Pasé un día en blanco, únicamente interrumpido por una llamada de Johnny. Libermann había telefoneado a la Brigada. Cuando le dijeron que yo estaba de franco pidió hablar con el inspector Meneses. Un tarado lo pasó con Salvides.
–Fue todo medio raro –dijo Johnny– y ahora Salvides está muy deprimido.
Corté con Johnny y llamé a Libermann. Me atendió la empleada doméstica. Libermann no estaba en casa, no podía informarme donde había ido ni a que hora regresaría. Pero me dio un número, para que probara.
Probé. Era el consultorio.
–Por esta semana el doctor ha suspendido todos los turnos –dijo la secretaria. Debía tener una bombachita rosa, con volados, por lo engreída. Me dio una bronca…
–Soy un amigo personal.
Pidió mi nombre y al fin me comunicó con Libermann. Apenas escuchó mi voz Libermann se echó a llorar. Tenía una crisis de nervios. Le propuse encontrarnos y me citó para esa misma tarde en el pequeño bar de la calle Lavalle, donde se había convertido en un personaje muy popular. Cuando llegué firmaba autógrafos a un grupo de marineros griegos. Lo noté muy desmejorado.
–Sara me echó de casa.
Le aconsejé tranquilizarse.
–Si no hubiera ido... –Libermann se sonó la nariz. Había desistido de usar pañuelo y limpió sus dedos en el borde de la mesa. Su caída era más vertiginosa de lo que había previsto. Por un momento me apiadé de él. Luego recordé. Recordé.
–Seguí –dije, seco, duro, indiferente al sufrimiento humano, onda Robert Mitchum.
–Nada de esto habría ocurrido. Quiero decir, si hubiera estado yo para recibir el fax.
Mi fax. El Hombre Araña...
–¿Qué fax? –pregunté, en cambio, aguantando la risa.
Libermann abrió el portafolio y buscó en su interior hasta encontrar el fax.
–Mirá.
Hubo un murmullo en el bar. Una puta descendió del taburete frente a la barra y vino hacia nosotros.
–¿Qué tenés ahí, corazón?
Era una morocha bajita, casi enana, de incongruente peluca rojiza. Encaramada en sus zapatos de plataforma debía llegarme a la altura del cinturón, pero no crean que me excité. Ella tampoco me prestó atención. Se acodó en el hombro de Libermann.
–¡Oh la la!
El bolichero, en puntas de pie, trataba de ver desde la barra. Los griegos cuchicheaban entre sí. Libermann, inmune a la realidad, había apoyado el fax sobre la mesa.
–Guardá eso –dije por lo bajo.
–Me llamo Susy –dijo la puta.
–¿Te parece que se puede mandar esto a una casa decente? –Libermann alzó la hoja y la mostró a la concurrencia. Agradecí al cielo que fuera escasa.
–¿De quién es? –preguntó Susy.
–De él– dije.
Miró a Libermann con aprobación.
–Y tenías esa pinta de mosquita muerta...
–Sara recibió esto –se lamentó Libermann.
–No sabés cómo la envidio –dijo Susy.
–Por favor, señora –me encrespé–. ¿Podría hacernos el favor de retirarse?
–¿La querés toda para vos, gordito? Ya me parecía que tenías pinta de trolo.
–No es homosexual –dijo Libermann distraídamente–. Tiene un trastorno glandular.
Me puse de pie. Miré a la mujer desde lo alto. Ella retrocedió a su pesar. Entrecerró los ojos. Enfrentó el pulgar y el índice, apenas separados por una pequeña luz.
–Así chiquita la debés tener.
Sentí que la sangre transformaba mi cara en una remolacha.
–Vámonos –dije.
–No hinchés, Pirulo –dijo Libermann.
–¿Pirulo? –rió la mujer– ¡Pirulo!
El barman también rió. Los griegos cuchicheaban.
–No le bajaron los testículos –comentó Libermann.
Susy dio un paso hacia mí.
–¿Me dejás ver?
Me cubrí la entrepierna con las manos. Desgraciadamente en una de ellas aún sostenía el fax.
–¡Uy, miren lo que sacó! –exclamó Susy.
El barman rió. Los griegos aplaudieron.
–Dejate de joder, Pirulo –protestó Libermann– No es momento de bromas.
–Vamos –insistí.
Sentí en la espalda una corriente de aire. Susy miró hacia la puerta y regresó a la barra con displicencia.
–Sentate –susurró Libermann.
Me negué. No pensaba continuar en ese antro un minuto más. Giré para encarar hacia la puerta y choqué contra un policía.
El policía me miró como si yo fuera una gran montaña de nada. Después bajó la vista hasta la altura de mi cinturón.
–¿Qué es eso?
–Un fax –dije.
Volvió a alzar la vista. Me miró a los ojos. Hizo un amago de sonrisa. Sonreí a mi vez.
–Muy gracioso.
Asentí.
–¿Y tiene documentos el Señor Gracioso?
–El Señor Gracioso está conmigo –dijo Libermann.
–¿Y usted quién es?
–El doctor Libermann.
Libermann trató de incorporarse, sin éxito. Era evidente que no resistía bien el alcohol.
–Bueno –dijo el policía–. Los dos vienen conmigo.
–Federal en comisión –susurré.
–¿Qué dice?
Di un paso hacia el policía y le repetí mis palabras al oído. Se secó la cara con la manga del uniforme.
–¿Tiene identificación?
Se la di.
–PCBC –parecía pensativo, pero no lo estaba: era otro sádico. No demoré en comprobarlo–. ¿Dónde trabaja?
De conocer mi secreto a Libermann le bastaría sumar dos más dos.
–No puedo revelarlo.
El policía asintió.
–Agente secreto.
–Algo así –repuse.
–James Bond.
Me estaba tomando para el churrete.
–Llámeme como guste.
–Sí, James Bond. Apenas lo vi me di cuenta de que era James Bond. Y yo soy Ernesto Sábato.
Mi hipotálamo saltó en la silla turca. Algo ha de haberse roto dentro de mi cabeza porque comencé a ver a través de un velo rojizo.
–¡Hijo de puta!
El bar quedó tan silencioso como si acabaran de detonar una bomba neutrónica.
–Hijo de mil putas –insistí.
Escuché un murmullo a mis espaldas.
–Pirulo... –gimió Libermann.
Sábato, por su parte, parecía no comprender y me miraba boquiabierto, sin atinar a nada.
–¿Por qué no te dejás de hinchar las pelotas? ¡Me tenés harto!, ¿sabés?
Sábato fingía sorpresa e inocencia. Eso acabó por sacarme de las casillas. Le tiré una trompada.
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sábado, 19 de marzo de 2011
martes, 8 de marzo de 2011
29. Una visita providencial
Este sería el momento indicado para tomarme vacaciones, pero apenas si me corresponde un día de franco. Estoy impresionado de lo poco que vale una Madre para la ley laboral. Un día. Artículo 63: fallecimiento de familiar directo.
Mi cuñado y mis sobrinos también podrían considerarse familiares directos. Junto a mis dos hermanos harían cinco días...
Desecho la idea –tendría que perpetrar una masacre– y pido médico, a través de Johnny. No me atrevo a hablar con Salvides. Ni quiero saber de él, pero de todos modos Johnny me informa que no bien llegó se metió en su despacho y no ha vuelto a salir. Miro el reloj: son casi las dos de la tarde.
–Con suerte se habrá muerto –digo.
–Con suerte –reconoce Johnny.
Cuelga. Vuelvo a la cama y duermo hasta las cinco. Me despierta el timbre. Es un hombre bajo, con una gran cabeza, tórax ancho y brazos y piernas tan cortos como arqueados.
–Hermosilla –dice.
Le tiro una trompada.
–El doctor Hermosilla –aclara, desde el suelo.
Es correntino o paraguayo y de lejos se ve que tiene trastornos glandulares. Me apiado de él. Lo consuelo. Frunce el ceño y recuerdo a la mujer del colectivo que se apiadó del cartel que yo llevaba en la espalda: “Cerdo capón”. La compasión es el sentimiento más innoble y destructivo que es capaz de albergar el alma humana. Reconozco mi falta de tacto y le pido disculpas. Lo observo con atención: tiene un tic nervioso que le provoca un incesante temblor en los labios. Pobre tipo, pienso, pero esta vez me cuido de hacer cualquier clase de comentario.
–Bueh, hémonos aquí –digo para quebrar el hielo.
El doctor Hermosilla pregunta qué me pasa.
“Nada”, voy a responder, pero recuerdo que es el médico de la policía.
–Murió Mamá.
El doctor asiente.
–Y me bajó la gonadotropina.
Parpadea. Tiene más tics de lo esperado.
–Es un problema de la hipófisis –para aclarar el punto me señalo la cabeza–. La tengo perezosa.
Pregunta si estoy bajo tratamiento. No comprendo. Por alguna razón parece alterado.
–¿Tiene algún diagnóstico?
–Hace muchos años.
–¿Y recuerda qué le dijeron?
–Que era un gordo de mierda.
El rostro de Hermosilla estalla en una sucesión de tics. Su hipófisis debe andar peor que la mía.
–¿Un médico le dijo eso?
–El doctor López Vázquez. ¿Lo conoce?
Hermosilla menea su gran cabeza.
–Y al doctor Libermann ¿Lo conoce?
Frunce el ceño, tratando de hacer memoria.
–Me temo que no.
–¡Pero usted no conoce a nadie, viejo!
Hermosilla mete la mano en el bolsillo del saco. Retrocedo, con los brazos en alto. Estos guaraníes son jodidos. Se comieron a Solís, por ejemplo. Pero no me presta atención y escribe en un recetario.
–¿Dónde cumple servicio?
–En la División Computación. Es todo lo que me está permitido revelarle.
Asiente.
–Le doy tres días –dice
–Es por la hipófisis... ¿Me encuentro muy mal, doctor?
Me estudia con la mirada. ¡Está haciendo un diagnóstico!
–No podría decírselo –miente–. Le aconsejo pedir turno en el Churruca.
Lo acompaño hasta la puerta.
–¿Puedo hacerle una pregunta?
Toma aire. Puedo.
–¿Los trastornos glandulares se deben a una mala combinación genética? Quiero decir –me apresuro a aclarar–, una combinación defectuosa de genes o incluso una combinación normal pero de genes defectuosos ¿puede provocar este tipo de desarreglo? Póngale que uno tiene el hipotálamo torcido...
–Bueno... Hay teorías –Hermosilla se agita. He logrado despertar su interés. Vaya uno a saber cuántas veces habrá pensado si su deforme cuerpo no es sino otra aberración genética– Pero se conoce muy poco al respecto.
Comprendo.
–¿Y puede ser hereditario?
Pienso en mis sobrinos.
–No estoy en condiciones de asegurarlo.
–¡La ciencia está en pañales! –exclamo.
–Sí –admite Hermosilla.
Le palmeo el hombro.
–Usted es un gran médico. Cuídese.
Se mete al ascensor y no vuelvo a verlo, pero me dio tres días de vida.
Entré en neurociencia.com
Increíble: si ustedes cortan longitudinalmente la cabeza de un ser humano en la dirección que va de los frontales al occipucio y luego, venciendo la repugnancia, observan el interior, verán, de fuera hacia adentro, en primer lugar, la caja craneana. Luego, pegadita a ella, ocupando prácticamente toda la superficie, desde la frente hasta la base del cráneo, el neo-cortex. Seguidamente, una sección en forma de medialuna que alberga al sistema lúmbico. Y en el centro de la esfera craneana, asentado sobre la silla turca como Zeus presidiendo el Olimpo, el hipotálamo, en persona.
No los aburriré con detalles: bástenos saber que el hipotálamo tiene tan sorprendente multiplicidad de funciones que podría considerárselo el mismísimo alma humana.
Una de esas funciones es la regulación del sistema endocrinológico.
Un mal funcionamiento endocrinológico puede provocar trastornos en el comportamiento.
Ya lo sabía.
¿Lo sabrán también los médicos del Churruca?
Por las dudas no pediré turno. Podrían no renovarme el contrato y deberé regresar a casa de Rolo, en peores condiciones que nunca.
La relación con mis hermanos se ha deteriorado.
En el cementerio, luego de pegarme con la cartera, Elena se alejó del brazo de su marido. Mi copiloto los siguió de cerca. Había recorrido unos pocos metros cuando se dio vuelta y me saludó con la mano. Llevé la mía a la sien derecha e hice la venia. Mi copiloto sonrió. A los muchachos les gusta esa clase de cosas.
Rolo, en cambio, se fue sin una palabra. Un gesto descomedido de su parte: al fin y al cabo yo también acababa de perder a mi madre.
Quedé solo ante la tumba mientras los peones la llenaban de tierra.
–Adiós– dije.
Los tipos continuaron paleando, como si nada.
–En mi país se saluda, carajo.
Alzaron la cabeza a un tiempo. Se veían como rústicos autómatas neanderthalenses.
–Disculpe –dijo uno de ellos–. Pensamos que se despedía de su mamá.
–¿¡De mi mamá!? ¡Ella está muerta!
–Por eso...
Ambos parecían convencidos de la razonabilidad de la insólita respuesta. Me picó la curiosidad.
–¿Ustedes conversan con los muertos?
El que había hablado se enderezó y me miró de mal modo. Tenía dos manos del tamaño de cacerolas de hierro. Y una pala. Comencé a retroceder y luego me di la vuelta y me alejé presuroso hacia la salida en busca de un poco de cordura.
Regresé a casa solo, y en subte. En el trayecto me sorprendí pensando en mi sobrino, en la mutua atracción que nos ejercíamos.
Salgo de neurociencia y coloco el disquete número 2 de Caról.
Curiosidad: Iraola tiene varicoceles. Lo descubrí ampliando una imagen.
Me gusta jugar con las imágenes. Se puede hacer casi cualquier cosa con ellas.
Abro otra fotografía. Es una de las últimas que tomé de Johnny, luego de dormir a Iraola. Dejamos al subcomisario en el pasillo y volvimos al estudio de la oficial Quintana. No hacía falta una ampliación para advertir que Johnny tenía una notoria necesidad de terminar el trabajo.
Quedo unos minutos maravillado de la plasticidad del cuerpo humano. Pongo manos a la obra y procedo a eliminar todo rastro de la oficial Quintana. Relleno ahora la superficie. Me demanda más de tres horas de concentrada labor. El Hombre Araña queda de rodillas sobre la roja alfombra del estudio. Apunta poderosamente hacia mí.
Se me alteran las gonadotrofinas y río.
Después me aboco a colocar el texto, con sumo cuidado: es preciso calcular muy bien el espacio, diseñarla de manera que parezca una tarjeta de salutación. Por fin queda lista.
“Podrás dejar de quererme, pero olvidarme jamás.”
Firmado:
“Spiderman”
Vuelvo a reír. Mis ojos están llenos de lágrimas. Moqueo. Parezco Libermann. En adelante tomaré menos, prometo. Me calmo e imprimo varias copias de la tarjeta.
Le envío una a Libermann, por fax.
Voy a la heladera y abro otra botella.
Pregunta para el doctor Hermosilla:
“¿Los trastornos glandulares pueden verse agravados por la ingestión de bebidas alcohólicas?”
Sorpresa: tocan el timbre. Abro la puerta y me encuentro cara a cara con mis sobrinos. Los dos: el copiloto y el mecánico. Nos abrazamos. El mecánico se excusa por no haber ido al velorio.
–Me hace mal –dice.
–Macanas –interviene el copiloto–. Lo que pasa es que anda peleado con los viejos.
Los viejos son la víbora y el escarabajo. Lo miro apreciativamente.
–Jorge me contó del velorio –dice el mecánico. Deduzco que Jorge es el copiloto–. Y me entraron unas ganas locas de verte.
Me sonrojo.
–Le pedimos tu dirección al tío –agrega el piloto.
Esto me desconcierta. ¿Qué tío? Luego recuerdo a Rolo. Me abstengo de revelarles las extrañas costumbres de su tío buen mozo, y asiento, bonachón. Estoy muy contento de la visita, digo. Los convido con una copa y charlamos de generalidades. Intento descubrir qué temas pueden ser de su interés.
–¡La computación!– responden al unísono.
A mi juego me llamaron. Les dicto una breve conferencia sobre las nociones más elementales de la informática. De a poco, comienzo a descubrir que conocen del tema tanto o más que yo. Como para recuperar el ascendiente menciono mi trabajo en la División, pero sin entrar en detalles. Abren los ojos. Intercambian una mirada. Al fin el copiloto se decide.
–¿Sabías que la policía tiene una Brigada Internet?
–¡No! –exclamo, tratando de asimilar el golpe. La existencia de la Brigada ha sido conservada en el más riguroso secreto.
–Lo descubrimos hace un tiempo, navegando.
A partir de ese momento no paran de hablar de la internet. Los escucho pacientemente. Al fin pregunto:
–¿A ustedes les interesaría trabajar en esa Brigada?
–Todo lo contrario –dice el mecánico.
“Todo lo contrario”. Trato de entender qué significa.
–Son unos turros –explica el copiloto.
–Quieren coartar la libertad de información.
–Internet es el único espacio democrático del mundo.
–Cualquiera tiene a derecho a decir lo que le cante.
–Y de acceder a toda la información disponible.
–Es la paradoja del capitalismo.
–El germen de su destrucción.
–No hay Poder.
–El Poder es de todos
–El Poder es de los Usuarios.
Mis ojos iban saltado de uno al otro a medida que desenrollaban su atolondrada proclama subversiva. No puedo creer lo que oigo: mis sobrinos son hackers. Jamás había pasado por mi cabeza que en mi familia pudiera haber un guerrillero electrónico ¡y ahora resulta que hay dos!
Les pregunto si entraron en algún archivo. Vuelven a intercambiar miradas. Ahora es el mecánico quien se anima. En varios, dice.
–¿Y en la Brigada Internet?
–Varias veces. Pero ahí no pasa nada.
Asiento, comprensivo. Soy el tío simpático que entiende todo.
–Preferimos los archivos y bancos de datos.
–Ah –digo.
–Pero hay un tipo que entra siempre a la Brigada.
–Ernesto Sábato –acota el mecánico–. Parece que agarró de punto a un policía medio pelotudo.
Me atraganto. La tos debe haber disminuido la irrigación de mi hipotálamo, porque a continuación me dejo llevar. Y les doy una dirección electrónica. A ver si encuentran algo, digo.
Mis sobrinos se van. Bajo con ellos hasta la calle. Es una tibia noche de primavera y los paraísos en flor perfuman el aire con aroma de azahares.
Eso me pareció muy extraño
Mi cuñado y mis sobrinos también podrían considerarse familiares directos. Junto a mis dos hermanos harían cinco días...
Desecho la idea –tendría que perpetrar una masacre– y pido médico, a través de Johnny. No me atrevo a hablar con Salvides. Ni quiero saber de él, pero de todos modos Johnny me informa que no bien llegó se metió en su despacho y no ha vuelto a salir. Miro el reloj: son casi las dos de la tarde.
–Con suerte se habrá muerto –digo.
–Con suerte –reconoce Johnny.
Cuelga. Vuelvo a la cama y duermo hasta las cinco. Me despierta el timbre. Es un hombre bajo, con una gran cabeza, tórax ancho y brazos y piernas tan cortos como arqueados.
–Hermosilla –dice.
Le tiro una trompada.
–El doctor Hermosilla –aclara, desde el suelo.
Es correntino o paraguayo y de lejos se ve que tiene trastornos glandulares. Me apiado de él. Lo consuelo. Frunce el ceño y recuerdo a la mujer del colectivo que se apiadó del cartel que yo llevaba en la espalda: “Cerdo capón”. La compasión es el sentimiento más innoble y destructivo que es capaz de albergar el alma humana. Reconozco mi falta de tacto y le pido disculpas. Lo observo con atención: tiene un tic nervioso que le provoca un incesante temblor en los labios. Pobre tipo, pienso, pero esta vez me cuido de hacer cualquier clase de comentario.
–Bueh, hémonos aquí –digo para quebrar el hielo.
El doctor Hermosilla pregunta qué me pasa.
“Nada”, voy a responder, pero recuerdo que es el médico de la policía.
–Murió Mamá.
El doctor asiente.
–Y me bajó la gonadotropina.
Parpadea. Tiene más tics de lo esperado.
–Es un problema de la hipófisis –para aclarar el punto me señalo la cabeza–. La tengo perezosa.
Pregunta si estoy bajo tratamiento. No comprendo. Por alguna razón parece alterado.
–¿Tiene algún diagnóstico?
–Hace muchos años.
–¿Y recuerda qué le dijeron?
–Que era un gordo de mierda.
El rostro de Hermosilla estalla en una sucesión de tics. Su hipófisis debe andar peor que la mía.
–¿Un médico le dijo eso?
–El doctor López Vázquez. ¿Lo conoce?
Hermosilla menea su gran cabeza.
–Y al doctor Libermann ¿Lo conoce?
Frunce el ceño, tratando de hacer memoria.
–Me temo que no.
–¡Pero usted no conoce a nadie, viejo!
Hermosilla mete la mano en el bolsillo del saco. Retrocedo, con los brazos en alto. Estos guaraníes son jodidos. Se comieron a Solís, por ejemplo. Pero no me presta atención y escribe en un recetario.
–¿Dónde cumple servicio?
–En la División Computación. Es todo lo que me está permitido revelarle.
Asiente.
–Le doy tres días –dice
–Es por la hipófisis... ¿Me encuentro muy mal, doctor?
Me estudia con la mirada. ¡Está haciendo un diagnóstico!
–No podría decírselo –miente–. Le aconsejo pedir turno en el Churruca.
Lo acompaño hasta la puerta.
–¿Puedo hacerle una pregunta?
Toma aire. Puedo.
–¿Los trastornos glandulares se deben a una mala combinación genética? Quiero decir –me apresuro a aclarar–, una combinación defectuosa de genes o incluso una combinación normal pero de genes defectuosos ¿puede provocar este tipo de desarreglo? Póngale que uno tiene el hipotálamo torcido...
–Bueno... Hay teorías –Hermosilla se agita. He logrado despertar su interés. Vaya uno a saber cuántas veces habrá pensado si su deforme cuerpo no es sino otra aberración genética– Pero se conoce muy poco al respecto.
Comprendo.
–¿Y puede ser hereditario?
Pienso en mis sobrinos.
–No estoy en condiciones de asegurarlo.
–¡La ciencia está en pañales! –exclamo.
–Sí –admite Hermosilla.
Le palmeo el hombro.
–Usted es un gran médico. Cuídese.
Se mete al ascensor y no vuelvo a verlo, pero me dio tres días de vida.
Entré en neurociencia.com
Increíble: si ustedes cortan longitudinalmente la cabeza de un ser humano en la dirección que va de los frontales al occipucio y luego, venciendo la repugnancia, observan el interior, verán, de fuera hacia adentro, en primer lugar, la caja craneana. Luego, pegadita a ella, ocupando prácticamente toda la superficie, desde la frente hasta la base del cráneo, el neo-cortex. Seguidamente, una sección en forma de medialuna que alberga al sistema lúmbico. Y en el centro de la esfera craneana, asentado sobre la silla turca como Zeus presidiendo el Olimpo, el hipotálamo, en persona.
No los aburriré con detalles: bástenos saber que el hipotálamo tiene tan sorprendente multiplicidad de funciones que podría considerárselo el mismísimo alma humana.
Una de esas funciones es la regulación del sistema endocrinológico.
Un mal funcionamiento endocrinológico puede provocar trastornos en el comportamiento.
Ya lo sabía.
¿Lo sabrán también los médicos del Churruca?
Por las dudas no pediré turno. Podrían no renovarme el contrato y deberé regresar a casa de Rolo, en peores condiciones que nunca.
La relación con mis hermanos se ha deteriorado.
En el cementerio, luego de pegarme con la cartera, Elena se alejó del brazo de su marido. Mi copiloto los siguió de cerca. Había recorrido unos pocos metros cuando se dio vuelta y me saludó con la mano. Llevé la mía a la sien derecha e hice la venia. Mi copiloto sonrió. A los muchachos les gusta esa clase de cosas.
Rolo, en cambio, se fue sin una palabra. Un gesto descomedido de su parte: al fin y al cabo yo también acababa de perder a mi madre.
Quedé solo ante la tumba mientras los peones la llenaban de tierra.
–Adiós– dije.
Los tipos continuaron paleando, como si nada.
–En mi país se saluda, carajo.
Alzaron la cabeza a un tiempo. Se veían como rústicos autómatas neanderthalenses.
–Disculpe –dijo uno de ellos–. Pensamos que se despedía de su mamá.
–¿¡De mi mamá!? ¡Ella está muerta!
–Por eso...
Ambos parecían convencidos de la razonabilidad de la insólita respuesta. Me picó la curiosidad.
–¿Ustedes conversan con los muertos?
El que había hablado se enderezó y me miró de mal modo. Tenía dos manos del tamaño de cacerolas de hierro. Y una pala. Comencé a retroceder y luego me di la vuelta y me alejé presuroso hacia la salida en busca de un poco de cordura.
Regresé a casa solo, y en subte. En el trayecto me sorprendí pensando en mi sobrino, en la mutua atracción que nos ejercíamos.
Salgo de neurociencia y coloco el disquete número 2 de Caról.
Curiosidad: Iraola tiene varicoceles. Lo descubrí ampliando una imagen.
Me gusta jugar con las imágenes. Se puede hacer casi cualquier cosa con ellas.
Abro otra fotografía. Es una de las últimas que tomé de Johnny, luego de dormir a Iraola. Dejamos al subcomisario en el pasillo y volvimos al estudio de la oficial Quintana. No hacía falta una ampliación para advertir que Johnny tenía una notoria necesidad de terminar el trabajo.
Quedo unos minutos maravillado de la plasticidad del cuerpo humano. Pongo manos a la obra y procedo a eliminar todo rastro de la oficial Quintana. Relleno ahora la superficie. Me demanda más de tres horas de concentrada labor. El Hombre Araña queda de rodillas sobre la roja alfombra del estudio. Apunta poderosamente hacia mí.
Se me alteran las gonadotrofinas y río.
Después me aboco a colocar el texto, con sumo cuidado: es preciso calcular muy bien el espacio, diseñarla de manera que parezca una tarjeta de salutación. Por fin queda lista.
“Podrás dejar de quererme, pero olvidarme jamás.”
Firmado:
“Spiderman”
Vuelvo a reír. Mis ojos están llenos de lágrimas. Moqueo. Parezco Libermann. En adelante tomaré menos, prometo. Me calmo e imprimo varias copias de la tarjeta.
Le envío una a Libermann, por fax.
Voy a la heladera y abro otra botella.
Pregunta para el doctor Hermosilla:
“¿Los trastornos glandulares pueden verse agravados por la ingestión de bebidas alcohólicas?”
Sorpresa: tocan el timbre. Abro la puerta y me encuentro cara a cara con mis sobrinos. Los dos: el copiloto y el mecánico. Nos abrazamos. El mecánico se excusa por no haber ido al velorio.
–Me hace mal –dice.
–Macanas –interviene el copiloto–. Lo que pasa es que anda peleado con los viejos.
Los viejos son la víbora y el escarabajo. Lo miro apreciativamente.
–Jorge me contó del velorio –dice el mecánico. Deduzco que Jorge es el copiloto–. Y me entraron unas ganas locas de verte.
Me sonrojo.
–Le pedimos tu dirección al tío –agrega el piloto.
Esto me desconcierta. ¿Qué tío? Luego recuerdo a Rolo. Me abstengo de revelarles las extrañas costumbres de su tío buen mozo, y asiento, bonachón. Estoy muy contento de la visita, digo. Los convido con una copa y charlamos de generalidades. Intento descubrir qué temas pueden ser de su interés.
–¡La computación!– responden al unísono.
A mi juego me llamaron. Les dicto una breve conferencia sobre las nociones más elementales de la informática. De a poco, comienzo a descubrir que conocen del tema tanto o más que yo. Como para recuperar el ascendiente menciono mi trabajo en la División, pero sin entrar en detalles. Abren los ojos. Intercambian una mirada. Al fin el copiloto se decide.
–¿Sabías que la policía tiene una Brigada Internet?
–¡No! –exclamo, tratando de asimilar el golpe. La existencia de la Brigada ha sido conservada en el más riguroso secreto.
–Lo descubrimos hace un tiempo, navegando.
A partir de ese momento no paran de hablar de la internet. Los escucho pacientemente. Al fin pregunto:
–¿A ustedes les interesaría trabajar en esa Brigada?
–Todo lo contrario –dice el mecánico.
“Todo lo contrario”. Trato de entender qué significa.
–Son unos turros –explica el copiloto.
–Quieren coartar la libertad de información.
–Internet es el único espacio democrático del mundo.
–Cualquiera tiene a derecho a decir lo que le cante.
–Y de acceder a toda la información disponible.
–Es la paradoja del capitalismo.
–El germen de su destrucción.
–No hay Poder.
–El Poder es de todos
–El Poder es de los Usuarios.
Mis ojos iban saltado de uno al otro a medida que desenrollaban su atolondrada proclama subversiva. No puedo creer lo que oigo: mis sobrinos son hackers. Jamás había pasado por mi cabeza que en mi familia pudiera haber un guerrillero electrónico ¡y ahora resulta que hay dos!
Les pregunto si entraron en algún archivo. Vuelven a intercambiar miradas. Ahora es el mecánico quien se anima. En varios, dice.
–¿Y en la Brigada Internet?
–Varias veces. Pero ahí no pasa nada.
Asiento, comprensivo. Soy el tío simpático que entiende todo.
–Preferimos los archivos y bancos de datos.
–Ah –digo.
–Pero hay un tipo que entra siempre a la Brigada.
–Ernesto Sábato –acota el mecánico–. Parece que agarró de punto a un policía medio pelotudo.
Me atraganto. La tos debe haber disminuido la irrigación de mi hipotálamo, porque a continuación me dejo llevar. Y les doy una dirección electrónica. A ver si encuentran algo, digo.
Mis sobrinos se van. Bajo con ellos hasta la calle. Es una tibia noche de primavera y los paraísos en flor perfuman el aire con aroma de azahares.
Eso me pareció muy extraño
sábado, 26 de febrero de 2011
28. Una nueva calumnia
Como una babosa, o una actriz porno en el tramo final de una larga decadencia, me había deslizado lentamente a lo largo del tronco del árbol hasta quedar desmadejado en el piso, sin fe ni yerba de ayer.
–Levantate gordo –dijo Johnny. Noté preocupación en su voz cuando preguntó–. ¿Qué te pasa, viejo?
Yo estaba destrozado. Y le conté, le conté todo. Fue imposible no mencionar a la señora López Vázquez. Y a Deseo.
–No puedo creerlo –repetía Johnny una y otra vez–. No puedo creerlo
Pero lo creía. Y a diferencia de muchos otros no se burló de mí. Apoyó una mano en mi hombro.
–Calculo que te puedo ayudar.
Lo miré como si fuera un ángel. Un Enviado, a eso me refiero.
Sacó una tira de aspirinas del bolsillo.
–Tengo esto.
Lo hubiera sentado de una trompada, pero el que estaba en el suelo era yo.
–Y esto.
Sostenía en la palma de una mano la tira de aspirinas y en la otra una calcomanía del correcaminos.
–Andá a la mierda –dije.
Johnny sacudió la mano derecha. El correcaminos apenas si se movió.
–Una muestra de ácido lisérgico que acabo de recibir de México. Tres dosis. Hay que pasarles la lengua, pero no del lado de la goma.
Me animé un poco. Aún había alguna esperanza, una lucecita al final del túnel.
–Y esto... –Johnny revoleó la tira de aspirinas– Metilenedioxim...
Me incorporé de un salto.
–Dejame ver.
Le arrebaté la tira de aspirinas.
–Dice “aspirinas”.
–Claro, si va a decir “éxtasis”…
–En serio es...
Johnny asintió con un cabeceo.
–Tendría más efecto si la administráramos con alcohol.
Salí como un rayo. A las pocas cuadras encontré un boliche que decía Drugstore. El kioskero por poco se desmaya cuando le pedí un cajón de whisky. Al fin regresé con tres botellas de whisky, dos petacas de coñac y diez litros de caña. Las vacié en un balde junto a la mitad de las tabletas. La otra mitad la distribuí entre los termos de café y el botellón de agua. Nada debía quedar librado al azar.
El brebaje tenía un gusto indefinible, con un dejo a madera e insecticida. Lo endulcé con dos paquetes de azúcar y tomé un par de vasos. Me pareció que estaba listo.
Repartir licor entre los asistentes fue un toque de distinción. Todos lo reconocieron. Lo serví en unas copitas pequeñas que encontré en el office y recorría la sala con una bandeja.
–¿Un licorcito? ¿Un licorcito?
Todo el mundo aceptó al menos una copa. A Salvides le conté ocho. Después me distraje. Carola se había levantado del sillón y se dirigía a la salita donde mamá descansaba ya sin sobresaltos. Rolo había permanecido junto al cajón durante las últimas dos horas. Carola se ubicó a su lado. La hija de puta estaba aplicando las enseñanzas del general Liddlehard. Me había usado y luego usó a mi sobrino para aproximarse a Rolo.
Ya no me cupo duda: debía ayudar a mi sobrino. Yo tenía la calcomanía en el bolsillo y me preguntaba cómo diablos hacer que la lamiera sin despertar sospechas. Ahora estaba solo: era mi oportunidad.
Antes de proceder envié a Johnny con una bandeja con licor y café, a preparar a Carola. Johnny aceptó gustoso y se dirigió a la salita. De camino, Salvides le arrebató un par de copas, pero alcanzó a llegar con la oferta casi completa.
Me desentendí del asunto y me concentré en el próximo paso. Metí la mano en el bolsillo y saqué la calcomanía. Era un poco infantil para mi gusto pero confiaba en que mi sobrino me siguiera la corriente. Yo era el tío excéntrico y divertido que fabricaba aviones en la terraza.
–¿Qué hacé, gordito?
Me di vuelta y me encontré con Marilín, la muñeca inflable.
–Servite –dije poniendo la bandeja entre nosotros.
Marilín alzó una copa. La vació de un trago.
Cuando dijo Dame Otra su boca avanzó hacia mí, redonda como una enorme sopapa, pero la bandeja nos mantenía a una distancia aceptable. Además, las copas concentraban la atención de Marilín.
Se echó al conducto una segunda
–Salud –dijo.
Pasó la lengua por el borde de los labios.
–Está riquísimo
Tenía el gusto estragado y las pupilas vidriosas. Deduje que venía de alguna fiesta erótica en un criadero de cerdos.
–Tomá un poco, gordito. Te va a alegrar.
Yo había tomado algo más de un poco, cosa de no quedar fuera de la juerga que se avecinaba, y mantenía el equilibrio a fuerza de moverme lentamente, con las morosas evoluciones de un aerostato. Marilín pretendía acelerar el ritmo.
Señalé hacia la salita
–Mirá, ahí está Rolo.
Marilín hizo un mohín imposible
–Hoy quiero jugar con el hermanito.
–Yo encantado –acerté a decir–. Y Carola también.
Bizqueó tratando de repetir el nombre. No pudo.
Volví a señalar hacia la salita.
–No se despegó de Rolo en toda la noche.
Se volvió furiosa y chocó con Salvides que venía por una nueva dosis.
–Boludo.
–Que boquita –dijo Salvides.
El diminutivo no me pareció apropiado, pero Salvides debía estar ya bastante caliente con tanto éxtasis. Se tambaleó.
–¿Se puede correr?
–Me estoy corriendo –explicó Salvides–. Me estoy corriendo.
Yo no lo dudaba.
Marilín se volvió hacia mí.
–Por favor, hacé algo. Este borracho me molesta.
Salvides trató de componer algún gesto, pero su rostro era una masilla disolviéndose en alcohol. Retrocedió dos pasos y avanzó uno. Apoyaba el índice contra su pecho pero sin conseguir articular palabra. Decidí ir en su auxilio.
–Señorita –dije–. Este señor es mi Superior.
Salvides abrió los brazos. Por fin yo reconocía la realidad.
–Gordito, no sabés cuanto te quiero –exclamó.
–¡Están borrachos los dos!
Marilín empujó a Salvides y se tambaleó rumbo a la salita donde reposaba mamá.
Salvides volvió a la carga, pero yo mantenía la bandeja delante mío, en medio de los dos. Aprovechó para tomarse otra copa. Entonces vio la calcomanía.
–¿Qué tenés ahí?
–Nada –dije–, cosas de mi sobrino.
–Dejame ver, dale.
Alargaba el brazo por sobre la bandeja, girando a mi alrededor, pero yo mantenía la mano alzada, fuera de su alcance.
–¿Oia? ¡Es el correcaminos!
Acepté que, en efecto, lo era.
–¡Que lindo! Prestámela, gordo.
Mas allá alcancé a ver que Rolo torcía el brazo de Marilín y la arrastraba fuera del velatorio. Carola quedó sola junto al féretro de mamá, mirando en mi dirección. Con sorpresa advertí que varios comenzaban a hacer lo mismo mientras Salvides giraba en torno mío, dando saltitos. Cuando comprobó que era mucho más bajo que yo y jamás podría alcanzar la calcomanía, tomó una decisión desesperada. Necesitaba un punto de apoyo y vaya a saber qué lo llevó a pensar que ése bien podría ser la bandeja. Descargó su peso en un extremo, la bandeja se inclinó, las copitas rodaron y golpearon contra el piso un segundo antes que el propio Salvides. Detrás lo hice yo, arrastrado por la bandeja, que no había atinado a soltar.
El círculo se estrechó a mi alrededor. Escuché los gritos de Salvides, aplastado bajo mi peso.
Alguien dijo “Pirulo se está cogiendo a un comisario”.
Quise aclarar que era apenas un inspector y que yo no estaba haciendo nada, más que intentar ponerme de pie. Pero resbalé en el licor y volví a caer sobre Salvides.
–¡Socorro! –gritaba Salvides–. ¡Sáquenmelon!
¿Qué melón?
Miré desconcertado hacia el círculo de caras. La boca de Carola era más grande y redonda que la de Marilín. Johnny tenía las manos sobre la cabeza como uno de los monos de la justicia. Mi sobrino aplaudía. Tuve un vahído y todo comenzó a dar vueltas hasta que Rolo me alzó de los pelos de la nuca, me arrastró a lo largo del salón y me arrojó dentro del office.
–No te mato acá mismo por la memoria de mamá.
Permanecí en el office hasta la madrugada, cuando los empleados de la pompa fúnebre aprontaron a mamá para su traslado definitivo.
Fui al cementerio en el coche de los parientes lejanos y asistí al sepelio en silencio, flanqueado por mis hermanos. Cuando echaron la primera palada de tierra me embargó la emoción. Palmee los redondos traseros de mis hermanos, tan iguales entre sí.
–Ahora que somos menos –dije– vamos a estar más unidos.
Elena me dio un carterazo.
–Levantate gordo –dijo Johnny. Noté preocupación en su voz cuando preguntó–. ¿Qué te pasa, viejo?
Yo estaba destrozado. Y le conté, le conté todo. Fue imposible no mencionar a la señora López Vázquez. Y a Deseo.
–No puedo creerlo –repetía Johnny una y otra vez–. No puedo creerlo
Pero lo creía. Y a diferencia de muchos otros no se burló de mí. Apoyó una mano en mi hombro.
–Calculo que te puedo ayudar.
Lo miré como si fuera un ángel. Un Enviado, a eso me refiero.
Sacó una tira de aspirinas del bolsillo.
–Tengo esto.
Lo hubiera sentado de una trompada, pero el que estaba en el suelo era yo.
–Y esto.
Sostenía en la palma de una mano la tira de aspirinas y en la otra una calcomanía del correcaminos.
–Andá a la mierda –dije.
Johnny sacudió la mano derecha. El correcaminos apenas si se movió.
–Una muestra de ácido lisérgico que acabo de recibir de México. Tres dosis. Hay que pasarles la lengua, pero no del lado de la goma.
Me animé un poco. Aún había alguna esperanza, una lucecita al final del túnel.
–Y esto... –Johnny revoleó la tira de aspirinas– Metilenedioxim...
Me incorporé de un salto.
–Dejame ver.
Le arrebaté la tira de aspirinas.
–Dice “aspirinas”.
–Claro, si va a decir “éxtasis”…
–En serio es...
Johnny asintió con un cabeceo.
–Tendría más efecto si la administráramos con alcohol.
Salí como un rayo. A las pocas cuadras encontré un boliche que decía Drugstore. El kioskero por poco se desmaya cuando le pedí un cajón de whisky. Al fin regresé con tres botellas de whisky, dos petacas de coñac y diez litros de caña. Las vacié en un balde junto a la mitad de las tabletas. La otra mitad la distribuí entre los termos de café y el botellón de agua. Nada debía quedar librado al azar.
El brebaje tenía un gusto indefinible, con un dejo a madera e insecticida. Lo endulcé con dos paquetes de azúcar y tomé un par de vasos. Me pareció que estaba listo.
Repartir licor entre los asistentes fue un toque de distinción. Todos lo reconocieron. Lo serví en unas copitas pequeñas que encontré en el office y recorría la sala con una bandeja.
–¿Un licorcito? ¿Un licorcito?
Todo el mundo aceptó al menos una copa. A Salvides le conté ocho. Después me distraje. Carola se había levantado del sillón y se dirigía a la salita donde mamá descansaba ya sin sobresaltos. Rolo había permanecido junto al cajón durante las últimas dos horas. Carola se ubicó a su lado. La hija de puta estaba aplicando las enseñanzas del general Liddlehard. Me había usado y luego usó a mi sobrino para aproximarse a Rolo.
Ya no me cupo duda: debía ayudar a mi sobrino. Yo tenía la calcomanía en el bolsillo y me preguntaba cómo diablos hacer que la lamiera sin despertar sospechas. Ahora estaba solo: era mi oportunidad.
Antes de proceder envié a Johnny con una bandeja con licor y café, a preparar a Carola. Johnny aceptó gustoso y se dirigió a la salita. De camino, Salvides le arrebató un par de copas, pero alcanzó a llegar con la oferta casi completa.
Me desentendí del asunto y me concentré en el próximo paso. Metí la mano en el bolsillo y saqué la calcomanía. Era un poco infantil para mi gusto pero confiaba en que mi sobrino me siguiera la corriente. Yo era el tío excéntrico y divertido que fabricaba aviones en la terraza.
–¿Qué hacé, gordito?
Me di vuelta y me encontré con Marilín, la muñeca inflable.
–Servite –dije poniendo la bandeja entre nosotros.
Marilín alzó una copa. La vació de un trago.
Cuando dijo Dame Otra su boca avanzó hacia mí, redonda como una enorme sopapa, pero la bandeja nos mantenía a una distancia aceptable. Además, las copas concentraban la atención de Marilín.
Se echó al conducto una segunda
–Salud –dijo.
Pasó la lengua por el borde de los labios.
–Está riquísimo
Tenía el gusto estragado y las pupilas vidriosas. Deduje que venía de alguna fiesta erótica en un criadero de cerdos.
–Tomá un poco, gordito. Te va a alegrar.
Yo había tomado algo más de un poco, cosa de no quedar fuera de la juerga que se avecinaba, y mantenía el equilibrio a fuerza de moverme lentamente, con las morosas evoluciones de un aerostato. Marilín pretendía acelerar el ritmo.
Señalé hacia la salita
–Mirá, ahí está Rolo.
Marilín hizo un mohín imposible
–Hoy quiero jugar con el hermanito.
–Yo encantado –acerté a decir–. Y Carola también.
Bizqueó tratando de repetir el nombre. No pudo.
Volví a señalar hacia la salita.
–No se despegó de Rolo en toda la noche.
Se volvió furiosa y chocó con Salvides que venía por una nueva dosis.
–Boludo.
–Que boquita –dijo Salvides.
El diminutivo no me pareció apropiado, pero Salvides debía estar ya bastante caliente con tanto éxtasis. Se tambaleó.
–¿Se puede correr?
–Me estoy corriendo –explicó Salvides–. Me estoy corriendo.
Yo no lo dudaba.
Marilín se volvió hacia mí.
–Por favor, hacé algo. Este borracho me molesta.
Salvides trató de componer algún gesto, pero su rostro era una masilla disolviéndose en alcohol. Retrocedió dos pasos y avanzó uno. Apoyaba el índice contra su pecho pero sin conseguir articular palabra. Decidí ir en su auxilio.
–Señorita –dije–. Este señor es mi Superior.
Salvides abrió los brazos. Por fin yo reconocía la realidad.
–Gordito, no sabés cuanto te quiero –exclamó.
–¡Están borrachos los dos!
Marilín empujó a Salvides y se tambaleó rumbo a la salita donde reposaba mamá.
Salvides volvió a la carga, pero yo mantenía la bandeja delante mío, en medio de los dos. Aprovechó para tomarse otra copa. Entonces vio la calcomanía.
–¿Qué tenés ahí?
–Nada –dije–, cosas de mi sobrino.
–Dejame ver, dale.
Alargaba el brazo por sobre la bandeja, girando a mi alrededor, pero yo mantenía la mano alzada, fuera de su alcance.
–¿Oia? ¡Es el correcaminos!
Acepté que, en efecto, lo era.
–¡Que lindo! Prestámela, gordo.
Mas allá alcancé a ver que Rolo torcía el brazo de Marilín y la arrastraba fuera del velatorio. Carola quedó sola junto al féretro de mamá, mirando en mi dirección. Con sorpresa advertí que varios comenzaban a hacer lo mismo mientras Salvides giraba en torno mío, dando saltitos. Cuando comprobó que era mucho más bajo que yo y jamás podría alcanzar la calcomanía, tomó una decisión desesperada. Necesitaba un punto de apoyo y vaya a saber qué lo llevó a pensar que ése bien podría ser la bandeja. Descargó su peso en un extremo, la bandeja se inclinó, las copitas rodaron y golpearon contra el piso un segundo antes que el propio Salvides. Detrás lo hice yo, arrastrado por la bandeja, que no había atinado a soltar.
El círculo se estrechó a mi alrededor. Escuché los gritos de Salvides, aplastado bajo mi peso.
Alguien dijo “Pirulo se está cogiendo a un comisario”.
Quise aclarar que era apenas un inspector y que yo no estaba haciendo nada, más que intentar ponerme de pie. Pero resbalé en el licor y volví a caer sobre Salvides.
–¡Socorro! –gritaba Salvides–. ¡Sáquenmelon!
¿Qué melón?
Miré desconcertado hacia el círculo de caras. La boca de Carola era más grande y redonda que la de Marilín. Johnny tenía las manos sobre la cabeza como uno de los monos de la justicia. Mi sobrino aplaudía. Tuve un vahído y todo comenzó a dar vueltas hasta que Rolo me alzó de los pelos de la nuca, me arrastró a lo largo del salón y me arrojó dentro del office.
–No te mato acá mismo por la memoria de mamá.
Permanecí en el office hasta la madrugada, cuando los empleados de la pompa fúnebre aprontaron a mamá para su traslado definitivo.
Fui al cementerio en el coche de los parientes lejanos y asistí al sepelio en silencio, flanqueado por mis hermanos. Cuando echaron la primera palada de tierra me embargó la emoción. Palmee los redondos traseros de mis hermanos, tan iguales entre sí.
–Ahora que somos menos –dije– vamos a estar más unidos.
Elena me dio un carterazo.
sábado, 19 de febrero de 2011
27. Como Miss Mundo
Después de descubrir la identidad del Hombre Araña, despaché a Libermann.
–Mejor que no te vea –dije–. Mi cuñado es un hijo de puta capaz de cualquier cosa.
–Sí, sí, me imagino, pero vamos a tomar algo –rogó.
Tenía los ojos vidriosos. Se veía de lejos que necesitaba una copa.
–¡Lito, por favor! ¡Debo permanecer aquí, junto al cuerpo exánime de mi madre!
Libermann bajó la cabeza, avergonzado, dijo que comprendía y se subió a un taxi, rumbo vaya uno a saber donde. Creo que ya no tenía hogar, ni nada.
Nemo me impune lacessit. Nemo me impune lacessit
Volví al velatorio.
Carola permanecía en el sillón donde la había dejado, pero ya no en compañía del bancario sino de mi joven copiloto. Elena había recuperado a su esposo y lo arrinconaba contra el office. Su boca de serpiente escupía insultos y recriminaciones, pero ahora era su hijo quien parecía a punto de caer en las garras de la perdición. El muchacho conversaba animadamente con Carola. El bancario, sorprendido en plena lujuria por su joven hijo, le habría explicado que Carola era amiga mía. Era lo lógico. Se entiende que no iba a decirle: “Tomátelas, nene, que quiero llevarme a este bomboncito hasta un rincón oscuro para hacerle esto y lo otro”. Esa no sería una reacción propia de un padre normal, aunque mi cuñado no es un padre normal sino un hijo de puta capaz de partirle a uno la clavícula con un caño de plomo. Pero Elena estaba demasiado cerca como para correr el riesgo de que el nene le fuera con el cuento. Sí, le había presentado a Carola diciéndole “Es una amiga de tu tío”. Y ahora conversaban animadamente.
Se me paró el corazón. Se me heló la sangre. Se me encogieron las partes (esto es una consecuencia de la contracción de los vasos sanguíneos, pero nunca pude evitar que fuera acompañada de la sensación de estar volviéndome muy pequeñito): había un único tema posible de conversación entre Carola y mi sobrino: yo. Y para el muchacho, yo era un recuerdo imborrable, pero circunscrito a una única experiencia vital: su temprano paso por la aviación deportiva.
Carola llevó las manos a su boca, reprimiendo una carcajada. Ya no me cupo duda: hablaban de mí.
Carajo.
Miré con más atención a mi sobrino. Parecía capaz de cualquier cosa. Cualquiera es capaz de cualquier cosa junto a la oficial Quintana –¡si lo sabré yo!–, pero había algo en su actitud que me resultó familiar. Sus rodillas se encontraban a pocos centímetros de las de Carola, las redondas rodillas de Carola de las que ni él ni yo podíamos sacar los ojos. Entonces comprendí, claro que comprendí.
La imagen de la fiesta de casamiento se formó gradualmente en mi cabeza: la señora López Vázquez y yo en medio del salón. Volví a escuchar sus gritos, su primer chillido cuando le atrapé el pezón, llevé su mano a mi entrepierna y vi la sorpresa en sus ojos. Y el temor, cuando empezó a retroceder arrastrándome por la pista.
Ululaba como la sirena de una autobomba.
Todos se apartaron a nuestro paso y cuando caímos sobre el embaldosado formaron un círculo a nuestro alrededor. Hasta que Rolo rompió el encantamiento para alzarme de los pelos y arrojarme a la calle, cubierto de vergüenza, pero demasiado tarde para evitar que mis padres iniciaran su lento recorrido hacia la apoplejía y la locura.
Vi las rodillas de mi sobrino rozar las de la oficial Quintana. Era la fuerza de la sangre, la carga genética contenida en cada una de las células, las mías y las suyas, ambos con la misma defectuosa combinación cromosomática, programada por una Razón Misteriosa para provocar el desastre.
Y lo amé. Amé a mi sobrino en ese instante. Amé lo que había mío en él y, por primera vez, me amé a mí mismo. Toda la vida me había visto con los ojos de los demás. Ahora, por fin, tenía la oportunidad de reconocerme en otro, con mis propios ojos.
“Bendito seas, Señor”, me dije –recuerden que me había vuelto creyente–. Y a continuación pensé: “Este chico va a necesitar mucha ayuda”.
Yo había contado con los mozos que me atiborraron de cerveza, y el ambiente propicio de una fiesta, y los escotes, las minifaldas y los mamelones desnudos de la señora López Vázquez revelándose a través de la tela de su vestido de satén, o seda. Mi copiloto, en cambio, debía llevar a cabo su hazaña en un velorio. Porque lo suyo sería una hazaña. Superaría al viejo y querido Capitán Deseo: tocar las tetas de la esposa de un médico no sería nada comparado a la violación de una oficial de policía en el velorio de la abuela loca.
Cada generación prevalece sobre su predecesora. Los alumnos superan a los maestros. En eso radica el progreso de la Humanidad. Pero si cada época no albergara al menos un réprobo capaz de traicionar a sus contemporáneos transmitiendo el fuego de la verdad a los inexpertos, el progreso sería imposible. Y ese era yo, Prometeo, el maldito de los dioses, el partero de la historia, el tío cómplice y divertido.
Justo en ese momento Johnny entró al velatorio. Su llegada resultaba tan oportuna que me pareció predestinado a formar parte del Plan. Tanto era así que no tuve necesidad de llamarlo: en cuanto me vio, solo en medio del salón, vino hacia mí, exactamente como lo había hecho mi cuñado, como si lo atrajese con una piola. Mi mente era poderosa, irradiaba una fuerza magnética irresistible. Los objetos y las personas se movían a mi alrededor obedeciendo a mi voluntad.
Me estrechó la mano.
Sus palabras me desconcertaron.
–Lo siento –dijo.
Lo increpé
–¿No vas a ayudarme?
Ahora el desconcertado era él.
–Te daba el pésame. Tu mamá...
Mi mamá, cierto. Me rehice y le expliqué El Plan.
–Con una gotita de LSD en el café... –sugerí.
Las pupilas de Johnny brillaron.
–Estás loco.
No hice caso de sus palabras. Sus ojos decían lo contrario. Y los ojos son el reflejo del alma, ya es sabido.
–Vamos a terminar en cana –argumentó– Y saltará lo del Hombre Araña. Imaginate.
Yo acompañaba sus palabras con impacientes cabeceos de negativa.
–Vos y yo en un calabozo, a merced de Iraola –insistió Johnny–. Y Salvides. Imaginate.
Ahora asentí.
–¿Eso es lo que querés? –se horrorizó–. ¡Iraola te va a hacer mierda!
–Libermann estuvo acá –dije–. Identificó al Hombre Araña.
Johnny sufrió una lipotimia. Se apoyó en mi hombro. Tuve que tranquilizarlo explicándole que Libermann había abandonado el velatorio mucho antes de su llegada y que de ningún modo podía haberlo reconocido. Su nerviosismo me decepcionó: lo hacía un espíritu abierto, más propenso al riesgo y la aventura. Debió darse cuenta de mi desencanto, pues sus objeciones comenzaron a hacerse más débiles. Y se volvió menos reticente. Pero había una dificultad insalvable.
–No tengo lisérgico.
–¡No tenés lisérgico! –chillé.
Me rogó que bajara la voz. “Por amor de Dios y tu puta madre”, dijo, tal vez sin tomar debida conciencia de que ella descansaba eternamente a un par de pasos. Lo perdoné ¿qué otra cosa? Pero lo del ácido era más serio.
–¡No puedo creer que seas tan incompetente! –exclamé.
Johnny me preguntó si me había vuelto loco o estaba borracho. Yo había tomado algunas ginebras, pero su insinuación me fastidió. Le hice un piquete de ojos.
Johnny retrocedió, tapándose la cara.
–¡Ay, ay, ay! –gritaba.
Chocó contra Salvides, que acababa de llegar y se acercaba a saludarme. Esa noche todos se acercaban a saludarme, como a Miss Mundo.
Advirtiendo que El Plan estaba a punto de irse al carajo, me arrojé sobre Johnny. Pero Johnny se había apoyado contra Salvides diciendo “Ay, ay, ay” y en el apuro por abrazarlo, pasé mis manos por detrás de la espalda de Salvides. Johnny quedó aplastado entre los dos.
–Ay ay ay –decía.
–Suelte, suelte –decía a su vez Salvides.
–No te pongás así –decía yo–. Era muy anciana.
Al fin Salvides logró zafarse y quedé abrazando a Johnny, una vez más, en medio de un círculo de mirones.
–Quería mucho a mamá –expliqué mientras lo llevaba hacia la calle.
Hubo un murmullo y rostros cariacontecidos.
En la calle, Johnny se quejó de que le había sacado un ojo. Lo revisé, al principio con alguna aversión, pero no vi nada anormal, fuera del iris un poco enrojecido. Sobreviviría.
Johnny dijo que yo era un enfermo. Admití que eso era posible pero que jamás volviera a tildarme de borracho. Dijo que en ningún momento me había llamado borracho. Repuse que eso no era verdad y que lamentaba no haber tenido un grabador para registrar sus hirientes palabras. No había pretendido ser hiriente, argumentó, aunque admitía haberse comportado con cierta rudeza, habida cuenta del penoso trance por el que yo estaba transitando. Lo tomé como una disculpa y volví sobre el tema del ácido. Johnny explicó que yo era un maravilloso ser humano pero que a veces actuaba como un idiota: no había ninguna razón para llevar ácido lisérgico a un velorio. Expuse mis dudas. Todo se haría más llevadero, argumenté. Admitió la posibilidad y prometió pensarlo. Tal vez distribuiría algunas dosis en el próximo velatorio pero en éste no había nada que hacer al respecto. Definitivamente, sentenció.
Me recosté contra un árbol y me dejé deslizar hasta quedar sentado en el pequeño cuadrilátero de tierra. El Plan se había ido al diablo.
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Hay un pequeño grupo de personas que no responden a los antidepresivos usados más comúnmente y para las cuales los inhibidores de monoaminoxidasa son el mejor tratamiento.
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–Mejor que no te vea –dije–. Mi cuñado es un hijo de puta capaz de cualquier cosa.
–Sí, sí, me imagino, pero vamos a tomar algo –rogó.
Tenía los ojos vidriosos. Se veía de lejos que necesitaba una copa.
–¡Lito, por favor! ¡Debo permanecer aquí, junto al cuerpo exánime de mi madre!
Libermann bajó la cabeza, avergonzado, dijo que comprendía y se subió a un taxi, rumbo vaya uno a saber donde. Creo que ya no tenía hogar, ni nada.
Nemo me impune lacessit. Nemo me impune lacessit
Volví al velatorio.
Carola permanecía en el sillón donde la había dejado, pero ya no en compañía del bancario sino de mi joven copiloto. Elena había recuperado a su esposo y lo arrinconaba contra el office. Su boca de serpiente escupía insultos y recriminaciones, pero ahora era su hijo quien parecía a punto de caer en las garras de la perdición. El muchacho conversaba animadamente con Carola. El bancario, sorprendido en plena lujuria por su joven hijo, le habría explicado que Carola era amiga mía. Era lo lógico. Se entiende que no iba a decirle: “Tomátelas, nene, que quiero llevarme a este bomboncito hasta un rincón oscuro para hacerle esto y lo otro”. Esa no sería una reacción propia de un padre normal, aunque mi cuñado no es un padre normal sino un hijo de puta capaz de partirle a uno la clavícula con un caño de plomo. Pero Elena estaba demasiado cerca como para correr el riesgo de que el nene le fuera con el cuento. Sí, le había presentado a Carola diciéndole “Es una amiga de tu tío”. Y ahora conversaban animadamente.
Se me paró el corazón. Se me heló la sangre. Se me encogieron las partes (esto es una consecuencia de la contracción de los vasos sanguíneos, pero nunca pude evitar que fuera acompañada de la sensación de estar volviéndome muy pequeñito): había un único tema posible de conversación entre Carola y mi sobrino: yo. Y para el muchacho, yo era un recuerdo imborrable, pero circunscrito a una única experiencia vital: su temprano paso por la aviación deportiva.
Carola llevó las manos a su boca, reprimiendo una carcajada. Ya no me cupo duda: hablaban de mí.
Carajo.
Miré con más atención a mi sobrino. Parecía capaz de cualquier cosa. Cualquiera es capaz de cualquier cosa junto a la oficial Quintana –¡si lo sabré yo!–, pero había algo en su actitud que me resultó familiar. Sus rodillas se encontraban a pocos centímetros de las de Carola, las redondas rodillas de Carola de las que ni él ni yo podíamos sacar los ojos. Entonces comprendí, claro que comprendí.
La imagen de la fiesta de casamiento se formó gradualmente en mi cabeza: la señora López Vázquez y yo en medio del salón. Volví a escuchar sus gritos, su primer chillido cuando le atrapé el pezón, llevé su mano a mi entrepierna y vi la sorpresa en sus ojos. Y el temor, cuando empezó a retroceder arrastrándome por la pista.
Ululaba como la sirena de una autobomba.
Todos se apartaron a nuestro paso y cuando caímos sobre el embaldosado formaron un círculo a nuestro alrededor. Hasta que Rolo rompió el encantamiento para alzarme de los pelos y arrojarme a la calle, cubierto de vergüenza, pero demasiado tarde para evitar que mis padres iniciaran su lento recorrido hacia la apoplejía y la locura.
Vi las rodillas de mi sobrino rozar las de la oficial Quintana. Era la fuerza de la sangre, la carga genética contenida en cada una de las células, las mías y las suyas, ambos con la misma defectuosa combinación cromosomática, programada por una Razón Misteriosa para provocar el desastre.
Y lo amé. Amé a mi sobrino en ese instante. Amé lo que había mío en él y, por primera vez, me amé a mí mismo. Toda la vida me había visto con los ojos de los demás. Ahora, por fin, tenía la oportunidad de reconocerme en otro, con mis propios ojos.
“Bendito seas, Señor”, me dije –recuerden que me había vuelto creyente–. Y a continuación pensé: “Este chico va a necesitar mucha ayuda”.
Yo había contado con los mozos que me atiborraron de cerveza, y el ambiente propicio de una fiesta, y los escotes, las minifaldas y los mamelones desnudos de la señora López Vázquez revelándose a través de la tela de su vestido de satén, o seda. Mi copiloto, en cambio, debía llevar a cabo su hazaña en un velorio. Porque lo suyo sería una hazaña. Superaría al viejo y querido Capitán Deseo: tocar las tetas de la esposa de un médico no sería nada comparado a la violación de una oficial de policía en el velorio de la abuela loca.
Cada generación prevalece sobre su predecesora. Los alumnos superan a los maestros. En eso radica el progreso de la Humanidad. Pero si cada época no albergara al menos un réprobo capaz de traicionar a sus contemporáneos transmitiendo el fuego de la verdad a los inexpertos, el progreso sería imposible. Y ese era yo, Prometeo, el maldito de los dioses, el partero de la historia, el tío cómplice y divertido.
Justo en ese momento Johnny entró al velatorio. Su llegada resultaba tan oportuna que me pareció predestinado a formar parte del Plan. Tanto era así que no tuve necesidad de llamarlo: en cuanto me vio, solo en medio del salón, vino hacia mí, exactamente como lo había hecho mi cuñado, como si lo atrajese con una piola. Mi mente era poderosa, irradiaba una fuerza magnética irresistible. Los objetos y las personas se movían a mi alrededor obedeciendo a mi voluntad.
Me estrechó la mano.
Sus palabras me desconcertaron.
–Lo siento –dijo.
Lo increpé
–¿No vas a ayudarme?
Ahora el desconcertado era él.
–Te daba el pésame. Tu mamá...
Mi mamá, cierto. Me rehice y le expliqué El Plan.
–Con una gotita de LSD en el café... –sugerí.
Las pupilas de Johnny brillaron.
–Estás loco.
No hice caso de sus palabras. Sus ojos decían lo contrario. Y los ojos son el reflejo del alma, ya es sabido.
–Vamos a terminar en cana –argumentó– Y saltará lo del Hombre Araña. Imaginate.
Yo acompañaba sus palabras con impacientes cabeceos de negativa.
–Vos y yo en un calabozo, a merced de Iraola –insistió Johnny–. Y Salvides. Imaginate.
Ahora asentí.
–¿Eso es lo que querés? –se horrorizó–. ¡Iraola te va a hacer mierda!
–Libermann estuvo acá –dije–. Identificó al Hombre Araña.
Johnny sufrió una lipotimia. Se apoyó en mi hombro. Tuve que tranquilizarlo explicándole que Libermann había abandonado el velatorio mucho antes de su llegada y que de ningún modo podía haberlo reconocido. Su nerviosismo me decepcionó: lo hacía un espíritu abierto, más propenso al riesgo y la aventura. Debió darse cuenta de mi desencanto, pues sus objeciones comenzaron a hacerse más débiles. Y se volvió menos reticente. Pero había una dificultad insalvable.
–No tengo lisérgico.
–¡No tenés lisérgico! –chillé.
Me rogó que bajara la voz. “Por amor de Dios y tu puta madre”, dijo, tal vez sin tomar debida conciencia de que ella descansaba eternamente a un par de pasos. Lo perdoné ¿qué otra cosa? Pero lo del ácido era más serio.
–¡No puedo creer que seas tan incompetente! –exclamé.
Johnny me preguntó si me había vuelto loco o estaba borracho. Yo había tomado algunas ginebras, pero su insinuación me fastidió. Le hice un piquete de ojos.
Johnny retrocedió, tapándose la cara.
–¡Ay, ay, ay! –gritaba.
Chocó contra Salvides, que acababa de llegar y se acercaba a saludarme. Esa noche todos se acercaban a saludarme, como a Miss Mundo.
Advirtiendo que El Plan estaba a punto de irse al carajo, me arrojé sobre Johnny. Pero Johnny se había apoyado contra Salvides diciendo “Ay, ay, ay” y en el apuro por abrazarlo, pasé mis manos por detrás de la espalda de Salvides. Johnny quedó aplastado entre los dos.
–Ay ay ay –decía.
–Suelte, suelte –decía a su vez Salvides.
–No te pongás así –decía yo–. Era muy anciana.
Al fin Salvides logró zafarse y quedé abrazando a Johnny, una vez más, en medio de un círculo de mirones.
–Quería mucho a mamá –expliqué mientras lo llevaba hacia la calle.
Hubo un murmullo y rostros cariacontecidos.
En la calle, Johnny se quejó de que le había sacado un ojo. Lo revisé, al principio con alguna aversión, pero no vi nada anormal, fuera del iris un poco enrojecido. Sobreviviría.
Johnny dijo que yo era un enfermo. Admití que eso era posible pero que jamás volviera a tildarme de borracho. Dijo que en ningún momento me había llamado borracho. Repuse que eso no era verdad y que lamentaba no haber tenido un grabador para registrar sus hirientes palabras. No había pretendido ser hiriente, argumentó, aunque admitía haberse comportado con cierta rudeza, habida cuenta del penoso trance por el que yo estaba transitando. Lo tomé como una disculpa y volví sobre el tema del ácido. Johnny explicó que yo era un maravilloso ser humano pero que a veces actuaba como un idiota: no había ninguna razón para llevar ácido lisérgico a un velorio. Expuse mis dudas. Todo se haría más llevadero, argumenté. Admitió la posibilidad y prometió pensarlo. Tal vez distribuiría algunas dosis en el próximo velatorio pero en éste no había nada que hacer al respecto. Definitivamente, sentenció.
Me recosté contra un árbol y me dejé deslizar hasta quedar sentado en el pequeño cuadrilátero de tierra. El Plan se había ido al diablo.
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lunes, 7 de febrero de 2011
26. La despedida de mamá
Página de afrodisíacos de la encantadora doctora Zubar:
En el lejano oriente muchas partes del cuerpo del tigre son consideradas poderosos afrodisíacos, incluidos colmillos, sebo, hígado y, especialmente, pene, que los mamíferos, lamentablemente, poseen uno solo.
Un tazón de sopa de pene de tigre puede costar 350 dólares en Taiwan y 400 en Corea del Sur. Y tendrá maravillosos efectos: al igual que el propio tigre usted podrá hacer el amor en forma ininterrumpida ¡por casi 15 segundos!
Los bigotes del tigre son usados como afrodisíaco en Indonesia, pero en Malasia el mismo preparado es tenido por un veneno muy poderoso.
Recuerden, empero, que todas las especies de tigres se encuentran en peligro de extinción. ¿Por qué entonces no triturar espinas de puercoespín como sustituto de los bigotes del tigre? Al fin y al cabo, las espinas son mucho más rígidas y erectas.
En el velorio de mamá, una compungida Carola apenas si se separó de mi lado para ir al tocador. También quiso acercarse a Rolo, pero Rolo estaba muy ocupado velando a su verdadera madre como para fijarse en sustitutos y no le prestó atención. Carola volvió a mi lado y me tomó la mano. Pasamos más de una hora tomados de la mano. Y dormité en su hombro. Y dormitó en mi hombro. Esto se prestó a murmuraciones.
“Pirulo tiene novia”. “Miralo al gordo”. “¿No era que a ése no le habían bajado los testículos?”.
Todos cuchicheaban. Y el bancario no nos sacaba los ojos de encima. Tampoco mi hermana. Su mirada iba de Carola al bancario y del bancario a Carola. Los años habían causando estragos en las facciones de Elena, deformadas como arcilla fresca. Tenía grandes ojeras y las mejillas, derramadas hasta la altura de la mandíbula, le conferían un inconfundible aire a bull dog con hidrofobia. También enseñaba los colmillos. Eso era cuando sorprendía al bancario hipnotizado por las piernas de Carola.
El bancario había engordado de caderas y tenía más cara de imbécil que nunca, pero en líneas generales se veía mejor conservado que Elena. Las sienes canosas le daban respetabilidad y el bigote, ennegrecido a fuerza de rimel, una cierta apostura.
Nemo me impune lacessit, nemo me impune lacessit.
Me puse de pie
–Vení que te presento.
Carola debía dormitar, pues miró sobresaltada a su alrededor. Al mismo tiempo hice una seña a mi cuñado. Comprendió al instante y se echó a andar en nuestra dirección como si yo lo jalase con una piola. Carola se incorporó con un desperezo felino. Podría decir que casi llegué a escuchar el corazón de mi cuñado golpeando dentro de su pecho.
Tumba retumba, tumba retumba.
Hice las presentaciones. Carola no sabía muy bien qué era lo que estaba ocurriendo– aún seguía medio adormilada– y dejó que el bancario la besara en la mejilla. Aprovechando que no la soltaba pedí permiso para ausentarme.
–Necesito unos segundos de recogimiento –dije.
El bancario se sobresaltó, aun sin advertir que, más allá, en el centro del salón, Elena miraba hacia nosotros exhibiendo toda su ferocidad.
Pasé junto a ella haciéndome el desentendido y salí a la calle. Justo a tiempo.
Verán –y presten atención a lo que les digo–, si estamos movidos por una buena causa, a veces obtenemos la justa recompensa. Vengarme de los agravios era una buena causa. Y merecía la justa recompensa. Lo descubrí en ese instante, en cuanto salí a la calle y vi a Libermann bajar de un taxi en la puerta del velatorio: de haberme quedado en la sala un minuto más, Libermann me hubiera sorprendido junto a Caról, la amante del Hombre Araña. Me iba a resultar arduo darle alguna explicación medianamente satisfactoria.
En su infinita misericordia Dios había decidido brindarme Su protección. Después de haberme encerrado para siempre en un envase defectuoso, sin atractivos ni gracia, ni siquiera una patética simpatía, con mi vocecita de perro pequinés y un aterciopelado pirulín de preescolar, para luego arrojarme indefenso dentro de una familia de crápulas, por fin el Gran Dios se acordaba de mí. Todo, absolutamente todo era parte de Su plan. Tuve esa revelación. Yo era Su instrumento y ejecutaba Su partitura.
Libermann me abrazó.
–Pirulo, hermano.
Apestaba a alcohol. E ignoraba lo que esa clase de parentesco podía significar para él.
–Gracias por venir –dije. Una frase de circunstancia.
Libermann también se puso obvio.
–Mi pésame.
Quedamos en silencio unos segundos, mirando el tránsito. Algo debía hacer, aunque no tenía idea qué. Dios estaba de mi lado, pero no podía confiarme. Por el asunto del libre albedrío y todo eso. Cada uno es libre de cavarse la propia tumba en el infierno. Yo no quiero esa clase de libertad, me dije, yo quiero Ayuda.
Fíjense en la debilidad del alma humana que, tres minutos después de revelada, ya había comenzado a abjurar de mi Fe.
Me rehice. Dios no me perdonaría si volvía a dudar de Él. Dejemos que las cosas sigan su curso. ¿Qué podía pasarme? ¿Qué más podía pasarme?
Sentí que debía dejarme llevar, lo que no me tranquilizó en absoluto. Eso mismo me había dicho la señora López Vázquez.
–No sé bailar –balbucee sin poder apartar la vista de su escote mientras ella tiraba de mi brazo para arrastrarme a la pista.
–Escuchá la música, querido –dijo dulcemente la señora López Vázquez– Dejate llevar
Hice caso de su consejo. Y vean ustedes cómo terminó todo.
Mi problema ahora era que Libermann seguía en tren pelotudo.
–Quiero ver a tu madre –dijo–. ¿Venís?
Miré hacia el interior del velatorio donde me acechaba la desgracia. La oficial Quintana era integrante efectiva de la Fuerza. Debía llevar un arma en su cartera. Si Libermann abría la boca yo no tendría ni siquiera la oportunidad de un juicio justo.
Sacudí la cabeza. Era un consuelo saber que todavía la conservaba sobre los hombros, intacta.
–Prefiero recordarla viva.
Libermann pareció dudar. Pero el morbo pudo más.
–Será apenas un momento. Ya vengo.
Permanecí junto a la puerta del velatorio, a la expectativa, por así decirlo. En cuanto escuchara los gritos, saldría corriendo.
Pasaron varios minutos en los que recibí los pésames de perfectos desconocidos sin significación alguna para mí. Yo, en cambio, era para ellos una parte importante del pasado, una nota de color en sus tristes vidas, una leyenda. Todos me recordaban.
Un muchacho de unos 17 años se detuvo frente a mí. Su rostro no me dijo nada, como no lo dice casi ningún rostro adolescente. Todo está por resolverse. Es un campo de batalla en el que la madre y el padre luchan por prevalecer, donde todavía permanece el niño que fue y el adulto que no acaba de ser.
Ese nunca fue mi caso: luzco tan mofletudo y atontado como en mi primera fotografía.
El muchacho me sonrió.
–¡Tío, que alegría verte! Perdón –agregó, recordando el velorio.
El pobre debía hacer enormes esfuerzos para sentir alguna tristeza por la muerte de su abuela loca. Lo estreché en un abrazo, sin poder determinar si era el copiloto o el mecánico. Habían pasado tantos años...
–¡Te acordás cómo volábamos!
El copiloto. Y su admiración era sincera. Mis ojos se llenaron de lágrimas.
–Está bien, tío. Es mejor así. La pobre estaba muy mal.
–Sí, sí. –Le seguí la corriente. Era muy joven para comprender lo que sus palabras habían significado para mí.
Le di unas palmadas afectuosas en el hombro.
–Después nos vemos. Ahora andá a saludar a tu mamá.
Lo vi entrar al velatorio, preguntándome como un muchacho tan bueno podía ser el fruto de la unión de una víbora con un escarabajo. Sí, era una prueba viviente de la existencia de Dios. Y Dios estaba del lado de los justos, de los santos y los inocentes. Por ejemplo, hacía ya un rato que Libermann había entrado al velatorio y no se había producido ningún tumulto. Salió un momento después, pálido como un cadáver albino. ¿Tanto lo había afectado la muerte de mamá? Si él jamás la había visto...
Se apoyó contra mí.
–¿Qué te pasa, Lito? Reaccioná.
Lo zamarreaba con excesiva violencia, pero Libermann no protestó.
–Ahí adentro...
¿Qué había pasado? ¿Tan desfigurada estaba mi madre?
–... vi al Hombre Araña.
–¡No!
Libermann asintió.
–No puede ser –dije–. ¿Estás seguro?
–Y también está la amante, Caról. ¿Crees que podría no reconocerla?
Difícilmente, pensé, pero me dejé llevar:
–¿Vestida?
–Y claro que vestida –exclamó Libermann luego de un sobresalto. ¿Cómo querés que esté?
Me alcé de hombros. A buen entendedor…
–Y el Hombre Araña –pregunté, como para cambiar de tema– ¿vino de incógnito o con el traje?
Libermann retrocedió.
–¿Te volviste loco? ¿Cómo va a venir vestido de Hombre Araña?
–El loco sos vos. ¿Cómo sabés que es él?
A esta altura ustedes comprenderán que yo intentaba proteger a Johnny. No lo había visto en el velorio pero era posible que hubiera entrado sin que yo lo advirtiera.
–Estoy seguro –insistió Libermann.
–¿Te vieron?
–Creo que no.
–Mejor así. Ahora mostrame quienes son, pero con disimulo.
Nos asomamos a la sala. Espié por encima de la cabeza de Libermann.
–¿Ves ahí, en el rincón?
Señaló a Carola.
–¿Es ella? –pregunté.
–Sí, sí.
–¿Y el Hombre Araña?
–El que está al lado, de pantalón azul.
–¡No puede ser..!
Arrastré a Libermann a la calle.
–¿Estás seguro de haber hecho una identificación positiva?
Libermann se aterró.
–¿Me vas a llevar con el juez? Mirá que me prometiste...
–Lo prometido es deuda –lo tranquilicé–. Pero quiero saber si estás completamente seguro.
–Completamente –repuso Libermann.
Me apoyé contra la pared y me llevé las manos a la cara.
–Esto es terrible.
Libermann me miraba intrigado.
–¡No puedo creer tamaña felonía! –exageré.
–¿Qué pasa, Pirulo? Acaso...
Asentí.
–¡Lo conocés! –exclamó–. ¿Quién es?
Lo miré a los ojos.
–¿Quién es? –insistió Libermann.
–Mi cuñado.
En el lejano oriente muchas partes del cuerpo del tigre son consideradas poderosos afrodisíacos, incluidos colmillos, sebo, hígado y, especialmente, pene, que los mamíferos, lamentablemente, poseen uno solo.
Un tazón de sopa de pene de tigre puede costar 350 dólares en Taiwan y 400 en Corea del Sur. Y tendrá maravillosos efectos: al igual que el propio tigre usted podrá hacer el amor en forma ininterrumpida ¡por casi 15 segundos!
Los bigotes del tigre son usados como afrodisíaco en Indonesia, pero en Malasia el mismo preparado es tenido por un veneno muy poderoso.
Recuerden, empero, que todas las especies de tigres se encuentran en peligro de extinción. ¿Por qué entonces no triturar espinas de puercoespín como sustituto de los bigotes del tigre? Al fin y al cabo, las espinas son mucho más rígidas y erectas.
En el velorio de mamá, una compungida Carola apenas si se separó de mi lado para ir al tocador. También quiso acercarse a Rolo, pero Rolo estaba muy ocupado velando a su verdadera madre como para fijarse en sustitutos y no le prestó atención. Carola volvió a mi lado y me tomó la mano. Pasamos más de una hora tomados de la mano. Y dormité en su hombro. Y dormitó en mi hombro. Esto se prestó a murmuraciones.
“Pirulo tiene novia”. “Miralo al gordo”. “¿No era que a ése no le habían bajado los testículos?”.
Todos cuchicheaban. Y el bancario no nos sacaba los ojos de encima. Tampoco mi hermana. Su mirada iba de Carola al bancario y del bancario a Carola. Los años habían causando estragos en las facciones de Elena, deformadas como arcilla fresca. Tenía grandes ojeras y las mejillas, derramadas hasta la altura de la mandíbula, le conferían un inconfundible aire a bull dog con hidrofobia. También enseñaba los colmillos. Eso era cuando sorprendía al bancario hipnotizado por las piernas de Carola.
El bancario había engordado de caderas y tenía más cara de imbécil que nunca, pero en líneas generales se veía mejor conservado que Elena. Las sienes canosas le daban respetabilidad y el bigote, ennegrecido a fuerza de rimel, una cierta apostura.
Nemo me impune lacessit, nemo me impune lacessit.
Me puse de pie
–Vení que te presento.
Carola debía dormitar, pues miró sobresaltada a su alrededor. Al mismo tiempo hice una seña a mi cuñado. Comprendió al instante y se echó a andar en nuestra dirección como si yo lo jalase con una piola. Carola se incorporó con un desperezo felino. Podría decir que casi llegué a escuchar el corazón de mi cuñado golpeando dentro de su pecho.
Tumba retumba, tumba retumba.
Hice las presentaciones. Carola no sabía muy bien qué era lo que estaba ocurriendo– aún seguía medio adormilada– y dejó que el bancario la besara en la mejilla. Aprovechando que no la soltaba pedí permiso para ausentarme.
–Necesito unos segundos de recogimiento –dije.
El bancario se sobresaltó, aun sin advertir que, más allá, en el centro del salón, Elena miraba hacia nosotros exhibiendo toda su ferocidad.
Pasé junto a ella haciéndome el desentendido y salí a la calle. Justo a tiempo.
Verán –y presten atención a lo que les digo–, si estamos movidos por una buena causa, a veces obtenemos la justa recompensa. Vengarme de los agravios era una buena causa. Y merecía la justa recompensa. Lo descubrí en ese instante, en cuanto salí a la calle y vi a Libermann bajar de un taxi en la puerta del velatorio: de haberme quedado en la sala un minuto más, Libermann me hubiera sorprendido junto a Caról, la amante del Hombre Araña. Me iba a resultar arduo darle alguna explicación medianamente satisfactoria.
En su infinita misericordia Dios había decidido brindarme Su protección. Después de haberme encerrado para siempre en un envase defectuoso, sin atractivos ni gracia, ni siquiera una patética simpatía, con mi vocecita de perro pequinés y un aterciopelado pirulín de preescolar, para luego arrojarme indefenso dentro de una familia de crápulas, por fin el Gran Dios se acordaba de mí. Todo, absolutamente todo era parte de Su plan. Tuve esa revelación. Yo era Su instrumento y ejecutaba Su partitura.
Libermann me abrazó.
–Pirulo, hermano.
Apestaba a alcohol. E ignoraba lo que esa clase de parentesco podía significar para él.
–Gracias por venir –dije. Una frase de circunstancia.
Libermann también se puso obvio.
–Mi pésame.
Quedamos en silencio unos segundos, mirando el tránsito. Algo debía hacer, aunque no tenía idea qué. Dios estaba de mi lado, pero no podía confiarme. Por el asunto del libre albedrío y todo eso. Cada uno es libre de cavarse la propia tumba en el infierno. Yo no quiero esa clase de libertad, me dije, yo quiero Ayuda.
Fíjense en la debilidad del alma humana que, tres minutos después de revelada, ya había comenzado a abjurar de mi Fe.
Me rehice. Dios no me perdonaría si volvía a dudar de Él. Dejemos que las cosas sigan su curso. ¿Qué podía pasarme? ¿Qué más podía pasarme?
Sentí que debía dejarme llevar, lo que no me tranquilizó en absoluto. Eso mismo me había dicho la señora López Vázquez.
–No sé bailar –balbucee sin poder apartar la vista de su escote mientras ella tiraba de mi brazo para arrastrarme a la pista.
–Escuchá la música, querido –dijo dulcemente la señora López Vázquez– Dejate llevar
Hice caso de su consejo. Y vean ustedes cómo terminó todo.
Mi problema ahora era que Libermann seguía en tren pelotudo.
–Quiero ver a tu madre –dijo–. ¿Venís?
Miré hacia el interior del velatorio donde me acechaba la desgracia. La oficial Quintana era integrante efectiva de la Fuerza. Debía llevar un arma en su cartera. Si Libermann abría la boca yo no tendría ni siquiera la oportunidad de un juicio justo.
Sacudí la cabeza. Era un consuelo saber que todavía la conservaba sobre los hombros, intacta.
–Prefiero recordarla viva.
Libermann pareció dudar. Pero el morbo pudo más.
–Será apenas un momento. Ya vengo.
Permanecí junto a la puerta del velatorio, a la expectativa, por así decirlo. En cuanto escuchara los gritos, saldría corriendo.
Pasaron varios minutos en los que recibí los pésames de perfectos desconocidos sin significación alguna para mí. Yo, en cambio, era para ellos una parte importante del pasado, una nota de color en sus tristes vidas, una leyenda. Todos me recordaban.
Un muchacho de unos 17 años se detuvo frente a mí. Su rostro no me dijo nada, como no lo dice casi ningún rostro adolescente. Todo está por resolverse. Es un campo de batalla en el que la madre y el padre luchan por prevalecer, donde todavía permanece el niño que fue y el adulto que no acaba de ser.
Ese nunca fue mi caso: luzco tan mofletudo y atontado como en mi primera fotografía.
El muchacho me sonrió.
–¡Tío, que alegría verte! Perdón –agregó, recordando el velorio.
El pobre debía hacer enormes esfuerzos para sentir alguna tristeza por la muerte de su abuela loca. Lo estreché en un abrazo, sin poder determinar si era el copiloto o el mecánico. Habían pasado tantos años...
–¡Te acordás cómo volábamos!
El copiloto. Y su admiración era sincera. Mis ojos se llenaron de lágrimas.
–Está bien, tío. Es mejor así. La pobre estaba muy mal.
–Sí, sí. –Le seguí la corriente. Era muy joven para comprender lo que sus palabras habían significado para mí.
Le di unas palmadas afectuosas en el hombro.
–Después nos vemos. Ahora andá a saludar a tu mamá.
Lo vi entrar al velatorio, preguntándome como un muchacho tan bueno podía ser el fruto de la unión de una víbora con un escarabajo. Sí, era una prueba viviente de la existencia de Dios. Y Dios estaba del lado de los justos, de los santos y los inocentes. Por ejemplo, hacía ya un rato que Libermann había entrado al velatorio y no se había producido ningún tumulto. Salió un momento después, pálido como un cadáver albino. ¿Tanto lo había afectado la muerte de mamá? Si él jamás la había visto...
Se apoyó contra mí.
–¿Qué te pasa, Lito? Reaccioná.
Lo zamarreaba con excesiva violencia, pero Libermann no protestó.
–Ahí adentro...
¿Qué había pasado? ¿Tan desfigurada estaba mi madre?
–... vi al Hombre Araña.
–¡No!
Libermann asintió.
–No puede ser –dije–. ¿Estás seguro?
–Y también está la amante, Caról. ¿Crees que podría no reconocerla?
Difícilmente, pensé, pero me dejé llevar:
–¿Vestida?
–Y claro que vestida –exclamó Libermann luego de un sobresalto. ¿Cómo querés que esté?
Me alcé de hombros. A buen entendedor…
–Y el Hombre Araña –pregunté, como para cambiar de tema– ¿vino de incógnito o con el traje?
Libermann retrocedió.
–¿Te volviste loco? ¿Cómo va a venir vestido de Hombre Araña?
–El loco sos vos. ¿Cómo sabés que es él?
A esta altura ustedes comprenderán que yo intentaba proteger a Johnny. No lo había visto en el velorio pero era posible que hubiera entrado sin que yo lo advirtiera.
–Estoy seguro –insistió Libermann.
–¿Te vieron?
–Creo que no.
–Mejor así. Ahora mostrame quienes son, pero con disimulo.
Nos asomamos a la sala. Espié por encima de la cabeza de Libermann.
–¿Ves ahí, en el rincón?
Señaló a Carola.
–¿Es ella? –pregunté.
–Sí, sí.
–¿Y el Hombre Araña?
–El que está al lado, de pantalón azul.
–¡No puede ser..!
Arrastré a Libermann a la calle.
–¿Estás seguro de haber hecho una identificación positiva?
Libermann se aterró.
–¿Me vas a llevar con el juez? Mirá que me prometiste...
–Lo prometido es deuda –lo tranquilicé–. Pero quiero saber si estás completamente seguro.
–Completamente –repuso Libermann.
Me apoyé contra la pared y me llevé las manos a la cara.
–Esto es terrible.
Libermann me miraba intrigado.
–¡No puedo creer tamaña felonía! –exageré.
–¿Qué pasa, Pirulo? Acaso...
Asentí.
–¡Lo conocés! –exclamó–. ¿Quién es?
Lo miré a los ojos.
–¿Quién es? –insistió Libermann.
–Mi cuñado.
jueves, 27 de enero de 2011
25. Un giro inesperado
Conseguí abrir otro de los archivos de la oficial Quintana, un informe sobre los integrantes de la patrulla, de unos meses atrás. Es una muchacha perspicaz: comienza mostrando preocupación por el equilibrio emocional de Salvides. Lo tilda además de mojigato y obtuso. Bien por Carola.
Esta chica cada día me gusta más, pero quisiera saber para quién trabaja. Dudo que sea para Iraola, que está en condiciones de apreciar por sí mismo lo que ocurre en la Brigada, aunque últimamente casi no viene a patrullar. Y sigue con una sonrisa tan deslucida que da pena verlo. Si hasta me siento culpable por haberlo involucrado en el caso Libermann. Lo hice sin pensar, llevado vaya uno a saber por qué oscuros sentimientos. O presentimientos.
Verán, no puedo quitarme de la cabeza la idea de que el subcomisario tiene algo que ver con la foto de Rolo que encontré en los archivos de Carola. Porque es Rolo, tiene que serlo. Estoy seguro. La abro todos los días y la reviso minuciosamente tratando de encontrar algún detalle que me confirme su identidad, pero no puedo apartar mis ojos de su redondo culo de muchachita, tan parecido al de Elena. Y siento vahídos. Antes de caer al precipicio.
A veces me rebelo contra mi presentimiento. No puedo creer que mi hermano, mi propio hermano, mi idolatrado hermano, el hijo de puta que desguazó mi avión y lo arrojó pieza por pieza a la calle para después prenderle fuego, sea el sadomasoquista que se deja fotografiar colgado de un gancho mientras es azotado por una rubia de largas piernas oculta tras una máscara de Batman para que miles de enfermos mentales tengan vahídos por culpa de su culo de muchachita y caigan al precipicio, y todo eso. En fin, que mamá volvería a morir si supiera qué hago mientras miro la fotografía de Rolo, porque es Rolo, tiene que serlo. Estoy seguro.
Olvidé mencionarlo: mamá murió. El propio Rolo vino a avisarme. No llevaba la máscara de cuero y tenía el trasero cuidadosamente oculto por un pulcro pantalón de franela gris. Me desconcertó un poco, porque el pantalón era holgado y probablemente había olvidado meter el pañuelo dentro del calzoncillo pues se veía plano como un maniquí de tienda. Cuando lo descubrí en mi espejo retrovisor izquierdo me pareció un perfecto desconocido, lo que de por sí resultaba muy extraño: en nuestra sección está vedada la entrada a cualquier persona ajena a la Brigada, fuera de Iraola y el Jefe, naturalmente. Pero no existe nada capaz de detener a Rolo cuando se propone algo. Y esta vez se proponía algo: darme la mala noticia.
Antes, se cruzó con la oficial Quintana. La vi en mi retrovisor derecho salir de su despacho. Vestía uniforme y, aunque se había quitado la chaqueta, sus pechos seguían teniendo una forma perturbadora. Llevaba el pelo recogido en un rodete y estaba muy maquillada, tal como prescribe el reglamento.
Desapareció de mi retrovisor derecho y se corporizó en el izquierdo, junto a Rolo, que hizo una inclinación de cabeza y le dirigió una de esas sonrisas deslumbrantes que estremecían a mamá. Carola se ruborizó, bajó los párpados y siguió su camino.
Rolo vino hacia mí. Apoyó una mano en mi hombro.
–Murió mamá.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Supongo que mamá debió haber significado mucho para él. Su congoja me entristeció, realmente. Lo vi de pronto convertido en un niño, con el rubio mechón cayéndole sobre la frente, consentido por mamá. Y eché un sollozo.
Rolo me apretó el cuello, a su manera viril y sadomasoquista.
–Yo sé que vos también la querías mucho –dijo.
–Sí –mentí. O creí hacerlo: me encontraba atrapado en un culebrón venezolano y me costaba discernir con claridad.
Como hermano mayor, Rolo se sintió en la obligación de consolarme.
–También sé que en el fondo de su corazón acabó por perdonarte.
Me cubrí la cara con las manos.
–¡Pobre mamá! –exclamé.
Mi cabeza cayó sobre el teclado de la computadora. Un guionista demente me dictaba los próximos pasos porque a continuación me puse de pie.
–¡No puede haber muerto!
–Calmate –dijo Rolo.
–¡No!
Me desembaracé de su abrazo, levanté el teclado en el aire y lo estrellé contra el monitor. Hubo un chisporroteo.
–¿Qué hice, Dios mío?
–Rompiste la computadora –sugirió Rolo.
Me tiré de los pelos.
–¡Maté a mi madre!
Giré en redondo. Todos los integrantes de la brigada se habían vuelto hacia mí. Salvides, asomado a la puerta de su despacho, tenía una mueca de horror. Más atrás alcancé a ver el rostro de la oficial Quintana. Ella fue, de ahí en más, mi único público.
Me dejé caer de rodillas y abrí los brazos en cruz.
–¡Maté a mi madre!
Comencé a arrastrarme hacia el centro del salón.
–¿Por qué no habré muerto yo, al nacer? ¿Por qué nací, Dios, por qué?
Los patrulleros convergieron a mi alrededor, menos Salvides, que continuaba petrificado en la puerta del despacho.
–Soy una babosa que no merece vivir – insistí, rodeado de un bosque de pantalones. A lo lejos, Salvides asentía con pesados cabeceos. Unos metros más adelante, algo alejadas del resto, pero avanzando en mi dirección, alcancé a distinguir las piernas enfundadas en las oscuras medias de nailon. Tuve un vahído.
–Tragedia y tristeza, es todo lo que he provocado en la vida.
La oficial Quintana, al fin y al cabo la única de los presentes que contaba con algo cercano al instinto maternal, apoyó una mano en mi cabeza.
–Tranquilizate –dijo.
Se hincó a mi lado. Su falda subió hacia la mitad del muslo. Me asomé al precipicio y apoyé la cabeza en su regazo.
–Tranquilo.
Pasaba suavemente la mano por mi pelo, consolándome, como a su pequeño bebé.
Me hizo muy feliz.
Esta chica cada día me gusta más, pero quisiera saber para quién trabaja. Dudo que sea para Iraola, que está en condiciones de apreciar por sí mismo lo que ocurre en la Brigada, aunque últimamente casi no viene a patrullar. Y sigue con una sonrisa tan deslucida que da pena verlo. Si hasta me siento culpable por haberlo involucrado en el caso Libermann. Lo hice sin pensar, llevado vaya uno a saber por qué oscuros sentimientos. O presentimientos.
Verán, no puedo quitarme de la cabeza la idea de que el subcomisario tiene algo que ver con la foto de Rolo que encontré en los archivos de Carola. Porque es Rolo, tiene que serlo. Estoy seguro. La abro todos los días y la reviso minuciosamente tratando de encontrar algún detalle que me confirme su identidad, pero no puedo apartar mis ojos de su redondo culo de muchachita, tan parecido al de Elena. Y siento vahídos. Antes de caer al precipicio.
A veces me rebelo contra mi presentimiento. No puedo creer que mi hermano, mi propio hermano, mi idolatrado hermano, el hijo de puta que desguazó mi avión y lo arrojó pieza por pieza a la calle para después prenderle fuego, sea el sadomasoquista que se deja fotografiar colgado de un gancho mientras es azotado por una rubia de largas piernas oculta tras una máscara de Batman para que miles de enfermos mentales tengan vahídos por culpa de su culo de muchachita y caigan al precipicio, y todo eso. En fin, que mamá volvería a morir si supiera qué hago mientras miro la fotografía de Rolo, porque es Rolo, tiene que serlo. Estoy seguro.
Olvidé mencionarlo: mamá murió. El propio Rolo vino a avisarme. No llevaba la máscara de cuero y tenía el trasero cuidadosamente oculto por un pulcro pantalón de franela gris. Me desconcertó un poco, porque el pantalón era holgado y probablemente había olvidado meter el pañuelo dentro del calzoncillo pues se veía plano como un maniquí de tienda. Cuando lo descubrí en mi espejo retrovisor izquierdo me pareció un perfecto desconocido, lo que de por sí resultaba muy extraño: en nuestra sección está vedada la entrada a cualquier persona ajena a la Brigada, fuera de Iraola y el Jefe, naturalmente. Pero no existe nada capaz de detener a Rolo cuando se propone algo. Y esta vez se proponía algo: darme la mala noticia.
Antes, se cruzó con la oficial Quintana. La vi en mi retrovisor derecho salir de su despacho. Vestía uniforme y, aunque se había quitado la chaqueta, sus pechos seguían teniendo una forma perturbadora. Llevaba el pelo recogido en un rodete y estaba muy maquillada, tal como prescribe el reglamento.
Desapareció de mi retrovisor derecho y se corporizó en el izquierdo, junto a Rolo, que hizo una inclinación de cabeza y le dirigió una de esas sonrisas deslumbrantes que estremecían a mamá. Carola se ruborizó, bajó los párpados y siguió su camino.
Rolo vino hacia mí. Apoyó una mano en mi hombro.
–Murió mamá.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Supongo que mamá debió haber significado mucho para él. Su congoja me entristeció, realmente. Lo vi de pronto convertido en un niño, con el rubio mechón cayéndole sobre la frente, consentido por mamá. Y eché un sollozo.
Rolo me apretó el cuello, a su manera viril y sadomasoquista.
–Yo sé que vos también la querías mucho –dijo.
–Sí –mentí. O creí hacerlo: me encontraba atrapado en un culebrón venezolano y me costaba discernir con claridad.
Como hermano mayor, Rolo se sintió en la obligación de consolarme.
–También sé que en el fondo de su corazón acabó por perdonarte.
Me cubrí la cara con las manos.
–¡Pobre mamá! –exclamé.
Mi cabeza cayó sobre el teclado de la computadora. Un guionista demente me dictaba los próximos pasos porque a continuación me puse de pie.
–¡No puede haber muerto!
–Calmate –dijo Rolo.
–¡No!
Me desembaracé de su abrazo, levanté el teclado en el aire y lo estrellé contra el monitor. Hubo un chisporroteo.
–¿Qué hice, Dios mío?
–Rompiste la computadora –sugirió Rolo.
Me tiré de los pelos.
–¡Maté a mi madre!
Giré en redondo. Todos los integrantes de la brigada se habían vuelto hacia mí. Salvides, asomado a la puerta de su despacho, tenía una mueca de horror. Más atrás alcancé a ver el rostro de la oficial Quintana. Ella fue, de ahí en más, mi único público.
Me dejé caer de rodillas y abrí los brazos en cruz.
–¡Maté a mi madre!
Comencé a arrastrarme hacia el centro del salón.
–¿Por qué no habré muerto yo, al nacer? ¿Por qué nací, Dios, por qué?
Los patrulleros convergieron a mi alrededor, menos Salvides, que continuaba petrificado en la puerta del despacho.
–Soy una babosa que no merece vivir – insistí, rodeado de un bosque de pantalones. A lo lejos, Salvides asentía con pesados cabeceos. Unos metros más adelante, algo alejadas del resto, pero avanzando en mi dirección, alcancé a distinguir las piernas enfundadas en las oscuras medias de nailon. Tuve un vahído.
–Tragedia y tristeza, es todo lo que he provocado en la vida.
La oficial Quintana, al fin y al cabo la única de los presentes que contaba con algo cercano al instinto maternal, apoyó una mano en mi cabeza.
–Tranquilizate –dijo.
Se hincó a mi lado. Su falda subió hacia la mitad del muslo. Me asomé al precipicio y apoyé la cabeza en su regazo.
–Tranquilo.
Pasaba suavemente la mano por mi pelo, consolándome, como a su pequeño bebé.
Me hizo muy feliz.
sábado, 15 de enero de 2011
24. Nunca faltan encontrones cuando un pobre se divierte.
Me aburría frente al televisor, comiendo salchichas, mientras miraba un programa de juegos para computadora seguro de ser el único televidente mayor de doce años. Sin saber cómo me encontré pensando en Iraola.
Reapareció hoy, y tras un desmañado saludo se sentó a patrullar. Él también luce alicaído y, me pareció, algo melancólico. En un momento dado me puse de pie y pasé detrás suyo para servirme un café. Navegaba en el Foro Bizarro.
Un foro es un lugar donde se dejan y encuentran anuncios de cualquier clase, aunque la temática está de alguna manera sugerida por los administradores, ya desde el mismo nombre. Me vino curiosidad por saber qué hacía Iraola en el Foro Bizarro, pero el hacker Esteban había tomado franco compensatorio. Debía arreglármelas por mi cuenta.
Volví a mi escritorio con el café, interrumpí las imágenes del banco de semillas que me llegaban desde Geocities y entré a Mundo Bizarro. Como no es algo que haga habitualmente el proceso fue lento. Para cuando llegué, Iraola había suspendido su patrullaje y conversaba con Salvides. De todos modos busqué su anuncio, pero es un sitio demasiado concurrido. Y extravagante.
Imaginen un mensaje en una botella. Imaginen un océano cubierto de botellas, todas con su correspondiente mensaje dentro. Las etiquetas dan alguna pista sobre el contenido, pero ustedes están rodeados. Por donde miren hay botellas. Es necesario abrir prácticamente todas para encontrar lo que están buscando. Imaginen que tampoco saben lo que están buscando.
Cuando Iraola se fue, con un saludo tan desvaído como el de su llegada, yo seguía abriendo mensajes en el Foro Bizarro. Se hizo la hora de salida y no había encontrado nada que pudiera atribuir, con alguna certeza, al subcomisario.
Volví a Geocities. Pasen y vean:
Shiva Skunk
Interior/Invernadero
Ganadora de la Copa Mostly Indica
Esta cruza entre Skunk #1 y Northern Ligths #5 es una de las variedades más confiables. Excelente productora, con un alto vigor híbrido, trabaja soberbiamente en interior tanto como en invernadero. En gusto y potencia es similar al Skunk #1, de dulce sabor, pero con mucha más resina y mayor producción. Lo máximo para principiantes y expertos. Durante la Copa Cannabis 94, Shiva Skunk obtuvo una de las altas calificaciones en la categoría Sativa/Indica, justo detrás de la Silver Pearl.
Floración: 45-55 días.
Altura: 125 cm.
Cosecha: 125 gr.
Finalización en invernadero: Octubre.
Cosecha en invernadero: 500 gr.
Art No: 228
120 fl.
Apagué el buscador y me fui directo a casa. De camino compré el paquete de salchichas que estaba devorando mientras miraba en televisión un programa sobre juegos para computadora y me sorprendí pensando en Iraola.
El subcomisario seguía casi en la superficie de mi mente cuando me levanté y fui hacia mi computadora. Abrí el disquete con las nuevas fotos de Carola. Elegí la última que tomamos antes de irnos, luego de depositar junto a ella, pero en posición invertida, el cuerpo de Iraola personificando al Hombre Araña. El detalle fue obra de Johnny. Intenté disuadirlo –un mal sueño de Carola y el subcomisario despertaría subcomisaria– pero no hubo caso.
Mandé la foto a Libermann con un mensaje: “Te voy a morder todo. Caról.”
Entonces comprendí que también Libermann había estado todo el tiempo en mi mente. Y Sara. Sobre todo Sara.
Me puse una camisa limpia y salí la calle. Todavía no eran las 22. Alcancé a tomar el último subte y en media hora estuve frente a la casa de los Libermann.
¿Y ahora qué?
Seguía formulándome esa misma pregunta, cuarenta minutos después, cuando un coche se detuvo en la esquina, con las luces de posición encendidas. Me oculté en un zaguán. Al cabo de un rato escuché el zumbido de un motor que se alejaba y el taconeo de pasos femeninos acercándose. Me asomé con cuidado. Era Sara. Venía de la esquina. Iba a salirle al paso cuando por el rabillo advertí los faros del automóvil que doblaba en la bocacalle. Avanzó en dirección opuesta a la de Sara y cuando pasó a su lado le hizo un guiño de luces. Del conductor apenas pude ver una silueta oscura recortándose contra la débil luz de la calle. Sara le sonrió y saludó con la mano. Entonces me vio, al borde de la acera, a punto de cruzar la calle. Su rostro cambió de expresión y aceleró el paso. La intercepté antes de que llegara a su puerta.
–Sara...
–No tengo nada que hablar con usted –dijo Sara.
Quiso esquivarme por la izquierda. Di un paso lateral y quedamos de nuevo frente a frente. Luego pretendió pasar por mi derecha.
–Hop –dije volviendo a interceptarla.
–Córrase.
Hice un conejito.
–Parece que te fue bien en el backgammon.
Entornó los párpados y respondió en tren cocorita:
–¿Qué dice?
–Por lo menos ganaste un punto –agregué con mi sonrisa de fantasía.
Sara me tiró un cachetazo que hábilmente bloqueé con el canto de la mano.
–Cerdo.
–Puta.
Me acertó un puntapié en la espinilla. Me arrojé sobre ella y la aplasté contra la pared. El dulce aroma de su pelo me transportó veinte años atrás, hasta mi inolvidable noche con la señora López Vázquez. Le rodee el talle con un brazo al tiempo que deslizaba mis dedos a lo largo de sus vértebras. Su mano descendió hasta mi pierna. Me aparté un poquito para dejarla pasar. Tuve un vahído: la mano de Sara recorría ahora la cara interna de mi muslo. Me aparté más y la miré a los ojos. Estaban vidriosos. Y sonreía de una manera extraña. Sacó la lengua mientras se concentraba en la jugada. Su mano acarició fugazmente mi pirulín aterciopelado y siguió hacia atrás. Yo comencé a caer en el precipicio.
–No era verdad –dijo.
La miré intrigado.
–Que no te habían bajado los testículos.
Y cerró el puño.
¡Ay!
Sara es una mujer pequeña, de contextura frágil y delicada, pero me levantó en el aire. Como lo oyen. Las puntas de mis pies apenas si rozaban el piso. Y veía estrellitas de colores, una multitud de estrellitas girando a mi alrededor. Muchas estrellitas.
Como si yo fuera un muñeco de estopa, me llevó hacia un costado, aflojó la presión y caí de rodillas. Ahí nomás me pegó un carterazo y quedé desparramado en el umbral. Seguía viendo estrellas, pero ya eran más pálidas. Se ocultaban cada tanto detrás de pequeñas nubes deshilachadas.
Permanecí tendido un buen rato, aguardando a que mis testículos descendieran desde mi garganta. Que yo sepa. jamás los había tenido tan arriba.
Reapareció hoy, y tras un desmañado saludo se sentó a patrullar. Él también luce alicaído y, me pareció, algo melancólico. En un momento dado me puse de pie y pasé detrás suyo para servirme un café. Navegaba en el Foro Bizarro.
Un foro es un lugar donde se dejan y encuentran anuncios de cualquier clase, aunque la temática está de alguna manera sugerida por los administradores, ya desde el mismo nombre. Me vino curiosidad por saber qué hacía Iraola en el Foro Bizarro, pero el hacker Esteban había tomado franco compensatorio. Debía arreglármelas por mi cuenta.
Volví a mi escritorio con el café, interrumpí las imágenes del banco de semillas que me llegaban desde Geocities y entré a Mundo Bizarro. Como no es algo que haga habitualmente el proceso fue lento. Para cuando llegué, Iraola había suspendido su patrullaje y conversaba con Salvides. De todos modos busqué su anuncio, pero es un sitio demasiado concurrido. Y extravagante.
Imaginen un mensaje en una botella. Imaginen un océano cubierto de botellas, todas con su correspondiente mensaje dentro. Las etiquetas dan alguna pista sobre el contenido, pero ustedes están rodeados. Por donde miren hay botellas. Es necesario abrir prácticamente todas para encontrar lo que están buscando. Imaginen que tampoco saben lo que están buscando.
Cuando Iraola se fue, con un saludo tan desvaído como el de su llegada, yo seguía abriendo mensajes en el Foro Bizarro. Se hizo la hora de salida y no había encontrado nada que pudiera atribuir, con alguna certeza, al subcomisario.
Volví a Geocities. Pasen y vean:
Shiva Skunk
Interior/Invernadero
Ganadora de la Copa Mostly Indica
Esta cruza entre Skunk #1 y Northern Ligths #5 es una de las variedades más confiables. Excelente productora, con un alto vigor híbrido, trabaja soberbiamente en interior tanto como en invernadero. En gusto y potencia es similar al Skunk #1, de dulce sabor, pero con mucha más resina y mayor producción. Lo máximo para principiantes y expertos. Durante la Copa Cannabis 94, Shiva Skunk obtuvo una de las altas calificaciones en la categoría Sativa/Indica, justo detrás de la Silver Pearl.
Floración: 45-55 días.
Altura: 125 cm.
Cosecha: 125 gr.
Finalización en invernadero: Octubre.
Cosecha en invernadero: 500 gr.
Art No: 228
120 fl.
Apagué el buscador y me fui directo a casa. De camino compré el paquete de salchichas que estaba devorando mientras miraba en televisión un programa sobre juegos para computadora y me sorprendí pensando en Iraola.
El subcomisario seguía casi en la superficie de mi mente cuando me levanté y fui hacia mi computadora. Abrí el disquete con las nuevas fotos de Carola. Elegí la última que tomamos antes de irnos, luego de depositar junto a ella, pero en posición invertida, el cuerpo de Iraola personificando al Hombre Araña. El detalle fue obra de Johnny. Intenté disuadirlo –un mal sueño de Carola y el subcomisario despertaría subcomisaria– pero no hubo caso.
Mandé la foto a Libermann con un mensaje: “Te voy a morder todo. Caról.”
Entonces comprendí que también Libermann había estado todo el tiempo en mi mente. Y Sara. Sobre todo Sara.
Me puse una camisa limpia y salí la calle. Todavía no eran las 22. Alcancé a tomar el último subte y en media hora estuve frente a la casa de los Libermann.
¿Y ahora qué?
Seguía formulándome esa misma pregunta, cuarenta minutos después, cuando un coche se detuvo en la esquina, con las luces de posición encendidas. Me oculté en un zaguán. Al cabo de un rato escuché el zumbido de un motor que se alejaba y el taconeo de pasos femeninos acercándose. Me asomé con cuidado. Era Sara. Venía de la esquina. Iba a salirle al paso cuando por el rabillo advertí los faros del automóvil que doblaba en la bocacalle. Avanzó en dirección opuesta a la de Sara y cuando pasó a su lado le hizo un guiño de luces. Del conductor apenas pude ver una silueta oscura recortándose contra la débil luz de la calle. Sara le sonrió y saludó con la mano. Entonces me vio, al borde de la acera, a punto de cruzar la calle. Su rostro cambió de expresión y aceleró el paso. La intercepté antes de que llegara a su puerta.
–Sara...
–No tengo nada que hablar con usted –dijo Sara.
Quiso esquivarme por la izquierda. Di un paso lateral y quedamos de nuevo frente a frente. Luego pretendió pasar por mi derecha.
–Hop –dije volviendo a interceptarla.
–Córrase.
Hice un conejito.
–Parece que te fue bien en el backgammon.
Entornó los párpados y respondió en tren cocorita:
–¿Qué dice?
–Por lo menos ganaste un punto –agregué con mi sonrisa de fantasía.
Sara me tiró un cachetazo que hábilmente bloqueé con el canto de la mano.
–Cerdo.
–Puta.
Me acertó un puntapié en la espinilla. Me arrojé sobre ella y la aplasté contra la pared. El dulce aroma de su pelo me transportó veinte años atrás, hasta mi inolvidable noche con la señora López Vázquez. Le rodee el talle con un brazo al tiempo que deslizaba mis dedos a lo largo de sus vértebras. Su mano descendió hasta mi pierna. Me aparté un poquito para dejarla pasar. Tuve un vahído: la mano de Sara recorría ahora la cara interna de mi muslo. Me aparté más y la miré a los ojos. Estaban vidriosos. Y sonreía de una manera extraña. Sacó la lengua mientras se concentraba en la jugada. Su mano acarició fugazmente mi pirulín aterciopelado y siguió hacia atrás. Yo comencé a caer en el precipicio.
–No era verdad –dijo.
La miré intrigado.
–Que no te habían bajado los testículos.
Y cerró el puño.
¡Ay!
Sara es una mujer pequeña, de contextura frágil y delicada, pero me levantó en el aire. Como lo oyen. Las puntas de mis pies apenas si rozaban el piso. Y veía estrellitas de colores, una multitud de estrellitas girando a mi alrededor. Muchas estrellitas.
Como si yo fuera un muñeco de estopa, me llevó hacia un costado, aflojó la presión y caí de rodillas. Ahí nomás me pegó un carterazo y quedé desparramado en el umbral. Seguía viendo estrellas, pero ya eran más pálidas. Se ocultaban cada tanto detrás de pequeñas nubes deshilachadas.
Permanecí tendido un buen rato, aguardando a que mis testículos descendieran desde mi garganta. Que yo sepa. jamás los había tenido tan arriba.
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