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jueves 9 de junio de 2011

38. Iraola en riesgo cardíaco

Comenta Ron:

“Es muy aburrido entrar a la discoteca Help antes de la 1 AM, pero si por casualidad llegas demasiado temprano puedes sentarme afuera y ver la acción. En la calle el café Sombre as Ondras está generalmente atestado por una multitud de turistas y busconas interesadas en encontrar un tipo que les pague la entrada a la boite. Algunas de estas chicas, en especial si están alcoholizadas, son muy agresivas. No tontees con ellas, sé cortés y, de ser preciso, diles que estás esperando a tu amiga, “Tenho outre encontro”, o algo por el estilo. Muchas de ellas llevan una navaja y algunos tipos han debido retornar a sus hogares con un feo souvenir cruzándoles la mejilla”.

Tenho outre encontro. Tenho outre encontro.

–Sos una fuente de sorpresas –exageró Johnny en el Ebro– Curly, Larry y Moe, los tres en uno.
–Gracias.
–Y tenés un culo a toda prueba.
Pasé por alto la ambigüedad del comentario. Sus palmaditas, cuando entramos al departamento de Carola, todavía estaban frescas en mis cachas.
Ahora bien, si por “culo a toda prueba” debía entender que era un hombre afortunado, sus palabras no reflejaban exactamente la verdad.
La verdad era que de no ser por Johnny, en esos momentos estaría siendo objeto de los más diversos apremios ilegales en algún calabozo del departamento de Policía. Iraola, Rolo, los detectives de investigaciones y hasta el mismísimo Jefe, pasando por la totalidad de los efectivos, vejándome sin cesar. Y luego..., no sé que sería de mí. No consigo imaginar cuál puede ser la reacción del cuerpo de policía si un PCBC exhibe su pirulín a uno de sus efectivos femeninos.
¿La castración? ¿¡A mí!?
La idea me hace gracia. Río, un rato. Luego me seco los ojos. Las lágrimas me impiden observar la pantalla con claridad. Pienso: ¿Qué sería de la vida sin sentido del humor? Pero no tengo tanto como cree Johnny. Quiero decir, no ando todo el día riendo tontamente de cualquier cosa. Lo mío se parece más a una serena resignación. Casi todo lo malo ya ha tenido lugar. Ahora resta esperar lo peor.
Sin embargo, lo peor nunca llega.
Pensé que averiguaría en qué consiste cuando con los pantalones arrollados a la cintura y los calzoncillos a media asta observaba demudado la exhibición de histeria de la oficial Quintana. Pero Johnny se ocupó de impedir la catástrofe. Por eso me sorprende que pondere mi buena estrella. No tengo tal cosa. En todo caso, sería el pálido reflejo de un sol extinguido diez millones de años atrás.

Pensándolo bien, algo de cierto ha de haber en las palabras de Johnny pues me basta con quedarme quieto, en medio del mar de mierda, para pasar todo lo desapercibido que puede hacerlo un tipo como yo.

Así estaba, con los pantalones enrollados en los tobillos, convertido en una indecente estatua, escuchando en el salón contiguo las primeras corridas de los patrulleros mientras la oficial Quintana llevaba a cabo su numerito histérico.
–¡El Hombre Araña! ¡El Hombre Araña!
Johnny llegó a la puerta antes que nadie y fingió tropezar. El ruido me sacó de la parálisis. Afuera se había producido una pequeña aglomeración pues Johnny insistía en girar el picaporte en el sentido inverso.
Dentro, la oficial Quintana continuaba gritando, aplastada a la pared. Y su seguro servidor, con los pantalones ya en la cintura, tomaba asiento frente a la computadora.
Iraola avanzó a empujones entre los patrulleros que discutían sobre el modo de abrir una puerta e intentó derribarla de una patada. Como tiene una pierna más corta que la otra no pudo conservar el equilibrio y cayó de espaldas. Johnny aprovechó para patearle la rótula lesionada, con lo que todos comenzaron a ser más atraídos por los gritos del subcomisario que por los de la oficial Quintana.
Yo había conseguido entrar a Ynots y avanzaba a toda velocidad hacia la Robin’s Home Page. Para cuando los patrulleros irrumpieron en tumulto en el despacho, la pantalla mostraba la imagen que había llevado a Libermann a la masturbación compulsiva y el alcoholismo, y elevaba ahora en varios decibeles los gritos de la oficial Quintana.
Escuché, a mis espaldas, el rugido de Iraola.
–¡Qué carajo pasa acá!
Se frotaba la rodilla con un rictus de dolor, lo que le daba un andar vacilante y un poco desparejo. Era imposible tomárselo en serio, pero me aguanté la risa.
–Una crisis –dije.
Iraola se volvió hacia Carola. Carola seguía gritando. Sonaba muy incoherente. El subcomisario se volvió entonces la pantalla, ahora cubierta por el protector que había ido invadiendo, una a una, todas las unidades de la Brigada:

“Vigilante barriga picante,
toca el pito como un atorrante”.


Mis hackers trabajaban a velocidad pasmosa.

Me puse de pie y enfrenté a Carola. La miré a los ojos. Estaban desorbitados.
–¡No puedo creer eso de usted...! –declamé.
Iraola trataba de atraer mi atención. Tiró de la manga de mi camisa.
–¿Qué eso?
Me deshice de él como si fuera un niño mendigo
–¡Desalojen inmediatamente este despacho! –ordené.
De no ser por Johnny nadie me hubiera hecho caso, naturalmente. Pero tomó de un brazo a la oficial Quintana.
–Vamos –ordenó Johnny–. Y que alguien me ayude a llevarla a la enfermería.
–Preguntá por el doctor Hermosilla –dije–. Es el mejor.
Los patrulleros comenzaron a moverse. Iraola permaneció frente a mí, estirándose sobre la punta de sus pies para mirarme a los ojos.
–¿Qué carajo pasa?
Aparté mis pupilas del horizonte y las bajé hasta su rostro.
–Venga.
Di media vuelta y llegué hasta la computadora. Oprimí una tecla. El protector de pantalla desapareció. Iraola trastabilló y se derrumbó en la silla.
De acuerdo a su buen saber y entender el único Hombre Araña que había hecho algo semejante con la oficial Quintana era él mismo. Pero ambos sabíamos que su miembro jamás habría alcanzado ese tamaño.

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