lunes, 11 de octubre de 2010

15. Las excitantes recetas de Ann

En vivo y en directo de Anne´s Page For Human Health:

Numerosos preparados de origen animal, con poco o nulo valor nutritivo, han sido frecuentemente utilizados como afrodisíacos.
De acuerdo a una receta medieval las hormigas negras deshidratadas deben mezclarse con aceite de oliva inmediatamente antes de su consumo.
Los lagartos, por su parte, eran muy apreciados en la Edad Media tanto por árabes como por los europeos meridionales. La fórmula más sencilla consiste en secar un lagarto y triturarlo hasta que quede convertido en polvo. Se lo vierte luego en un recipiente con vino blanco dulce. Servir frappé.
Un lagarto oriundo de algunas islas mediterráneas, el Sticus officinalis, era en el siglo XVIII un afrodisíaco tan popular que llegaba a consumirse habitualmente en sitios tan remotos como Suecia y Dinamarca.
En muchos países del lejano oriente la sangre de serpiente es utilizada para provocar sufrimiento en los individuos de sexo masculino.
En “El jardín perfumado” se sugiere que embadurnando el pene y la vulva con la bilis de un chacal hará a dichas partes más vigorosas para el coito. El mismo resultado puede obtenerse con la leche de burra.
Las sanguijuelas pueden ser utilizadas para aumentar el tamaño del miembro viril. Se colocan dentro de una botella que debe ser conservada en el calor de un estercolero hasta que las sanguijuelas se han convertido en una masa homogénea. Utilizar entonces como linimento, untando repetidamente el miembro.

¡Ay!

Johnny insistió en que derivara a la oficial Quintana el caso de los traficantes de niños.
–No hace falta que le informes, ni a ella ni a Salvides –dijo–. Basta con contactarse con los traficantes y enviarles su dirección electrónica. La de Caról –agregó al ver la incomprensión pintada en mi rostro–. Como si fueras ella.
–Como si fuera ella...
Después de mi velada con Libermann esa clase de asociación no me causaba ninguna gracia, mucho menos viniendo de Johnny. Pero tenía razón: bajo ningún punto de vista podía continuar con el caso. Ni dejar escapar a los delincuentes. ¿Qué importaba si el crédito por mi investigación se lo llevaba una tilinga tetona como la oficial Quintana? Lo primordial era desbaratar la red de traficantes de niños.
Me sentí un desdichado superhéroe anónimo que, sobreponiéndose a la injuria y el desdén de sus conciudadanos, renueva cada noche su perpetuo combate contra el mal: el Hombre Araña...
La idea me hizo gracia. También a Johnny.

Me gusta Johnny: tiene sentido del humor. Por poco se cae de la silla cuando le conté de Libermann. Y en un momento me miró con ojos brillantes, agrandados de admiración.
–¡Sí! –exclamó–. ¡Sí, sí, sí!
Después se secó las lágrimas y me estudió detenidamente.
–Sos un genio –dijo.
No era para tanto, pero de todos modos hice un mohín de modestia seguido de un conejito. Yo apenas había sugerido que, además de los traficantes de niños, podíamos derivar a la oficial Quintana también el “Caso Libermann”.
Me moría por ver la cara de Libermann en el momento de encontrar en su correo electrónico un mensaje del Hombre Araña. Y una foto. Pero existía un inconveniente.
–Apenas si me quedan una o dos –dijo Johnny. Naturalmente, pensábamos en fotografías fuera de catálogo, las que Johnny había reservado para su uso personal– Si el tipo quiere más, tendremos que tomar medidas extremas.
Eso podía significar cualquier cosa, ninguna buena. Me mantuve en silencio. Johnny no:
–Una nueva sesión...
Me vino un vahído, pero no del estilo “borde de precipicio”, sino exactamente como si Rolo volviera a encañonarme con la Magnum.

Entre otras armas antirreglamentarias, Rolo tenía una Magnum. Lo supe la noche que entró a su casa con una de sus novias mientras Aníbal yo vomitábamos en la alfombra del comedor.
La Magnum es una cosa enorme, de tamaño aproximado a una verga de caballo, pero más dura.
Si les parece una comparación fuera de lo común, es porque no conocen a Rolo lo suficiente como para tomar en serio sus amenazas más extravagantes.
Apenas entró al departamento, dejó a su paralizada novia en el vano de la puerta y se dirigió a la cocina, de donde volvió con un trapo en la mano izquierda y la Mágnum en la derecha. Yo continuaba de hinojos, aliviando mi estómago, y lo veía a través de un velo de lágrimas. Rolo era una figura fantasmal desplazándose en un paisaje brumoso. Llegó a mi lado y apoyó el extremo del enorme y cromado cañón contra mi nariz.
–Cerdo hijo de puta –masculló.
Rolo siempre masculla, como si las palabras subieran hasta su boca dentro de una pastosa envoltura de mierda. Pero esa vez masculló más que de costumbre
–No vas a arruinar mi vida como arruinaste la de todos los demás –Se refería a los miembros de nuestro pequeño grupo familiar, claro–. Yo te voy a reventar.
Me puse de rodillas, lo que sólo desde una posición supina puede verse como un progreso, y abrí la boca para decir algo. No podría precisar qué, seguramente una excusa de circunstancias, pero Rolo no me dio tiempo a nada e introdujo el cañón del arma en mi boca hasta que la mira me raspó la garganta.
–Te lo voy a meter en el culo –siguió mascullando Rolo–. Y cuando apriete el gatillo vas a explotar como una morcilla podrida.
Extrajo el cañón con violencia, arrancándome un trozo de diente con la maldita mira, justo a tiempo para que yo hiciera un nuevo lanzamiento. Una especie de pantagruélico Gruuaaap. Y Aníbal –recuerden que Aníbal dormía debajo de la mesa de comedor– despertó de pronto y también hizo Gruuaaap.
Rolo miraba desconcertado, sin decidirse a quien de los dos sodomizar primero con su cromada verga de acero, cuando en el vano de la puerta su novia se cubrió la boca con una mano, se dobló en dos, y sin decir “agua va” derramó en el piso una ración doble de chizitos, maníes y palitos salados nadando en un líquido muy parecido a la cerveza.
El rostro de Rolo perdió todo vestigio de color. Tenía los ojos muy abiertos, mirando hacia ninguna parte. Su boca era un desagradable tajo morado. Giró lentamente hacia la chica. El muy bruto era capaz de cumplir su amenaza, comenzando por ella.
–¡Limalamira! –grité.
Rolo me miró intrigado.
–¿Qué?
–Que limes la mira, por favor.
Era un chiste.

Después me consiguió trabajo en la división Computación. Y me prestó dinero para alquilar un departamento, donde fui a parar con el televisor, mi computadora y el helecho Mariano, para aquel entonces mis únicos bienes personales.
El avión había pasado a mejor vida un año atrás, en una soleada mañana de septiembre. No bien regresamos de sepultar a papá, Rolo buscó en el cuarto de herramientas hasta encontrar una barreta. Después subió a la terraza.
No tuve ánimos para impedírselo.

Una nueva sesión fotográfica con la oficial Quintana me provocaba tanto pavor como la Magnum de Rolo. O más. Lo peor era que Johnny ya la daba por inevitable.
Me hizo la ve de la victoria, como Churchill prometiendo sangre, sudor y lágrimas.
–Dos, Gordo, nada más que dos fotos, es todo lo que tengo. Tu amigo no se va a conformar con eso.
“Mi amigo” era Libermann y “eso” eran las fotos que le enviaríamos por correo electrónico. Para ser más precisos, desde la computadora particular de la oficial Quintana. Johnny había hecho copias de las llaves de su casa.
–Ya entré el sábado pasado –dijo– cuando se fue a Montevideo con Iraola.
–¿Iraola?
Evidentemente, no era esa la parte substancial de la confidencia, pero me había tomado de sorpresa.
–No te hagás el boludo –protestó Johnny– que lo sabe hasta el diariero de la esquina.
Soy siempre el último en enterarme de todo.
(No debo volver a decir esto. Suena muy poco profesional).

Escuché el plan de Johnny como en un sueño, sin conseguir librarme de la imagen de Iraola babeándose sobre el liguero de la oficial Quintana en un cuarto de hotel de Montevideo. No era una visión muy estimulante, entre otras cosas, porque sabía que también el subcomisario Iraola tenía su propia Magnum antirreglamentaria.
Volví a sentir vahídos. Johnny hablaba de cómo enviaríamos una a una las nuevas fotografías de Caról hasta enloquecer a Libermann por completo.
–Y una noche –llegó a decir– cuando Sara esté en uno de sus torneos de backgammon vos podrías aparecer en su balcón vestido de Hombre Araña.
–Vive en un piso 15 –objeté.
Johnny sacudió la mano apartando el humo de un hipotético cigarrillo.
–Psss. Para vos eso va a ser una pavada.
¿Johnny estará tan loco como para creer que realmente soy el Hombre Araña?

martes, 28 de septiembre de 2010

14. ¡Libermann confiesa!

Conocí a Margo en la red Olé. Es lesbiana. Casi de inmediato se estableció entre nosotros un campo magnético. Como lo oyen.
Debo aclarar que también en la red Olé tengo cierto parecido a Amelita Vargas, aunque no chateo con el alias de “Salomé”. En la red Olé soy “Abril”.
Cuando se chatea se establece como una química entre los bytes. Ya saben, el campo magnético. Eso pasó con Margo. Me cayó bien de entrada. Es de las Canarias, islas paradisíacas en el Atlántico, frente al África.
Le pregunté si era negra. Dijo que no, pero que estaba muy bronceada. Completamente. Toma sol desnuda, eso hace. También chatea desnuda.
Tengo un encantador pomponcito rubio –escribió.
La imaginé haciendo pucheros. La única manera de decir “pomponcito” es haciendo pucheros.
Le pedí que me lo repitiera.
Pomponcito, pomponcito.
Ahh!!! –repuse.
Advirtiendo mi excitación, Margo ordenó:
Quítate la falda!
Obedecí de inmediato. Margo me pidió que le describiera mis bragas, que vienen a ser las bombachas de las gallegas esas. Hice una pormenorizada reseña de la ropa interior de la oficial Quintana.
Quítatelas!!!– ordenó Margo ya al borde del descontrol erótico.
Si Salvides me sorprendía chateando en bolas le venía un infarto, pero igualmente me desprendí de la pequeña tanga azul marino con vivos rosados.
–Pomponcito, pomponcito– susurró mi amante lésbica.
Ahhhh!!– gemí, excitada hasta el delirio en mi papel de Abril.
–Ahhhh.... –gimoteó a su vez Margo, a cada instante más excitada.
Después nos tocamos las tetas, y todo eso, obviando mi pirulín aterciopelado, del que como agente encubierta, obviamente carezco.
De todos modos cuando salí de la red pude comprobar que lo hacía con una pequeña erección.

Volvamos a mi audaz incursión en casa de Libermann. Sara nos había dejado solos ¿recuerdan? Tomábamos whisky como dos viejos amigos celebrando el reencuentro.
A medida que descendía el nivel del líquido en la botella, subía el etílico en los torrentes sanguíneos y Libermann fue resignándose a la evidencia: no existía una sola persona en toda la inconmensurable infinitud del universo, ni siquiera él, capaz de librarse del pasado.
Para mi eso no constituye ninguna novedad: lo supe desde los 15 años, pero hasta la verdad más evidente puede olvidarse gracias a dos títulos universitarios, dinero a paladas y una esposa dulce y sexy.
En dos horas Libermann había retrocedido 20 años. Se sonó la nariz con su recobrada torpeza y el moco quedó adherido a su camisa, a la altura del pecho.
–Me amenazan –dijo.
Adopté una actitud policíaca, con el torso inclinando hacia delante. El hombro izquierdo más bajo que el derecho.
–¿Quién?
Volvió a sonarse la nariz. Una vez más y su camisa obtendría un estampado hawaiano.
–Algún compañero del colegio.
Para ser filósofo no era ningún tonto. Necesitaba confundirlo un poco: bastaba sumar dos más dos para relacionar las amenazas con mi sorpresiva reaparición.
–¿Lo sabés positivamente o sólo lo imaginás?
Me miró con todo el desprecio que su soberbia y su borrachera le permitieron.
–¿Cómo que si lo imagino? –se encrespó. Evidentemente tiene mala bebida– Si lo supongo, querrás decir.
Asentí con un cabeceo.
–Eso. ¿Lo sabés positivamente o lo suponés?
–No tengo dato alguno pero tampoco lo supongo: lo deduzco –concluyó, en un nuevo arrebato de pedantería.
–Y esas amenazas ¿son telefónicas?
Meneó la cabeza y miró la computadora con aversión.
–Cada vez que abro el E mail encuentro una amenaza, o insultos.
–¿El qué?
–El correo electrónico –aclaró.
Permanecí con mi mejor cara de nada.
–¿Conservás alguna de las cartas? Es importante, pues podríamos encontrar huellas dactilares.
Libermann siguió desparramando secreciones nasales a izquierda y derecha.
–No, no, correo electrónico. Internet, ¿entendés?
No, yo no entendía. Continuaba liquidando haberes con una calculadora a manija.
Libermann fue hacia la computadora. Oprimió una tecla adoptando la pose de Liberace frente al piano.
En su monitor de cristal líquido, el protector de pantalla desapareció como por encanto.
–¡Oh! –dije.
–Esto no es nada –aseguró Libermann, dándose aires de importancia.
Realmente, había vuelto a ser un idiota.
Pronto entramos a su programa de correo. Una de las carpetas me estaba destinada ¿qué les parece? Decía: “Amenazas”.
No es un nickname que alguna vez haya utilizado, pero no necesité mucho para deducir que era el que en ese momento me correspondía.
Con alguna sorpresa comprobé que Libermann guardaba todos mis mensajes. Probablemente los estuviera analizando. No llegaría a nada: podían haber sido enviados por cualquiera de sus treinta y siete ex condiscípulos.
Abrió uno o dos, al azar.
–Son todos más o menos iguales –dijo–. No tienen mucha imaginación y demuestran un alto grado de inmadurez. Tal vez de psicosis o hasta de retardo mental.
Me apresuré a servirme más whisky y volví a llenar su vaso.
–Puede ser un chico... o un loco al borde del descontrol –aventuré
No pude determinar si Libermann estaba muy asustado, sorprendido o solamente borracho.
–¡Es uno de mis compañeros de colegio! –exclamó.
Me aclaré la garganta.
–También son los míos.
Se aferró de mis solapas. Quería saber si yo también había recibido amenazas.
Lo aparté suavemente pero con bastante repugnancia: seguro me había llenado el saco de moco.
–No –respondí–. Pero yo no tengo computadora.
Me alcanzó su vaso vacío. La botella estaba en la misma situación y Libermann se tambaleó hasta el comedor. Al cabo de un rato volvió con otro cubo con hielo y una nueva botella. Me apuntó con un dedo:
–¿En serio no estás conectado a internet?
–Y no tengo la más puta idea de cómo funciona.
Se sentó frente al teclado. Tomé nota de su contraseña: “sésamo”. En algún momento podría serme útil.
Mientras esperábamos, volví a llenar los vasos.
–Vamos a navegar un rato –dijo.
Recordé el estúpido chascarrillo de Salvides.
–¿No llevamos salvavidas?
Libermann me echó una mirada similar a la que Johnny y yo dirigíamos a Salvides y no me respondió: además de ignorante, yo era un completo imbécil. A esa altura ya lo tenía completamente despistado. Podía darme un lujo.
–¿Por qué no te fijás si recibiste algún mensaje?
Había uno, estaba en condiciones de garantizarlo. Escueto y muy conveniente. A veces pienso si no tendré poderes extrasensoriales. Decía: “Cornudo”.
Libermann se echó maquinalmente hacia atrás. Los ojos y la boca, muy abiertos, le daban el vago aire de un pálido muñeco de trapo.
–¡Pero este hijo de puta! –exclamó al fin– ¡Lo voy a denunciar a la policía!
Carraspeé.
–Ya lo hiciste.
Me miró intrigado.
–Vos...
Asentí. Y para que no le cupiera ninguna duda me abrí el saco dejando ver la culata del 38. Lo había llevado conmigo como prevención: cabía la posibilidad de que Libermann hubiera descubierto al autor de las amenazas.
Adopté la postura policíaca de hombros echados hacia adelante.
–Empecemos por el principio...
Libermann vació el vaso de un trago. El whisky debía andar todavía a la altura de su esófago cuando disparé:
–¿Cómo te llevás con tu mujer?
Sobresalto.
–No pensarás que ella...
–No debemos descartar ninguna posibilidad –lo interrumpí– Además, no estoy diciendo que tu mujer esté directamente involucrada: puede haber alguien más.
No se tranquilizó, en absoluto. Ambos habíamos visto a su esposa esa noche, acudir muy elegante, maquillada y bonita al torneo de backgammon. Pero Libermann se resistía.
–No es ella –casi sollozó–, soy yo.
–¿Tenés una mina? Esa puede ser una pista más importante –Libermann negaba con cabeceos desconsolados–. ¿Es casada? ¿Divorciada?
–No, no.
Le serví más whisky y lo miré a los ojos.
–¿Es un hombre?
Libermann dio un salto en su silla. Si seguía sobresaltándolo pronto un infarto de miocardio me dejaría sin víctima. Le pregunté, del modo más suave posible, si le gustaban las mujeres.
–Demasiado –repuso con el desaliento de quien confirma un diagnóstico fatal–. Ese es mi problema.
Nuevo silencio y más whisky.
–Quiero mucho a Sara –dijo al cabo–. Es una buena esposa, dulce, limpia, ordenada
Con esos criterios no sería muy popular en la Red Feminista.
Libermann se ruborizó:
–Y nos llevamos bien en la cama... cuando lo hacemos.
–Bueno –expliqué en tren consolador y con aires de connaisseur–, las esposas no siempre tienen ganas...
–¡No es ella, Pirulo! ¡Soy yo! ¡Es que me masturbo por lo menos tres veces al día!
El temblor comenzó por mi vientre, subió a través de la tráquea, se convirtió en nudo a la altura de mi garganta, llenó mis ojos de lágrimas y finalmente estalló en mi garganta en una carcajada incontenible.
Libermann estaba demasiado borracho para ofenderse realmente, pero de algún modo yo había herido su amor propio.
–¿Te reís?
Yo no reía. Me moría de risa.
–Ya vas a ver –dijo.
Abrió una dirección de internet. En cuanto comenzaron a bajar las imágenes reconocí la home page de Robin.
–Ya vas a ver –insistió, abriendo páginas a velocidad pasmosa.
Y vi.
Vi mis redondas y lechosas nalgas asomando por los agujeros del traje de Hombre Araña y, a continuación, una seguidilla de imágenes donde la pantalla era enteramente ocupada por la oficial Quintana y una mínima, pero imprescindible y también impresionante porción de la anatomía de Johnny.
–Esa mina me mata –confesó Libermann–. Tiene un lomo fenomenal. Y me vuelve loco ese liguero azul marino. ¡Y el corpiño¡ ¿Vos viste lo bien que le queda ese corpiño! Y eso no es todo, porque si mirás bien, te darás cuenta de que está más fuerte desnuda que en ropa interior. Eso es extraordinario. ¿Cómo querés que no me masturbe a cada rato, Pirulo? Decime, ¿cómo puede hacer un hombre normal para no volverse loco con esa mina?
No le contesté, ni falta que hacía: la oficial Quintana ya me había vuelto loco a mí, y mucho antes que a Libermann, y eso que Libermann nunca había escuchado el sonido de los tacos de la oficial Quintana recorriendo el espacio que separaba su despacho del de Salvides. No dije nada, aunque de todas maneras Libermann no me habría escuchado. Apenas si se detuvo lo suficiente como para aspirar una bocanada de aire y llenar su vaso casi hasta el tope.
–Pero lo peor, y tendré que analizar eso muy seriamente –agregó luego de echarse al buche un nuevo trago de whisky–, son las fantasías que me despierta el culo del Hombre Araña.

martes, 21 de septiembre de 2010

13. Una dulce mujercita y dos viejos amigos

Black Domina
Índica de alta pureza con bractéolos que te pondrá de rodillas y rogando por más. Esta áspera e irresistible dama sencillamente chorrea esa resina pegajosa por la que muchos hombres parecen sentir una fatal atracción
.

Bractéolos con resina pegajosa. Mmm.

Advertencia: ha tenido efectos devastadores en más de uno, dejando a los afectados aparentemente abatidos, con una extraña sonrisa en los labios.
Floración: 50 días.
Altura: 100/130 cm.
Cosecha: 90-120 gr.
Art No 2305
250 fl.


Efectos devastadores. Eso es.

Para tranquilizarme, entro en www.neurociencia.com
Posiblemente el título los engañe tanto como a mí. Es el de una página Web dedicada a las enfermedades mentales, sí señor.
Siempre creí que la enfermedad mental era otra cosa, como que uno se ponía loco de repente, por un problema grave o una impresión muy fuerte. El caso de mamá, por ejemplo. Tuvo varias emociones de cierta intensidad, además de mi tete a tete con la señora López Vázquez sobre el piso de la pista de baile, pero calculo que su mayor conmoción fue cuando por primera vez papá decidió hacer su truco de magia. Ya saben, lo del mantel.
Eso ocurrió antes de que yo naciera. Para cuando lo practicó en casa de los López Vázquez ya mamá veía las cosas con cierta resignación.
Luego de su primera experiencia con la magia, vine yo. Todo yo, no sólo el incidente en la fiesta de casamiento de Elena. Y Rolo adquirió la costumbre de envolver su verga con un pañuelo. La entrepierna de Rolo atraía irresistiblemente. Era imposible apartar los ojos de la protuberancia y en más de una oportunidad pensé si mamá no se habría sentido al borde de un precipicio cada vez que Rolo se paseaba mostrando los bíceps, con su estrecha remera de algodón, sus jeans apretados y el pañuelo y todo eso.
Muy fuerte para una madre.
También estaba lo de Elena y el ACV de papá. Mamá siempre supo lo que papá hacía en la cocina cada vez que Elena regresaba de sus trasnochadas. De ahí su empecinamiento en dejarlo al sol, junto a los malvones, aun en los días más tórridos del verano.
En fin, habían ocurrido los suficientes accidentes en la vida de mamá como para que pudiéramos explicarnos su locura en forma medianamente satisfactoria.
Ahora me vengo a enterar de que no fue así: era un problema genético.
Eso dice neurociencia.com.
Parece ser que algunas personas pueden pasar por las más horribles experiencias sin que se les mueva un pelo de la salud mental. Otras, en cambio, caen en la enajenación más extrema por un quítame de ahí esas pajas. Los primeros poseen genes en perfectas condiciones. Los otros, los tienen defectuosos.
Ahí está el secreto, en los genes defectuosos.
No supe si sentir alivio o preocupación. Cualquiera puede tener los genes defectuosos. ¿Cómo saberlo? Un gen es una cosita de nada, más pequeño que un piojo. Imposible determinar si es bizco, o sordo, o padece un defecto todavía más severo. Pero al menos neurociencia.com nada dice de las hormonas defectuosas, así que me puedo considerar a salvo de la locura. O, al menos, tan en riesgo como cualquiera de ustedes.
www. neurociencia.com . Recomiendo esa página.
Dejarán de sentir esa injustificada responsabilidad por la locura de sus padres. O de sus hijos. Gozar de una buena conformación genética lo es todo.
Y es obra del azar.
Les aseguro que hay mayores posibilidades de acertar un número a la lotería que de tener los genes en orden.

Estoy harto de ilícitos sexuales y no sé de qué modo seguir en el caso de los traficantes de niños. Pero de cualquier forma, como todos los días, debo poner en marcha el buscador y salir de patrulla.
Uno no sabe con qué habrá de encontrarse.
No es justo.
Cualquier patrullero convencional puede tener un día liviano. Es más, suelen tenerlos. Los seres humanos de carne y hueso no cometen crímenes todo el tiempo, sin detenerse jamás, y en plena vía pública. Como bien dice el subcomisario Iraola: “No todos los ciudadanos son delincuentes”.
Pero en la internet ocurre precisamente lo contrario. Y en mayor medida en mi área de trabajo: Delitos Sexuales.
Al principio despiertan curiosidad. Y excitación, para qué negarlo. Pero al cabo del tiempo se vuelven tediosos y comienzan a dejar un regusto repugnante, de empalagosa saciedad.
Preferiría patrullar Drogas Peligrosas. Envidio a Johnny. Para él todo es sencillo: le apasiona su trabajo. Se infiltró hasta tal punto en las redes de narcotraficantes que es imposible vender una pastilla de éxtasis en toda la costa atlántica sin que Johnny haya tenido alguna participación en el episodio.
Ha organizado numerosas redes con un esquema similar al de cualquier empresa de venta directa. Le dicen Técnica de Management y Comercialización. Lo aprendió en la UADE.
Esteban, que patrulla Movimientos Subversivos le llamaría Organización Celular.
Consiste en la formación de equipos de vendedores coordinados por un responsable de sector que a su vez participa de un equipo coordinado por un responsable de área. Las áreas pueden ser geográficas o de producto.
Las áreas de producto también se coordinan en un área geográfica. Después están las regiones, que son equipos de coordinación de áreas geográficas. Y las divisiones, que agrupan a las áreas de productos.
Es una pirámide compleja, multidimensional. En la cúspide está Johnny.

Debo volver urgentemente a neurociencia.com. Tal vez encuentre algo que explique el extraño comportamiento de Libermann.

Me presenté en casa de Libermann a eso de las 7 de la tarde. Tiene un amplio departamento en Belgrano, con una hermosa vista, decorado con buen gusto y sobriedad, como corresponde a un médico. O a un filósofo. O a un psiquiatra.
La señora Libermann, Sara, es una mujer menuda –el mismo Libermann no sobrepasa el metro sesenta–, vestida con sencillez, bonita, pero de una belleza, me pareció en un primer momento, algo intrascendente, como si la hubieran sumergido una y otra vez en agua lavandina. Cuando estreché su mano creí estrujar un pequeño manojo de pasto seco. En fin, que no tuve ni un asomo de vértigo, ni el menor amago de erección, y conseguí comportarme con bastante comedimiento. Hasta la hice reír en un par de ocasiones, de manera que una hora después, cuando Libermann metió la llave en la cerradura, su mujercita y yo nos habíamos convertido en viejos amigos.
Ella trotó a recibirlo, con infantiles saltitos de felicidad.
–Te tengo una sorpresa –dijo luego de besar a Libermann en la mejilla. Fue un beso casto, más fraternal que amoroso. Tomé nota.
Libermann traía de la calle la sonrisa convencional y desvaída de un médico de guardia o de un filósofo escéptico. O de un psiquiatra en Disneylandia. No mejoró cuando me vio arrellanado en su sillón Chesterfield. Pero no me había reconocido y se dejó conducir por su dulce mujercita a lo largo del living.
–Mirá quien está acá –dijo ella.
–¿Quién?
Libermann todavía sonreía.
–Tu amigo de la infancia.
Esto debió hacerle sospechar. Me pareció que su paso se hacía más vacilante.
Permanecí en su sillón, apoyando los pies en su mesa ratona, bebiéndome su whisky. Sentía la cara tirante de tanto sonreír.
Libermann también sonreía, pero de un modo forzado. Llegó hasta mí. No quité los pies de la mesa y continué sonriendo.
Él ya había dejado de hacerlo y su rostro perdía el color. Quedó unos segundos boquiabierto.
–¿Pirulo...? –preguntó al fin.
Me puse de pie de un salto y lo estreché en un abrazo. Libermann tenía un aire a maniquí de tienda. Su esposa se secó una lágrima con un pañuelo. Le hice un conejito.
–Esto es tan emocionante –suspiró.
–Sí, mucho –suspiré a mi vez.
Libermann no dijo nada.

El estudio de Libermann era aproximadamente del tamaño de todo mi departamento, si le sumamos el baño, el palier y el hueco de la escalera. En un extremo, de espaldas a una puerta balcón con vista al este, había un escritorio de dos metros y medio por uno veinte. La butaca era giratoria y treinta centímetros más alta que las dos incómodas sillas destinadas a los pacientes, o a los alumnos, las visitas, o a quienquiera que Libermann pretendiese impresionar. Probablemente, su tímida mujercita.
Apenas me hizo pasar llegué hasta la ventana, desde donde admiré durante unos minutos la silueta del Monumental recortándose contra la bruma del río. Después me senté en la butaca.
Libermann parecía todavía más pequeño, de pie junto al escritorio. Volvió a ensayar su sonrisa forzada.
–¿Por qué no nos ubicamos acá? –dijo–. Estaremos más cómodos.
Me levanté de la butaca y fui hacia los sillones. Había tres, uno de dos cuerpos, rodeando a una bonita mesa hexagonal.
Para que acaben de formarse una idea del tamaño de esa habitación les diré que había también dos bibliotecas de pared a pared, enteramente ocupadas por libros, un atril de pintor con un retrato al óleo del propio Libermann, en pose de Pedante, con el índice en la mejilla, enmarcado con una pesada moldura barroca, y un rincón destinado a una computadora con mucha mayor cantidad de accesorios de los que un aficionado pudiera necesitar.
Libermann parecía no saber qué hacer con sus manos. Ni con ninguna parte de su cuerpo. Aunque sospecho que su principal duda era qué hacer conmigo. Yo había descendido desde mi metro noventa y siete casi hasta su estatura, apoltronándome en uno de los sillones. Libermann me dirigió una mueca –su sonrisa era cada vez más artificial– y colocó un CD en su computadora. Luego volvió al sillón.
La música comenzó a salir de los parlantes.
–¿Vivaldi?
Hizo otra mueca.
–Mozart.
Asentí, como si supiera algo del asunto. En cualquier otra oportunidad me hubiera limitado a escuchar en silencio, absteniéndome de meter la pata, pero necesitaba que recuperara parte de su confianza en sí mismo.
–Es una maravilla –dije pensativo– que esa cosa pueda pasar música.
Al escucharme llamar cosa a su computadora tuvo un ligero sobresalto.
–En realidad posee aplicaciones sorprendentes... –Se detuvo a mitad de la frase y me miró frunciendo el ceño–. ¿Vos no habías estudiado computación?
Me llevé la mano al pecho, sorprendido.
–¿Yo?
–Alguien me dijo...
Sonreí con tristeza.
–No, no. –Aguardé unos segundos–. Soy policía.
Nuevo sobresalto de Libermann. Ocurre con frecuencia. Todo el mundo se siente culpable de algún misterioso delito.
–Tareas administrativas –añadí para tranquilizarlo–. Liquidación de haberes, esa clase de cosas.
–Pensé que eso estaría computarizado...
La entrada de Sara me sacó del apuro. Traía una bandeja con dos vasos, un balde de hielo, una botella de escocés y platitos con queso y salchichas. Sentí que me venía el vahído: se había cambiado de ropas. Llevaba un vestido negro, con un amplio escote, una gargantilla muy ceñida al cuello, pulsera haciendo juego y una fina cadenita de oro alrededor del tobillo izquierdo. Cuando se inclinó para apoyar la bandeja en la mesita hexagonal su vestido se elevó dejando ver la parte posterior de sus muslos, enfundados en oscuras medias de nailon.
Yo estaba decididamente asomado al precipicio.
–Les dejé unos sandwiches de pavita, preparados en la heladera
–¿Salís? –preguntó Libermann con voz trémula.
–El torneo de backgammon, acordate.
Libermann asintió.
Sara vino hacia mí.
–Fue un gusto conocer un viejo amigo de mi marido.
Me puse de pie, le estreché la mano (ya no me pareció un manojo de pasto) y le besé la mejilla. Todos éramos ya Viejos Amigos.
–Bueno, chicos –dijo desde la puerta–, tienen toda la casa para ustedes. Diviértanse.
Libermann permaneció en silencio. Parecía abstraído. Al menos, pensé, había perdido el hilo de la conversación y no me vería obligado a explicar por qué, en el tercer milenio, la Policía Federal aún no había computarizado la liquidación de haberes.

domingo, 12 de septiembre de 2010

12. Más plantitas para tu invernadero

Northern Ligths
Interior
Ganadora de la copa Pure Indica años 88, 89 y 90
Lo máximo en variedades de interior. A través de una reproducción cuidadosamente seleccionada ha sido posible obtener una de las más poderosas plantas del mundo. Su adaptación a interiores es excelente dando como resultado especimenes pequeños y rechonchos de gran productividad.
Floración: 45-50 días.
Altura: 100/125 cm.
Cosecha: 125 gr.
Art No: 235.
200 fl.

“Pequeños y rechonchos”. Me en-canta.

Afrodisíacos Ucranianos
La medicina tradicional ucraniana no contiene abundantes recetas afrodisíacas o “privorotnoye zelje” (poción de amor). Supuestamente, los ucranianos machos poseen gran vigor sexual. De igual modo, las hembras parecen siempre interesadas y bien dispuestas.
Así, el propósito de las pociones de amor de este fogoso pueblo no es incrementar la potencia sexual sino atraer a un individuo en particular.
Por lo general han sido utilizadas por las mujeres para llamar la atención de algún miembro específico del sexo opuesto.
Otro propósito puede ser el de incrementar la fertilidad.
Existe, además, un pequeño grupo de recetas aptas para curar casos de impotencia, más que nada indicadas para los ancianos.
El cáñamo (Cannabis sativa) es una planta muy popular en Ucrania y posee numerosas aplicaciones medicinales. Como afrodisíaco, la creencia popular sostiene que el preparado más poderoso es la propia semilla, rostisada y salteada. De todos modos éstas deben ser sólo utilizadas por los hombres.
Antiguamente era costumbre en las cenas de boda alimentar al novio con semillas de cáñamo rostisadas. Las semillas podían ser servidas como ingrediente de un pan especial o de una bebida.

Hago inmediatamente un pedido al Banco de Semillas Sensi. La respuesta no tarda en llegar:
“No enviamos semillas fuera de la Comunidad Europea”.
Chauvinistas.

Novedades im-por-tan-tísimas: picaron los traficantes. En páginas amarillas alguien respondió al anuncio de la indigente madre de familia numerosa que solicitaba chapas de zinc.
Me ofrecen chapas, desde luego. También yerba, azúcar, leche en polvo y una bolsa de fideos. Además de una revisación médica gratuita para mis pequeños hijos. Quieren saber edades, sexo y, en lo posible, recibir algunas fotografías.
Trato de salir del paso y ganar tiempo mediante un ingenioso ardid: respondo que lo último resultaría harto difícil, puesto que mi existencia transcurre dentro de la zona de Necesidades Básicas Insatisfechas. Lógicamente, carezco de dinero para gastar en fruslerías. Pero hablaría con mi vecina.
Advierto a tiempo un ligero error en mi razonamiento, y añado: es ella, mi vecina, quien, amable y desinteresadamente, me permite usar su computadora para mendigar en la internet.

Johnny siguió mi relato, asintiendo de tanto en tanto. Cuando terminé, me miró unos minutos en silencio. Y exclamó:
–¡Brillante, Gordo!
No era para tanto. De todos modos hice un conejito y comenté:
–Brillante es una cualidad de la superficie. Lo mío es simplemente genial.
Exageraba, desde luego. Si bien era cierto que había conseguido salir del apuro, ahora no tenía la menor idea de cómo seguir. Era una locura informar a Salvides –yo había vuelto a operar sin su consentimiento– y no me sentía muy seguro de la conveniencia de recurrir a Iraola. Desde que Salvides me acusó de travesti cibernético, Iraola apenas si me había dirigido la palabra las pocas veces que vino a patrullar.
–Tenés que derivar el caso a Caról.
Para Johnny el nombre de la oficial Quintana era, definitivamente, Caról. De seguro había colgado las fotografías en la pared de su cuarto y las admiraba cada noche, antes de dormir. O se entretenía a solas, por la mañana. Como Libermann.

Libermann, ¿recuerdan?
El compañero de colegio que me había reemplazado en mi papel estelar de puching ball y tacho de residuos. De no haber sido por él, ni siquiera el rumor de que había violado a la señora López Vázquez a la vista de los novios, doscientos invitados, seis mozos y el propio doctor López Vázquez, habría sido suficiente para librarme de los golpes, los bollitos de papel y las escupidas que recibía indiscriminadamente mientras me desplazaba por la adolescencia.
A Libermann le fue peor, pues Aníbal llegó a orinarlo. Como lo oyen.
Ocurrió en el baño, durante un recreo. Libermann, Aníbal y yo meábamos en línea, y en ese orden, frente a los mingitorios. De pronto, Aníbal giró hacia Libermann. Libermann, sorprendido, dio un salto, aplastándose contra la pared como un condenado a fusilamiento. A espaldas de Aníbal, yo no alcanzaba a ver que ocurría, pero no hacía falta ser muy imaginativo para sospecharlo. Me pareció excesivo, qué quieren que les diga.
La indignación inundó mis ojos de lágrimas. Como lo oyen. Siempre tuve muy desarrollado el instinto de la justicia.
–¡Basta! –grité–. ¡No seas hijo de puta!
Y empujé a Aníbal.
Nunca pude controlar mi fuerza. Ni de niño ni menos todavía de adolescente. Tampoco ahora. Soy un obeso superbebé.
Aníbal salió despedido hacia adelante y chocó contra Libermann.
Entonces, sí, Libermann comenzó a gritar.
Después dijo que su pantalón meado había sido un accidente... provocado por mí.
Fue un asunto de solidaridad corporativa: Aníbal era el mejor alumno de la clase, seguido de Libermann. Yo venía mucho más atrás, en el último pelotón, pugnando por evitar el descenso.
Pero Libermann también tuvo otras razones, más oscuras: no estaba protegiendo a Aníbal, se protegía a sí mismo. Es algo relacionado con el efecto destructivo de la compasión. De alguna manera, yo hice a Libermann en el baño lo mismo que aquella buena y entrometida mujer había logrado conmigo en el colectivo: transformar una humillación privada en un acontecimiento público. Es decir, evidente e irremediable.
Libermann jamás me perdonó. Y comencé a recibir su desprecio casi con mayor rigor que ningún otro ser humano en toda la faz del planeta. Y eso es mucho decir: en lo peor de una paliza, cuando su portafolio ya había salido volando a través de la ventana, sus anteojos estaban astillados, su rostro cubierto de moretones y algún grandote apoyaba la rodilla en su pecho, los ojos y la boca ensangrentada de Libermann sólo exhibían desprecio.
Tenía un rictus parecido al de mi padre, luego del primer ACV.
Cuando los otros días descubrí su dirección electrónica en una cartilla de medicina pre paga me vino como un vahído. Sin pensar, llevado por el vértigo del momento, le escribí un e mail:
“¡¡¡Te vamos a romper la trompa, boludo de mierda!!!”
Había caído en las garras del pasado, como Mamá.



Encontré la dirección del hogar conyugal de los Libermann de la manera más simple: en la guía de teléfonos. Ustedes preguntarán: “¿Por qué tan súbito interés?”
No fue súbito.
A su humilde y falsamente modesto modo, Libermann se había convertido en un hombre famoso. Tal vez ya lo era antes, para ciertos círculos de intelectuales, putos y pedantes, pero cuando lo vi en un programa de televisión por cable sentí un vahído.
Al principio me costó reconocerlo, y si me quedé viendo el programa fue luego de preguntarme “¿Quién carajo es este pelotudo para que le hagan un reportaje?
El tipo iba a presentar una novela histórica sobre la invención de la máquina de coser, o algo así. La había escrito mientras trabajaba en una tesis filosófica. “En los descansos entre capítulo y capítulo”, explicó con falsa modestia.
Calculo que si no me hubiera pasado de copas habría cambiado de canal, pero cuando estoy bebido suelo pelear con la televisión. Es una especie de sesión sadomasoquista que llevo a cabo cada noche: ella me agrede y yo la insulto. Además, me había picado la curiosidad. Deformación profesional.
Aunque PCBC, soy, de todas maneras, un policía.
Y la curiosidad era esta: ¿Quién carajo era ese pelotudo para que le hicieran un reportaje?
Lo reconocí un instante después, en cuanto apoyó el índice de la mano derecha en su mejilla, dándose aires de importancia.
–¡Libermann! –grité–. ¡Es Libermann!
Nadie me escuchó.

Vivo solo en casa, con un pequeño helecho. Responde al nombre de Mariano.
En realidad no responde a nada, en absoluto, pero de algún modo me hace compañía. En mi experiencia personal, Mariano es lo más parecido a una madre que he podido conseguir.
Fue un chiste.

Los chistes son mi debilidad. Por lo general me impiden sostener durante un lapso más o menos prolongado cualquier conversación convencional. Me asaltan a frecuencia inusitada.
Siempre fui una Máquina de Pensar Pelotudeces. Eso decía Aníbal.

La última vez que vi a Aníbal, me traía a Mariano y una noticia: viajaba al extranjero. No dijo dónde. No pude sonsacárselo, ni siquiera con la ayuda de algunas botellas de vino. Y si finalmente conseguí hacerlo, no lo recuerdo. Lo único que tengo presente de nuestro último encuentro, además del helecho y la noticia, fue que en el momento en que Rolo abrió la puerta del departamento yo vomitaba sobre la alfombra.
Venía con una novia. Tampoco recuerdo su nombre.
Después de eso Rolo me consiguió trabajo en la División Computación. Un horizonte nuevo se abría frente a mí, pleno de misterio y aventura.
Y pude mudarme.
Con el televisor, mi computadora y Mariano.

Ver a Libermann en televisión y tener un estallido de furia fue todo uno. Fuera del asombroso parecido a Henry Kissinger que había adquirido con la edad, y de la limpieza general de su aspecto, la sonrisa despectiva, las cejas alzadas y el índice apoyado en la mejilla lo revelaban como el mismo pedante de siempre.
Fíjense que, además de médico, era psiquiatra, filósofo y novelista. Lo único que le faltaba era un postgrado de latin lover. “Tengo en mis manos tu vida, tu destino, tu imaginación y tu mente” parecía querer decir el currículum de Libermann.
Me apiadé de él. El pobre infeliz pretendía huir de su pasado, sobreponerse a las humillaciones recibidas, manipulando a los demás.
Se trataba, sin ninguna duda, de una revancha. Podía apostar a que jamás había regresado a Boedo. Después de repudiar la azulgrana ahora se había hecho hincha de River. Un hombre sin pasado y sin recuerdos. ¿Acaso podía contar alguna anécdota graciosa en la que él mismo no fuera el hazmerreír?
¿Podía?
En el colegio había un gordo boludo al que no le habían bajado los testículos. Ja, ja, ja. Construyó un avión en la terraza. Ja, ja, ja
Me vino una furia...
Al día siguiente le mandé el e mail.

lunes, 6 de septiembre de 2010

11. No hay nada como un amigo

Hice contacto con Ernesto Sábato. Maneja un taxi los sábados a la noche. Es un trabajo muy angustiante, asegura.
De pronto ocurren hechos que me destrozan –escribió Sábato–, que me sumen en un dolor tan intenso que me imposibilita para cualquier tipo de tarea. Por ejemplo, conocí a Elaida”.

Elaida es yemenita, lo que al modo de ver de Sábato, no tiene por qué sorprender a nadie. Mucho menos a un hombre de mundo como yo.
Esta no es la red boquense y va de suyo que no finjo ser Mayonesa, el barrabrava de Lugano, sino José Alfredo Fonseca Estigarribia, un hacendado paraguayo. Vivo en Asunción. Desde ya, esto mataría de un infarto a Salvides, pero Salvides jamás inspecciona los patrullajes. Se encierra en su pequeña torre de cristal a leer a Liddlehard. Probablemente navegue a escondidas visitando las páginas de turismo o conectado a Interpol, pero jamás chatea. Es un burócrata de escritorio.
Elaida fue la primera pasajera que subió al taxi de Ernesto Sábato. Provenía de Yemen, un pequeño país en la península arábiga con una de las rentas per cápita más altas del mundo. Eso dice la correspondiente página Web, aunque no me siento muy inclinado a dar crédito a todo lo que se anuncia en internet. Sábato tampoco, en especial luego de conocer a Elaida. Cualquiera que hubiese leído la página de Yemen creería que se trataba de una potentada.
No tengo un centavo”, reveló Elaida.
Llevaban casi dos horas de viaje.
Hasta ese momento la noche había sido lo bastante perturbadora como para angustiar a Sábato. Imprevistamente se encontró escuchando cómo tendida en una playa del Yemén bajo el dulce y melancólico sol del atardecer, ella iba sintiendo un calor que le venía como de adentro y de abajo.
¿Ves?”, dijo Elaida.
Sábato se rehusó a mirar. Era su primer día de trabajo en la compañía de taxis y si giraba en el asiento podría chocar. Por otra parte, ignoraba si Elaida era una simple pasajera o un señuelo de alguna cámara sorpresa.
En fin, que no se volvió hacia ella aunque no dejaba de observarla por el espejo retrovisor, en especial cuando aseguró que estaba a punto de llegar al clímax, arrebatada por el recuerdo del tórrido sol del golfo pérsico, y la fina y blanca y suave arena y el simún que se mete debajo de las faldas de las mujeres y provoca estragos, como un torbellino, dijo Elaida, como el aliento abrasador de un amante latino.
Me encantan los latinos, ¿sabés?– susurró en la nuca de Sábato– porque los árabes hacen el amor como dios manda sólo en ocasionas muy especiales y las más de las veces practican la sodomía sin distinción de especie, sexo, edad o parentesco. Y lo peor es que algunos te quieren circuncidar”.
¿¡Cómo circuncidar!? –exclamó Sábato–. ¿¡Sos un hombre!?
Cuando consiguió dejar de reír, ella le explicó, en detalle, lo que esos energúmenos del desierto hacen a las mujeres. No pueden permitir que lleguen con el clítoris intacto hasta esa edad donde comienzan a arder de deseo y buscan desenfrenadamente el placer ocasionando numerosos accidentes de tránsito, exactamente iguales al que Sábato estuvo a punto de provocar cuando vomitó a través de la ventanilla. El vidrio estaba cerrado.
No pude evitarlo –me explicó Sábato–. Aunque cueste creerlo, fue el Pirulo que llevo adentro”

Carajo.
Apagué la computadora sin cerrar los programas y permanecí algunos minutos con la mirada perdida en la pantalla.

Tomábamos con Johnny un café en el Ebro luego del turno de servicio. Me sentí obligado a agradecerle su gesto de apoyo cuando yo debía soportar los espumarajos de baba y saliva que echaba la boca de Salvídes cuando coloqué los espejos retrovisores a los lados de mi escritorio.
Johnny se alzó de hombros.
–Es lo menos que podía hacer por un amigo –dijo.
Una vez recuperado de la sorpresa, me emocioné tanto que me dieron ganas de abrazarlo.
No hay nada mejor que un amigo ni existe nada más reconfortante que la verdadera amistad. Se compone de afecto, respeto y lealtad. Y humor. Los amigos deben hacerse bromas, de tanto en tanto. Aníbal no cesaba de repetírmelo cada vez que yo le reprochaba su costumbre de pegarme carteles en la espalda. Un día se enojó.
–Tomátelas Pirulo –dijo antes de volverse hacia la ventana.
Yo me había acercado a su mesa en el café, desde donde Aníbal balconeaba a las chicas que salían del liceo de la mitad de cuadra. Sostenía en mi mano su último cartelito:

“Sociedad Rural Argentina. Gran campeón cerdo Yorkshire.
Categoría capón”

Una señora me lo acababa de dar en el colectivo, luego de despegarlo de mi espalda.
–Sírvase, joven –bajó la vista al acercarme el papel. Luego agregó, en voz demasiado alta y sin dirigirse a nadie en particular: –¡No sé cómo los muchachos de hoy día pueden ser tan crueles!
Los ojos de todos los pasajeros se dirigieron hacia la mujer, tratando de averiguar qué ocurría.
Indudablemente, se sentía orgullosa de su buena acción.
–¿A ustedes les parece justo –prosiguió, al advertir que se había conseguido atraer el interés general– burlarse de la deformación ajena?
Los más avispados comenzaron a mirarme con curiosidad.
–Por más que sea tan gordo no deberían decirle “Cerdo Yorkshire”.
Detecté varias sonrisas y empecé a retroceder.
–Y ponerle carteles en la espalda. Muestre, joven, muestre.
Yo corría por el pasillo. Llegué junto al chofer.
–Pare acá –supliqué–. Por favor.
El chofer me miró por el espejo.
–En la parada.
Faltaba una cuadra. No demoró ni medio minuto en recorrerla, pero me pareció una eternidad. La indignada señora había comenzado a explicar lo de “capón”.
Llegué hasta el café con el cartelito temblando en mi mano.
–Tomátelas, Pirulo –Aníbal se volvió hacia la ventana con fastidio–. Sos un pelotudo y un desagradecido. ¿No te das cuenta que los pongo para hacerte más popular? Si no fuera por mí, nadie te daría ni cinco de bola. Y ahora, rajá.
No volvió a hablarme hasta una semana después, cuando le pedí disculpas.

Me dieron ganas de abrazar a Johnny: uno siempre necesita alguien en quien confiar y, aunque me metía en problemas con demasiada frecuencia, había demostrado ser un amigo. Primero, su guiño de apoyo mientras los gritos de Salvides me perforaban los tímpanos. Y después el comentario, deslizado al pasar, restándose importancia: “Es lo menos que podía hacer”.
Luego agregó:
–La verdad, gordo, sos el tipo más divertido que conozco.
De mi garganta brotó un cloqueo parecido al de un pavo.
–No es para tanto.
–¿Qué no? Eso de los espejos estuvo genial.
Johnny me miró con sorpresa cuando dije:
–Bueno, pero vos tuviste algo que ver en el asunto.
Era la pura verdad. Acababa de convencer a Milan, el serbio, de que, casas más, casas menos, yo era igualito a Amelita Vargas y había comenzado a preguntarle si no había tenido oportunidad de conocer una mujer parecida, en Bosnia por ejemplo.
Me explico: esos balcánicos se habían consagrado a un curioso proceso de depuración étnica. No querían que nadie que luciese diferente viviera en sus vecindarios. Para conseguirlo pergeñaron un método incongruente: violar a todas las hembras de sus odiados vecinos. El resultado será paradójico: en unos años resultará imposible saber si un tipo es serbio, bosnio, herzegovino o paraguayo.
Love is all you need.

En el acelerado proceso de mestizaje que llamaban “depuración étnica”, habían perpetrado actos de un salvajismo estremecedor.
El momento era de extrema tensión: yo podía estar chateando con un criminal de guerra, con el mismísimo Carnicero de Bosnia.
Entonces Johnny reventó una bolsa de papel a mis espaldas.
¡Bum!
Demoraron más de diez minutos en reanimarme.

El estallido de la bolsita de papel acabó por disipar mis dudas y coloqué, por fin, los espejos retrovisores. Pero algo que ver también tuvo la oficial Quintana: cada vez que escuchaba su taconeo al cruzar el salón para ir de su despacho al de Salvides, adivinaba que había venido de uniforme, con sus medias oscuras y el liguero azul.
Es azul. Así lo prescribe el reglamento. Tiene una presilla, a la altura del muslo derecho para sujetar un arma de emergencia. Lo sé. Yo mismo se lo quité, vestido de Hombre Araña.

¿La oficial Quintana tendría alguna noción de lo que había ocurrido en su despacho?
No conseguía sacarme la idea de la cabeza: no puede existir ninguna pastilla, ningún polvo, ningún ácido en toda la faz de la tierra capaz de anular completamente la conciencia de una persona. En algún lugar, pequeño, invisible hasta para un microscopio, la mente de la oficial Quintana debía saber. Y en el momento menos pensado, recordaría.
En lo mejor de un patrullaje miraba la pantalla y creía verla aproximarse a mis espaldas, en puntas de pie, empuñando un cortapapeles.
Como podrán apreciar, había un sinnúmero de razones para justificar los retrovisores. Pero no podía revelar ninguna de ellas a Salvides. Así que me limité a explicarle lo de Amelita Vargas.
–¡Travesti cibernético! –escupió Salvides con desprecio.
Mas tarde, luego de recibir el informe de Salvides, el subcomisario Iraola me miró, pensativo. No hizo ningún comentario, pero en ese momento supe que algo se había roto entre nosotros.

Llegué a mi casa, me saqué los zapatos, la camisa y los pantalones. Abrí una cerveza y una vez instalado cómodamente ante la computadora, revisé algunos archivos de Carola.
Así se llama la oficial Quintana. Carola. Carola Quintana. Me gusta.
De todos modos, a los fines artísticos, la bautizamos Carol. Se pronuncia acentuando la “o”: Caról. Yo hubiera conservado el original pero Johnny insistió en que Carola sonaba a maestra jardinera: jamás podría ser el nombre de la amante del Hombre Araña.
No es exactamente la amante. La historia es más compleja, más elaborada. Johnny tenía la idea general del argumento. En la cabeza, me dijo, pero quería que improvisáramos. Pues bien, improvisamos. Variaciones sobre una idea, como en el jazz.
spidersexxx.
Es un confuso video y una secuencia de cuarenta imágenes. Las pueden ver gratuitamente en el rubro Aficionados de la Robin’s Home Page.
Robin quedó encantada con las fotos. Y quiere contratarme. Supongo que planea agregar una nueva sección: “Spiderman and me”.
Suena tentador, pero debería trasladarme hasta California, con todo lo que eso implica.
Cuando se lo comenté, Johnny se amoscó.
–No serás tan hijo de puta de renunciar. Hice todo esto por vos.
Todo esto” era la secuencia de cuarenta fotografías. Y el video.
Johnny se mostró decididamente ofensivo. A su modo de ver, la sección que Robin planea abrir conmigo es abnormal Sex.
Lo acusé de envidioso.
Me estudió en silencio.
–¡Vos estás de veras enfermo! –exclamó con entusiasmo al cabo de un rato.
No supe cómo reaccionar. Él parecía de veras entusiasmado. Además, yo exageraba mis méritos pues Johnny había sido mi doble en las escenas de sexo propiamente dicho: todos primeros planos de Caról, con una mínima, pero esencial, participación del Hombre Araña.
Mi papel consistió en derramarme en distintas posturas sobre la oficial Quintana.
Para Johnny, tuve una intervención decorativa.
La idea me hizo gracia.

Spidersexxx fue una operación de carácter defensivo. Ni Johnny ni yo pensamos alguna vez, seriamente, en convertirnos en estrellas porno. Tampoco la oficial Quintana.
Luego del enojoso incidente provocado por la torta de Bob, la oficial Quintana había dejado de dirigirme la palabra. Podía darme cuenta de que en cuanto se le presentase la oportunidad –por ejemplo, cuando Salvides saliera por la puerta de Virrey Cevallos dentro de un chaleco de fuerza– yo lo haría inmediatamente después, como un borracho expulsado de un bar.
Ahora podía estar tranquilo, dijo Johnny. Las posibilidades que tenía Carola de convertirse en jefa de la Brigada eran más bien remotas.
–Si ninguno de los patrulleros entra a la página de casualidad, nos ocuparemos nosotros de guiar la investigación.
–Sólo si fuera estrictamente necesario –acoté.
Johnny se alzó de hombros. Se siente seguro: si mientras esté de servicio conserva los pantalones puestos, será imposible identificarlo mediante un identikit. No creo que pueda decirse lo mismo de mí. En ningún momento me quité la máscara, pero hay algo definitivamente familiar en ese Hombre Araña.
Por otra parte, no quería destruir la carrera de Carola.
–Ya veremos –dijo Johnny.

En los descansos que hacíamos durante la sesión de fotografías, para reponer el aire o administrar a Carola una nueva dosis –tarea que quedaban bajo la exclusiva responsabilidad de Johnny–, yo me entretenía copiando los archivos de su computadora.
Tengo los CD en casa. Los estoy revisando de a poco. Los archivos están protegidos, pero con un poco de ingenio y paciencia, es posible abrirlos.
Lo hice con dos este fin de semana. Y puedo decir una sola cosa: ¡qué horror!
Mi hermano, mi héroe, mi ídolo... cayó de su pedestal.
No podría decir que Rolo era un ejemplo para mí, porque jamás hubiera podido seguir sus pasos. Hasta el fatídico fin de semana Rolo era un semidiós, ahora...
Verán, encontré una foto suya en los archivos de la oficial Quintana. Se lo ve de espaldas, con una capucha de cuero en la cabeza y los brazos sujetos a un gancho mediante una cadena. Pero tiene que ser Rolo: reconozco su redondo culo de muchachita, los hombros poderosos y los antebrazos velludos.
No comprendo qué hace en la computadora de Carola. Bueno, eso es evidente a simple vista: se deja azotar por una rubia de largas piernas disfrazada de Gatúbela. Pero no tendría que estar ahí, ni en el disco rígido ni en semejante postura.
También fue una sorpresa averiguar algunas costumbres de la oficial Quintana. Pasea en el Dark Site. Es un sitio de perversiones desmedidas, territorio del subcomisario Iraola. Por un momento se me ocurrió que tal vez chateen entre sí, sin advertirlo. La idea me hizo gracia.
La foto de Rolo se la podría haber enviado el propio subcomisario, desde la computadora contigua a la mía, mientras todo el mundo cree que en su pequeño despacho la oficial Quintana persigue abusadores de niños y protege a las mujeres golpeadas.
Pero no entiendo el papel de Rolo en todo esto. Porque es Rolo, tiene que serlo.
Qué horror.

domingo, 29 de agosto de 2010

10. El estúpido asunto de los espejos retrovisores

Jack Herer
Ganadora de la Copa Cannabis 1995
Híbrido múltiple, resultado de largos años de selección combinando tres de las más fuertes variedades conocidas. A pesar de ser a menudo presionados por cultivadores obsesivos a fin de que divulguemos los detalles de su pedigree, mucho tememos que, al igual que ocurre con la fórmula de la Coca Cola, la composición de esta variedad permanecerá en riguroso secreto.
Floración: 50/70 días.
Altura: 150/180 cm.
Cosecha: 125 gr.
Art No 2310.
275 fl.


Salí de la página de semillas sensitivas y volví a los Osos Mimosos de Boedo movido por la curiosidad: tal vez encontrara algún conocido.
No hay ninguno, al menos en las fotografías. Entré al foro y aguardé un rato, escuchando en silencio. Ni de los apodos ni de la conversación pude extraer alguna referencia útil. La conversación era un cotilleo insufrible sobre medidas de bíceps, precio de superbikes, largo de penes y lugares donde comprar ropas de cuero. Cada tanto alguno se echaba un eructo, pero en general todos parecían sujetos delicados y extremadamente amables. Creo que no son osos propiamente dichos ni, mucho menos, de Boedo. Aunque el barrio ha cambiado mucho desde la instalación de un supermercado en el viejo Gasómetro, más bien parecían preferir Santa Fe y Uriburu a merodear por Maza y Chiclana.
Desde ya, nadie utilizaría el sobrenombre de su juventud. Yo tampoco. De hecho entré finalmente en el parloteo bajo el alias de “Rolo”. Tal vez picara algún viejo conocido. Rolo no es un oso. Conserva una excelente silueta, además de un redondo culo de muchachita, pero en el barrio bien podrían suponer que engordó. Tiene el pecho lampiño, pero de sus antebrazos velludos es posible concluir que lo afeita, para resaltar sus pectorales.
Rolo tenía al menos un admirador, no muy secreto. Cuando pasaba por Avenida La Plata y Vernet, José María, permanentemente de pie bajo el toldo de la tienda de doña Porota, su desdichada madre, lo devoraba con una mirada húmeda.
Doña Porota vivía en el cuarto piso de un edificio sobre Vernet. José María atendía en la escalera. Los muchachos del café cobraban para procurarle un poco de satisfacción. Todos andaban escasos de dinero y el sábado a la noche hacían cola en la escalera.
Como lo oyen.
José María era una fuente de ingresos tan buena como cualquier otra y contribuía a mantener la virtud de las novias.

José María hubiera dejado en la ruina a doña Porota con tal de llevarse, por una vez, a mi hermano a su escalera. Pero Rolo jamás se dignó a mirarlo.
Yo sí, aunque a hurtadillas. No quería que José María me sorprendiera. Él también me echaba frecuentes miradas, llenas de rencor, como si yo fuese un potencial competidor. Ignoro por qué. En primer lugar, no creía dar el tipo físico. Mi único punto de referencia al respecto era el propio José María, también pasado de peso, pero en pequeño. Aunque increíblemente velludo. Podría muy bien formar parte de los Osos Mimosos, categoría koala.
Tenía largos pelos en el tórax que asomaban del cuello de su camisa. Pero afeitaba dos veces al día una barba que crecía cerrada alrededor de la gran boca húmeda. También sus ojos estaban permanentemente humedecidos. La mayoría de las veces por una paliza. Sucedía con frecuencia y le llovían desde las más diversas partes. En eso nos parecíamos bastante, aunque a mí los recolectores de residuos jamás me arrojaron dentro del camión.
Después de su excursión en el camión recolector José María regresó del Bajo Flores sin un centavo y cubierto de basura. Un patrullero lo remitió a la comisaría, donde continuaron pegándole, dentro y fuera del calabozo. También en el baño. Y algunos agentes lo llevaron a la escalera.

Hay golpes tan fuertes en la vida...

Recibí el mío con la destrucción de Deseo. De algún modo significó el fin de mi adolescencia. Tenía algo más de 25 años, pero nadie parecía sorprenderse de que madurara tan lentamente. Por lo de los testículos, ya saben.
A medida que lo desguazaba, Rolo iba arrojando los pedazos de Deseo al medio de la calle. Los vecinos se congregaron alrededor de la pila. Cada tanto alguien gritaba “¡Guarda!”. Y todos debían apartarse rápidamente para no ser aplastados por una rueda, un trozo de fuselaje, el alerón de cola o la hélice de madera que yo había pulido y barnizado con tanto esmero.
Parecía que, allá arriba, Rolo no acabaría jamás.
Mis sobrinos y yo mirábamos el magnicidio desde el zaguán, sollozando abrazados.
Qué horror.

Decido seguir la pista de los traficantes de niños por mi propia cuenta, sin informar a Salvides ni, mucho menos, a la oficial Quintana. Coloco un anuncio en amarillas.com:

“Madre soltera de cinco hermosos niños necesita yerba, azúcar, fideos, leche en polvo y una docena de chapas galvanizadas”.

Un señuelo perfecto.

A propósito de Salvides: hizo crisis. Fue el estúpido asunto de los espejos retrovisores. Resolví colocarlos –uno a cada lado del escritorio– luego de una broma que me gastó Johnny mientras yo patrullaba una red chilena que descubrí hace poco.
Antes de continuar, déjenme decirles que no hay nada ilegal en eso pues internet no reconoce fronteras. Uno puede ingresar donde le plazca y desde cualquier lugar. Es una enorme autopista informática de libre circulación en la que el tránsito va simultáneamente en varias direcciones.
Dicho así, parece un poco caótico. Sin embargo, funciona. Es lo que trataba de explicarle a Salvides, pero el inspector se cierra y no quiere entender. A su modo de ver, nosotros no podemos operar más allá de la General Paz sin la correspondiente autorización judicial. Además, estaba obsesionado por los espejos retrovisores de mi patrulla. No veía qué relación podían tener con la red chilena. Las venas de su frente parecían a punto de reventar y golpeaba el escritorio con el puño.
–¿Qué carajo tienen que ver los chilenos con esto?
Ya saben, los espejos.
Yo trataba de explicarle, pero el inspector me impedía hablar. Y me bañaba en saliva. Imagínense. Un asco.
La verdad era bien sencilla: yo chateaba en la red chilena, y digo “chilena” porque es chilena, pero eso no impide que participen usuarios de otras partes, en general hispanoparlantes. Aunque a la sazón me encontraba en el cuarto privado con un estudiante serbio. Aprendía español.
Salvides guiñó los ojos, como un chimpancé frente a una cafetera express.
–¿Qué cuarto privado?
–La sala de interrogatorios –aclaré, en su jerga.
Esto pareció calmarlo un poco. De todos modos insistió, y de muy mal modo, que seguía sin ver alguna relación entre una cosa y la otra.
Yo tampoco. La única relación entre que el serbio estudiara español y la sala de interrogatorios era yo. Sosteníamos un flirteo virtual, cosas que pasan mientras se chatea.
Antes de que piensen mal me apresuraré a aclarar que en esa red soy “Salomé”, una estudiante interesada en la historia del Imperio Austro-Húngaro, una afición como cualquier otra. Fue muy conveniente para hacer contacto con el serbio, aunque sospecho que Milan (así se llama) también ha leído al general Liddlehard, pues en realidad le importa un comino del Imperio Austro Húngaro y únicamente quiere conocer chicas.
Le gustan morenas y pequeñitas, con carnes bien distribuidas y gruesos labios rellenos de grasa abdominal. Quería saber cómo me veía yo. Le di una descripción aproximada de Amelita Vargas, La reina del mambo.
–¡¿Amelita Vargas?!
¿Ya dije que Salvides tiene la costumbre de repetir mis palabras, pero en forma de pregunta?
Algunos de mis compañeros rieron. Son tan jóvenes: creen que cuando Amelita Vargas filmaba en Artistas Argentinos Asociados, fuera del estudio merodeaban los dinosaurios. De todas maneras, si alguien ríe a mis espaldas, generalmente lo hace de mí. Lo sospecho desde mi niñez, cuando Aníbal pegaba carteles en mi guardapolvo.
Miré por el retrovisor. Mis ojos se cruzaron con los de Johnny. Sonrió y me hizo una seña de OK. “Vas bien”, parecía querer decir.
Podía ir bien, pero si Salvides hacía el ACV –tenía todos los síntomas– terminaría muy mal, convertido en un PCBV. Y viviendo nuevamente en casa de Rolo, donde fui a parar luego de la muerte de papá.

–No puedo con él –había dicho Elena luego de sonarse la nariz–. Además, si mamá vuelve a verlo, no sé qué puede llegar a pasar.
¿Qué podía pasar? Nada. Mi madre había quedado definitivamente atrapada en el pasado y, si todavía resultaba capaz de hacerse cargo de algunas tareas hogareñas, era más por un reflejo pavloviano luego de tantos años de rutina que por una cabal comprensión de la realidad. Ni se había enterado de la muerte de papá, y siguió bañándolo, perfumándolo y poniendo su cuerpo junto a los malvones hasta que salió eyectado de la mecedora.
Luego de eso, lo echó de menos. Las tareas de mantenimiento conyugal le llenaban varias horas del día y de algún modo le permitían regresar de la fiesta de casamiento. Ahora en cambio, parecía condenada a revivir una y otra vez Aquella Noche.
–¡Pobre señora! –fue todo lo que se le escuchó decir cuando vio a papá en el patio, con la cabeza hundida en el macetero.

martes, 24 de agosto de 2010

9. El hombre araña

Peligro en la red: incesto en California. Padre, hija y un vibrador. Título: “Un poco más, daddy”.

Hay veces en que estoy a punto de pedir un cambio a un área menos traumática de la internet. Terrorismo. O Drogas Peligrosas, la especialidad de Johnny. Pero el subcomisario Iraola insiste en que soy el más indicado para patrullar ilícitos sexuales.
–Son los peores crímenes –dice–. En especial, si hay menores involucrados.
Es verdad, pero cuando aparece involucrado un menor debo elevar el caso a la oficial Quintana. Esa es su área: menores en riesgo y mujeres golpeadas. Hay miles de mujeres golpeadas en el planeta. Y hombres, aunque sospecho que ahí merodea Iraola.
La chica de “Un poco más, daddy” está en riesgo. Por dos dólares puedo comprobar hasta que punto. Y por ocho más existe la posibilidad de dar algunas órdenes.
Me hubiera gustado pedir que usara el vibrador con su amado daddy, pero habría tenido una discusión con Salvides. Parece que la plata saliera de su bolsillo y no de los fondos reservados del Ministerio.
Tendré que derivar “Un poco más, daddy” a la oficial Quintana. Es abuso de menores y prostitución.
La oficial Quintana ha descollado en la lucha contra la prostitución infantil. Hace poco descubrió un caso en Sidney y recibió una felicitación del Consejo del Menor. No comprendo por qué el Consejo del Menor de aquí y no el de Sidney. Tampoco comprendo el significado del enigmático mensaje del presidente del Consejo: “Meterse con la prostitución es meterse con la vida”.

–Me tenés que dar una mano –había dicho Johnny, ¿recuerdan?
La ayuda que requería era de orden práctico. Pero me revelaría su naturaleza recién cuando terminara nuestro turno de servicio.
–¿Es un asunto particular?
–Más o menos.
Al cumplirse la hora, Salvides salió de su despacho y nos miró con curiosidad. Todos los detectives habían apagado los motores de búsqueda y cubrían sus equipos con las fundas de nailon. Algunos ya hacían cola frente al reloj, mientras Johhny y yo continuábamos de patrulla.
Salvides pareció a punto de decirnos algo, pero lo pensó mejor: podría obtener una respuesta. Se alzó de hombros e hizo un gesto vago con el índice apuntando hacia su sien. Ya saben.
Algunos de los muchachos ensayaron risitas de compromiso y de a poco fueron abandonando la oficina.
Johnny se puso de pie.
–Vamos.
Lo seguí hasta el privado de la oficial Quintana. Recién entonces advertí que no la había visto salir con los demás. Me pareció que tampoco había abandonado su despacho en toda la tarde. Si bien yo patrullaba contra la pared, de espaldas al salón, cuando la oficial lo atravesaba para dirigirse hacia lo de Salvides sentía el penetrante aroma del Parfum Dalí Edition Special. Y si había venido de uniforme, el repicar de sus largos tacos en el mosaico, que me provocaba inevitablemente una ligera excitación. Pero esa tarde había transcurrido calma y monótona como pocas.
Johnny abrió la puerta del despacho. La oficial Quintana estudiaba el racimo de dátiles.
–Vamos –me urgió Johnny.
Yo permanecía paralizado en el vano de la puerta. Para obligarme a entrar hubiera sido preciso un shock eléctrico.
–¿Qué esperás, boludo?
Comencé a retroceder.
Johnny meneó la cabeza con fastidio, de dos zancadas llegó hasta la butaca de la oficial y la hizo girar. Las manos de Quintana yacían laxas en su regazo. Tenía los ojos entreabiertos.
–¿Está muerta?
Johnny no respondió. Se había alejado unos pasos de la oficial y la observaba con ojo crítico.
–Vamos a tener que hacer algo con esa cara.
Supuse que hablaba en plural mayestático, pero Johnny no parecía ver las cosas del mismo modo.
–A ver, Gordo, dame una mano.
“Gordo” es en la Brigada mi nickname más corriente. Muestra muy poca originalidad y parece un poco abusivo, pero así y todo lo prefiero a Pirulo. Hace mucho que dejé de ser Pirulo, aunque suelo comportarme como tal en demasiadas ocasiones. Esta prometía ser una de ellas.
Continué retrocediendo al tiempo que meneaba la cabeza.
Johnny me paralizó con su índice.
–Me metí en esto por vos.
Eso no era verdad.
–Eso no es verdad –dije. Además, no tenía idea de a qué denominaba “esto”. Y me parece que no quería saberlo.
–Bueno, dejate de joder –protestó Johnny– Pongámonos a laburar antes de que se le pase el efecto.
Observé a la oficial Quintana con mayor detenimiento: Johnny le había dado una de sus pastillas.
–Mientras yo la preparo –prosiguió– vos ponete el traje de Hombre Araña.
Había escuchado mal. O empezaba a tener alucinaciones auditivas. Podían ser síntoma de un tumor cerebral, de una hormona fuera de lugar, de demencia…, aunque también era posible que Johnny hubiera disuelto uno de sus comprimidos en mi café.
Todavía estaba a tiempo de echar a correr hacia la salida, pero Johnny había comenzado a desprender la blusa de la oficial Quintana, revelando un ajustado soutien de reglamentario color azul. La puso de pie, tomándola de las axilas. La oficial se bamboleó a izquierda y derecha. Tenía una sonrisa tonta. Un hilo de saliva rodaba por su barbilla. Y sus brazos colgaron fláccidos a los costados cuando Johnny la libró del soutien. Volví a sentirme al borde de un precipicio.
Ya no era dueño de mí.
Con el discernimiento de un autómata me dirigí al escritorio de Johnny, abrí su bolso y saqué el traje de Hombre Araña.
Eso me hizo reaccionar.
–¡Yo no me puedo poner esto!
Era una protesta polivalente, pero Johnny pretendió comprender sólo uno de sus significados.
–Es tela elástica –gritó desde el despacho–. Lycra, o algo por el estilo.
Resulta increíble la resistencia y ductilidad de esos tejidos sintéticos. Mi cuerpo fue haciendo presión sobre los puntos, pero estos, lejos de deshacerse, parecían querer regresar a su conformación original. Al cabo de un rato conseguí meterme dentro del traje, pero en cierto sentido acabé adaptándome a su forma.
El resultado era bastante aceptable y podría haber dicho que magnífico, de no ser por la bragueta que, lejos de pasar desapercibida, se abría en un enorme tajo por el que pendía mi tímido pirulín aterciopelado. Mis nalgas, por su parte, asomaban como bochas de helado de crema a través de dos orificios circulares practicados en la parte trasera del pantalón.
–¡No me puedo poner esto!
Johnny se asomó a la puerta.
–Ya lo tenés puesto. Además, te queda muy bien.
¿Sí? Busqué un espejo, pero no había ninguno a mano. Siempre tuve la intención de colocar un par de retrovisores en los laterales de mi escritorio, pero había pospuesto una y otra vez el asunto desanimado ante la perspectiva de una nueva discusión con Salvides. Ahora lamentaba haber sido tan pusilánime.
Me observé como pude en el vidrio de una de las ventanas. La borrosa figura del superhéroe irradiaba gallardía y virilidad.
Me coloqué la máscara, saqué pecho y con paso elástico me dirigí al despacho de la oficial Quintana.