfumándolo y poniendo su cuerpo junto a los malvones hasta que salió eyectado de la mecedora.
Luego de eso, lo echó de menos. Las tareas de mantenimiento conyugal le llenaban varias horas del día y de algún modo le permitían regresar de la fiesta de casamiento. Ahora en cambio, parecía condenada a revivir una y otra vez Aquella Noche.
–¡Pobre señora! –fue todo lo que se le escuchó decir cuando vio a papá en el patio, con la cabeza hundida en el macetero.
Ganadora de la Copa Cannabis 1995
Híbrido múltiple, resultado de largos años de selección combinando tres de las más fuertes variedades conocidas. A pesar de ser a menudo presionados por cultivadores obsesivos a fin de que divulguemos los detalles de su pedigree, mucho tememos que, al igual que ocurre con la fórmula de la Coca Cola, la composición de esta variedad permanecerá en riguroso secreto.
Floración: 50/70 días.
Altura: 150/180 cm.
Cosecha: 125 gr.
Art No 2310.
275 fl.
Salí de la página de semillas sensitivas y volví a los Osos Mimosos de Boedo movido por la curiosidad: tal vez encontrara algún conocido.
No hay ninguno, al menos en las fotografías. Entré al foro y aguardé un rato, escuchando en silencio. Ni de los apodos ni de la conversación pude extraer alguna referencia útil. La conversación era un cotilleo insufrible sobre medidas de bíceps, precio de superbikes, largo de penes y lugares donde comprar ropas de cuero. Cada tanto alguno se echaba un eructo, pero en general todos parecían sujetos delicados y extremadamente amables. Creo que no son osos propiamente dichos ni, mucho menos, de Boedo. Aunque el barrio ha cambiado mucho desde la instalación de un supermercado en el viejo Gasómetro, más bien parecían preferir Santa Fe y Uriburu a merodear por Maza y Chiclana.
Desde ya, nadie utilizaría el sobrenombre de su juventud. Yo tampoco. De hecho entré finalmente en el parloteo bajo el alias de “Rolo”. Tal vez picara algún viejo conocido. Rolo no es un oso. Conserva una excelente silueta, además de un redondo culo de muchachita, pero en el barrio bien podrían suponer que engordó. Tiene el pecho lampiño, pero de sus antebrazos velludos es posible concluir que lo afeita, para resaltar sus pectorales.
Rolo tenía al menos un admirador, no muy secreto. Cuando pasaba por Avenida La Plata y Vernet, José María, permanentemente de pie bajo el toldo de la tienda de doña Porota, su desdichada madre, lo devoraba con una mirada húmeda.
Doña Porota vivía en el cuarto piso de un edificio sobre Vernet. José María atendía en la escalera. Los muchachos del café cobraban para procurarle un poco de satisfacción. Todos andaban escasos de dinero y el sábado a la noche hacían cola en la escalera.
Como lo oyen.
José María era una fuente de ingresos tan buena como cualquier otra y contribuía a mantener la virtud de las novias.
José María hubiera dejado en la ruina a doña Porota con tal de llevarse, por una vez, a mi hermano a su escalera. Pero Rolo jamás se dignó a mirarlo.
Yo sí, aunque a hurtadillas. No quería que José María me sorprendiera. Él también me echaba frecuentes miradas, llenas de rencor, como si yo fuese un potencial competidor. Ignoro por qué. En primer lugar, no creía dar el tipo físico. Mi único punto de referencia al respecto era el propio José María, también pasado de peso, pero en pequeño. Aunque increíblemente velludo. Podría muy bien formar parte de los Osos Mimosos, categoría koala.
Tenía largos pelos en el tórax que asomaban del cuello de su camisa. Pero afeitaba dos veces al día una barba que crecía cerrada alrededor de la gran boca húmeda. También sus ojos estaban permanentemente humedecidos. La mayoría de las veces por una paliza. Sucedía con frecuencia y le llovían desde las más diversas partes. En eso nos parecíamos bastante, aunque a mí los recolectores de residuos jamás me arrojaron dentro del camión.
Después de su excursión en el camión recolector José María regresó del Bajo Flores sin un centavo y cubierto de basura. Un patrullero lo remitió a la comisaría, donde continuaron pegándole, dentro y fuera del calabozo. También en el baño. Y algunos agentes lo llevaron a la escalera.
Hay golpes tan fuertes en la vida...
Recibí el mío con la destrucción de Deseo. De algún modo significó el fin de mi adolescencia. Tenía algo más de 25 años, pero nadie parecía sorprenderse de que madurara tan lentamente. Por lo de los testículos, ya saben.
A medida que lo desguazaba, Rolo iba arrojando los pedazos de Deseo al medio de la calle. Los vecinos se congregaron alrededor de la pila. Cada tanto alguien gritaba “¡Guarda!”. Y todos debían apartarse rápidamente para no ser aplastados por una rueda, un trozo de fuselaje, el alerón de cola o la hélice de madera que yo había pulido y barnizado con tanto esmero.
Parecía que, allá arriba, Rolo no acabaría jamás.
Mis sobrinos y yo mirábamos el magnicidio desde el zaguán, sollozando abrazados.
Qué horror.
Decido seguir la pista de los traficantes de niños por mi propia cuenta, sin informar a Salvides ni, mucho menos, a la oficial Quintana. Coloco un anuncio en amarillas.com:
“Madre soltera de cinco hermosos niños necesita yerba, azúcar, fideos, leche en polvo y una docena de chapas galvanizadas”.
Un señuelo perfecto.
A propósito de Salvides: hizo crisis. Fue el estúpido asunto de los espejos retrovisores. Resolví colocarlos –uno a cada lado del escritorio– luego de una broma que me gastó Johnny mientras yo patrullaba una red chilena que descubrí hace poco.
Antes de continuar, déjenme decirles que no hay nada ilegal en eso pues internet no reconoce fronteras. Uno puede ingresar donde le plazca y desde cualquier lugar. Es una enorme autopista informática de libre circulación en la que el tránsito va simultáneamente en varias direcciones.
Dicho así, parece un poco caótico. Sin embargo, funciona. Es lo que trataba de explicarle a Salvides, pero el inspector se cierra y no quiere entender. A su modo de ver, nosotros no podemos operar más allá de la General Paz sin la correspondiente autorización judicial. Además, estaba obsesionado por los espejos retrovisores de mi patrulla. No veía qué relación podían tener con la red chilena. Las venas de su frente parecían a punto de reventar y golpeaba el escritorio con el puño.
–¿Qué carajo tienen que ver los chilenos con esto?
Ya saben, los espejos.
Yo trataba de explicarle, pero el inspector me impedía hablar. Y me bañaba en saliva. Imagínense. Un asco.
La verdad era bien sencilla: yo chateaba en la red chilena, y digo “chilena” porque es chilena, pero eso no impide que participen usuarios de otras partes, en general hispanoparlantes. Aunque a la sazón me encontraba en el cuarto privado con un estudiante serbio. Aprendía español.
Salvides guiñó los ojos, como un chimpancé frente a una cafetera express.
–¿Qué cuarto privado?
–La sala de interrogatorios –aclaré, en su jerga.
Esto pareció calmarlo un poco. De todos modos insistió, y de muy mal modo, que seguía sin ver alguna relación entre una cosa y la otra.
Yo tampoco. La única relación entre que el serbio estudiara español y la sala de interrogatorios era yo. Sosteníamos un flirteo virtual, cosas que pasan mientras se chatea.
Antes de que piensen mal me apresuraré a aclarar que en esa red soy “Salomé”, una estudiante interesada en la historia del Imperio Austro-Húngaro, una afición como cualquier otra. Fue muy conveniente para hacer contacto con el serbio, aunque sospecho que Milan (así se llama) también ha leído al general Liddlehard, pues en realidad le importa un comino del Imperio Austro Húngaro y únicamente quiere conocer chicas.
Le gustan morenas y pequeñitas, con carnes bien distribuidas y gruesos labios rellenos de grasa abdominal. Quería saber cómo me veía yo. Le di una descripción aproximada de Amelita Vargas, La reina del mambo.
–¡¿Amelita Vargas?!
¿Ya dije que Salvides tiene la costumbre de repetir mis palabras, pero en forma de pregunta?
Algunos de mis compañeros rieron. Son tan jóvenes: creen que cuando Amelita Vargas filmaba en Artistas Argentinos Asociados, fuera del estudio merodeaban los dinosaurios. De todas maneras, si alguien ríe a mis espaldas, generalmente lo hace de mí. Lo sospecho desde mi niñez, cuando Aníbal pegaba carteles en mi guardapolvo.
Miré por el retrovisor. Mis ojos se cruzaron con los de Johnny. Sonrió y me hizo una seña de OK. “Vas bien”, parecía querer decir.
Podía ir bien, pero si Salvides hacía el ACV –tenía todos los síntomas– terminaría muy mal, convertido en un PCBV. Y viviendo nuevamente en casa de Rolo, donde fui a parar luego de la muerte de papá.
–No puedo con él –había dicho Elena luego de sonarse la nariz–. Además, si mamá vuelve a verlo, no sé qué puede llegar a pasar.
¿Qué podía pasar? Nada. Mi madre había quedado definitivamente atrapada en el pasado y, si todavía resultaba capaz de hacerse cargo de algunas tareas hogareñas, era más por un reflejo pavloviano luego de tantos años de rutina que por una cabal comprensión de la realidad. Ni se había enterado de la muerte de papá, y siguió bañándolo, perfumándolo y poniendo su cuerpo junto a los malvones hasta que salió eyectado de la mecedora.
Luego de eso, lo echó de menos. Las tareas de mantenimiento conyugal le llenaban varias horas del día y de algún modo le permitían regresar de la fiesta de casamiento. Ahora en cambio, parecía condenada a revivir una y otra vez Aquella Noche.
–¡Pobre señora! –fue todo lo que se le escuchó decir cuando vio a papá en el patio, con la cabeza hundida en el macetero.
martes, 24 de agosto de 2010
9. El hombre araña
Peligro en la red: incesto en California. Padre, hija y un vibrador. Título: “Un poco más, daddy”.
Hay veces en que estoy a punto de pedir un cambio a un área menos traumática de la internet. Terrorismo. O Drogas Peligrosas, la especialidad de Johnny. Pero el subcomisario Iraola insiste en que soy el más indicado para patrullar ilícitos sexuales.
–Son los peores crímenes –dice–. En especial, si hay menores involucrados.
Es verdad, pero cuando aparece involucrado un menor debo elevar el caso a la oficial Quintana. Esa es su área: menores en riesgo y mujeres golpeadas. Hay miles de mujeres golpeadas en el planeta. Y hombres, aunque sospecho que ahí merodea Iraola.
La chica de “Un poco más, daddy” está en riesgo. Por dos dólares puedo comprobar hasta que punto. Y por ocho más existe la posibilidad de dar algunas órdenes.
Me hubiera gustado pedir que usara el vibrador con su amado daddy, pero habría tenido una discusión con Salvides. Parece que la plata saliera de su bolsillo y no de los fondos reservados del Ministerio.
Tendré que derivar “Un poco más, daddy” a la oficial Quintana. Es abuso de menores y prostitución.
La oficial Quintana ha descollado en la lucha contra la prostitución infantil. Hace poco descubrió un caso en Sidney y recibió una felicitación del Consejo del Menor. No comprendo por qué el Consejo del Menor de aquí y no el de Sidney. Tampoco comprendo el significado del enigmático mensaje del presidente del Consejo: “Meterse con la prostitución es meterse con la vida”.
–Me tenés que dar una mano –había dicho Johnny, ¿recuerdan?
La ayuda que requería era de orden práctico. Pero me revelaría su naturaleza recién cuando terminara nuestro turno de servicio.
–¿Es un asunto particular?
–Más o menos.
Al cumplirse la hora, Salvides salió de su despacho y nos miró con curiosidad. Todos los detectives habían apagado los motores de búsqueda y cubrían sus equipos con las fundas de nailon. Algunos ya hacían cola frente al reloj, mientras Johhny y yo continuábamos de patrulla.
Salvides pareció a punto de decirnos algo, pero lo pensó mejor: podría obtener una respuesta. Se alzó de hombros e hizo un gesto vago con el índice apuntando hacia su sien. Ya saben.
Algunos de los muchachos ensayaron risitas de compromiso y de a poco fueron abandonando la oficina.
Johnny se puso de pie.
–Vamos.
Lo seguí hasta el privado de la oficial Quintana. Recién entonces advertí que no la había visto salir con los demás. Me pareció que tampoco había abandonado su despacho en toda la tarde. Si bien yo patrullaba contra la pared, de espaldas al salón, cuando la oficial lo atravesaba para dirigirse hacia lo de Salvides sentía el penetrante aroma del Parfum Dalí Edition Special. Y si había venido de uniforme, el repicar de sus largos tacos en el mosaico, que me provocaba inevitablemente una ligera excitación. Pero esa tarde había transcurrido calma y monótona como pocas.
Johnny abrió la puerta del despacho. La oficial Quintana estudiaba el racimo de dátiles.
–Vamos –me urgió Johnny.
Yo permanecía paralizado en el vano de la puerta. Para obligarme a entrar hubiera sido preciso un shock eléctrico.
–¿Qué esperás, boludo?
Comencé a retroceder.
Johnny meneó la cabeza con fastidio, de dos zancadas llegó hasta la butaca de la oficial y la hizo girar. Las manos de Quintana yacían laxas en su regazo. Tenía los ojos entreabiertos.
–¿Está muerta?
Johnny no respondió. Se había alejado unos pasos de la oficial y la observaba con ojo crítico.
–Vamos a tener que hacer algo con esa cara.
Supuse que hablaba en plural mayestático, pero Johnny no parecía ver las cosas del mismo modo.
–A ver, Gordo, dame una mano.
“Gordo” es en la Brigada mi nickname más corriente. Muestra muy poca originalidad y parece un poco abusivo, pero así y todo lo prefiero a Pirulo. Hace mucho que dejé de ser Pirulo, aunque suelo comportarme como tal en demasiadas ocasiones. Esta prometía ser una de ellas.
Continué retrocediendo al tiempo que meneaba la cabeza.
Johnny me paralizó con su índice.
–Me metí en esto por vos.
Eso no era verdad.
–Eso no es verdad –dije. Además, no tenía idea de a qué denominaba “esto”. Y me parece que no quería saberlo.
–Bueno, dejate de joder –protestó Johnny– Pongámonos a laburar antes de que se le pase el efecto.
Observé a la oficial Quintana con mayor detenimiento: Johnny le había dado una de sus pastillas.
–Mientras yo la preparo –prosiguió– vos ponete el traje de Hombre Araña.
Había escuchado mal. O empezaba a tener alucinaciones auditivas. Podían ser síntoma de un tumor cerebral, de una hormona fuera de lugar, de demencia…, aunque también era posible que Johnny hubiera disuelto uno de sus comprimidos en mi café.
Todavía estaba a tiempo de echar a correr hacia la salida, pero Johnny había comenzado a desprender la blusa de la oficial Quintana, revelando un ajustado soutien de reglamentario color azul. La puso de pie, tomándola de las axilas. La oficial se bamboleó a izquierda y derecha. Tenía una sonrisa tonta. Un hilo de saliva rodaba por su barbilla. Y sus brazos colgaron fláccidos a los costados cuando Johnny la libró del soutien. Volví a sentirme al borde de un precipicio.
Ya no era dueño de mí.
Con el discernimiento de un autómata me dirigí al escritorio de Johnny, abrí su bolso y saqué el traje de Hombre Araña.
Eso me hizo reaccionar.
–¡Yo no me puedo poner esto!
Era una protesta polivalente, pero Johnny pretendió comprender sólo uno de sus significados.
–Es tela elástica –gritó desde el despacho–. Lycra, o algo por el estilo.
Resulta increíble la resistencia y ductilidad de esos tejidos sintéticos. Mi cuerpo fue haciendo presión sobre los puntos, pero estos, lejos de deshacerse, parecían querer regresar a su conformación original. Al cabo de un rato conseguí meterme dentro del traje, pero en cierto sentido acabé adaptándome a su forma.
El resultado era bastante aceptable y podría haber dicho que magnífico, de no ser por la bragueta que, lejos de pasar desapercibida, se abría en un enorme tajo por el que pendía mi tímido pirulín aterciopelado. Mis nalgas, por su parte, asomaban como bochas de helado de crema a través de dos orificios circulares practicados en la parte trasera del pantalón.
–¡No me puedo poner esto!
Johnny se asomó a la puerta.
–Ya lo tenés puesto. Además, te queda muy bien.
¿Sí? Busqué un espejo, pero no había ninguno a mano. Siempre tuve la intención de colocar un par de retrovisores en los laterales de mi escritorio, pero había pospuesto una y otra vez el asunto desanimado ante la perspectiva de una nueva discusión con Salvides. Ahora lamentaba haber sido tan pusilánime.
Me observé como pude en el vidrio de una de las ventanas. La borrosa figura del superhéroe irradiaba gallardía y virilidad.
Me coloqué la máscara, saqué pecho y con paso elástico me dirigí al despacho de la oficial Quintana.
Hay veces en que estoy a punto de pedir un cambio a un área menos traumática de la internet. Terrorismo. O Drogas Peligrosas, la especialidad de Johnny. Pero el subcomisario Iraola insiste en que soy el más indicado para patrullar ilícitos sexuales.
–Son los peores crímenes –dice–. En especial, si hay menores involucrados.
Es verdad, pero cuando aparece involucrado un menor debo elevar el caso a la oficial Quintana. Esa es su área: menores en riesgo y mujeres golpeadas. Hay miles de mujeres golpeadas en el planeta. Y hombres, aunque sospecho que ahí merodea Iraola.
La chica de “Un poco más, daddy” está en riesgo. Por dos dólares puedo comprobar hasta que punto. Y por ocho más existe la posibilidad de dar algunas órdenes.
Me hubiera gustado pedir que usara el vibrador con su amado daddy, pero habría tenido una discusión con Salvides. Parece que la plata saliera de su bolsillo y no de los fondos reservados del Ministerio.
Tendré que derivar “Un poco más, daddy” a la oficial Quintana. Es abuso de menores y prostitución.
La oficial Quintana ha descollado en la lucha contra la prostitución infantil. Hace poco descubrió un caso en Sidney y recibió una felicitación del Consejo del Menor. No comprendo por qué el Consejo del Menor de aquí y no el de Sidney. Tampoco comprendo el significado del enigmático mensaje del presidente del Consejo: “Meterse con la prostitución es meterse con la vida”.
–Me tenés que dar una mano –había dicho Johnny, ¿recuerdan?
La ayuda que requería era de orden práctico. Pero me revelaría su naturaleza recién cuando terminara nuestro turno de servicio.
–¿Es un asunto particular?
–Más o menos.
Al cumplirse la hora, Salvides salió de su despacho y nos miró con curiosidad. Todos los detectives habían apagado los motores de búsqueda y cubrían sus equipos con las fundas de nailon. Algunos ya hacían cola frente al reloj, mientras Johhny y yo continuábamos de patrulla.
Salvides pareció a punto de decirnos algo, pero lo pensó mejor: podría obtener una respuesta. Se alzó de hombros e hizo un gesto vago con el índice apuntando hacia su sien. Ya saben.
Algunos de los muchachos ensayaron risitas de compromiso y de a poco fueron abandonando la oficina.
Johnny se puso de pie.
–Vamos.
Lo seguí hasta el privado de la oficial Quintana. Recién entonces advertí que no la había visto salir con los demás. Me pareció que tampoco había abandonado su despacho en toda la tarde. Si bien yo patrullaba contra la pared, de espaldas al salón, cuando la oficial lo atravesaba para dirigirse hacia lo de Salvides sentía el penetrante aroma del Parfum Dalí Edition Special. Y si había venido de uniforme, el repicar de sus largos tacos en el mosaico, que me provocaba inevitablemente una ligera excitación. Pero esa tarde había transcurrido calma y monótona como pocas.
Johnny abrió la puerta del despacho. La oficial Quintana estudiaba el racimo de dátiles.
–Vamos –me urgió Johnny.
Yo permanecía paralizado en el vano de la puerta. Para obligarme a entrar hubiera sido preciso un shock eléctrico.
–¿Qué esperás, boludo?
Comencé a retroceder.
Johnny meneó la cabeza con fastidio, de dos zancadas llegó hasta la butaca de la oficial y la hizo girar. Las manos de Quintana yacían laxas en su regazo. Tenía los ojos entreabiertos.
–¿Está muerta?
Johnny no respondió. Se había alejado unos pasos de la oficial y la observaba con ojo crítico.
–Vamos a tener que hacer algo con esa cara.
Supuse que hablaba en plural mayestático, pero Johnny no parecía ver las cosas del mismo modo.
–A ver, Gordo, dame una mano.
“Gordo” es en la Brigada mi nickname más corriente. Muestra muy poca originalidad y parece un poco abusivo, pero así y todo lo prefiero a Pirulo. Hace mucho que dejé de ser Pirulo, aunque suelo comportarme como tal en demasiadas ocasiones. Esta prometía ser una de ellas.
Continué retrocediendo al tiempo que meneaba la cabeza.
Johnny me paralizó con su índice.
–Me metí en esto por vos.
Eso no era verdad.
–Eso no es verdad –dije. Además, no tenía idea de a qué denominaba “esto”. Y me parece que no quería saberlo.
–Bueno, dejate de joder –protestó Johnny– Pongámonos a laburar antes de que se le pase el efecto.
Observé a la oficial Quintana con mayor detenimiento: Johnny le había dado una de sus pastillas.
–Mientras yo la preparo –prosiguió– vos ponete el traje de Hombre Araña.
Había escuchado mal. O empezaba a tener alucinaciones auditivas. Podían ser síntoma de un tumor cerebral, de una hormona fuera de lugar, de demencia…, aunque también era posible que Johnny hubiera disuelto uno de sus comprimidos en mi café.
Todavía estaba a tiempo de echar a correr hacia la salida, pero Johnny había comenzado a desprender la blusa de la oficial Quintana, revelando un ajustado soutien de reglamentario color azul. La puso de pie, tomándola de las axilas. La oficial se bamboleó a izquierda y derecha. Tenía una sonrisa tonta. Un hilo de saliva rodaba por su barbilla. Y sus brazos colgaron fláccidos a los costados cuando Johnny la libró del soutien. Volví a sentirme al borde de un precipicio.
Ya no era dueño de mí.
Con el discernimiento de un autómata me dirigí al escritorio de Johnny, abrí su bolso y saqué el traje de Hombre Araña.
Eso me hizo reaccionar.
–¡Yo no me puedo poner esto!
Era una protesta polivalente, pero Johnny pretendió comprender sólo uno de sus significados.
–Es tela elástica –gritó desde el despacho–. Lycra, o algo por el estilo.
Resulta increíble la resistencia y ductilidad de esos tejidos sintéticos. Mi cuerpo fue haciendo presión sobre los puntos, pero estos, lejos de deshacerse, parecían querer regresar a su conformación original. Al cabo de un rato conseguí meterme dentro del traje, pero en cierto sentido acabé adaptándome a su forma.
El resultado era bastante aceptable y podría haber dicho que magnífico, de no ser por la bragueta que, lejos de pasar desapercibida, se abría en un enorme tajo por el que pendía mi tímido pirulín aterciopelado. Mis nalgas, por su parte, asomaban como bochas de helado de crema a través de dos orificios circulares practicados en la parte trasera del pantalón.
–¡No me puedo poner esto!
Johnny se asomó a la puerta.
–Ya lo tenés puesto. Además, te queda muy bien.
¿Sí? Busqué un espejo, pero no había ninguno a mano. Siempre tuve la intención de colocar un par de retrovisores en los laterales de mi escritorio, pero había pospuesto una y otra vez el asunto desanimado ante la perspectiva de una nueva discusión con Salvides. Ahora lamentaba haber sido tan pusilánime.
Me observé como pude en el vidrio de una de las ventanas. La borrosa figura del superhéroe irradiaba gallardía y virilidad.
Me coloqué la máscara, saqué pecho y con paso elástico me dirigí al despacho de la oficial Quintana.
sábado, 14 de agosto de 2010
8. El desagradable incidente del bancario
En paranoia.com la Finnish Cannabis Association anuncia un banco de semillas para el jardinero moderno. Les paso una muestra de su catálogo:
Shiva Shanti
Planta de interior.
Esta semilla afgana, con su penetrante aroma, es uno de los mejores productos de la colección debido a su alto rendimiento y sabor placentero.
Floración: 50-55 días.
Altura: 100/ 130 cm.
Cosecha: aprox. 125 gr.
Art No: 226
60 florines.
“No es eso, ganso!!!” –había gritado Beto Beep. ¿Recuerdan? Estábamos en almaboquense hablando de los implantes sebáceos.
Lo llamé a sosiego advirtiéndole que si volvía a levantarme la voz lo iba a tirar de la segunda bandeja de La Bombonera.
“Me dejé llevar”, se disculpó. Le había ocurrido algo horrible y se sentía muy perturbado.
Un poco de chacota no viene mal:
“¿Tu novia se hizo hincha de River?”
“Peor”, repuso. “Me persigue el Mossad”
Me pareció extraño que el servicio de inteligencia israelí persiguiera a un barrabrava de Boca. ¿Tendría algo que ver con el apriete al Primer Ministro?
“¿Por qué el Mossad?”
“Lo mismo me preguntó Aníbal” escribió Beto.
Tomaban una copa en un stripbar, Beto Beep y su amigo Aníbal. Me pareció una agradable casualidad –yo también tuve un amigo Aníbal– pero guardé silencio y lo dejé seguir.
Beto escribió: “¿Por qué el Mossad?, preguntó Aníbal distraído por las prótesis mamarias de una bailarina tailandesa que llevaba en el resto de su cuerpo los inconfundibles rastros de la desnutrición infantil”.
Convine con él en que debía resultar un espectáculo chocante, una especie de monstruosidad artificial fruto de la afiebrada fantasía de un cerebro humano.
“La naturaleza, por sí sola, confirmó Beto Beep, es incapaz de producir algo así, ni con el auxilio de la talidomida”.
“Entonces– prosiguió– y esto sí fue una estúpida y muy inconveniente asociación de ideas, recordé a la actriz que se había hecho extraer un centímetro cúbico de grasa del abdomen para ensancharse los labios. La insensata los creía ahora más sexy”
Sentí que se me revolvían las tripas. No podía seguir leyendo, pero Beto Beep tecleaba como un desaforado.
“¿Quién puede encontrar sexy un moco pegajoso, blando, que se desgrana entre los dedos como una torreja de seso? Pues la desdichada así parecía creerlo, y lo reveló muy ufana delante de las cámaras de televisión mientras el director hacía un primer plano de su implante sebáceo piadosamente cubierto con una capa de carmín, y sentí que se me revolvían las tripas y volví a vomitar, esta vez sobre el pantalón de Aníbal que quedó regado de modernos labios femeninos como si acabara de salir de una orgía con un lote de modelos publicitarias.
–¡Pirulo y la puta que te parió! –me gritó Anibal”
¿Cómo “Pirulo”?
Tuve un vahído: el precipicio se abría a mis pies. Pero Beto Beep no iba a detenerse.
“Aníbal saltó hacia atrás, su taburete golpeó la rodilla de un ejecutivo que se solazaba con el whisky del final del día, y lo tomó desprevenido, abocado a la seducción de una señorita que parecía moldeada por un cirujano lascivo con el excedente sebáceo de un hipopótamo. El whisky se derramó en su escote y ella seguramente pensó que sus tetas se derretirían pues de otro modo jamás hubiera hecho lo que hizo, esto es, mover los brazos en molinete y golpear con el derecho la bandeja que una camarera transportaba por el atestado salón con las precauciones del caso y que salió despedido en una pobre imitación del apolo equis ii”.
“¿Qué apolo?”, atiné a preguntar.
Beto Beep no me prestó atención:
“Lo peor del caso –escribió– fue que Aníbal tenía razón: Pirulo estaba de vuelta”.
Yo trataba de recuperar el aliento.
–¿Qué te pasa? –me preguntó el subcomisario Iraola, circunstancialmente de patrulla a mi lado.
–Nada –repuse, y salí de la red dejando a Beto Beep con la letra en la boca, por así decirlo.
“Welcome”, dice Kenny Zalewski, desde la Kenny Zalewski´s Home Page “Please, come in”
Entro.
Encuentro la lista de los cuatro mil seiscientos trece compact disk que Kenny tiene en su discoteca.
Hay locos para rato.
Gracias a Beto Beep volví a pensar en mi amigo Aníbal. Había dejado de verlo al terminar el secundario. En aquel entonces Aníbal todavía vivía en el barrio, pero estudiaba en la facultad. Cultivaba un círculo diferente de amistades, a eso me refiero. Pero reapareció sorpresivamente una mañana luego del regreso de Elena, que lo recibió en la puerta con su mejor expresión de hembra contrariada.
–¿Qué querés?
Es una proeza decirlo con las comisuras de la boca vueltas hacia abajo, pero Aníbal no pareció impresionado.
–Ver a tu hermano.
Eso era evidente, hasta para papá. ¿Qué otra cosa podía estar haciendo Aníbal en mi casa?
Desde ya, nadie conocía las razones que algunos años atrás lo habían llevado a visitarme con tanta asiduidad. Porque hubo una época en que Aníbal venía casi todos los días. Se sentaba en mi cama y hojeaba una revista cualquiera. Ninguna en especial, aunque sus opciones se limitaban a Mecánica Popular y Las aventuras de Lúpin, el pequeño piloto de biplanos. Era una combinación explosiva que acabaría por provocar estragos en mi discernimiento, pero jamás hizo mella en la sólida personalidad de Aníbal.
Aníbal hojeaba las revistas mientras yo me paseaba nerviosamente por el cuarto tratando de imaginar algún modo de entretenerlo. O sacando temas de conversación para que no se aburriera. Pero el tedio era un concepto desconocido para Aníbal. Gozaba de mi amistad y compañía en riguroso silencio, un par de horas por día, de cinco a siete. A las siete se tendía en el piso, boca abajo, con un ojo pegado al pequeño orificio desde el que era posible tener una visión bastante completa de Elena en el momento de darse su baño vespertino.
También le enviaba anónimas esquelas de amor. O poemas de Benedetti, firmados por su autor. Todo esto debía confundir a Elena, quien ya noviaba con el bancario y había fijado fecha. 27 de Octubre. ¿Cómo olvidarlo?
El bancario era un buen partido. Tenía un trabajo seguro y un futuro de estabilidad y moderada prosperidad. Y un Fiat 600, en el que pretendía manosear a Elena más de la cuenta mientras tomaban guindados en Pampa y Alcorta.
Demás está aclarar que jamás estuve presente: lo supe por Aníbal. Los acechaba emboscado detrás de un árbol, con una gomera. Y sobresaltaba al bancario arrojando piedritas contra el Fiat. Esto y la molesta palanca de cambios habían facilitado las intenciones de Elena: mantener incólume el entusiasmo del bancario hasta el último día, de manera de poder arrastrarlo, convenientemente asido, al tálamo nupcial.
Todo induce a sospechar que ni siquiera en la noche de bodas el desgraciado tuvo su oportunidad. En la fiesta, mientras Rolo me arrastraba de los pelos hacia la calle, pude ver a Elena, petrificada detrás de la gigantesca torta de casamiento, con la boca muy abierta, enseñando los dientes. Se le había corrido el rimel. Mi hermana se había convertido en un mandril.
Aníbal debió haber dejado que las cosas siguieran su curso, sin intervenir. Dentro de un Fiat 600 el comercio sexual entre dos seres humanos de tamaño normal está condenado a un irremediable fracaso. Lo reconoció apenas nos retiramos de la fiesta, mientras orinábamos el automóvil del doctor López Vázquez.
De todos modos, Aníbal siguió con sus visitas luego del casamiento de Elena, aunque se hicieron cada vez más esporádicas. Y ya no se tendía en el piso a las siete de la tarde: hojeaba melancólicamente los Mecánica Popular por no más de media hora y luego se iba sin que tuviéramos ocasión de intercambiar una palabra.
Pronto dejó de venir, aunque luego de una prolongada ausencia, regresó dos veces más. La primera, en ocasión del ACV definitivo de papá, “A ver como estaba el viejo”.
Lo llevé hasta el patio.
–Está muy gracioso –dijo.
Y lo hizo por segunda vez unos años más tarde, cuando mi hermana se reintegró al hogar familiar con sus dos hijos y el lavarropas automático.
Ann’s Page for Human Health.
Sexuality.
Veamos que cositas se le ocurren a la señorita Ann.
Haz que una mujer se rinda
Si un hombre pretende que una mujer sucumba a sus deseos puede preparar una mezcla de polvos de Estramonio blanco (Datura stramonium), ¡extremadamente tóxico!), pimienta larga (Piper longum) y pimienta negra.
Combinarla con miel y embadurnar el pene antes de la penetración.
Debe hacerse notar que los alcaloides del estramonio serán reabsorbidos a través de la mucosa del pene y la vagina, pudiendo causar un severo envenenamiento.
Alternativamente, y menos riesgoso, un ungüento para obtener el mismo propósito puede incluir ingredientes tales como las flores arrojadas en un cuerpo humano antes de ser cremado y los restos de un aguilucho que haya muerto por causas naturales.
Opto por la primera fórmula, aunque prescindiendo del estramonio. Me unto, al principio con aversión. Contrariamente a lo esperado, no arde, pero a medida que pasan las horas provoca un poco de incomodidad. Y comezón. Y me obliga a andar como si mis testículos fueran del tamaño del dirigible Hindenburg.
Transcurren las horas sin novedad hasta que, por fin, escucho a mis espaldas el taconeo de la oficial Quintana. Me pongo de pie y voy hacia ella. La intercepto en mitad del salón. Me mira. Hago una reverencia. Adelante, digo. Ella continúa su camino y se mete al despacho de Salvides. Permanezco merodeando. Cuando sale vuelvo a interceptarla. ¿Qué te pasa?, pregunta de mal modo. Respondo con un conejito. Menea la cabeza y sigue su camino.
Volvemos a encontrarnos a la hora de salida, con el mismo resultado.
Evidentemente, sin el estramonio el ungüento pierde eficacia. Pero ¿estoy dispuesto a llegar hasta el envenenamiento por un poco de atención y amabilidad?
Decido consultar a Ann por métodos menos peligrosos. Y sencillos que encontrar un aguilucho muerto de causas naturales. Pero mis ojos se cierran. Una fuerza irresistible me succiona hacia ese punto oscuro donde el universo se da vuelta como una media. Ya lo estoy atravesando y veo luz. Del otro lado me aguarda la oficial Quintana con su conjunto de ropa interior azul marino. Hace un conejito.
Mientras floto hacia ella siento una dureza entre las piernas. Mi mano desciende.
–¡Gordo!
Me doy vuelta. Es Johnny.
–¿Te volviste loco?
–La testosterona –digo mientras oculto apresuradamente mi pirulín aterciopelado.
Me vuelvo hacia la pantalla. Está cubierta por el protector: un gallo sobre fondo azul. En letras blancas dice: Al servicio de la comunidad.
Oprimo una tecla. El protector desaparece. ¿Puede alguien explicarme qué hago en la red de Osos Mimosos de Boedo?
El gordo de la página principal, sumergido en el agua hasta la mitad del muslo, es una horrible masa de pelos. Resulta casi imposible distinguir su pubis de su cuello, de cuarenta centímetros de diámetro, lo menos.
No entiendo quién puede sentirse excitado ante semejante bestia. Yo, al menos, muestro formas más delicadas, aunque mi cuerpo lampiño y mis flojas tetillas han de resultar desagradables para esos extravagantes gays de Boedo.
Boedo es el barrio de mi juventud, ya lo saben. Pueden preguntar por mí a cualquiera de los viejos vecinos. Pirulo, el gordo del avión.
La fogata de Rolo en la vereda fue muy popular. Los restos de Deseo ardieron una tarde y una noche enteras. A la mañana siguiente, si alguno revolvía las cenizas, volvía a brotar el fuego.
Vinieron a visitarla desde más allá de la cancha de San Lorenzo. Betty Desartis y su esposo farmacéutico, entre otros.
Pero la historia del avión era conocida desde mucho antes. Por boca de Betty. La divulgó con cuanto chismoso se cruzara en su camino. El farmacéutico reía tontamente. Jamás se preguntó cómo Betty sabía de mi pequeño secreto.
El farmacéutico Desartis vendía hipnóticos sin receta. Rolo lo averiguó al interrogar a la hija de la profesora de piano y a su amiga. Una comisión policial las había rescatado desde lo alto de un camión recolector de residuos. Era uno de esos viejos camiones abiertos donde dos recolectores arrojaban las bolsas y vaciaban los tachos. Un tercero, encaramado en lo alto, los compactaba con las plantas de los pies.
La hija de la profesora de piano y su amiga habían aceptado la invitación de aquellos patanes, oriundos del Bajo Flores. Y retozaban semihundidas en la basura.
El camión, detenido en Senillosa y Bonifacio, llamó la atención del patrullero policial. No había recolectores ni chofer. Estaban todos arriba, con las dos drogadictas.
El esposo de Betty les había vendido unas cápsulas para morigerar los efectos de la oligofrenia severa. Rolo lo golpeó un poco, en la trastienda de la farmacia. Hasta que Betty se abrazó a él solicitando clemencia.
El farmacéutico sonrió tontamente con la boca partida.
No tengo alivio. Mientras mi cuerpo se niega a continuar su camino, mi mente insiste en hundirse más y más en el pasado.
–Ah, sos vos –dijo mi hermana cuando vio a Aníbal de pie en el umbral con una amplia sonrisa iluminando su rostro. Hablo de la sonrisa y el rostro de Aníbal. En los escasos momentos en que Elena fingía sonreír daba la impresión de estar haciendo un ACV. Como papá, cuando mi insensata madre le daba la sopa.
Aníbal dijo que venía a visitarme y subió a mi cuarto, en la terraza. Le mostré el avión.
Regresó varias veces. Estaba tan feliz de haber recobrado su amistad que hasta le enseñé a volar.
Poco a poco, el tiempo que transcurría entre el sonido del timbre y la aparición de Aníbal ante mi cuarto fue haciéndose más prolongado. La distancia a recorrer no era tanta: dos metros de zaguán, un pequeño hall y quince metros de patio. Al final del patio, la escalera con el letrero de advertencia. Aníbal no podía tomarlo en serio. La razón de sus demoras debía ser otra.
Comencé a vigilarlo. En cuanto escuchaba el timbre me asomaba al patio. Mamá mantenía el toldo ligeramente abierto para que el sol diera de lleno sobre papá y los malvones. Los malvones estaban contra la pared. Papá frente a ellos, a unos dos metros de distancia. Su visión del universo consistía en una mata de hojas, un rojo ramillete de flores y una pared descascarada. Me hubiera gustado saber qué conclusiones sacaba de una perspectiva tan propicia a la meditación, pero se había convertido en un hombre extremadamente parco. En fin, que no podía estar entreteniendo a Aníbal con su conversación.
A través de las rajaduras del toldo a veces alcanzaba a ver a alguno de mis sobrinos en el triciclo. Y una vez descubrí a Aníbal en el momento de tomar un mate que le alcanzaba la mano de Elena.
Esa tarde se demoraba demasiado. Yo iba y venía de un extremo a otro de la terraza, asomado al alfeizar, escrutando por los agujeros del toldo, sin ver nada más que la coronilla de papá y la fugaz aparición de uno de mis sobrinos. Decidí bajar por la escalera, subrepticiamente.
Al llegar a la altura del cartel los sorprendí intercambiando un beso. Mi primera reacción fue ocultarme tras la baranda. Cuando volví a asomar la cabeza, habían desaparecido.
Recorrí con la vista las puertas entreabiertas de las habitaciones. Era imposible que estuvieran en alguna de ellas, con mis sobrinos merodeando en el patio.
Trepé a toda carrera hasta mi cuarto y me eché en el piso.
Elena se sacudía a horcajadas de Aníbal. Sentado sobre la tapa del inodoro con los pantalones arrollados a los tobillos, Aníbal recitaba un poema de Benedetti. Levantó la vista y me guiñó un ojo.
El carácter de Elena cambió del día a la noche y todo entre nosotros comenzó a ir bien, hasta que ocurrió lo que podríamos denominar “El Incidente del Bancario”.
Verán: su encuentro con el aeroplano y la nueva relación con Aníbal facilitaron mucho las cosas para que entre Elena y yo se estableciera un breve armisticio. También contribuyó el anafe que instalé en mi piecita, donde me cocía huevos y hervía salchichas. Por las noches hacía frecuentes incursiones a la heladera, para equilibrar la dieta. Provocaba estragos, pero Elena no me decía una palabra. Las pocas veces que me crucé con ella, apartaba la vista y proseguía con sus tareas, como si sintiera temor.
Después de una semana ya bajaba a la hora de merienda, a tomar la leche con mis sobrinos.
Y decidí mostrarme un poquito excéntrico.
Compré una gorra con orejeras, botas de cuero y tomé prestadas del taller mecánico vecino un par de antiparras de soldador. No veía absolutamente nada, pero por lo general las llevaba en la frente. Me las colocaba sobre los ojos una vez instalado en la carlinga y con el motor del aeroplano en marcha.
Mis sobrinos perdieron rápidamente la timidez y subían a la terraza, a verme volar.
Ese era el momento que Aníbal y Elena aprovechaban para retozar en el dormitorio. A veces los aullidos de Elena, a pocos metros de papá, llegaban hasta arriba. Pero papá mostraba un olímpico desinterés por todo cuando sucediera a sus espaldas y mamá siempre creyó que los gritos provenían de la señora López Vázquez.
Yo encendía el motor y llevaba a volar a mis sobrinos. Me veía como un cupido aerotransportado.
Instruí a mis sobrinos para que me llamaran “Capitán”. Se cuadraban para saludarme cuando bajaba las escaleras. Supongo que fue esto lo que acabó de sacar de quicio a Elena, aunque la visita del bancario tuvo algo que ver.
Tomaban mate con Elena, en el patio. Papá era testigo de sus cuchicheos, pero podían contar con su discreción. Los niños habían formado junto a la escalera: era la hora de la merienda y sabían que el Capitán Deseo no tardaría en bajar, como todas las tardes. Su silencio debió advertir a Elena que algo trascendente estaba por ocurrir, pero las desavenencias conyugales suelen ser muy absorbentes.
Yo había decidido impresionar al bancario y completé mi uniforme con una bufanda blanca, guantes y campera de cuero con cuello de piel. Además, me había colocado las antiparras sobre los ojos. Mientras pude aferrarme a la baranda, todo fue bien, pero una vez en el patio avancé a ciegas, como un Golem retardado. Hasta que tropecé con el triciclo.
Hice un looping, con los brazos extendidos y los ojos irracionalmente cerrados. Al caer, golpeé el extremo de la mecedora de papá. Papá salió eyectado hacia proa y dio dos graciosas volteretas antes de aterrizar contra los malvones.
Había tan poca sangre que pensé si no estaría muerto desde mucho antes.
Shiva Shanti
Planta de interior.
Esta semilla afgana, con su penetrante aroma, es uno de los mejores productos de la colección debido a su alto rendimiento y sabor placentero.
Floración: 50-55 días.
Altura: 100/ 130 cm.
Cosecha: aprox. 125 gr.
Art No: 226
60 florines.
“No es eso, ganso!!!” –había gritado Beto Beep. ¿Recuerdan? Estábamos en almaboquense hablando de los implantes sebáceos.
Lo llamé a sosiego advirtiéndole que si volvía a levantarme la voz lo iba a tirar de la segunda bandeja de La Bombonera.
“Me dejé llevar”, se disculpó. Le había ocurrido algo horrible y se sentía muy perturbado.
Un poco de chacota no viene mal:
“¿Tu novia se hizo hincha de River?”
“Peor”, repuso. “Me persigue el Mossad”
Me pareció extraño que el servicio de inteligencia israelí persiguiera a un barrabrava de Boca. ¿Tendría algo que ver con el apriete al Primer Ministro?
“¿Por qué el Mossad?”
“Lo mismo me preguntó Aníbal” escribió Beto.
Tomaban una copa en un stripbar, Beto Beep y su amigo Aníbal. Me pareció una agradable casualidad –yo también tuve un amigo Aníbal– pero guardé silencio y lo dejé seguir.
Beto escribió: “¿Por qué el Mossad?, preguntó Aníbal distraído por las prótesis mamarias de una bailarina tailandesa que llevaba en el resto de su cuerpo los inconfundibles rastros de la desnutrición infantil”.
Convine con él en que debía resultar un espectáculo chocante, una especie de monstruosidad artificial fruto de la afiebrada fantasía de un cerebro humano.
“La naturaleza, por sí sola, confirmó Beto Beep, es incapaz de producir algo así, ni con el auxilio de la talidomida”.
“Entonces– prosiguió– y esto sí fue una estúpida y muy inconveniente asociación de ideas, recordé a la actriz que se había hecho extraer un centímetro cúbico de grasa del abdomen para ensancharse los labios. La insensata los creía ahora más sexy”
Sentí que se me revolvían las tripas. No podía seguir leyendo, pero Beto Beep tecleaba como un desaforado.
“¿Quién puede encontrar sexy un moco pegajoso, blando, que se desgrana entre los dedos como una torreja de seso? Pues la desdichada así parecía creerlo, y lo reveló muy ufana delante de las cámaras de televisión mientras el director hacía un primer plano de su implante sebáceo piadosamente cubierto con una capa de carmín, y sentí que se me revolvían las tripas y volví a vomitar, esta vez sobre el pantalón de Aníbal que quedó regado de modernos labios femeninos como si acabara de salir de una orgía con un lote de modelos publicitarias.
–¡Pirulo y la puta que te parió! –me gritó Anibal”
¿Cómo “Pirulo”?
Tuve un vahído: el precipicio se abría a mis pies. Pero Beto Beep no iba a detenerse.
“Aníbal saltó hacia atrás, su taburete golpeó la rodilla de un ejecutivo que se solazaba con el whisky del final del día, y lo tomó desprevenido, abocado a la seducción de una señorita que parecía moldeada por un cirujano lascivo con el excedente sebáceo de un hipopótamo. El whisky se derramó en su escote y ella seguramente pensó que sus tetas se derretirían pues de otro modo jamás hubiera hecho lo que hizo, esto es, mover los brazos en molinete y golpear con el derecho la bandeja que una camarera transportaba por el atestado salón con las precauciones del caso y que salió despedido en una pobre imitación del apolo equis ii”.
“¿Qué apolo?”, atiné a preguntar.
Beto Beep no me prestó atención:
“Lo peor del caso –escribió– fue que Aníbal tenía razón: Pirulo estaba de vuelta”.
Yo trataba de recuperar el aliento.
–¿Qué te pasa? –me preguntó el subcomisario Iraola, circunstancialmente de patrulla a mi lado.
–Nada –repuse, y salí de la red dejando a Beto Beep con la letra en la boca, por así decirlo.
“Welcome”, dice Kenny Zalewski, desde la Kenny Zalewski´s Home Page “Please, come in”
Entro.
Encuentro la lista de los cuatro mil seiscientos trece compact disk que Kenny tiene en su discoteca.
Hay locos para rato.
Gracias a Beto Beep volví a pensar en mi amigo Aníbal. Había dejado de verlo al terminar el secundario. En aquel entonces Aníbal todavía vivía en el barrio, pero estudiaba en la facultad. Cultivaba un círculo diferente de amistades, a eso me refiero. Pero reapareció sorpresivamente una mañana luego del regreso de Elena, que lo recibió en la puerta con su mejor expresión de hembra contrariada.
–¿Qué querés?
Es una proeza decirlo con las comisuras de la boca vueltas hacia abajo, pero Aníbal no pareció impresionado.
–Ver a tu hermano.
Eso era evidente, hasta para papá. ¿Qué otra cosa podía estar haciendo Aníbal en mi casa?
Desde ya, nadie conocía las razones que algunos años atrás lo habían llevado a visitarme con tanta asiduidad. Porque hubo una época en que Aníbal venía casi todos los días. Se sentaba en mi cama y hojeaba una revista cualquiera. Ninguna en especial, aunque sus opciones se limitaban a Mecánica Popular y Las aventuras de Lúpin, el pequeño piloto de biplanos. Era una combinación explosiva que acabaría por provocar estragos en mi discernimiento, pero jamás hizo mella en la sólida personalidad de Aníbal.
Aníbal hojeaba las revistas mientras yo me paseaba nerviosamente por el cuarto tratando de imaginar algún modo de entretenerlo. O sacando temas de conversación para que no se aburriera. Pero el tedio era un concepto desconocido para Aníbal. Gozaba de mi amistad y compañía en riguroso silencio, un par de horas por día, de cinco a siete. A las siete se tendía en el piso, boca abajo, con un ojo pegado al pequeño orificio desde el que era posible tener una visión bastante completa de Elena en el momento de darse su baño vespertino.
También le enviaba anónimas esquelas de amor. O poemas de Benedetti, firmados por su autor. Todo esto debía confundir a Elena, quien ya noviaba con el bancario y había fijado fecha. 27 de Octubre. ¿Cómo olvidarlo?
El bancario era un buen partido. Tenía un trabajo seguro y un futuro de estabilidad y moderada prosperidad. Y un Fiat 600, en el que pretendía manosear a Elena más de la cuenta mientras tomaban guindados en Pampa y Alcorta.
Demás está aclarar que jamás estuve presente: lo supe por Aníbal. Los acechaba emboscado detrás de un árbol, con una gomera. Y sobresaltaba al bancario arrojando piedritas contra el Fiat. Esto y la molesta palanca de cambios habían facilitado las intenciones de Elena: mantener incólume el entusiasmo del bancario hasta el último día, de manera de poder arrastrarlo, convenientemente asido, al tálamo nupcial.
Todo induce a sospechar que ni siquiera en la noche de bodas el desgraciado tuvo su oportunidad. En la fiesta, mientras Rolo me arrastraba de los pelos hacia la calle, pude ver a Elena, petrificada detrás de la gigantesca torta de casamiento, con la boca muy abierta, enseñando los dientes. Se le había corrido el rimel. Mi hermana se había convertido en un mandril.
Aníbal debió haber dejado que las cosas siguieran su curso, sin intervenir. Dentro de un Fiat 600 el comercio sexual entre dos seres humanos de tamaño normal está condenado a un irremediable fracaso. Lo reconoció apenas nos retiramos de la fiesta, mientras orinábamos el automóvil del doctor López Vázquez.
De todos modos, Aníbal siguió con sus visitas luego del casamiento de Elena, aunque se hicieron cada vez más esporádicas. Y ya no se tendía en el piso a las siete de la tarde: hojeaba melancólicamente los Mecánica Popular por no más de media hora y luego se iba sin que tuviéramos ocasión de intercambiar una palabra.
Pronto dejó de venir, aunque luego de una prolongada ausencia, regresó dos veces más. La primera, en ocasión del ACV definitivo de papá, “A ver como estaba el viejo”.
Lo llevé hasta el patio.
–Está muy gracioso –dijo.
Y lo hizo por segunda vez unos años más tarde, cuando mi hermana se reintegró al hogar familiar con sus dos hijos y el lavarropas automático.
Ann’s Page for Human Health.
Sexuality.
Veamos que cositas se le ocurren a la señorita Ann.
Haz que una mujer se rinda
Si un hombre pretende que una mujer sucumba a sus deseos puede preparar una mezcla de polvos de Estramonio blanco (Datura stramonium), ¡extremadamente tóxico!), pimienta larga (Piper longum) y pimienta negra.
Combinarla con miel y embadurnar el pene antes de la penetración.
Debe hacerse notar que los alcaloides del estramonio serán reabsorbidos a través de la mucosa del pene y la vagina, pudiendo causar un severo envenenamiento.
Alternativamente, y menos riesgoso, un ungüento para obtener el mismo propósito puede incluir ingredientes tales como las flores arrojadas en un cuerpo humano antes de ser cremado y los restos de un aguilucho que haya muerto por causas naturales.
Opto por la primera fórmula, aunque prescindiendo del estramonio. Me unto, al principio con aversión. Contrariamente a lo esperado, no arde, pero a medida que pasan las horas provoca un poco de incomodidad. Y comezón. Y me obliga a andar como si mis testículos fueran del tamaño del dirigible Hindenburg.
Transcurren las horas sin novedad hasta que, por fin, escucho a mis espaldas el taconeo de la oficial Quintana. Me pongo de pie y voy hacia ella. La intercepto en mitad del salón. Me mira. Hago una reverencia. Adelante, digo. Ella continúa su camino y se mete al despacho de Salvides. Permanezco merodeando. Cuando sale vuelvo a interceptarla. ¿Qué te pasa?, pregunta de mal modo. Respondo con un conejito. Menea la cabeza y sigue su camino.
Volvemos a encontrarnos a la hora de salida, con el mismo resultado.
Evidentemente, sin el estramonio el ungüento pierde eficacia. Pero ¿estoy dispuesto a llegar hasta el envenenamiento por un poco de atención y amabilidad?
Decido consultar a Ann por métodos menos peligrosos. Y sencillos que encontrar un aguilucho muerto de causas naturales. Pero mis ojos se cierran. Una fuerza irresistible me succiona hacia ese punto oscuro donde el universo se da vuelta como una media. Ya lo estoy atravesando y veo luz. Del otro lado me aguarda la oficial Quintana con su conjunto de ropa interior azul marino. Hace un conejito.
Mientras floto hacia ella siento una dureza entre las piernas. Mi mano desciende.
–¡Gordo!
Me doy vuelta. Es Johnny.
–¿Te volviste loco?
–La testosterona –digo mientras oculto apresuradamente mi pirulín aterciopelado.
Me vuelvo hacia la pantalla. Está cubierta por el protector: un gallo sobre fondo azul. En letras blancas dice: Al servicio de la comunidad.
Oprimo una tecla. El protector desaparece. ¿Puede alguien explicarme qué hago en la red de Osos Mimosos de Boedo?
El gordo de la página principal, sumergido en el agua hasta la mitad del muslo, es una horrible masa de pelos. Resulta casi imposible distinguir su pubis de su cuello, de cuarenta centímetros de diámetro, lo menos.
No entiendo quién puede sentirse excitado ante semejante bestia. Yo, al menos, muestro formas más delicadas, aunque mi cuerpo lampiño y mis flojas tetillas han de resultar desagradables para esos extravagantes gays de Boedo.
Boedo es el barrio de mi juventud, ya lo saben. Pueden preguntar por mí a cualquiera de los viejos vecinos. Pirulo, el gordo del avión.
La fogata de Rolo en la vereda fue muy popular. Los restos de Deseo ardieron una tarde y una noche enteras. A la mañana siguiente, si alguno revolvía las cenizas, volvía a brotar el fuego.
Vinieron a visitarla desde más allá de la cancha de San Lorenzo. Betty Desartis y su esposo farmacéutico, entre otros.
Pero la historia del avión era conocida desde mucho antes. Por boca de Betty. La divulgó con cuanto chismoso se cruzara en su camino. El farmacéutico reía tontamente. Jamás se preguntó cómo Betty sabía de mi pequeño secreto.
El farmacéutico Desartis vendía hipnóticos sin receta. Rolo lo averiguó al interrogar a la hija de la profesora de piano y a su amiga. Una comisión policial las había rescatado desde lo alto de un camión recolector de residuos. Era uno de esos viejos camiones abiertos donde dos recolectores arrojaban las bolsas y vaciaban los tachos. Un tercero, encaramado en lo alto, los compactaba con las plantas de los pies.
La hija de la profesora de piano y su amiga habían aceptado la invitación de aquellos patanes, oriundos del Bajo Flores. Y retozaban semihundidas en la basura.
El camión, detenido en Senillosa y Bonifacio, llamó la atención del patrullero policial. No había recolectores ni chofer. Estaban todos arriba, con las dos drogadictas.
El esposo de Betty les había vendido unas cápsulas para morigerar los efectos de la oligofrenia severa. Rolo lo golpeó un poco, en la trastienda de la farmacia. Hasta que Betty se abrazó a él solicitando clemencia.
El farmacéutico sonrió tontamente con la boca partida.
No tengo alivio. Mientras mi cuerpo se niega a continuar su camino, mi mente insiste en hundirse más y más en el pasado.
–Ah, sos vos –dijo mi hermana cuando vio a Aníbal de pie en el umbral con una amplia sonrisa iluminando su rostro. Hablo de la sonrisa y el rostro de Aníbal. En los escasos momentos en que Elena fingía sonreír daba la impresión de estar haciendo un ACV. Como papá, cuando mi insensata madre le daba la sopa.
Aníbal dijo que venía a visitarme y subió a mi cuarto, en la terraza. Le mostré el avión.
Regresó varias veces. Estaba tan feliz de haber recobrado su amistad que hasta le enseñé a volar.
Poco a poco, el tiempo que transcurría entre el sonido del timbre y la aparición de Aníbal ante mi cuarto fue haciéndose más prolongado. La distancia a recorrer no era tanta: dos metros de zaguán, un pequeño hall y quince metros de patio. Al final del patio, la escalera con el letrero de advertencia. Aníbal no podía tomarlo en serio. La razón de sus demoras debía ser otra.
Comencé a vigilarlo. En cuanto escuchaba el timbre me asomaba al patio. Mamá mantenía el toldo ligeramente abierto para que el sol diera de lleno sobre papá y los malvones. Los malvones estaban contra la pared. Papá frente a ellos, a unos dos metros de distancia. Su visión del universo consistía en una mata de hojas, un rojo ramillete de flores y una pared descascarada. Me hubiera gustado saber qué conclusiones sacaba de una perspectiva tan propicia a la meditación, pero se había convertido en un hombre extremadamente parco. En fin, que no podía estar entreteniendo a Aníbal con su conversación.
A través de las rajaduras del toldo a veces alcanzaba a ver a alguno de mis sobrinos en el triciclo. Y una vez descubrí a Aníbal en el momento de tomar un mate que le alcanzaba la mano de Elena.
Esa tarde se demoraba demasiado. Yo iba y venía de un extremo a otro de la terraza, asomado al alfeizar, escrutando por los agujeros del toldo, sin ver nada más que la coronilla de papá y la fugaz aparición de uno de mis sobrinos. Decidí bajar por la escalera, subrepticiamente.
Al llegar a la altura del cartel los sorprendí intercambiando un beso. Mi primera reacción fue ocultarme tras la baranda. Cuando volví a asomar la cabeza, habían desaparecido.
Recorrí con la vista las puertas entreabiertas de las habitaciones. Era imposible que estuvieran en alguna de ellas, con mis sobrinos merodeando en el patio.
Trepé a toda carrera hasta mi cuarto y me eché en el piso.
Elena se sacudía a horcajadas de Aníbal. Sentado sobre la tapa del inodoro con los pantalones arrollados a los tobillos, Aníbal recitaba un poema de Benedetti. Levantó la vista y me guiñó un ojo.
El carácter de Elena cambió del día a la noche y todo entre nosotros comenzó a ir bien, hasta que ocurrió lo que podríamos denominar “El Incidente del Bancario”.
Verán: su encuentro con el aeroplano y la nueva relación con Aníbal facilitaron mucho las cosas para que entre Elena y yo se estableciera un breve armisticio. También contribuyó el anafe que instalé en mi piecita, donde me cocía huevos y hervía salchichas. Por las noches hacía frecuentes incursiones a la heladera, para equilibrar la dieta. Provocaba estragos, pero Elena no me decía una palabra. Las pocas veces que me crucé con ella, apartaba la vista y proseguía con sus tareas, como si sintiera temor.
Después de una semana ya bajaba a la hora de merienda, a tomar la leche con mis sobrinos.
Y decidí mostrarme un poquito excéntrico.
Compré una gorra con orejeras, botas de cuero y tomé prestadas del taller mecánico vecino un par de antiparras de soldador. No veía absolutamente nada, pero por lo general las llevaba en la frente. Me las colocaba sobre los ojos una vez instalado en la carlinga y con el motor del aeroplano en marcha.
Mis sobrinos perdieron rápidamente la timidez y subían a la terraza, a verme volar.
Ese era el momento que Aníbal y Elena aprovechaban para retozar en el dormitorio. A veces los aullidos de Elena, a pocos metros de papá, llegaban hasta arriba. Pero papá mostraba un olímpico desinterés por todo cuando sucediera a sus espaldas y mamá siempre creyó que los gritos provenían de la señora López Vázquez.
Yo encendía el motor y llevaba a volar a mis sobrinos. Me veía como un cupido aerotransportado.
Instruí a mis sobrinos para que me llamaran “Capitán”. Se cuadraban para saludarme cuando bajaba las escaleras. Supongo que fue esto lo que acabó de sacar de quicio a Elena, aunque la visita del bancario tuvo algo que ver.
Tomaban mate con Elena, en el patio. Papá era testigo de sus cuchicheos, pero podían contar con su discreción. Los niños habían formado junto a la escalera: era la hora de la merienda y sabían que el Capitán Deseo no tardaría en bajar, como todas las tardes. Su silencio debió advertir a Elena que algo trascendente estaba por ocurrir, pero las desavenencias conyugales suelen ser muy absorbentes.
Yo había decidido impresionar al bancario y completé mi uniforme con una bufanda blanca, guantes y campera de cuero con cuello de piel. Además, me había colocado las antiparras sobre los ojos. Mientras pude aferrarme a la baranda, todo fue bien, pero una vez en el patio avancé a ciegas, como un Golem retardado. Hasta que tropecé con el triciclo.
Hice un looping, con los brazos extendidos y los ojos irracionalmente cerrados. Al caer, golpeé el extremo de la mecedora de papá. Papá salió eyectado hacia proa y dio dos graciosas volteretas antes de aterrizar contra los malvones.
Había tan poca sangre que pensé si no estaría muerto desde mucho antes.
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